A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

15Ene/186

El enigma de por qué Francisco no visita la Argentina

Por Loris Zanatta

La noticia sería que el Papa va a Chile y Perú, pero para todos es que el Papa no va a la Argentina. Inútil sorprenderse. Se reanuda así el culebrón que dura años: ¿por qué el papa Francisco, gran viajero, no visita Argentina? Ahora que va a otros países vecinos, la pregunta es aún más obligatoria que en el pasado: es evidente, hasta para los que niegan la evidencia, que no quiere ir; que cree tener buenas razones para no ir. Parece que, sobrevolando la Argentina, enviará un telegrama "interesante". Un poco de suspenso siempre viene bien: ¿nos dirá que irá próximamente? ¿Nos revelará el misterio de por qué no va?

Mientras tanto, los comunes mortales intentamos develar el arcano. Hace algún tiempo, un monseñor explicó que Francisco no va a la Argentina para evitar agudizar la grieta que divide el país. ¡Ábrete cielo! ¿El Papa divide en lugar de unir? Los bomberos se apresuraron a extinguir el fuego: ese prelado no representa a nadie, el Papa es más popular que nunca y no divide nada, explicaron. Está bien. Pero ahora volvemos a las andadas. Peor: porque ahora puede que divida más la disputa sobre por qué el Papa no va, que una verdadera visita del Papa.

Admito que no tengo idea de por qué el Papa no va a la Argentina. Me limito a observar que cuanto más tiempo pasa, menos beneficioso es para su imagen; y a hacerme preguntas, que surgen de las explicaciones que al misterio le dan sus seguidores más devotos.

Leí que para algunos de ellos, el Papa no iría a la Argentina para "no ser usado por Macri". Caramba. Es una explicación audaz afirmar que el Papa que se encontró con Cristina Kirchner cinco veces en el año electoral, que recibió a Nicolás Maduro cuando ya era muy impresentable, que tiene filas de invitados de toda ralea haciendo cola en Santa Marta, que viajando por el mundo estrechó manos santas y manos que tan santas no eran, tenga miedo a ser usado por el presidente constitucional argentino. ¿Qué debería hacer Macri? ¿Renunciar? ¿Acortar su mandato? ¿Irse de vacaciones durante la visita del Papa? ¿Cederle la presidencia interina durante su ausencia? Es tal la enormidad que me niego a creerla. Continúo creyendo, esperando, que el Papa sea un pastor, no un político cualquiera, aunque muchos lo critiquen por hablar más de política que de Dios.

Otros devotos del Papa han ido incluso más lejos: dicen que Francisco no va a la Argentina porque no comparte "las políticas sociales del Gobierno". Si fuera cierto, sería tremendo. En ese caso deberíamos deducir que, en cambio, el Papa admira las extraordinarias políticas sociales egipcia y ugandesa, centroafricana y birmana, países que visitó; que en lugar de traer la palabra de Dios, el Papa recorre el mundo entregando papeletas sobre lo que cree que deberían hacer los gobiernos electos de los países que visita, como si él lo supiera, como si fuera su negocio, como si estuviéramos en pleno cesaropapismo. Quienes lo acusan de ser un militante social y de transformar a la Iglesia en una ONG tendrían razón. Absurdo.

Lo sé, muchos dicen que los argentinos son provincianos, que miran todo lo que hace el Papa desde el ojo de la cerradura de su casa, que deberían abrir la puerta y entenderlo por lo que es: la cabeza de la catolicidad, una figura de importancia universal, superior a sus peleas en el patio trasero. No estoy de acuerdo. Es obvio, es normal que los argentinos observen al Papa con las lentes de su historia. ¿Por qué no deberían? No vivimos en un vacío neumático, vivimos en la historia y es la historia la que afecta nuestras opiniones, percepciones y expectativas. Eso es tan cierto y obvio, que le sucede lo mismo al Papa, que no trata a la Argentina como a todos los demás países: de hecho, va a todas partes menos a la Argentina. Deberíamos entonces decir que aun el Papa, al no visitarla, expresa un espíritu provinciano y proyecta una sombra sobre su misión universal. Quién sabe. Tal vez sea así.

Pero esto me hace dudar: ¿y si los partidarios del Papa tuvieran la razón? ¿Si dijeran la verdad, es decir, que el Papa no va a la Argentina para no profundizar sus divisiones? ¿Que no viaja para "no ser usado" por Macri o, mejor, para no darle un placer, para fastidiarlo? ¿Y si realmente fuera un desquite porque no gobierna cómo él quiere que gobierne? Acabo de escribir que sería tremendo, y lo confirmo, pero también que la historia pesa, y visto desde la perspectiva de la historia argentina, no sería tan extraño que el Papa hiciera esto.

La historia es la misma para todos, incluso para los papas. Y la historia de la que proviene Bergoglio está impregnada del mito de la nación católica; de la idea de que por encima de la Constitución, arriba de las leyes, arriba de lo que el pueblo soberano decide depositando el voto en la urna, hay un pueblo "mítico" -como lo llama el propio Papa- el pueblo de Dios de la Biblia, depositario de la identidad eterna de la patria, inmaculado guardián de los valores evangélicos en los que la patria se basaría. Sobre la base de este mito, cuyas raíces caen tan profundamente en el pasado argentino que muchos ni siquiera lo ven o perciben sus síntomas, las instituciones de la democracia y las autoridades constitucionales son legítimas mientras obedezcan los valores que ese pueblo mítico encarna. Que encarna, por supuesto, de acuerdo con aquellos que de ese pueblo se erigen en voceros: como el Papa.

Dado esto, no sería sorprendente que el Papa juzgara las políticas sociales del Gobierno como heridas infligidas al cuerpo católico de la nación, las políticas económicas como ataques contra la identidad del "pueblo"; que en su corazón considerara a Macri y su gobierno expresiones típicas de la Argentina "colonial", como Bergoglio definía a la clase media argentina; como un conocido acólito suyo acaba de definir a un desafortunado periodista que se atrevió a criticarlo: extranjero en casa, extraño al alma de la patria. De ser así, se entendería la renuencia del Papa a reunirse con Macri donde este ejerce su investidura; a darle con su visita una legitimidad a los ojos del "pueblo" que, por su historia y sus convicciones, le cuesta reconocerle; a reconocer que el pueblo soberano se expresó de manera diferente de como, en nombre del pueblo de Dios, él piensa que debería haberse expresado. ¿Sería grave? ¿Sería malo? Por supuesto. Pero la historia pesa, sobre los papas como sobre todos.

¿Entonces? ¿Qué conclusiones sacar de estas consideraciones? Seré desagradable, pero si estas son las razones que han llevado a Francisco a no visitar su país hasta el momento, puede ser que no sea tan malo para la Argentina que no la visite, aunque entiendo que a muchos les dé pena. De ser así las cosas, realmente el Papa con su visita agudizaría viejas heridas que ya arden, dividiría más que unir, empujando a la Argentina hacia un pasado del que trata de salir. Lo que no hace cuando va a Chile y Perú.

Fuente: diario La Nación

8Ene/182

La pulseada entre las dos Argentinas

Por Miguel Wiñazki

Hay dos países: la Argentina efímera en la que todo cambia y nada permanece, ese país oscuro donde reinan señores feudales, gremialistas disparatados, narcos, zorros de todo pelaje y ladrones con y sin guantes. En las antípodas puja por sostenerse en pie la Argentina racional, la de los que trabajan arduamente, los que estudian, los solidarios, los que piensan y ponderan a la honestidad y no a la deshonestidad.

Hay una pulseada entre ese país urgente y cruel en el que todos vivimos en vilo a merced de unos cuantos sátrapas y otro país, el del esfuerzo, el del talento, el del futuro.

Es curioso sin embargo el éxito de diversos déspotas y corruptos que han sabido disfrutar del favor público.

El abuso de poder ha sido notable y tangible y ancla en el arcaico y tan vigente arte de la simulación.

El cinismo explica buena parte de los pesares argentinos. Esa desvergüenza con carnet para decir una cosa y hacer otra se ha acumulado como una plaga mayor e implacable. El cinismo es paralelo en un sentido a la inflación. La cultura política de la desfachatez devalúa el valor del dinero de todos en favor de la acumulación del capital de los cínicos que lo toman sin permiso y a cuatros manos.

El cinismo late en una dimensión no económica que determina sin embargo distorsiones económicas y políticas muy profundas.

Desde el cinismo se rompe el contrato social.

Como se sabe, detuvieron el jueves en una dispendiosa chacra cerca de Piriápolis al disparatado Marcelo Balcedo, el jefe del SOEME, el Sindicato de Obreros y Empleados de Minoridad y Educación, que agrupa al personal auxiliar de los institutos educativos Acusado de lavado de dinero, se indagan también presuntos vínculos con la estremecedora banda de los Monos. Narcopolítica sindical.

Balcedo propiciaba, alentaba y protagonizaba un paro tras otro, últimamente con notable altisonancia. Además de gremialista o pseudo gremialista, Balcedo, es el dueño del diario Hoy de La Plata y de otros medios en esa ciudad, desde donde pregonaba sus declamados credos en favor de la justicia social y sus bravatas contra dirigentes o empresarios a los que apuntaba para extorsionarlos. Como se sabe en la chacra que ocupaba en la Banda Oriental encontraron mas de 417 mil dólares en efectivo, euros, francos Suizos y billetes varios y exóticos, armas diversas y letales, municiones al por mayor y una parafernalia de automóviles de altísimo valor. También tenía aviones privados, otras apabullantes propiedades y ningún descaro. Su mujer Paola Fiege, también detenida, tiene incrustraciones de diamantes en los dientes.

Relampagueos fatuos en la boca y enemigos de toda estética.

Hay una patología consistente en robar y mostrar. El exhibicionismo de los corruptos cava al fin su propio abismo.

Su caso es análogo a tantos otros. La lujuria, la avaricia, la soberbia y el cinismo se entrelazaron otra vez para concretar un fenómeno repetido: simular defender a los desheredados al tiempo que nos vacían los bolsillos a todos.

Hay que indagar y pensar en la vasta historia de la corrupción sindical en la Argentina. En éstos momentos se aúnan en la escena pública los últimos tres mosqueteros del abigarrado cinismo gremial: El Caballo Suárez, El Pata Medina y Balcedo. Tres horrores de impunidad, matonismo y poder recién ahora diluido pero potente durante demasiado tiempo. Todos ellos podrían ostentar el sobrenombre de un gran personaje literario arquetípico de un mundo violento, infernal y siniestramente argentino ideado por Jorge Fernández Díaz: “Remil”; le decían así por ser un verdadero “Hijo de remil putas”, se narra en El Puñal. Remil en la ficción es un agente de inteligencia. En la realidad Remil tiene mil caras conocidas y operativas en los más diversos espacios de las mafias, la sindical entre ellas.

Esa maldad, esa perversión de la naturaleza gremial, esa barbaridad con nombres, sobrenombres y apellidos, se instituyó desde un modelo corporativo que liberaba a los “representantes” del movimiento obrero de cualquier auditoría seria. Muchos se emboscaron y aún se emboscan detrás del rostro embalsamado de Juan Perón para perpetrar luego cualquier dislate y seguir cantando “¡Combatiendo al capital!”. La defunción previsible de la CGT tradicional augura un nuevo escenario tal vez clasista y muy beligerante.

No deja de ser una ironía cruel que Balcedo haya sido el jefe del sindicato de los trabajadores vinculados a la educación ahogados en el espacio más bajo de la pirámide salarial. El estafador estafó primero y directamente a los necesitados. ¿Cuántas presiones gremiales se realizaron y realizan en favor de los dirigentes y en contra de la gente?

Es una tarea desagradable pero a la vez interesante a los efectos de comprender al personaje, la revisión de algunos videos en los que Balcedo se dirige a los suyos con voz aguda, consignas vacías pero reiteradas, bombos al por mayor alusiones a la indigencia de “mis compañeros” y proclamas gritadas en favor de la unidad de los trabajadores. Se parece a la actuación de tantos otros jefes sindicales análogos, en circunstancias análogas: tribuneros millonarios, agresivos y encubridores de sí mismos detrás de las puestas en escena de peronismo instrumental.

La transición de la acción gremial a la extorsión y a la amenaza derivó en el caso de Balcedo en una práctica regular y muy redituable para sus propios bolsillos. Desdichadamente el de Balcedo no es un caso excepcional. Un sujeto así brota como un brote psicótico porque hay un sistema cerril que lo posibilita. La red de amparos, complicidades en la justicia, sobornos múltiples y retornos inusitados.

El sistema es conocido y obstinado en su permanencia: la mafia todavía no se va.

Fuente: diario Clarín

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3Ene/181

Un regalo para Macri

Por Daniel V. González

En su visita al presidente Mauricio Macri, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) tuvo la iniciativa de obsequiarle el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, una publicación editada en el mes de la consagración de Benedicto XVI (abril de 2005) y elaborada en las postrimerías del reinado de Juan Pablo II, en el que Joseph Ratzinger tuvo gran influencia en materia de ideas y doctrina.

Es un presente curioso pues contiene conceptos económicos, sociales y políticos que no parecen contar hoy con la adhesión de la actual jerarquía vaticana, liderada por Francisco.

En efecto, el Compendio está impregnado del espíritu del tiempo en que fue elaborado y cuenta con la clara influencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes transcurrieron juntos un período histórico muy singular desde 1978, signado por acontecimientos como la caída del Muro de Berlín, el hundimiento de la Unión Soviética y de Europa Oriental y la reorientación de China hacia la economía de mercado.

Algunas ideas del Compendio llaman la atención por su claridad conceptual y por la distancia que parecen guardar con las actuales señales sociopolíticas emitidas desde el Vaticano.

En tiempos de Juan Pablo II y Ratzinger, la Iglesia tenía un concepto muy claro acerca de las ventajas del libre mercado. El libro que le regalaron a Macri dice (Punto 347): “El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener a largo plazo el desarrollo económico. (...) La doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos como para agilizar el intercambio de productos...”. Suponemos que Macri nada tiene para objetar a esta visión sobre el mercado.

En otro párrafo (Punto 336) afirma: “La Doctrina Social de la Iglesia considera la libertad de la persona en el campo económico un valor fundamental y un derecho inalienable que hay que promover y tutelar”. Se trata ciertamente de ideas muy claras y conceptos indubitables acerca del valor que la Iglesia concede a la libertad comercial y económica.

Otro de los puntos de gran actualidad es el referido a la lucha contra la pobreza. También aquí las ideas son claras. Puede leerse (Punto 449): “El principio de solidaridad, también en la lucha contra la pobreza, debe ir siempre acompañado oportunamente por el de subsidiaridad, gracias al cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socioeconómico, en los mismos países pobres: a los pobres se les debe mirar no como un problema sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo”.

Estas ideas ponen en mano de los necesitados una cuota importante de protagonismo en la solución de su propia situación, dejan de ser meros receptores de caridad al que suelen ser reducidos por algunas visiones demagógicas.

Para remachar esta idea, el Compendio afirma (Punto 291): “El deber del Estado no consiste tanto en asegurar directamente el derecho al trabajo de todos los ciudadanos, constriñendo toda la vida económica y sofocando la libre iniciativa de las personas, cuanto sobre todo en secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis”.

En definitiva, si el Presidente se hizo tiempo para repasar el libro, encontrará en él ideas cercanas a su propia visión de la economía. Ideas que hoy aparecen un tanto alejadas de los tonos y acentos del Vaticano.

Fuente: La Voz del Interior

19Dic/170

Para Ricardo Balbín no hubo fueros

Por Raúl Faure

A Cristina Fernández no le pasó por su cabeza que está moralmente obligada a dar el ejemplo, en su condición de expresidenta.

En la sesión realizada por la Cámara de Diputados de la Nación en el atardecer del 29 de septiembre de 1949, fue privado de sus fueros –por el voto unánime de los legisladores peronistas– el diputado nacional Ricardo Balbín, presidente del bloque de la Unión Cívica Radical.

Bajo la dictadura del primer período peronista (1945-1955) no se admitían ni toleraban las expresiones opositoras. Ya en 1947, y luego en 1948, habían sido expulsados de sus bancas los diputados nacionales del radicalismo Ernesto Sanmartino, Agustín Rodríguez Araya y Atilio Cattáneo, por haber denunciado que Juan Domingo Perón gobernaba con la suma del poder público sin someterse a controles ni contrapesos constitucionales.

Aquí, en Córdoba, la víctima fue el popular y talentoso legislador José “Negro” Mercado, integrante de la bancada del Partido Demócrata.

En 1949, fue el turno de Ricardo Balbín. Un “espión” infiltrado en una asamblea de afiliados al radicalismo denunció que Balbín, al referirse al presidente de la Nación, lo había calificado de “dictador”.

Sin demora, el entonces juez federal de Rosario inició un sumario por “desacato”. Y requirió al presidente de la Cámara de Diputados (entonces ejercía esas funciones Héctor Cámpora) que se dispusiera el desafuero del presunto delincuente, para imputarlo.

Balbín contestó a ambos notificándoles que ofrecía su suspensión para ponerse a las órdenes del magistrado judicial. Entonces, el decoro era hábito sagrado para quienes defendían los valores republicanos.

Empero, los legisladores peronistas no quedaron satisfechos. Reclamaron un castigo ejemplar. Un escarmiento. Para que la oposición tomara nota de los riesgos que asumían cuando criticaban al presidente de la Nación.

Y dedicaron la sesión de ese día para privarle de sus fueros, “ya que no se le puede suspender porque no hay constancias de que el acusado se haya rectificado de sus expresiones agraviantes”.

Ya frente al juez, Balbín dio otra prueba de su decoro: decidió no defenderse, para no convalidar un proceso viciado por la manifiesta intención de impedir que la oposición cumpliera con sus deberes cívicos.

Fue condenado a prisión. Que cumplió en el penal de Olmos durante alrededor de un año. A comienzos de 1951, el presidente Perón lo indultó. Dignamente, rechazó la gracia. Fue liberado a empujones de su celda.

Grandes diferencias

Para Balbín no hubo fueros. A pesar de ser imputado por un delito menor, tan irrelevante que fue suprimido como figura penal cuando el radicalismo recuperó la democracia en 1983.

A Cristina Fernández, le sobran. Aun procesada por conducir una banda constituida para saquear al Estado, lavar dinero de procedencia ilegitima y encubrir actos terroristas de un Estado extranjero, todos delitos gravísimos e infamantes, cuenta con cómplices dispuestos a adoptar todas las medidas necesarias para evitar su enjuiciamiento.

Dirigentes peronistas y de sindicatos a los que el presidente Mauricio Macri descalificó por “mafiosos”, sectas de “izquierda” integradas por devotos de los regímenes totalitarios, piqueteros que extorsionan al Estado y a la sociedad para sostener falsas cooperativas y hasta dirigentes oficialistas que ignoran el pasado hacen cola para impedir que la Justicia continúe su labor y ponga fin a las investigaciones.

En tanto, a Cristina Fernández no le pasó por su cabeza que está moralmente obligada a dar el ejemplo, en su condición de expresidenta, y renunciar a los fueros para no obstaculizar la labor judicial.

Solo así se convertirá en operativa la cláusula constitucional contenida en el artículo 16: “Todos los habitantes son iguales ante la ley”. De lo contrario, quedará reducida a una mera expresión retórica.

Fuente La Voz del Interior

16Dic/171

Un peronismo líquido embarra la cancha

Por Héctor M. Guyot

El jueves fue un día de furia en la vida política del país. En medio de las imágenes que se sucedieron sin respiro, hay una muy elocuente: la de los que celebran la conquista obtenida. La foto fue publicada ayer por este diario. Tras provocar el levantamiento de la sesión que iba a convertir en ley la reforma previsional, allí están, confundidos en un abrazo, el diputado kirchnerista Agustín Rossi y José Ignacio de Mendiguren, hombre de Sergio Massa. Al costado, Axel Kicillof comparte alegrías con Facundo Moyano. Más atrás, rodeados de otros compañeros exultantes, Felipe Solá conversa (serio, en este caso) con el diputado de izquierda Nicolás del Caño. ¿Qué festeja el grupo? Festeja lo que en verdad fue una de las jornadas más tristes y bochornosas que tuvo el Congreso desde el regreso de la democracia. Una minoría que no acepta perder dinamitó, hasta hundirla, una sesión en la que se iba a tratar y votar una ley con aspectos controvertidos, como el cambio de fórmula de actualización de las jubilaciones. Esa minoría desestimó el debate, despreció la palabra, le dio la espalda a las instituciones de la democracia y mediante actos violentos logró lo que se proponía. Eso festeja ese grupo.

Pero la imagen dice algo más. Los sucesos de anteayer confirman que el problema del peronismo es también el dilema de este gobierno y de todo el país. Fragmentado, sin liderazgo, desorientado por las derrotas electorales que lo alejaron del poder y resistiendo desde los bastiones territoriales que conserva, el peronismo vive en estos días su etapa líquida: hoy adopta una forma y mañana, otra. Del mismo modo, los compromisos que una de sus cabezas firma quedan pronto diluidos en razón de que nada en ese cuerpo de mil rostros adopta por el momento una forma estable y más o menos discernible. Los únicos que saben lo que quieren y apuntan decididos hacia allí son los kirchneristas, encolumnados detrás de la fiebre de su jefa. En ese mundo líquido marcado por el desconcierto y la derrota mal digerida, donde están en peligro privilegios decantados durante décadas, la convicción ciega de la ex presidenta puede confundir incluso a las cabezas más racionales, que junto a los oportunistas de siempre se aferran a Cristina para sentirse al menos un poco más sólidos, olvidando que fue ella la que profundizó durante su gobierno las contradicciones de los hijos de Perón, tanto como su descrédito. Así, aferrados a ella, en medio de la confusión, atentan contra la democracia.

Impelido por la sombra de la prisión que se cierne sobre muchos, incluida la jefa, el kirchnerismo intenta por fuera lo que casi logra desde adentro: quebrar el sistema. La reforma previsional es discutible, como todo, pero el jueves ganaron los que juegan a destruir. La imagen de Leopoldo Moreau, Máximo Kirchner, Andrés Larroque y otros increpando al presidente de la Cámara, Emilio Monzó, e incluso arrebatándole la palabra, era el espejo de la violencia que había afuera del Congreso, protagonizada por kirchneristas y las facciones más extremas del sindicalismo y la izquierda. Contaron con la complicidad de diputados como Victoria Donda y Graciela Camaño, que desde sus bancas también hicieron lo suyo para que todo terminara como terminó.

Tanto se ha devaluado la palabra que la noción misma de hipocresía parece en vías de extinción. En la política y los medios hoy se escucha cualquier cosa. Las falsedades más flagrantes pasan si se sueltan con convicción, un brillo extraviado en los ojos y el puño cerrado en alto. La vida adquirió velocidad y hemos perdido la capacidad de unir causas y consecuencias. En el puro presente de la trama mediática en la que vivimos, el grito impostado de hoy borra el hecho o la evidencia de ayer. Muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por los jubilados son en verdad parte del problema: durante su paso por el poder, el kirchnerismo duplicó la cantidad de jubilados al incorporar al sistema a aquellos sin aportes o con aportes parciales, se apropió de la caja de la Anses para hacer política, congeló durante años los haberes y luego no cumplió con las sentencias de los juicios previsionales que esa medida generó.

Eso no exculpa al Gobierno, que tiene algo más que un problema de comunicación. ¿Por qué no habló a las claras del asunto desde un principio? ¿Por qué no propuso de entrada la compensación que equilibraría los tantos en el empalme de un régimen de actualización a otro? Por detrás de las falencias graves de comunicación asoma un déficit de sensibilidad. Eso quedó de manifiesto, otra vez, en la trasnochada idea de sacar la reforma por la vía de un decreto. Sería un nuevo error. Y más pasto para el club del helicóptero.

Fuente: diario La Nación

10Dic/170

Las tarifas, muy lejos de un equilibrio federal

Por Laura González

La Nación sigue asumiendo, con impuestos que pagan todos los argentinos, las tarifas sociales que benefician a Buenos Aires. El transporte de Córdoba tiene un subsidio de 25%. El bonaerense, de 70%.

Algunas cosas cambiaron en el mapa de los servicios públicos que consumen los argentinos desde la llegada de Mauricio Macri, pero el sistema sigue siendo profundamente antifederal y, por lo tanto, demasiado injusto. ¿Por qué?

Porque las tarifas sociales que benefician la población más vulnerable se pagan, para los usuarios del área metropolitana de Buenos Aires, con el presupuesto nacional; es decir, con los impuestos que pagan todos los argentinos que también pagan las tarifas sociales que asumen sus gobiernos provinciales para los usuarios de esas provincias. Pagan doble.

Sigue siendo injusto porque si bien Cambiemos descongeló los irrisorios precios que los porteños pagaban por la luz, por el colectivo y por el agua, la actualización no alcanza a empardar el aumento que en el interior del país se registra desde hace más de 10 años.

 Y es antifederal porque, en algunos servicios, el Estado nacional asume los servicios de mejora de infraestructura para Buenos Aires en detrimento del interior.Trenes. El caso más ilustrativo es el de Trenes Argentinos: el presupuesto operativo para 2017 fue de 26 mil millones de pesos, todos consumidos en la provincia de Buenos Aires. Además, ejecuta un plan de inversiones por 14.123 millones de dólares (con crédito del BID, del Bndes y de la Nación), que incluyen el soterramiento del Sarmiento, electrificación de ramales y mejoras de estaciones y de trenes. En Argentina se mueven por tren 400 millones de pasajeros: 398 millones están en Buenos Aires. El resto, casi nada, por la sencilla razón de que no hay trenes. Cambiemos priorizó la recuperación de un sistema metropolitano abandonado, pero el interior no aparece en esa hoja de trabajo ni siquiera con una partida simbólica. El pasaje todavía tiene un subsidio del 90 por ciento, que financian todos los argentinos.

La tarifa social abarata la energía mayorista para todo el país, pero, como Edenor y Edesur están en la órbita del Estado nacional, las rebajas en el tramo de distribución son asumidas por la Nación y no por la provincia de Buenos Aires, que es donde viven esos usuarios. Tampoco está claro si parte de las inversiones que están encarando esas empresas se hace con plata de la tarifa: la duda es que la Nación sigue aportando. Ergo, todos.

Colectivos. El caso más escandaloso es el del boleto urbano: los subsidios de la Nación (vía gasoil barato y sueldos) cubren en la ciudad de Córdoba 25 por ciento del boleto que paga el usuario. En Buenos Aires, es el 70 por ciento.

Para los interurbanos, hay subsidios específicos para los colectivos que recorren hasta 60 kilómetros: son todos los del área metropolitana bonaerense.

Con un agravante: el ministro de transporte, Guillermo Dietrich, decidió en 2017 no aplicar la suba del 33 por ciento que estaba prevista. O sea que el boleto vale allí seis pesos desde abril de 2016, con lo que el Estado nacional (o sea, todos los argentinos) asume el aumento que no se trasladó más a la tarifa subsidiada para una larga lista de beneficiarios que pagan 2,70 pesos.

Agua. En el servicio de agua existía una distorsión casi obscena por tres razones: la tarifa estuvo congelada desde 2006 hasta 2016, cuando Cambiemos la subió de un promedio de 30 pesos a 300, cifra similar a la que se paga en el interior del país. Esa es una corrección importante, pero siguen otras dos distorsiones: la tarifa social sigue siendo pagada por la Nación (los beneficiarios pasaron de 19 mil a 300 mil) y el déficit que todavía tiene Aysa es cubierto con el presupuesto nacional. Las inversiones también.

Y si bien es cierto que en el interior la Nación ha encarado la construcción de cloacas, como es el caso de Córdoba, en la zona de concesión de Aysa se ejecutaron 360 obras por 31 mil millones entre 2016 y 2017.

Gas. En el gas las cosas no cambiaron: con el kirchnerismo estuvo el precio congelado para todo el país y las fuertes subas que dispuso Cambiemos afectan a todos por igual. La inequidad, muy compleja de ser corregida, está en los que no tienen gas, que pagan hasta tres veces más, además del menor confort y seguridad que significa la garrafa. La población que no tiene gas es del 49,3 por ciento en la provincia de Córdoba, del 35 por ciento en Buenos Aires y del ocho por ciento en Capital Federal. El Plan Hogar, que subsidia la garrafa, va directo al usuario.

Fuente: La Voz del Interior

3Dic/170

Espejismos de la historia

"Esto solamente se puede revertir con violencia política de los de abajo contra la violencia política de los de arriba. Con la resistencia popular, con la resistencia de los oprimidos. Con un estallido social para echar a la mierda a estos fachos asquerosos, a estas mugres, a estos asesinos, a estos mafiosos de miércoles que están en el poder: Macri, Bullrich, a toda esta manga de porquerías y a la Gendarmería". Jones Huala

"Ellos tienen mucha metodología para matar, tal vez murió ahogado, ¿después saben de qué? De que lo torturaron. Porque a nuestros hijos les hacían así. Les hacían infinidad de torturas, terribles, internas, que no se pueden explicar. Y al final les metían la cabeza en el agua y para respirar, para ver si se resucitan, pobrecitos, se ahogaban ellos mismos. Sí, a lo mejor murió ahogado, pero en un balde. No nos van a engañar, no les vamos a creer". Hebe de Bonafini

La democracia de los años 80 se puso como meta cambiar sustancialmente la cultura política de los 70, repudiando las formas de violencia con las que se discutió el poder durante esa década más que trágica. Por eso se juzgó a todas sus expresiones violentas, de derecha o de izquierda, militar o guerrillera.

Sin embargo, eran muchos aún los que querían seguir viviendo en los 70 o los que aún sin querer vivirla, suponían que seguían dadas las condiciones para que se pudiera volver.

Por eso, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo desde las nuevas élites políticas y del inmenso rechazo popular al pasado inmediato, al poco tiempo apareció Aldo Rico con sus carapintadas para exigir el fin del juicio por genocidio a los militares.

Del otro lado, luego, se perpetró el copamiento al cuartel de La Tablada en un intento por revivir las metodologías guerrilleras. Finalmente, bajo la dirección ideológica de Mohamed Alí Seineldín, ya durante el gobierno de Menem, ocurrió el último intento de golpe de Estado, cuando los sublevados, en su infinita torpeza, hasta aplastaron con tanques a civiles que viajaban en bus.

El fracaso estrepitoso de todos estos conatos criminales demostró que aunque la democracia aún no se hubiera solidificado, la sociedad ya había superado la tradición cíclica de que frente a la menor crisis civil venía un golpe militar. Por su lado, la propuesta guerrillera quedó huérfana hasta del más mínimo apoyo popular.

El país objetivamente había avanzado más que la conciencia que se tenía del mismo. Ya no era más setentista, aunque algunos pocos intentaron el retorno y el resto de los argentinos, la inmensa mayoría, aún tuviera miedo de que pudiera volver.

Sin embargo, entrado el siglo XXI ocurrió un extraño fenómeno político de retroceso cultural que tuvo relativamente más éxito que Rico, el Movimiento Todos por la Patria y Seineldín: el intento de recuperar desde lo más alto del poder político la cultura setentista. Aunque ya no vía la violencia explícita, sino desde el discurso de confrontación. Traduciendo al lenguaje las luchas de ese entonces. Reivindicando como heroica la lucha de la guerrilla y llamando enemigo, no adversario, al que pensara diferente.

El relato oficial fue el de perfilar un gobierno que venía a continuar por otros medios la lucha “liberadora” de los 70 en contra de los que, también por otros medios, continuaban levantando la ideología militar.

De nuevo se estaba en un lado u otro, en una simulación teatral de los 70, con sus mismos héroes o villanos. O más bien, como si fuéramos hijos de aquellos héroes o villanos.

Que a partir de tan delirante concepción de la historia se creara una nueva grieta cultural era lo menos que se podía esperar.

Claro que, como en los años 80, la realidad del siglo XXI tampoco tenía nada que ver con la de los 70, pese a los aprendices de brujo que querían restaurar pasados tenebrosos. Pero eso no fue óbice para que enfrentamientos estériles volvieran. Aunque al menos el retorno de las viejas ideologías sin su violencia no nos hizo retroceder al ayer sino más bien congelarnos en la historia. Ideologías vanas que nos tuvieron discutiendo una década sobre las nubes de Úbeda, sobre la nada misma.

Porque en los años 70 la lucha ideológica era la excusa pero el sustantivo era la violencia, el deseo de exterminio mutuo era más poderoso que cualquier debate de ideas.

En fin, lo cierto es que terminado el gobierno anterior, desapareció el impulso de revivir la infausta década desde las altas esferas del poder. El setentismo dejó de ocupar esos espacios, aunque no por eso sucumbió.

Porque lamentablemente son muchos todavía los que proponen seguir alzando las banderas setentistas para librar la lucha política. Con una argumentación patológica pero que en ciertos sectores suscita credibilidad: que así como con el gobierno anterior estaban en el poder los continuadores de los “revolucionarios” de los 70, ahora están los continuadores de los “genocidas” de los 70. Y desde esa lógica tratan de interpretar los acontecimientos políticos actuales. En particular la cuestión mapuche ha sido tomada como experimento por los que sostienen ese regreso a los 70.

Como se ve en las citas del principio de esta nota, Jones Huala quiere ser la reencarnación del Che Guevara en su apostolado de la violencia, aunque lo único que lo haga recordar al legendario revolucionario es que como el Che en Bolivia, este supuesto alter ego quiere comprometer con la violencia a miles de mapuches pacíficos que nada tienen que ver con esas metodologías de los marginales de la RAM.

Pero tan grave como eso es lo que expresa Hebe de Bonafini al querer comparar el destino de Sergio Maldonado con el de sus hijos. Eso incluye la loca intención de identificar al gobierno de Macri con la dictadura militar de los 70 y a los mapuches con la resistencia popular liderada por los que piensan como Jones Huala.

Una tergiversación histórica superior sostenida aun por varios sectores políticos que se niegan a enterrar definitivamente esa vieja época que sólo mal nos produjo.

Pero aunque no fuera así, nada bueno tiene para aportarnos hacia el futuro. No lo tuvo en los 80, no lo tuvo hace una década, no la tiene ahora. Es un mero espejismo del pasado que, a pesar de ser un espejismo, no nos quiere dejar vivir en paz. Como que anhelara seguir cobrándose víctimas. Un gran misterio nacional, que precisa de una profunda respuesta política y cultural.

Fuente: diario Los Andes

29Nov/171

Delirio nacionalista: el mito del combate de Obligado

Por Luis Alberto Romero

¿Quién ganó el Combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845? Muchos argentinos creen que fue una victoria nacional. Para los ingleses fue solo un pequeño combate, pero sus historiadores serios, como John Lynch, saben bien cómo fueron las cosas. En cambio los franceses lo han recordado. En 1868, en tiempos de los sueños imperiales de Luis Napoleón, la Rue de la Pelouse de  París fue rebautizada como Rue d’Obligado. La calle desemboca en la Avenue de la Grande-Armée, la de Napoleón y de Austerlitz, a pocas cuadras del Arco de Triunfo, que celebra las grandes victorias. Más aún, en 1900 el nombre se impuso a la nueva estación del Metro. Así fueron las cosas hasta 1947, cuando Eva Perón visitó Francia y pidió que ambas fueras rebautizadas como Argentina.

A fuerza de leer a José María Rosa, a Pacho O’Donnell o a sus repetidores, muchos argentinos han quedado envueltos en un mito que, comenzando por exaltar la “gesta heroica” concluyó convirtiendo la derrota en victoria. Desde 2010, asesorados por el Instituto Nacional del Revisionismo Histórico, celebramos su aniversario como el Día de la Soberanía Nacional, con feriado incluido.

Los hechos son claros. En noviembre de 1845 la flota anglo francesa, que en ese momento sitiaba Buenos Aires, decidió remontar el Paraná y llegar hasta Corrientes, acompañando a buques mercantes cargados de mercaderías. Para impedirlo, el gobernador de Buenos Aires, J.M. de Rosas, dispuso bloquear el río Paraná en la Vuelta de Obligado, con cadenas protegidas por dos baterías. Se intercambiaron disparos, los buques cortaron las cadenas y siguieron su navegación hasta Corrientes.

Los mitos se desentienden de los hechos simples y comprobables, pero en cambio interpelan a los sentimientos y las emociones. El relato revisionista de Obligado, que se viene perfeccionando desde los años treinta, incluye algunas verdades, otras tergiversaciones y muchas cosas inventadas.

Con respecto al resultado, no hay duda de que fue una derrota: los ingleses pasaron, y llegaron felizmente a Corrientes. Se dice que fue una victoria “pírrica”, por las bajas ocasionadas; pero los ingleses y franceses perdieron solo siete hombres y los porteños doscientos. Podrá aceptarse que fue una gesta heroica y hasta una victoria moral -una especialidad argentina-, pero en los hechos fue una derrota.

En el núcleo del mito está la idea de que en Obligado Rosas resistió al imperialismo y defendió los intereses nacionales. Es cierto que el gobernador de Buenos Aires enfrentó a la “diplomacia de las cañoneras” y defendió la soberanía de su provincia. La tergiversación consiste en identificar esta forma de imperialismo, propia de mediados del siglo XIX, con la idea posterior de imperialismo -popularizada inicialmente Lenin- que aplicada a nuestro caso identifica toda la relación anglo argentina con la dominación y la explotación. Por ejemplo, muchos argentinos están convencidos de que los ferrocarriles han sido el peor de los instrumentos de esa explotación. Pero en tiempos de Rosas nadie confundía la agresión militar con las relaciones económicas. Toda la prosperidad de Buenos Aires se basó en una estrecha relación con Gran Bretaña, y el propio Restaurador, que la cultivó cuidadosamente, eligió exiliarse en Southampton.

El punto central del mito reside en la idea de que allí se defendieron los intereses nacionales. Pero en 1845 la nación y el Estado argentinos no existían. Había provincias, guerra civil y discusión de proyectos contrapuestos, basados en intereses distintos. El Combate de Obligado, y todo el conflicto en la Cuenca del Plata, es un ejemplo de esas diferencias. Rosas aspiraba a someter a las provincias, incluyendo a la Banda Oriental y a Paraguay, cuya independencia no reconocía. Corrientes defendía su autonomía y pretendía comerciar directamente con ingleses y franceses. En cambio Rosas quería que todo el comercio pasara por el puerto de Buenos Aires y su Aduana. El río Paraná, abierto o cerrado, estaba en el epicentro de las diferencias.

En Corrientes creían en el federalismo y la libre navegación de los ríos. La flota anglo francesa fue recibida amistosamente; hubo fiestas, los hombres admiraron los buques de vapor -los primeros que veían- y las señoras correntinas se empeñaron en hacer grata la estadía de los marinos. Rosas, que también trataba muy amistosamente a los ingleses de Buenos Aires, parece haber tenido una idea unitaria de la nación, construida en torno de la hegemonía porteña. ¿Cuál de los dos era el auténticamente nacional? Admitamos que sea opinable. Pero cuando las provincias acordaron en 1853 crear un Estado nacional, establecieron que el interés de la nación incluía la libre navegación de los ríos. Y así quedó.

Es curioso que sobre esta situación, que puede leerse en cualquier libro serio, se haya constituido el mito de la victoria -una verdadera trampa cazabobos- y el de la defensa de la soberanía nacional. Celebrar una derrota -como ocurre hoy con Malvinas- es la quintaesencia de nuestro enfermizo nacionalismo, soberbio y paranoico. Se encuentra en el sustrato de nuestra cultura política, y aflora cuando es adecuadamente convocado. Este gobierno, que vive envuelto en su propio mito, ha apelado con éxito al relato del revisionismo, adecuado a su política de enfrentamiento.

Desmontar estos mitos es una parte de la batalla cultural que deberemos encarar.

Fuente: diario Clarín, de Buenos Aires

12Nov/170

Julio tiene mucho para decir

Por Edgardo Moreno

La investigación de la corrupción es incipiente. Acaso también los jueces temen las cosas que julio pueda contar. Aunque ahora ya sea un simple meme, esa estrella fugaz que la urgencia mediática bautizó en estos días como “la cheta de Nordelta” es una cirujana plástica que no conoce a Richard Dawkins.

Dawkins es un teórico de la Universidad de Oxford que hace más de cuatro décadas inventó la palabra meme. Es un neologismo para identificar la unidad mínima de información cultural.

Es como el gen para la biología. Una información memorable en el más breve formato.

Pero lo que es memorable depende de las audiencias.Para la sociología de barricada que azotó al país en los últimos años, la breve historia de Cinthia Solange Dhers, la cirujana en cuestión, es una tomografía de los prejuicios de clase que animan a buena parte del país. Para la política del país real, en cambio, el recuerdo que hizo historia fue el de Alessandra Minnicelli, la esposa de Julio De Vido.

Minnicelli se acordó con amargura de la frase con que Cristina Kirchner se lavó las manos evitando ponerlas en el fuego por su exministro. Puede pensarse que es sólo un despecho más. El problema es que agregó una advertencia: Julio tiene mucho para contar.

Ante la amenaza de esa información memorable, de una secuencia de breves historias que develen la trama de un país más oscuro que la piscina de Nordelta, a Minnicelli le comenzaron a llegar pedidos de visita que incluyen a la primera línea del peronismo preocupado con su rencor. Una delación desesperada sería la estética moral y visual menos favorable.

Quienes fueron los dueños del poder en el pasado reciente se cruzan entre sí miradas recelosas por la intensa presión social que despertó a los jueces federales de su molicie.

El camino de investigación y castigo de los hechos de corrupción perpetrados es, sin embargo, incipiente. Acaso porque también muchos jueces y fiscales tienen sus temores personales sobre las cosas que Julio pueda contar.

Legisladores de Córdoba han señalado el contraste con lo que ocurre en Brasil, donde ya se dictaron 177 condenas tras el estallido del caso Lava Jato.

La presión por la transparencia de los asuntos públicos es un signo de los tiempos actuales.

Xi Jinping, el hombre más poderoso de China, ha conseguido en el último congreso del Partido Comunista que su doctrina sea elevada a los altares donde reposa el legado de Mao Tsé Tung.

Ha llegado hasta allí un lustro después de prometer una limpieza a fondo de la gigantesca burocracia china. Xi Jinping anticipó que pisaría las cabezas de los tigres y de las moscas. De los grandes funcionarios que se corrompieron con el vuelco al capitalismo. Y también de los más pequeños.

Más del uno por ciento de los miembros del PC Chino han sido sancionados desde entonces: más de un millón de funcionarios.

Zhou Yongkang es el dirigente más notorio que terminó en prisión. Integraba la mesa chica del Partido Comunista. Dirigió la compañía de petróleo y gas más importante. Fue el ministro de seguridad durante los Juegos Olímpicos de 2008.

El corresponsal español en Beijing, Javier Borrás, lo explica de este modo: “Durante varias décadas, la legitimidad del poder autoritario en China estuvo ligada al crecimiento económico. La mentalidad imperante era mirar a otro lado si, gracias a eso, todo el mundo se hacía un poco más rico. Ahora, cuando la economía ya no crece tanto, los dirigentes chinos deben justificar su presencia en base a un virtuosismo que los sitúe como los mejores preparados para dirigir el país”.

Xi sabe que tanto la corrupción como el estancamiento económico fueron factores muy importantes en la caída de la Unión Soviética. Su campaña pretende demostrar que se puede ser efectivo contra la corrupción sin necesidad de un liberalismo político”.

Huelga aclarar que China no es una democracia. No hubo sólo una vasta lucha contra la corrupción, sino una gigantesca purga política de los dirigentes que en el futuro podrían amenazar al poder actual. Ese es curiosamente el argumento que utiliza en Argentina el sector político sobre el cual llueven las denuncias de corrupción.

Todos los casos, desde Milagro Sala hasta Amado Boudou, son purga política. Todos los políticos presos son denominados presos políticos. Aunque las pruebas de sus delitos comunes estén a la vista.

Ante esa falacia, el país debe afirmarse en el principio inverso al del comunismo chino. Demostrar que el liberalismo político es posible, mientras se es efectivo combatiendo la corrupción.

Fuente: La Voz del Interior

29Oct/172

A cien años de la Revolución Rusa

Por Roberto Azaretto

Hace cien años, la revolución rusa, conmovió al mundo y marcó el siglo pasado. En marzo de 1917, el zar Nicolás II abdica, ante las dificultades, para reprimir las revueltas en la capital imperial de San Petersburgo.

Las tropas se negaron a atacar a los manifestantes y muchos soldados se sumaron a las protestas. Los generalesdijeron al soberano de un régimen autocrático, que era difícil restablecer la disciplina con su permanencia en el trono.

Al día siguiente, el hermano del zar, el Archiduque Miguel, rechazó el trono y la Duma -un parlamento con poderes acotados, surgido de las sublevaciones de 1905- asumió el poder con un gabinete de liberales y socialistas dirigidos por el príncipe Liow.

En 1913, los rusos, celebraron el tricentenario de la dinastía Romanov como autócratas de Rusia. El vasto Imperio había acelerado, desde 1905, un proceso de industrialización y modernización que llevó a Rusia a tener las tasas de crecimiento más altas de ese tiempo, siguiendo un plan reformista a cargo del conde White. Las reformas no alcanzaban al régimen político, que seguía basado en el absolutismo.

El zar emprendió, como parte de los festejos, una gira en ferrocarril por todo el imperio y cuando Lenín, en su exilio de Ginebra, veía, en los noticieros cinematográficos a las multitudes exultantes ante la presencia del emperador, escribió desalentado: "Hay un siglo más de Romanoff en Rusia".

Lenín regresó a su país luego de los acontecimientos de marzo, gracias a los dirigentes del Imperio Alemán. El gabinete de Berlín y el Estado mayor imperial del ejército germano llegaron a la conclusión de que para ganar la Guerra había que lograr la defección de Rusia liberando divisiones para trasladarlas al frente occidental.

A casi tres años de guerra había cansancio ante las bajas, la escasez y las derrotas, pero el nuevo gobierno quería proseguir las operaciones y su ministro de guerra, el socialista Kerensky, lanzó una ofensiva que terminó en un fracaso y deterioró a la nueva administración.

Lenín era un líder comunista, francamente minoritario en la población rusa. Llegado a San Petersburgo inició una campaña de agitación con el lema de paz, pan y tierra y en octubre se hizo con el poder y canceló las elecciones para elegir constituyentes, sabiendo que las perdía.

La Revolución Rusa es una secuela de la guerra mundial, que también, terminó con los tronos del Imperio Alemán, el de los Habsburgo del Imperio Austro Húngaro y el de la dinastía otomana de Turquía y trajo convulsiones revolucionarias en todo el mundo, incluso en nuestro país como la semana trágica y los sucesos de Santa Cruz.

Así comenzó un totalitarismo que gobernó Rusia, convertida en la Unión Soviética, hasta 1989. Un régimen despótico, consolidado luego de una feroz guerra civil de tres años, la muerte por hambre de veinte millones de campesinos, otros millones de disidentes desplazados de sus tierras, por limpiezas étnicas o por ser pequeños propietarios y el cercenamiento de todas las libertades y derechos individuales. Ni siquiera los altos dirigentes del partido comunista estaban a salvo de la cárcel o el asesinato.

En su momento fue saludada con entusiasmo por los que creían que era una revolución fundada en los valores de la libertad, que terminaba con la autocracia zarista.

Otros la defendieron porque creyeron en el presunto igualitarismo que implantarían, terminando con privilegios originados en el nacimiento o en la riqueza.

Algunos, por la indudable contribución a la destrucción de otro totalitarismo siniestro, el nazi fascista, con millones de muertos en defensa, no del comunismo, sino de la "sagrada madre tierra rusa", como lo admitiera el propio Stalin, disimulaban o se negaban a ver los crímenes del régimen que la propia dirigencia soviética reconocería a la muerte del tirano georgiano.

Los ataques a la libertad de los zares fueron poca cosa si los comparamos con las atrocidades del régimen comunista que, luego de la Segunda Guerra Mundial, se extendió por Europa Oriental, avanzó sobre el Asia e intentó -desde su satélite Cuba- subvertir a la América Latina.

El sistema no tuvo éxito económico y se desmoronó ante su fracaso en 1989. Ya Von Mises había advertido, ante la "planificación centralizada" anunciada por Lenín, que esto llevaría a Rusia al desastre.

Por cierto que el propio Lenín, ante el derrumbe económico y el hambre que se extendía por todos los territorios de la URSS, dio marcha atrás con la NEP, nueva política económica, que reconocía la propiedad campesina de la tierra y actividades privadas en el comercio y la industria.

Pero a su muerte, Stalin volvió a imponer la colectivización forzosa y sacar la tierra a los campesinos. Fue así como Rusia, de exportador de alimentos antes de la revolución, se convirtió en un continuo importador de cereales.

¿Cuántas divisiones tiene el Papa? Le dijo con ironía Stalin a Churchill en Moscú. Un Papa polaco, Juan Pablo II, que sufrió los dos totalitarismos, el nazi y el comunista, aparentemente distintos pero de la misma raíz intelectual supo, con un político estadounidense sin pretensiones académicas, lo que otros, con prestigio intelectual, no supieron o no pudieron ver: La maldad del sistema y la inevitabilidad de su caída, porque contrariaba la naturaleza humana, a la que le es inherente conceptos como, el libre albedrío, la dignidad de la persona, que cada persona humana es sagrada o, para resumirlo en una frase, que ningún hombre es un medio sino que es un fin en sí mismo.

El siglo pasado, a la par de grandes progresos materiales y de inclusión social, fue abominable en muchos aspectos, con genocidios enormes fruto de los intentos de ingeniería social por parte de los enemigos de la libertad.

Fuente: diario Los Andes