A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

12Jul/110

¿Masoquismo o ignorancia?

(Publicado en La Voz del Interior el 5 de julio de 2011)

Vencida en Caseros la resistencia centralista en 1853 pudimos darnos por fin una Constitución federal, aunque con la ausencia de Buenos Aires que se retiró de Santa Fe por no poder imponer su hegemonía, como lo venía haciendo o intentando desde 1810.

La provincia rebelde se pretendió constituir en estado independiente y en 1859 se levantó en armas contra la Nación bajo las órdenes de Bartolomé Mitre. Derrotada en Cepeda, le abrimos generosamente las puertas para que ingresara en la Confederación, aceptándole incluso una reforma de la Constitución a su conveniencia. Pagó levantándose nuevamente dos años más tarde y mediante intrigas y sobornos, forzó a Urquiza a retirar la caballería entrerriana del campo de batalla de Pavón y logró alzarse con el triunfo. Allí, en el bando porteño, estuvo un uruguayo llamado Wenceslao Paunero, que fue ascendido después del combate al grado de general.

Consumado el primer golpe de estado de nuestra historia constitucional, Mitre se apoderó del gobierno nacional, al que instaló en Buenos Aires y bajo el título de Encargado del Poder Nacional Provisorio se dispuso a someter a las provincias, alentado por la sed de venganza de los unitarios. Hacia donde era fuerte el sentimiento federal –el auténtico, no el falso de Rosas, que tanto daño le hizo– se enviaron ejércitos de ocupación con instrucciones expresas de reducir toda resistencia por la fuerza.

En Córdoba la reacción fue aplastada mediante el envío de una división del ejército al mando de Paunero, que se acantonó a las afueras de la ciudad. Paunero obligó a la Legislatura, en diciembre de 1861, a designar al tucumano Marcos Paz como gobernador, y unos días después lo reemplazó él mismo.

Desde el gobierno no escatimó esfuerzos para perseguir a los federales, llegando incluso a separar de sus cátedras universitarias a conspicuos profesores como Clemente Villada, Jerónimo Cortés, Clodomiro Oliva y Marcos Figueroa, y hasta quitándole la jubilación al doctor José Severo de Olmos, ex ministro de la Nación.

Estas arbitrariedades, sumadas a la presencia amenazante del ejército porteño, no hicieron sino exacerbar los ánimos. Una fracción del partido liberal o aliado, renuente al sometimiento de la Provincia, logró imponer la convocatoria a elecciones y el triunfo del doctor Justiniano Posse, que asumió la gobernación el 16 de marzo de 1862. Paunero lo hostilizó de mil maneras, pero afortunadamente, en julio se retiró a Villa Nueva, en donde permaneció hasta fines de ese año.

Durante los seis años que duró el gobierno de Mitre, los levantamientos en las provincias fueron constantes, como también lo fue su represión a sangre y fuego. El régimen de terror impuesto por las tropas de ocupación provocó reacciones en varias de ellas. Desde La Rioja se levantó en armas el general Angel Vicente Peñaloza, antiguo federal antirrosista, quien tras varios encuentros con las fuerzas mitristas logró un acuerdo de paz en La Banderita en mayo de 1862, gracias a la intervención del rector de la Universidad de Córdoba, doctor Eusebio de Bedoya. Pero la feroz persecución que sufrió luego le llevó a retomar las armas y el 20 de mayo de 1863 se enfrentó en Lomas Blancas con el coronel uruguayo Ambrosio Sandes, que lo derrotó.

El 10 de junio siguiente se produjo en Córdoba una revolución contra el gobernador Posse, encabezada por el federal Simón Luengo, que designó gobernador a José Pio Achával. Peñaloza marchó hacia aquí y el 13 de junio hizo su entrada en la ciudad, en donde fue recibido con alborozo. Paunero vino en su búsqueda y el 28 de ese mes se enfrentaron en Las Playas, en el lugar que años más tarde ocupó la Fábrica Militar de Aviones.

El combate fue encarnizado y el Chacho cayó otra vez vencido, debiendo huir a San Luis. Las crueldades cometidas en dicha ocasión por el coronel Sandes con la anuencia de Paunero, se inscriben entre las páginas más siniestras de nuestra historia. Terminada la batalla hizo ejecutar a los oficiales, dejando los cadáveres tirados, y llevó a pie a los prisioneros hasta el Bajo de López (hoy barrio General Paz), mandando degollar a ochenta jóvenes, en su mayoría estudiantes universitarios que se habían ofrecido como voluntarios para defender la ciudad.

Tras una nueva derrota, Peñaloza huyó a Olta, en donde el mayor Irrazábal lo apresó y lo asesinó de un lanzazo, siendo su cadáver vejado y su cabeza expuesta por ocho días en la plaza. Su mujer fue robada y humillada, mientras Sarmiento y Paunero aplaudían y celebraban el crimen.

En nuestra Provincia la presión de Paunero contra Posse se volvió insoportable, y el 17 de julio éste se vio obligado a renunciar, denunciando la actitud de “el hombre que hoy humilla a Córdoba”. El invasor era consecuente con las disposiciones de su jefe Mitre, para quien los “trece ranchos” –como llamaba a las demás provincias– no merecían sino ser humillados. En carta a Marcos Paz del 10 de enero del año anterior, le decía:

Por aquí todo va bien. Corrientes se puso a mi entera disposición y creo que pronto imitará el ejemplo de Córdoba, a quien se humilla cada día más, y como el Divino Redentor (en lo humano, no en lo divino), pone la mejilla izquierda cuando le pegan en la derecha.

Pero Córdoba no se sometía tan dócilmente como Mitre creía. Nuevamente mandó invadirla en 1867, esta vez a través de otro procónsul, José Miguel Arredondo –también uruguayo, como Paunero y Sandes–, quien llegó al extremo de interrumpir una sesión de la Legislatura en la que debía elegirse gobernador, disolverla y designar una nueva de su agrado, con la que logró imponer el nombramiento de Félix de la Peña, antiguo rosista devenido mitrista.

Cuesta por todo ello entender que en nuestra ciudad haya tres calles que se llaman Mitre, Paunero y Las Playas. ¿Masoquismo, ignorancia, perversidad? Hace algunos años solicitamos al entonces presidente del Concejo Deliberante y actual intendente municipal, Daniel Giacomino, el cambio de dichos nombres, pero no merecimos de su parte una respuesta. A nuestros gobernantes parece no importarles la humillación de Córdoba.

Cristina Bajo y Prudencio Bustos Argañaraz

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