A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

24Jul/173

¿Se apropia la Nación de nuestros recursos?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Tras medio siglo de guerras civiles nuestro país logró en 1853 sancionar, con la sola ausencia de la Provincia de Buenos Aires, una Constitución federal. Ella prohibía expresamente a la Nación el cobro de impuestos indirectos y solo le permitía percibir los directos por excepción, en casos de gravedad institucional y por tiempo limitado. El golpe de estado de Mitre, en 1861, dio por tierra con el sistema federal y pronto la Nación, identificada con la nueva capital, se fue apropiando indebidamente de esas facultades fiscales.

Las leyes de coparticipación federal nacieron con el objeto de devolver a las provincias una parte de lo que la Nación les quitaba ilegalmente, pero el atropello se legitimó y adquirió rango constitucional con la reforma de 1994, al reconocerle esos derechos que se había arrogado, como una “facultad concurrente con las provincias”.

Lo más grave es que esos recursos de los que la Nación se apropia, son destinados en su mayor parte a pagar lujos y extravagancias de la ciudad capital. Ya en la década de 1980 más de la mitad del presupuesto nacional se consumía dentro de los límites de la ciudad de Buenos Aires, en donde vive el 7,5% del total del país. El gasto nacional per cápita en ella quintuplicaba al de Córdoba y la Municipalidad porteña pagaba apenas el 40% de los servicios que recibía, con el agravante de que en su territorio (el 0,007% de nuestra superficie continental) se absorbía el 70% del producto bruto industrial.

Durante la “década ganada” la situación se agravó notoriamente. El presupuesto de 2007 destinó al “interior”, en donde vive el 92,5% de los argentinos, el 41% de los recursos. El 59% restante fue a parar a donde habita el 7,5%. Ese mismo año, lo recaudado por el gobierno nacional –el 25,4% del producto bruto interno, que sube al 37,2% si se computa el impuesto inflacionario– se distribuyó de tal manera que cada porteño recibió 5,6 veces más que cada cordobés y tres veces más que el promedio nacional.

Al año siguiente la distribución global de fondos recaudados por la Nación (coparticipación más subsidios), alcanzó un nuevo récord: la ciudad de Buenos Aires absorbió el 73,5%, es decir 16.355 millones de pesos. Limitando los valores a los subsidios que distribuía graciosamente Julio de Vido, la Capital embolsó ese año 5.375 pesos por habitante, 116 veces más que los cordobeses y los sanluiseños, que recibieron 46 y 45 pesos per cápita respectivamente. A partir de entonces dejamos de tener estadísticas confiables, pero si ese porcentaje se proyecta a 2014, en que la presión impositiva llegó al 38% del PBI y la participación del estado nacional al 21,6%, la distorsión alcanzó dimensiones monstruosas.

Esa realidad, que de suyo implica la destrucción del federalismo fiscal –condición sine qua non del federalismo político–, sumada a la distribución caprichosa e inequitativa de los recursos que la Nación se guarda para sí, fue creando un abismo entre los niveles de desarrollo de la Capital y del resto del país.

En 2010 dicha ciudad –reitero que con el 0,007% del territorio y el 7,5% de la población– acumulaba el 25,67% del Producto Bruto Geográfico (PBG), que calculado per cápita en pesos de 1993, alcanzaba allí a $23.000, mientras que el promedio nacional era de apenas 7.100.

El presupuesto de 2011 destinaba a la Capital, en concepto de coparticipación y leyes especiales, $38.726 por habitante, a Santa Fe le asignaba 8.457, a Mendoza 8.124, a Córdoba 8.109 y a Misiones 7.704. En otras palabras, para el gobierno nacional un porteño valía entonces 4,56 veces más que un santafesino, 4,76 veces más que un mendocino, 4,77 veces más que un cordobés y cinco veces más que un misionero.

Ese año el poder central concentró el 84,4% de los recursos públicos recaudados, dejando al conjunto de las provincias y municipios el 15,6% restante. Ello a pesar de lo dispuesto por la ley 23.548, según la cual las provincias deben recibir no menos del 54,66% de la masa coparticipable. En el artículo 7° ordena que “el monto a distribuir a las provincias, no podrá ser inferior al 34% de la recaudación de los recursos tributarios nacionales de la administración central, tengan o no el carácter de distribuibles por esta ley”.

A ello deben sumarse los recursos que el gobierno nacional sustraía anualmente a las provincias mediante sucesivas detracciones de la masa coparticipable neta (15% para el sistema de jubilaciones y pensiones y el Fondo Compensador de Desequilibrios Fiscales, 11% del IVA, 36% del impuesto a las ganancias, 70% de los monotributos y 70% de los impuestos a los créditos y débitos bancarios). Para 2014 se estimaba en 130.000 millones de pesos.

En el presupuesto de ese año la distribución geográfica de los gastos del estado nacional (inversiones en obras públicas o gastos de capital, más gastos corrientes) exhibía otro grosero agravamiento de los privilegios de la ciudad de Buenos Aires. Medidas las asignaciones por habitante, por cada porteño el gobierno nacional erogaría  $90.915, por cada mendocino 12.898, por cada jujeño 12.291, por cada cordobés 11.266 y por cada misionero 10.064. En otras palabras, un habitante de la ciudad más rica recibió 7 veces más que un mendocino y que un jujeño, 8 veces más que un cordobés y 9 veces más que un misionero.

El gobierno actual muestra claras señales de querer corregir estas aberrantes distorsiones, pero no debe reducirse a gestos de generosidad por parte del presidente, sino lograr una reversión profunda de este sistema fiscal perverso que permite que una ciudad viva en la opulencia a expensas del resto del país. Por ello cobran inusitada actualidad las palabras de Juan Bautista Alberdi, para quien ya en el siglo XIX existían “dos países bajo la apariencia de uno solo: el Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo, la República. El uno gobierna, el otro obedece; el uno goza del tesoro, el otro lo produce; el uno es feliz, el otro miserable; el uno tiene su renta y su gasto garantidos, el otro no tiene seguro su pan”.

Fuente: La Voz del Interior

6Jul/172

¡Felices 444 años, mi ciudad!

Argentina es mi país y Córdoba es mi patria

Por Gonio Ferrari

En este cumpleaños y aunque pasen los siglos, ¡salud, mi ciudad, patria de siempre!

Debo jurar, por si es necesario, que pasan los años y en nada cambia mi homenaje de cada 6 de julio a esta ciudad donde nací, crecí, me malcrié protestando, trabajé y pienso despedirme de ella ni un minuto antes de lo establecido por el dueño de todos los relojes.

Desde que me acuerdo, y no son pocos años, lo digo desde el alma y con orgullo porque así lo siento: Argentina es mi país, pero la ciudad de Córdoba es mi patria.

Crecemos amando a la ciudad como es: anárquica y sensual; desordenada y doctoral; con humor de sobra para exportar y malhumor social para atender.

Ciudad aporreada por la desidia de los que dicen que mandan y por la anarquía que permiten esos mismos, los que creen que la gobiernan.Aquí en Córdoba anidan el orgullo de las raíces, la histórica arrogancia de sus luchas, la humildad mediterránea y las industrias del humor, del apodo, de los yuyos, del fernet y del cuarteto.

Y porque somos sus hijos, amamos a esta Córdoba magnética, romántica, mágica y soberbia, aunque la arruinen los que debieran mimarla y hermosearla.

Amamos a la ciudad avasallante que ejerce idéntica atracción en sus hijos adoptivos, en los que la visitan para después quedarse y en los que se aquerencian con el pretexto de estudiar.

Córdoba tiene la protectora calidez de una mamá.

También asume su condición de genuina madre sustituta.

Ciudad símbolo, ruidosa, altiva, insegura y sorprendente, quiero abrazar ese poco prolijo laberinto de tus barrios; los rumorosos bares de cada esquina; la estridencia de tus avenidas, los colores de tus clubes; el malo y caro transporte urbano; los candados de tus conventos; la pasión de tus políticos, la dañina insolencia de tu río cuando crece; la intemperie de tus villas; la sonoridad de tus campanas; el catálogo de tus baches; la penosa sorpresa de los cortes de luz; la casi permanente asamblea de los municipales; la golosa redondez de tus alfajores; la fiestera pachorra de tu Justicia; la inimitable contundencia de tu tonada; la frescura de tus estudiantes; la mentirosa solemnidad de tus doctores; la altivez de tus universidades; la columna vertebral de tu Cañada; la mugre sabatina de tu invadida peatonal; la añosa certidumbre de tus templos; tu maravillosa lozanía en el otoño; el silencioso abrigo del invierno...

Quiero, más que nada, confesarte cuánto te amo.

Por la generosa hospitalidad de tu tierra.

Por el linaje de esas cadenas que me atan a tu historia, a tus luchas, a tus días y a tu gente.

En este cumpleaños y aunque pasen los siglos, ¡salud, mi ciudad, patria de siempre!

Fuente: La Voz del Interior

25Mar/174

Víctimas invisibles

Editorial del diario La Nación de Buenos Aires del 24 de marzo de 2017.

Lograr una pacificación que deje atrás años de violencia política supone acceder a la verdad de lo ocurrido en la década del 70

La negación y la falsificación de la historia son una de las peores herencias recientes con las que el pasado insiste en condicionar el presente. Después de 12 años de un tan sugestivo como lamentable silencio, cuando no un discurso distorsionado y falaz, en las últimas semanas nuestra sociedad parece haber comenzado a reconocer que la terrible violencia que caracterizó la trágica década del 70 no tuvo que ver sólo con la desplegada desde el Estado, sino también con la acción igualmente violenta de los distintos grupos terroristas que no vacilaron un solo instante en apuntar contra civiles inocentes.

Parecería que así se comienza a corregir, lentamente, una tan desgraciada como deliberada omisión que no reconoció el profundo drama personal ni los daños que afectaron a las víctimas absolutamente inocentes de una injustificable violencia desplegada por aquellos movimientos revolucionarios. Hablamos de un número elevado de argentinos, hombres, mujeres y niños, a los que hasta ahora se ha ignorado, como si no fueran sujetos de derecho de ningún tipo. Son los que fueron asesinados, mutilados, heridos, secuestrados y hasta torturados en las eufemísticamente llamadas "cárceles del pueblo". Cómo no reconocer que nos habíamos olvidado de ellos, de sus respectivas familias, abandonándolos en el más completo desamparo, sin consideración alguna, injustificadamente despreciados e incluso criticados. Para ellos no hubo homenajes, ni monumentos, ni indemnizaciones, ni programas de contención, ni amparo alguno. Sólo recibieron silencio. Han sido, hasta ahora, víctimas realmente invisibles, de las que ni siquiera se hablaba.

El primer paso previo al adeudado reconocimiento debería ser identificarlos, conocer sus nombres, saber quiénes fueron y son nuestras víctimas abandonadas. El camino pasa seguramente por repetir una experiencia nacional que resultó muy valiosa: la de la Comisión Nacional de Desaparición de Personas (Conadep), creada en 1983, durante la presidencia de Raúl Alfonsín. Es oportuno recordar que estaba integrada por miembros destacados de nuestra comunidad que, con seriedad y coraje, hicieron una labor histórica meritoria, investigando y registrando a los desaparecidos por acciones ilegales de las que fueron responsables algunos de nuestros militares que hoy cumplen condenas impuestas por la Justicia. Un primer gran paso en esta dirección fue el brindado por el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (Celtyv). Utilizando material de difusión pública exclusivamente basado en los diarios de época, contó el número de víctimas del terrorismo asesinadas, heridas y secuestradas entre 1969 y 1979. Arribaron a la conclusión de que los terroristas causaron 17.382 víctimas de todo tipo de delitos, de las cuales 1094 fueron asesinadas. Esta cifra debe complementarse con la información en poder del Estado, de manera que ciudadanos cuyas historias no fueron relevadas por la prensa de aquellos años también puedan ser reconocidos como víctimas del terrorismo.

Es hora de comenzar a pensar en la necesidad de conformar un organismo similar a la Conadep para identificar cabalmente a las víctimas de la acción de los distintos grupos armados a fin de darles el lugar que, en justicia, les corresponde en nuestra historia.

Esta incontrastable información sobre las víctimas del terrorismo debe incluirse en los planes escolares y grillas de contenidos de historia de aquella penosa década, con imparcialidad, de manera que las nuevas generaciones puedan tomar conocimiento del baño de sangre que envolvió a nuestro país y aprender que la violencia no ha de ser jamás instrumento para defender o sostener los propios ideales, como tampoco puede justificarse para ello la interrupción del orden constitucional. Abordar los hechos históricos de nuestro pasado más reciente con un enfoque global encierra un desafío a la madurez de la sociedad argentina respecto del relato sostenido en la última década, que invisibilizó cualquier vestigio de las víctimas del terrorismo y negó la responsabilidad de las organizaciones armadas en la tragedia de los años 70.

Desentrañar la verdad es lo que reclama nuestra dignidad nacional para desenmascarar todo lo sucedido en una de las etapas más tristes de nuestra historia. Sin dejar capítulos en blanco, en aras de la transparencia y de justicia. Luego de 33 años de democracia, el pueblo argentino merece conocer su historia, sin interpretaciones que la distorsionen a la luz de conveniencias políticas o ideológicas, con magnanimidad y capacidad de asignar justamente las responsabilidades por los hechos cometidos, de manera que la ley se aplique a todos por igual para que quien haya delinquido responda por ello. Es hora de dar visibilidad y justo reconocimiento a quienes, hasta ahora, sólo fueron testigos invisibles e inocentes, desestimados y castigados por la indiferencia y el olvido de sus propios compatriotas.

22Mar/179

¿EN DÓNDE NACIÓ DALMACIO VÉLEZ SÁRSFIELD?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Días atrás, La Voz del Interior comentó que en el pedestal de la estatua que recuerda al autor del Código Civil, se consigna que había nacido en la ciudad de Córdoba, lo que se contradice con la versión corriente, que fue en la localidad de Amboy, departamento Calamuchita. Esta segunda versión fue lanzada por Abel Cháneton, quien en el tomo primero de su famosa Historia de Vélez Sársfield (Buenos Aires 1938) sostuvo que ello respondía a una tradición familiar, según la cual a su madre, siendo viuda, se le precipitó el parto al pasar por dicho pueblo, cuando se dirigía desde la ciudad “camino de la finca solariega”.

El mismo Cháneton advierte lo poco probable que una mujer que portaba un embarazo avanzado abandonara la ciudad en pleno verano para hacer un viaje de varios días por fragosos caminos serranos, poco más que huellas. Por ello plantea la hipótesis de que el viaje se habría realizado en realidad en sentido contrario, es decir, con destino a Córdoba, lo que también suena poco verosímil.

Pero la tradición oral suele sufrir serias distorsiones a lo largo del tiempo, en el caso de marras, casi un siglo y medio. La prueba de ello es que la versión de Cháneton contiene errores fácilmente comprobables, como el afirmar que el padre de don Dalmacio había muerto en Calamuchita en 1799, varios meses antes del nacimiento de su hijo homónimo.

En el libro 3° de defunciones de la Catedral, a fojas 34 vuelto, vemos que el maestro don Francisco Javier Argüello acompañó el cuerpo de don Dámazo (sic) Vélez para ser sepultado en la iglesia de La Merced el 27 de junio de 1800, “con entierro mayor cantado de españoles adultos”, y que había muerto “con los santos sacramentos que le administró el cura rector interino, doctor don Manuel Mariano Paz y bajo de testamento cerrado otorgado en diecinueve de dicho mes y año”.

Y en el libro 6° de bautismos de la Catedral verificamos, a fojas 28 vuelto, que el licenciado don Pedro Guzmán le administró óleo y crisma el 19 de setiembre de 1800 a Dámaso Simón, de ocho meses de edad, a quien “bautizó de socorro el Dr. don Tomás de Aguirre, hijo legítimo del finado don Dalmacio Vélez y doña Rosa Sarfiel, vecinos de esta. Es decir, nació en febrero de 1800, cuando su padre aún vivía.

La tradición no resulta un elemento confiable cuando ha transcurrido tanto tiempo y, en todo caso, si de tradición se trata parece más razonable preferir la que prevaleció al construirse la estatua, en 1897, cuando aún vivían algunos de los hijos de Vélez Sársfield, que la que recibió Cháneton cuarenta años más tarde. O mejor aún la que consignó en 1875, el año de la muerte de don Dalmacio, su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento, en su Bosquejo de la biografía de don Dalmacio Vélez Sársfield, en donde sostiene que “nació en la ciudad de Córdoba el 18 de febrero de 1801”, añadiendo que la fuente fue el propio biografiado. “Hemos recogido de boca del señor Vélez mismo algunos hechos que venían como por accidente, recordados al hablarse de cosas pasadas”, dice.

Pero estas afirmaciones no hacen sino confirmar la falibilidad de las tradiciones orales, aún bajo las circunstancias anotadas, pues además de errar en el año de nacimiento de don Dalmacio, incurre Sarmiento en otras falsedades, tales como llamar doctor y abogado a su padre, quien si bien era un hombre de vasta cultura, no había pasado por las aulas universitarias, según él mismo relata en su testamento. O fantasear respecto a los supuestos orígenes de su familia materna, a lo que el ilustre sanjuanino era muy proclive.

Como siempre, lo mejor es buscar las fuentes documentales contemporáneas y, de ser posible, la palabra del propio personaje. En el caso que nos ocupa, nos proporciona esa información el libro de bautismos de la parroquia porteña de San Nicolás de Bari que abarca los años 1824 a 1836, en cuya foja 54 consta que el 18 de marzo de 1825 fue bautizada Vicenta Plácida de los Dolores, nacida nueve días antes, “hija legítima de don Dalmacio Velis, natural de la ciudad de Córdoba y de doña Paula Piñero, natural de esta”. Creo que esto aclara debidamente el punto, pues sin duda el sacerdote registró los datos que el propio Dalmacio le proporcionó.

Resulta curioso advertir que estos errores en torno a sus nacimientos se han provocado también en relación a otros dos próceres cordobeses contemporáneos de Vélez, el gobernador Juan Bautista Bustos y el deán doctor Gregorio Funes. También me tocó en suerte demostrar el error que se venía repitiendo acerca de que el primero había nacido en Santa María de Punilla, siendo que lo fue en esta ciudad, y el que afirma hasta hoy en una placa que el deán vio la luz en la esquina de Rivera Indarte y 9 de Julio, lo que también es falso.

Otra vinculación los une y es la existencia de lazos de parentesco entre ellos. O mejor dicho, Bustos era pariente de los otros dos, pues su madre era prima segunda de Vélez Sársfield y él era primo tercero del deán. Curiosidades de la Historia.

Fuente: La Voz del Interior

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5Mar/173

La siguiente es una carta abierta a Miguel Bonasso escrita por el ex Montonero Marcelo Vagni con motivo de lo que no le dejaron decir en  un programa de televisión porteño llamado Intratables.

CONMIGO NO, BONASSO - CARTA ABIERTA.
Fui invitado, hace unos días, al programa Intratables para intentar participar de un debate sobre los años 70. Pretendía aportar al mismo desde mi experiencia personal, por haber sido secuestrado en 1977, a los 15 años, por mi militancia secundaria (primero dentro de la UES, Montoneros y luego en la Juventud Guevarista, expresión juvenil del PRT-ERP). Por otra parte, durante treinta años, entre 1984 y 2014 inclusive, he sido convocado en numerosas oportunidades por la Justicia para declarar en calidad de testigo en varias causas por delitos de lesa humanidad desde mi vivencia personal de ex-desaparecido y ex-preso político.
Digo bien, “intentar participar de un debate”, porque mi intención y la de la producción del programa de TV quedaron solo en eso, en un deseo, un intento. Sucede que mientras hablaba fui interrumpido agresivamente y descalificado por Miguel Bonasso, también presente en el estudio.”Contanos para quién trabajás…”, inquirió primero. ”Con vigilantes no discuto”, me acusó luego en el aire.

Hasta esas interrupciones sólo había alcanzado a decir que, visto a la distancia y con la serenidad que permiten los años, sentía que mi reclutamiento a los 13 años de edad, las actividades que se me ordenaba llevar a cabo (a mi como a tantos jóvenes de mi edad), la actitud que se me convenció debía adoptar a partir del golpe de estado de marzo de 1976 (“Se impone al pueblo argentino...afrontar con heroísmo los sacrificios necesarios y librar...la victoriosa guerra
revolucionaria de nuestra segunda y definitiva Independencia”, El Combatiente, 31 de Marzo de 1976), nos puso tanto a mi como a muchos más en una situación de riesgo de vida de la que solo tome conciencia dentro de un calabozo oscuro, orinado, muy lastimado, seguro de queiba a morir, y pensando en mi mamá y mi papá antes que en la guerra revolucionaria.
Dije textualmente en el programa: “Soy una víctima de la represión militar pero antes de eso fui una víctima de la guerrilla que me reclutó a los 13 años, para convertirme a los 14, en un miliciano de la guerra revolucionaria”.
Respecto de aquella historia trágica de los años 70, estoy convencido de otra cosa: que a los efectos de nuestros objetivos y planes (los de la guerrilla) no importaba que estuviésemos viviendo en democracia, bajo un gobierno que -pese a sus características por todos conocidas-, había sido elegido por una enorme mayoría en 1973.

Tanto la organización de la que yo participaba como la organización Montoneros (de la que Bonasso era un importante dirigente, un “jefe”), llevamos adelante acciones contra los gobiernos de Perón e Isabel, desconociendo la voluntad popular y asumiendo que esa voluntad la expresábamos nosotros mismos, como “vanguardia lucida”, como “destacamento de avanzada”. No nos preparaban entonces para las próximas elecciones. Nos preparaban para los próximos combates revolucionarios.
Por eso a la interrupción con gritos e insultos de Bonasso la interpreté claramente como un “No cuentes, no digas nada, nadie se tiene que enterar de eso”. Tal actitud solo confirma mi idea de que se pretende manipular esa porción de nuestra historia contando lo que no pasó. Y no contando lo que efectivamente sucedió.

Yo había llegado a Intratables por propia voluntad, a expresar mi rechazo a un proyecto de ley que impulsa la diputada Nilda Garré, que busca poner una mordaza legal a un debate que viene siendo contado de manera falsa y tendenciosa. Para hablar en
contra de este intento de imponer una mentira de prepo. Una cosa que por la dinámica del programa –y debido a la interrupción de Bonasso- ni siquiera llegué a esbozar. Bonasso, visiblemente enojado, expresó que mi discurso reavivaba la teoría de los dos demonios.

Ni siquiera conozco en profundidad esa teoría, ni intento emparentar nada con nada. Si acuerdo con denominar “demoníaca” -si se quiere- a la salvaje e ilegal represión que viví al igual que miles de argentinos (aunque no todos, ya que hubo
excepciomes, como Firmenich y Bonasso por ejemplo).

Pero yo en no estoy hablando de la dictadura. Estoy hablando de
nuestro accionar (del entonces adulto Bonasso y del mío propio, que era casi un niño) en los años previos al Golpe de Estado.

¿Qué palabra podríamos encontrar para denominar ese accionar, con su secuela de muerto y el enorme daño que le provocó al país? ¿Si no fue “demoníaco”, qué fue? ¿Angelical? ¿Justo? ¿Necesario?

Conmigo no, Bonasso. Simplemente porque yo estoy hablando de mi experiencia personal: yo la viví. Vos también la viviste: fuiste uno de los jefes de una organización que no dejó gobernar a Perón, que lo atacó sistemáticamente, y solo porque pensaban que el proyecto que debía imponerse en la Argentina no era el de Perón (que acababa de ganar las elecciones con más del 60% de los votos) sino el de ustedes.

Por eso le advirtieron que no iban a dejarlo gobernar y asesinaron a Rucci solo dos días después de su triunfo electoral. Y lo siguieron enfrentando hasta que los echó. Y pasaron a la clandestinidad en plena democracia e intensificaron el accionar armado.

En aquellos años, solo algunos, como usted Bonasso, tuvieron la
ventaja de la clandestinidad y acceso a mecanismos para eludir o enfrentar la represión. Los miles de jóvenes que creían en ustedes, en las facultades, en las escuelas, en las fábricas y en los barrios, tuvieron que seguir ocupando sus lugares, “escrachados” y “quemados”, claramente identificados por la represión.

Una mayoría de nosotros siguió haciendo, valiente o inconsciente del riesgo, hasta que la Triple A o la dictadura los secuestró y los asesinó. Conmigo no, Bonasso. Hubiera sido más digno que me interrumpieras para reconocer aquellos tremendos errores, o para contarles a los jóvenes de hoy que hay que vivir en democracia y cuidar de ella, y que te equivocaste cuando la atacaste. Hubiera sido genial que dijeras que para imponer ideas hay que convencer a los demás, no asesinarlos ni secuestrarlos.

Y decirle a los peronistas que cuando Perón ya no enfrentaba ni al Almirante Rojas, ni a Aramburu, ni a Lanusse... aparecieron ustedes –los jovenes de vanguardia- y se constituyeron en su principal enemigo en sus últimos años. Aquellos últimos años en los que justamente Perón se abrazaba con Balbín y nos decía que “para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”.

Me vi obligado a responderte de este modo Miguel Bonasso, por escrito, porque durante el programa no me dejaste hablar ni decir estas cosas. Vos tenés una enorme posibilidad de contribuir a la verdad histórica no ocultando datos, no falseando hechos, sin engañar a las nuevas generaciones, que tienen derecho a saber qué sucedió realmente en la Argentina de aquellos años. Y, además, pidiendo perdón por todo el daño y sufrimiento causados.

MARCELO VAGNI

12Feb/171

La historia que nadie quiere volver a oír

Por Jorge Fernández Díaz

"Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista." La frase pertenece a Firmenich, es una admisión pública de que la conducción de "la juventud maravillosa" prefería los militares de la dictadura a la represión ilegal de su propio partido y también de que hasta entonces los 70 eran leídos principalmente como una monstruosa interna armada entre "compañeros". Se trata de una confesión periodística, y por lo tanto algunos kirchneristas folklóricos podrían aducir que es otra mentira de la prensa hegemónica. Hay un problema: el periodista que entrevistó entonces a Firmenich era Gabriel García Márquez, y consta en la página 106 de su libro Por la libre.

La flagrante falsificación de la historia de aquellos años fue anterior al kirchnerismo, y en esa operación cultural de la negación estuvimos casi todos involucrados. Mi generación anhelaba el enjuiciamiento de los terroristas de Estado que a partir de 1976 habían organizado una cacería repugnante, y fue entonces porosa a la idea de no revolver la prehistoria para no justificar a los represores, cuyo plan sistemático ya está en los anales de la aberración universal. Raúl Alfonsín, con su mira en la gobernabilidad, tampoco quiso ir a fondo con las responsabilidades que le tocaron al peronismo. Cualquier crítica a la guerrilla era galvanizada bajo el insulto de "la teoría de los dos demonios", y así fue como con el correr de los años se instaló una serie de mentiras inconmovibles: Perón nada tuvo que ver con la Triple A ni con la criminal escalada contra la izquierda peronista, y murió perdonando a los que mataron a Rucci; las acciones de su secretario privado, su esposa y sus amanuenses sindicales y políticos fueron independientes, fruto de sus propias iniciativas. Y los setentistas eran pibes tiernos que dieron su vida para cambiar el mundo y además lumbreras de la política nacional.

Durante doce años, los Kirchner no hicieron más que montar una siniestra glorificación de aquella "gesta", mientras impulsaban algo necesario: el castigo judicial a los responsables del Proceso. Hoy la inmensa mayoría de esos jerarcas están condenados y asoma por primera vez la posibilidad de un revisionismo sin miedos ni prohibiciones.

Marcelo Larraquy, un historiador incontaminado de cualquier narrativa de encubrimiento, prepara un libro monumental sobre la violencia política y ya anticipó en Los 70, una historia violenta algunos datos que habían sido cuidadosamente sustraídos de la memoria. No sólo demuestra las demenciales y homicidas faenas de la JP montonera y las ideas calamitosas de una camada que siempre se ha autoproclamado como la más brillante del siglo XX, sino que pone el dedo en la llaga al recordarnos qué hizo Perón cuando se le rebelaron.

La primera reacción ocurrió el 1º de octubre de 1973. Dictado por su propio líder, el Consejo Nacional del PJ elaboró un documento que decía: "El Movimiento Justicialista entra en estado de movilización de todos sus elementos humanos y materiales para enfrentar esta guerra. Debe excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten en cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha". Quien firmaba el texto era a un mismo tiempo presidente electo y máxima autoridad del órgano partidario.

A partir de su directiva comenzó un impiadoso operativo de "depuración", que consistió en una feroz persecución de los "infiltrados". Perón obligó al justicialismo a entrar en combate y delación, dio luz verde para que el sindicalismo ortodoxo hiciera "tronar el escarmiento" y batallara a sangre y fuego al gremialismo clasista en las fábricas, instruyó a López Rega para que armara un grupo parapolicial dentro del Estado; le dio amplios poderes al comisario Alberto Villar, que llevaría a cabo la represión ilegal, y ascendió a los hombres fundamentales de lo que sería la Triple A. Enseguida sobrevendrían la primera lista de "condenados" a muerte y los atentados con metralleta y explosivos, y una serie de golpes destituyentes a gobernadores legalmente elegidos en las urnas, pero con simpatías por la Tendencia Revolucionaria: Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta y Santa Cruz.

Por televisión, Perón pronuncia en esos días la palabra "aniquilación". Luego dice: "La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República".

El mensaje hacia adentro y hacia afuera no podía ser más contundente. Bandas compuestas por policías y delincuentes comunes, pesados de la GGT y las 62 Organizaciones, y dirigentes justicialistas de grueso calibre actuaban bajo las consignas del momento: macartismo, espionaje, purga, guerra, exterminio y aniquilamiento. La crónica de esos sucesos se entrelaza con la carnicería montonera, que vengaba cada muerto con fusilamientos y bombas. Los setentistas, a posteriori, intentaron dos camelos: separar a Perón de la persecución ilegal presentándolo como un hombre enfermo y manipulable, y luego relativizar la inquina que les había tomado. Es que pretendían seguir usufructuando el mito, y verdaderamente lo lograron, a pesar de toda evidencia. Perón tuvo lucidez plena hasta tres días antes de su muerte, expiró odiando con toda su alma a los "estúpidos e imberbes" y dejó como misión borrarlos del mapa. No otra cosa hicieron su viuda y su secretario, que continuaron su política.

Los conceptos públicos de Perón serían luego utilizados y perfeccionados por las Fuerzas Armadas. Montoneros no hizo nada para frenar el golpe; por lo tanto, también fue cómplice de la noche más larga y oscura. El justicialismo cometió crímenes de lesa humanidad, que nadie se atrevió a juzgar: hubo en ese período cerca de mil desaparecidos y más de mil quinientos muertos, y el financiamiento de esa masacre surgió del erario. Casi todos son culpables en esta historia de clisés e infames falacias que nadie quiere volver a escuchar.

Fuente: diario La Nación

2Oct/163

La ciudad del Suquía

Por Cristina Bajo

Quizá debí escribir esta nota en julio, cuando festejamos la fundación de nuestra ciudad, pero a veces nos sentimos reacios a hacerlo cuando es “obligatorio” y otras, aunque no venga al caso, queremos escribir sobre un tema.
Estos días he estado con amigos nacidos acá pero que hace años viven en el exterior. Esas charlas me dejaron el regusto de pensar en esa ciudad secreta que sólo captamos los que hemos vivido casi sin interrupciones en ella, fundada –entre el Atlántico y los Andes– por don Jerónimo Luis de Cabrera a mediados de 1573: Córdoba de la Nueva Andalucía, también llamada “Córdoba la Llana” por cierta semejanza con la de España, situadas ambas en una llanura y con las sierras a la vista. Y, como el Guadalquivir en la lejana patria, a esta ciudad la ciñe otro río: el que los naturales llamaban Suquía.
Entre los hombres que vinieron a fundarla, el grupo más numeroso fue el de los andaluces, pero ninguno oriundo de la Córdoba española. Quizá la explicación de tal nombre se debiera a una historia de amor, de aquellas que recuerdan a la del Cid con doña Jimena: la de don Jerónimo Luis, que se distinguió por ser mesurado, justo con nativos y generoso con sus compañeros, de quien no se conocen desafueros o crueldades –justificados o sin justificar–, y la de una mujer excepcional, doña Luisa Martel de los Ríos, que unía a Córdoba con Sevilla en su persona.
Hay quien pretende negar la singularidad de su fundación, pero los documentos hablan. Prudencio Bustos Argañarás, estudioso de nuestra historia, asentó: “Entre los ciento once hombres que acompañaron al Fundador, no se ha detectado un solo analfabeto”, cuando el índice de analfabetismo era sumamente alto. Eso explica que, a los pocos años, cuando era aún una pequeña aldea en el confín de la tierra, Córdoba tuviera una universidad real y pontificia que a fines del siglo XVII estaba entre las primeras del mundo. Córdoba es una ciudad extraña: sus fundadores eran estudiosos, algunos leían el latín y traían cajas con libros. Sus mujeres y sus hijos los siguieron apenas unos meses después, con un maestro de primeras letras, con damas de compañía y jóvenes casaderas.

Llegaron con muebles de calidad cuando aún no tenían techo, con enseres y canastos de labores, con alguna obra de arte. Y plantas: vides, higueras, limoneros y los rosales de Blas de Rosales.
Así nació esta ciudad: cosmopolita en pocos años –y por varios siglos– por la universidad y por su posición geográfica, ya que era paso obligado de comerciantes, ejércitos y viajeros que atravesaron el territorio argentino en cualquier sentido de los puntos cardinales.
Una ciudad y un territorio contradictorios, nacida de una desobediencia, síntesis de las culturas regionales. Durante la mayor parte de la Historia, vivimos a contrapelo del país, “en una coexistencia no siempre pacífica y sí dialéctica, de un clericalismo monacal en contradicción de un laicismo ateo; de una tendencia populista contrapuesta a fuertes resabios clasistas; de un conservadorismo quietista enfrentado con un liberalismo progresista, posibles de encontrar en el seno mismo de cada uno de sus partidos políticos”, puntualizó Bustos Argañarás en el prólogo de Antología burlesca.
Pero, como dije hace algunos años, lo que nos distinguió y nos distingue es el humor: sarcástico, socarrón, agudo, transgresor, bien cordobés.
Sugerencias: leer Laberintos y escorpiones, de Prudencio Bustos Argañarás, novela histórica sobre Luis de Tejeda, primer poeta argentino, cordobés.

Fuente: Revista Rumbos

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2Jul/160

LOS CORDOBESES Y EL CONGRESO DE TUCUMÁN

Por Prudencio Bustos Argañarás

La grotesca farsa que fue la Asamblea del Año XIII había causado gran malestar en las provincias, que desde 1810 soportaban la dominación de Buenos Aires. Su principal “legado” fue la creación del cargo de director supremo, que como un monarca absoluto concentraba la suma del poder. A los diputados de la Banda Oriental, que llevaban el mandato de declarar la independencia, no los dejaron incorporarse. Posadas declaró a Artigas traidor a la Patria, puso precio a su cabeza y envió una delegación a felicitar a Fernando VII por su restitución en el trono.

Carlos María de Alvear, que sucedió a su tío Posadas, pidió a Gran Bretaña que enviara tropas “que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey”, perpetrando el peor acto de traición de nuestra historia. Pocos meses después, en abril de 1815, fue obligado a renunciar y el cabildo porteño volvió a asumir el gobierno, designando al nuevo director.

La sanción de un Estatuto Provisional abiertamente centralista colmó la paciencia de las provincias, que lo rechazaron, con excepción de la cláusula que convocaba a un congreso general constituyente en San Miguel de Tucumán. La Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, por su parte, formaron la Liga Federal para resistir los atropellos del Puerto.

Los cordobeses forzaron la renuncia de Ortiz de Ocampo y el 29 de marzo de 1815 un cabildo abierto eligió gobernador a José Javier Díaz, poniendo fin a la lamentable práctica, instaurada en 1810, de designar los gobernadores desde Buenos Aires. Nueve días más tarde la Provincia se declaró independiente y pasó a integrar la Liga Federal, “bajo los auspicios y protección del digno jefe de los orientales”.

Reunida en el Congreso de Oriente, la Liga decidió no asistir a Tucumán, con lo que Córdoba no estuvo de acuerdo. Para intentar revertir tal decisión, envió ante Artigas una comisión, con el mandato de procurar “remover todos cuantos obstáculos sean impeditivos de la más pronta reunión del Congreso general”.

La Liga aceptó mandar a Buenos Aires una comisión para negociar, de la que Córdoba formó parte, pero llegados allí fueron encarcelados en un barco, mientras el director Álvarez Thomas enviaba un ejército contra Santa Fe y alentaba a los portugueses a invadir el Uruguay, aventando todo intento de conciliación.

A pesar de ello, Córdoba decidió participar en el Congreso, a cuyo fin eligió diputados a los doctores José Antonio Cabrera, Miguel Calixto de Corro y Gregorio Funes –que no aceptó–, al licenciado Jerónimo Salguero de Cabrera y a Eduardo Pérez Bulnes. Corro fue enviado por el Congreso para intentar la firma de un tratado de paz entre Santa Fe y Buenos Aires, logrando un preacuerdo que los porteños se negaron a ratificar.

Por primera vez se logró reunir un congreso fuera de Buenos Aires con representación proporcional de todas las provincias, y su consecuencia fue la declaración de nuestra independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

Abierto el debate sobre la forma de gobierno que se adoptaría, los cuatro cordobeses se manifestaron en favor de la republicana, en particular Cabrera, a quien Ambrosio Funes, hombre cercano a los intereses del Puerto, ridiculizaba en carta a su hermano el deán. “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática”, le decía.

Los republicanos se dividían entre quienes propiciaban el sistema unitario y el federal. Estos últimos contaban con el liderazgo de los cordobeses y el apoyo de hombres de otras provincias e incluso de algunos porteños, como Tomas Manuel de Anchorena.

Entre los monárquicos había quienes propiciaban la coronación de un descendiente de los incas, sostenida por Manuel Belgrano, y quienes se inclinaban en favor de un príncipe portugués. Se distinguían asimismo los partidarios de establecer la capital en el Cuzco, encabezados por el catamarqueño Manuel Antonio Acevedo, de los que se inclinaban por instalarla en Buenos Aires, capitaneados por el porteño Esteban Agustín Gascón.

El doctor Corro fue acusado de haber ayudado a sustraer correspondencia dirigida desde Buenos Aires al Congreso en la posta de Cabeza de Tigre. La falsedad del cargo fue debidamente probada gracias a la firme defensa de sus coterráneos, pero el tema generó una fuerte tensión.

En agosto de 1816 se levantó en armas Juan Pablo Bulnes y derrocó a José Javier Díaz, lo que fue aprovechado por los centralistas para retomar la nefasta práctica de impedir a los cordobeses la elección de su gobernador, designando arbitrariamente a Ambrosio Funes, suegro de Bulnes, mientras que el diputado Pérez Bulnes, fue expulsado por ser “hermano del jefe de los insurrectos”.

Fracasada la elección de la forma de gobierno, los congresales porteños comenzaron a presionar para que el Congreso se trasladara a su ciudad. Unos argumentaban que debía alejarse del campo de operaciones del ejército peruano, mientras otros sostenían la conveniencia de aproximarlo al Río de la Plata, a causa de la invasión de los portugueses a la Banda Oriental. Curiosa contradicción con la que el centralismo pretendía justificar la mudanza tanto en la necesidad de distanciarse del frente de batalla como de acercarse a él.

Con la firme oposición de Cabrera, Corro y Salguero de Cabrera, el Congreso aprobó finalmente el traslado. El 4 de febrero de 1817 se realizó la última sesión tucumana y el 12 de mayo tuvo lugar la primera en Buenos Aires. Cabrera y Corro se negaron a trasladarse, por lo que Córdoba quedó con un solo diputado hasta el 6 de noviembre de dicho año, en que la Asamblea Electoral eligió al doctor Alejo de Villegas y al licenciado Benito Lazcano. La guerra civil volvería pronto a estallar.

Fuente: La Voz del Interior

30Jun/163

Las banderas de Belgrano

Por Prudencio Bustos Argañarás

Los ejércitos enviados por la Junta porteña constituida en 1810 para someter a los pueblos del virreinato en nombre de Fernando VII, enarbolaban la misma bandera que las tropas a las que se enfrentaban, es decir, la española. Ello era así por cuanto la contienda que se estaba librando era una guerra civil entre súbditos del mismo rey, lo que creaba grandes problemas para identificar en la batalla a propios y ajenos.[1]

Advertido de ello, el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano escribió al Triunvirato desde las cercanías de Rosario, informándole que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional”.[2]

Los triunviros desaprobaron la decisión por considerarla “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones”, le exigieron “la reparación de tamaño desorden” y le ordenaron que

haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia.[3]

La enviada por el Triunvirato, “que hasta ahora se usa en esta fortaleza”, no era otra que la española, como lo demuestra la carta del ingeniero militar inglés Juan de Rademaker, enviado a Buenos Aires por la corte lusitana. Está fechada el 10 de junio de ese mismo año, y al relatar su partida de regreso, dice que “a bandeira espanhola ainda se ve nas baterias, despendindose pela ultima vez do Rio da Prata”.[4]

El 27 de junio siguiente, al enterarse de que Belgrano, ya jefe del Ejército del Norte, había vuelto a izar su bandera en Jujuy, lo amonestó severamente advirtiéndole que “esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”. La reacción del Triunvirato era congruente con el tratado firmado el 20 de octubre del año anterior con Francisco Javier de Elío, al que se lo reconocía como virrey, se reafirmaba la unidad de la nación española y se reiteraba el compromiso de no admitir otro monarca que Fernando VII. Belgrano respondió disculpándose y aclarando, respecto a la bandera, que “la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella”.[5]

No he hallado ningún documento en que se mencionen el orden y la distribución de los colores de esa primitiva bandera, pero existen dos que fueron usadas por Belgrano en el Alto Perú, una blanca con una banda celeste en medio y otra celeste con una banda blanca en medio. Ambas fueron halladas en 1885 en la capilla de Titiri, perteneciente a la parroquia de Macha, en la Provincia de Potosí, en donde fueron escondidas después de la derrota de Ayohuma. La primera se exhibe en el Museo de la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, mientras que la segunda fue donada a la Argentina por el gobierno de Bolivia en 1896 y se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

BanderaRéplica de la bandera de Macha obsequiada por Bolivia a Salta

En lo personal, opino que la bandera enarbolada por Belgrano en las márgenes del Paraná tenía dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, como la que aparece en el retrato que el general se hizo pintar en Londres por Francois Casimir Carbonnier en 1815. Fundamento mi presunción en que la lógica indica que el artista reprodujo la enseña que el mismo Belgrano le indicó.

Ahora bien, más allá de su distribución, resulta pertinente preguntarse cuáles fueron las razones que movieron a Belgrano a elegir esos colores que hoy lleva nuestra bandera nacional. Habida cuenta de que el prócer no dejó ninguna indicación al respecto, solo nos es permitido exponer conjeturas. Algunos afirman que se inspiró en los colores del cielo, mientras otros sostienen que tomó los del manto de la Virgen María en las imágenes en que se la venera como la Inmaculada Concepción.

Como tercera hipótesis, me inclino a pensar que la elección provino del proyecto de Belgrano de coronar como rey de estas tierras a un vástago de la Casa de Borbón, lo que enseguida relataré. Fundo dicha sospecha en que esta dinastía tiene como propios los citados colores, al punto que la banda de los caballeros de la Orden de Carlos III es exactamente igual a la que llevan los presidentes argentinos.

La Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III, instituida por dicho monarca el 19 de setiembre de 1771 para premiar notables servicios prestados a la Corona y confirmada por el Papa Clemente XIV el 21 de febrero de 1772, dispone que los caballeros que pertenecen a ella lleven “una banda de seda de 101 milímetros de ancho de color azul celeste, con una franja central de color blanco, de 33 milímetros de ancho. Dicha banda se unirá en sus extremos mediante un rosetón picado, confeccionado con la misma tela que la banda, del cual penderá la venera de la Real Orden. La venera es una cruz ensanchada con cuatro flores de lis, que lleva en el centro un óvalo con la imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, lo que abona una de las teorías antes expuestas. La rodea la divisa “Virtuti et merito”.

BandaVenera

 

Banda, rosetón y venera de la Orden de Carlos III

Esto puede confirmarse a través de los retratos de Carlos IV y sus hijos, de Fernando VII, del duque de San Carlos, del cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, etc., en los que todos ellos, hasta el más pequeño, aparecen con una banda cruzada sobre su pecho con los mismos colores de nuestra bandera, como así también de las de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Carlos IVGoya   Fernando VII

Carlos IV, su familia y Fernando VII, pintados por Francisco de Goya

            La vocación monárquica de Belgrano fue una constante a lo largo de su vida. Ya en 1808 militaba en el grupo de los carlotinos, que propiciaban la designación como regente de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y mujer del entonces infante don Juan de Portugal. En un informe dirigido al conde de Linhares el 15 de noviembre de 1808, el agente lusitano Felipe Contucci incluía en dicho grupo a más de un centenar de personas. Además de Belgrano, la lista comprendía a Mariano Moreno, Saavedra, Paso, Azcuénaga, Chiclana, Posadas, Beruti, los Pueyrredón, los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes y muchos más.[6]

También estaban Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli e Hipólito Vieytes, quienes el 20 de setiembre de 1808 enviaron, junto con Belgrano y Beruti, una Memoria a la princesa, acusando al vizcaíno Martín de Álzaga de no haber cesado, desde 1806, “de promover partidos para constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos e inadvertidos”.[7] Es bien sabido que Álzaga fue ahorcado cuatro años más tarde junto con otros treinta y siete hombres, acusados de preparar una de las tantas conspiraciones que hubo en esa etapa de nuestra historia.

Como el plan de nombrar regente a Carlota Joaquina se complicaba a causa de la oposición de su marido y del gobierno inglés, que en definitiva lo harían fracasar, Belgrano probó suerte con el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo hermano de aquella. Esta vez fue él mismo quien le escribió al conde de Linhares el 13 de octubre de 1808 pidiéndole que “no se difiera un instante su venida”, ante el temor de que “corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”.[8]

Tampoco prosperó este proyecto y un año más tarde Belgrano retomó el intento de persuadir a Carlota Joaquina. El 13 de agosto de 1809 le informaba alarmado acerca de la revuelta independentista ocurrida en La Paz, a la vez que le advertía que “si V.A.R. no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio (…) han de crecer los males que ya estamos padeciendo. Los momentos son los más preciosos para que V.A.R. tome la mano en estos dominios”.[9]

El 23 de junio de 1810, siendo ya vocal de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Rey Nuestro Señor don Fernando VII[10], escribía en El Correo de Comercio: “por patricios entendemos a cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América, pues que formamos todos una misma Nación y una misma monarquía, sin distinción alguna de nuestros derechos y obligaciones”.[11]

Dos meses más tarde partió al mando de un ejército destinado a someter al Paraguay. Luego de salir airoso de una escaramuza en el pueblo de Candelaria, arengó a la tropa con estas palabras:

Soldados: vais a entrar en territorios de nuestro amado Rey Fernando VII que se hallan oprimidos por unos cuantos facciosos (…) manifestad con vuestra conducta, que sois verdaderos soldados de nuestro desgraciado Rey (…) haced palpable a los pueblos y habitadores de la banda septentrional del Paraná, la notable diferencia que hay de los soldados del Rey Fernando VII, que le sirven y aman de corazón y son gobernados por jefes que están poseídos sinceramente de esos sentimientos nobles, a los que solo tienen el nombre del Rey en la boca, para conseguir sus malvados e inicuos fines. Soldados: paz, unión, verdadera amistad con los españoles amantes de la Patria y del Rey; guerra, destrucción y aniquilamiento a los agentes de José Napoleón, que son los que encienden el fuego de la guerra civil (…) haced que estos pueblos os deban el uso de sus derechos, arrancadles las cadenas y haceos dignos de la patria a quien servís y del infeliz Rey a quien aclamáis.[12]

Él mismo relató años después que durante la batalla de Tacuarí, al ser intimado a rendirse por parte del coronel Manuel Atanasio Cabañas, “contesté que por primera y segunda vez había dicho a sus intimaciones que las armas de Su Majestad el señor don Fernando VII no se rinden en nuestras manos”.[13] Luego de ser derrotado le escribía al mismo Cabañas, asegurándole ser “vasallo de Su Majestad el Señor don Fernando séptimo”, y añadiendo que “aspiro a que se conserve la monarquía española en nuestro patrio suelo”.[14]

A fines de 1814, el director Posadas envió a Belgrano y a Bernardino Rivadavia a España, con la misión de felicitar al rey por su restitución en el trono y manifestarle “las más reverentes súplicas para que se digne dar una mirada generosa sobre estos inocentes y desgraciados pueblos, que de otro modo quedarán sumergidos en los horrores de una guerra interminable y sangrienta”. A causa de la actitud cerrada de Fernando, que se negó a recibirlos, Rivadavia y Belgrano le escribieron a su padre Carlos IV, exiliado en Roma, “a fin de conseguir del Justo y Piadoso Ánimo de su Majestad la institución de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Serenísimo señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la más necesaria forma”.[15]

La petición, que fue llevada por el conde de Cabarrús, iba acompañada de un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile redactada por Belgrano, cuyo artículo 1° disponía que “los colores de su pabellón serán blanco y azul celeste”.[16] Huelga aclarar que la petición no fue concedida, a pesar de las presiones que sobre el ex monarca ejercieron su mujer, María Luisa de Parma, y Manuel Godoy.

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán, antes de ser declarada la Independencia, Belgrano propuso la creación en estas tierras de un reino y la coronación de un descendiente de la dinastía incaica. Es obvio que la idea no tuvo éxito, a pesar de que fue apoyada por muchos congresales, pues de inmediato el grupo que lo apoyaba se fracturó entre quienes propiciaban instalar la capital en el Cuzco y los porteños, que querían que estuviera en Buenos Aires.

Tres años más tarde Belgrano seguía empeñado en reinstaurar una monarquía. En 1819, luego de sancionada la constitución unitaria que las provincias rechazaron, le decía en carta a José María Paz que se había opuesto al sistema republicano, pues “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos”.[17]

A nadie debe sorprender que Manuel Belgrano, al igual que José de San Martín y la mayor parte de los próceres de aquellos años, fuesen partidarios del régimen monárquico, el único que habían conocido y el que existía por entonces en todo el mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos, cuyo futuro era aún una incógnita. Aclaremos por otra parte que el sistema que propiciaban era, a diferencia del absolutismo, una monarquía atemperada y controlada por un parlamento, como la que propiciaba la Constitución de Cádiz de 1812, derogada por Fernando VII, que se asemejaba la que imperaba en Inglaterra y que rige hoy en todas las monarquías europeas.

[1] La visión del autor acerca de los acontecimientos de mayo de 1810 está expuesta en el libro Luces y sombras de Mayo (Córdoba 2012, 2ª edición).

[2] El mismo Belgrano había sido quien, catorce días antes, había enviado una nota al triunvirato pidiendo autorización para sustituir la escarapela roja que llevaban sus hombres por una con los colores blanco y azul-celeste. El gobierno accedió a ello el día 18, disponiendo que de allí en más “deberá componerse de los dos colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

[3] Cfr. CALVO, Charles, Annales historiques de la révolution de l'Amérique latine, volumen 2, París 1865, pág. 28.

[4] Cfr. GANDÍA, Enrique de, Historia de las ideas políticas en la Argentina, tomo III, Las ideas políticas de los hombres de Mayo, Buenos Aires 1965, págs. 213 y 214.

[5] Cfr. CALVO, Charles, op. cit., págs. 28 y 29.

[6] Cfr. LOZIER ALMAZÁN, Bernardo, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825, Buenos Aires 2011, pág. 53.

[7] Cfr. INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO, Documentos para la Historia del general don Manuel Belgrano, vol. 3, parte 1, Buenos Aires 1998, pág. 20.

[8] Cfr. ibíd., pág. 61.

[9] Cfr. CORIGLIANO, Francisco, “Buenos Aires y Boston: dos focos revolucionarios, dos ciudades pioneras en el camino hacia la Independencia”, en El bicentenario de la Revolución de Mayo, Mar del Plata 2010, pág. 22.

[10] El propio Belgrano confiesa que no formó parte de quienes promovieron la Revolución de Mayo. “Aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto –relata en su autobiografía–, apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde” (cfr. BELGRANO, Manuel, Fragmentos autobiográficos, Buenos Aires 2007, pág. 24).

[11] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, pág. 193.

[12] Cfr. Gazeta de Buenos Ayres, 3 de enero de 1811.

[13] Cfr. Ibíd., pág. 187.

[14] Cfr. Biblioteca de Mayo…, op, cit. tomo 14, Buenos Aires 1963, pág. 66.

[15] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, págs. 221 a 227.

[16] Cfr. MÁRQUEZ, Armando Mario, "Manuel Belgrano jurista: Proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile", en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires 1994, pág. 287.

[17] Cfr. Anales del Instituto Belgraniano Central, Nos 1 a 4, Buenos Aires 1979, pág. 137.

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16Oct/150

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