A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

30Jun/163

Las banderas de Belgrano

Por Prudencio Bustos Argañarás

Los ejércitos enviados por la Junta porteña constituida en 1810 para someter a los pueblos del virreinato en nombre de Fernando VII, enarbolaban la misma bandera que las tropas a las que se enfrentaban, es decir, la española. Ello era así por cuanto la contienda que se estaba librando era una guerra civil entre súbditos del mismo rey, lo que creaba grandes problemas para identificar en la batalla a propios y ajenos.[1]

Advertido de ello, el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano escribió al Triunvirato desde las cercanías de Rosario, informándole que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional”.[2]

Los triunviros desaprobaron la decisión por considerarla “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones”, le exigieron “la reparación de tamaño desorden” y le ordenaron que

haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia.[3]

La enviada por el Triunvirato, “que hasta ahora se usa en esta fortaleza”, no era otra que la española, como lo demuestra la carta del ingeniero militar inglés Juan de Rademaker, enviado a Buenos Aires por la corte lusitana. Está fechada el 10 de junio de ese mismo año, y al relatar su partida de regreso, dice que “a bandeira espanhola ainda se ve nas baterias, despendindose pela ultima vez do Rio da Prata”.[4]

El 27 de junio siguiente, al enterarse de que Belgrano, ya jefe del Ejército del Norte, había vuelto a izar su bandera en Jujuy, lo amonestó severamente advirtiéndole que “esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”. La reacción del Triunvirato era congruente con el tratado firmado el 20 de octubre del año anterior con Francisco Javier de Elío, al que se lo reconocía como virrey, se reafirmaba la unidad de la nación española y se reiteraba el compromiso de no admitir otro monarca que Fernando VII. Belgrano respondió disculpándose y aclarando, respecto a la bandera, que “la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella”.[5]

No he hallado ningún documento en que se mencionen el orden y la distribución de los colores de esa primitiva bandera, pero existen dos que fueron usadas por Belgrano en el Alto Perú, una blanca con una banda celeste en medio y otra celeste con una banda blanca en medio. Ambas fueron halladas en 1885 en la capilla de Titiri, perteneciente a la parroquia de Macha, en la Provincia de Potosí, en donde fueron escondidas después de la derrota de Ayohuma. La primera se exhibe en el Museo de la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, mientras que la segunda fue donada a la Argentina por el gobierno de Bolivia en 1896 y se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

BanderaRéplica de la bandera de Macha obsequiada por Bolivia a Salta

En lo personal, opino que la bandera enarbolada por Belgrano en las márgenes del Paraná tenía dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, como la que aparece en el retrato que el general se hizo pintar en Londres por Francois Casimir Carbonnier en 1815. Fundamento mi presunción en que la lógica indica que el artista reprodujo la enseña que el mismo Belgrano le indicó.

Ahora bien, más allá de su distribución, resulta pertinente preguntarse cuáles fueron las razones que movieron a Belgrano a elegir esos colores que hoy lleva nuestra bandera nacional. Habida cuenta de que el prócer no dejó ninguna indicación al respecto, solo nos es permitido exponer conjeturas. Algunos afirman que se inspiró en los colores del cielo, mientras otros sostienen que tomó los del manto de la Virgen María en las imágenes en que se la venera como la Inmaculada Concepción.

Como tercera hipótesis, me inclino a pensar que la elección provino del proyecto de Belgrano de coronar como rey de estas tierras a un vástago de la Casa de Borbón, lo que enseguida relataré. Fundo dicha sospecha en que esta dinastía tiene como propios los citados colores, al punto que la banda de los caballeros de la Orden de Carlos III es exactamente igual a la que llevan los presidentes argentinos.

La Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III, instituida por dicho monarca el 19 de setiembre de 1771 para premiar notables servicios prestados a la Corona y confirmada por el Papa Clemente XIV el 21 de febrero de 1772, dispone que los caballeros que pertenecen a ella lleven “una banda de seda de 101 milímetros de ancho de color azul celeste, con una franja central de color blanco, de 33 milímetros de ancho. Dicha banda se unirá en sus extremos mediante un rosetón picado, confeccionado con la misma tela que la banda, del cual penderá la venera de la Real Orden. La venera es una cruz ensanchada con cuatro flores de lis, que lleva en el centro un óvalo con la imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, lo que abona una de las teorías antes expuestas. La rodea la divisa “Virtuti et merito”.

BandaVenera

 

Banda, rosetón y venera de la Orden de Carlos III

Esto puede confirmarse a través de los retratos de Carlos IV y sus hijos, de Fernando VII, del duque de San Carlos, del cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, etc., en los que todos ellos, hasta el más pequeño, aparecen con una banda cruzada sobre su pecho con los mismos colores de nuestra bandera, como así también de las de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Carlos IVGoya   Fernando VII

Carlos IV, su familia y Fernando VII, pintados por Francisco de Goya

            La vocación monárquica de Belgrano fue una constante a lo largo de su vida. Ya en 1808 militaba en el grupo de los carlotinos, que propiciaban la designación como regente de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y mujer del entonces infante don Juan de Portugal. En un informe dirigido al conde de Linhares el 15 de noviembre de 1808, el agente lusitano Felipe Contucci incluía en dicho grupo a más de un centenar de personas. Además de Belgrano, la lista comprendía a Mariano Moreno, Saavedra, Paso, Azcuénaga, Chiclana, Posadas, Beruti, los Pueyrredón, los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes y muchos más.[6]

También estaban Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli e Hipólito Vieytes, quienes el 20 de setiembre de 1808 enviaron, junto con Belgrano y Beruti, una Memoria a la princesa, acusando al vizcaíno Martín de Álzaga de no haber cesado, desde 1806, “de promover partidos para constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos e inadvertidos”.[7] Es bien sabido que Álzaga fue ahorcado cuatro años más tarde junto con otros treinta y siete hombres, acusados de preparar una de las tantas conspiraciones que hubo en esa etapa de nuestra historia.

Como el plan de nombrar regente a Carlota Joaquina se complicaba a causa de la oposición de su marido y del gobierno inglés, que en definitiva lo harían fracasar, Belgrano probó suerte con el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo hermano de aquella. Esta vez fue él mismo quien le escribió al conde de Linhares el 13 de octubre de 1808 pidiéndole que “no se difiera un instante su venida”, ante el temor de que “corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”.[8]

Tampoco prosperó este proyecto y un año más tarde Belgrano retomó el intento de persuadir a Carlota Joaquina. El 13 de agosto de 1809 le informaba alarmado acerca de la revuelta independentista ocurrida en La Paz, a la vez que le advertía que “si V.A.R. no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio (…) han de crecer los males que ya estamos padeciendo. Los momentos son los más preciosos para que V.A.R. tome la mano en estos dominios”.[9]

El 23 de junio de 1810, siendo ya vocal de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Rey Nuestro Señor don Fernando VII[10], escribía en El Correo de Comercio: “por patricios entendemos a cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América, pues que formamos todos una misma Nación y una misma monarquía, sin distinción alguna de nuestros derechos y obligaciones”.[11]

Dos meses más tarde partió al mando de un ejército destinado a someter al Paraguay. Luego de salir airoso de una escaramuza en el pueblo de Candelaria, arengó a la tropa con estas palabras:

Soldados: vais a entrar en territorios de nuestro amado Rey Fernando VII que se hallan oprimidos por unos cuantos facciosos (…) manifestad con vuestra conducta, que sois verdaderos soldados de nuestro desgraciado Rey (…) haced palpable a los pueblos y habitadores de la banda septentrional del Paraná, la notable diferencia que hay de los soldados del Rey Fernando VII, que le sirven y aman de corazón y son gobernados por jefes que están poseídos sinceramente de esos sentimientos nobles, a los que solo tienen el nombre del Rey en la boca, para conseguir sus malvados e inicuos fines. Soldados: paz, unión, verdadera amistad con los españoles amantes de la Patria y del Rey; guerra, destrucción y aniquilamiento a los agentes de José Napoleón, que son los que encienden el fuego de la guerra civil (…) haced que estos pueblos os deban el uso de sus derechos, arrancadles las cadenas y haceos dignos de la patria a quien servís y del infeliz Rey a quien aclamáis.[12]

Él mismo relató años después que durante la batalla de Tacuarí, al ser intimado a rendirse por parte del coronel Manuel Atanasio Cabañas, “contesté que por primera y segunda vez había dicho a sus intimaciones que las armas de Su Majestad el señor don Fernando VII no se rinden en nuestras manos”.[13] Luego de ser derrotado le escribía al mismo Cabañas, asegurándole ser “vasallo de Su Majestad el Señor don Fernando séptimo”, y añadiendo que “aspiro a que se conserve la monarquía española en nuestro patrio suelo”.[14]

A fines de 1814, el director Posadas envió a Belgrano y a Bernardino Rivadavia a España, con la misión de felicitar al rey por su restitución en el trono y manifestarle “las más reverentes súplicas para que se digne dar una mirada generosa sobre estos inocentes y desgraciados pueblos, que de otro modo quedarán sumergidos en los horrores de una guerra interminable y sangrienta”. A causa de la actitud cerrada de Fernando, que se negó a recibirlos, Rivadavia y Belgrano le escribieron a su padre Carlos IV, exiliado en Roma, “a fin de conseguir del Justo y Piadoso Ánimo de su Majestad la institución de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Serenísimo señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la más necesaria forma”.[15]

La petición, que fue llevada por el conde de Cabarrús, iba acompañada de un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile redactada por Belgrano, cuyo artículo 1° disponía que “los colores de su pabellón serán blanco y azul celeste”.[16] Huelga aclarar que la petición no fue concedida, a pesar de las presiones que sobre el ex monarca ejercieron su mujer, María Luisa de Parma, y Manuel Godoy.

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán, antes de ser declarada la Independencia, Belgrano propuso la creación en estas tierras de un reino y la coronación de un descendiente de la dinastía incaica. Es obvio que la idea no tuvo éxito, a pesar de que fue apoyada por muchos congresales, pues de inmediato el grupo que lo apoyaba se fracturó entre quienes propiciaban instalar la capital en el Cuzco y los porteños, que querían que estuviera en Buenos Aires.

Tres años más tarde Belgrano seguía empeñado en reinstaurar una monarquía. En 1819, luego de sancionada la constitución unitaria que las provincias rechazaron, le decía en carta a José María Paz que se había opuesto al sistema republicano, pues “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos”.[17]

A nadie debe sorprender que Manuel Belgrano, al igual que José de San Martín y la mayor parte de los próceres de aquellos años, fuesen partidarios del régimen monárquico, el único que habían conocido y el que existía por entonces en todo el mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos, cuyo futuro era aún una incógnita. Aclaremos por otra parte que el sistema que propiciaban era, a diferencia del absolutismo, una monarquía atemperada y controlada por un parlamento, como la que propiciaba la Constitución de Cádiz de 1812, derogada por Fernando VII, que se asemejaba la que imperaba en Inglaterra y que rige hoy en todas las monarquías europeas.

[1] La visión del autor acerca de los acontecimientos de mayo de 1810 está expuesta en el libro Luces y sombras de Mayo (Córdoba 2012, 2ª edición).

[2] El mismo Belgrano había sido quien, catorce días antes, había enviado una nota al triunvirato pidiendo autorización para sustituir la escarapela roja que llevaban sus hombres por una con los colores blanco y azul-celeste. El gobierno accedió a ello el día 18, disponiendo que de allí en más “deberá componerse de los dos colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

[3] Cfr. CALVO, Charles, Annales historiques de la révolution de l'Amérique latine, volumen 2, París 1865, pág. 28.

[4] Cfr. GANDÍA, Enrique de, Historia de las ideas políticas en la Argentina, tomo III, Las ideas políticas de los hombres de Mayo, Buenos Aires 1965, págs. 213 y 214.

[5] Cfr. CALVO, Charles, op. cit., págs. 28 y 29.

[6] Cfr. LOZIER ALMAZÁN, Bernardo, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825, Buenos Aires 2011, pág. 53.

[7] Cfr. INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO, Documentos para la Historia del general don Manuel Belgrano, vol. 3, parte 1, Buenos Aires 1998, pág. 20.

[8] Cfr. ibíd., pág. 61.

[9] Cfr. CORIGLIANO, Francisco, “Buenos Aires y Boston: dos focos revolucionarios, dos ciudades pioneras en el camino hacia la Independencia”, en El bicentenario de la Revolución de Mayo, Mar del Plata 2010, pág. 22.

[10] El propio Belgrano confiesa que no formó parte de quienes promovieron la Revolución de Mayo. “Aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto –relata en su autobiografía–, apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde” (cfr. BELGRANO, Manuel, Fragmentos autobiográficos, Buenos Aires 2007, pág. 24).

[11] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, pág. 193.

[12] Cfr. Gazeta de Buenos Ayres, 3 de enero de 1811.

[13] Cfr. Ibíd., pág. 187.

[14] Cfr. Biblioteca de Mayo…, op, cit. tomo 14, Buenos Aires 1963, pág. 66.

[15] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, págs. 221 a 227.

[16] Cfr. MÁRQUEZ, Armando Mario, "Manuel Belgrano jurista: Proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile", en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires 1994, pág. 287.

[17] Cfr. Anales del Instituto Belgraniano Central, Nos 1 a 4, Buenos Aires 1979, pág. 137.

Archivado en: Historia 3 Comentarios
16Oct/150

Presentación libro

tarjeta

29May/150

San Miguel de Tucumán, 450 años de su Fundación

Por Prudencio Bustos Argañarás.

Por Real Cédula del 29 de agosto de 1563, Felipe II creó la gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, sustrayéndola de la jurisdicción de Chile y poniéndola bajo la dependencia del Virreinato del Perú en lo político y de la Real Audiencia de los Charcas en lo judicial. Para entonces, en este gran territorio que comprendía las actuales provincias de Córdoba, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y parte de las de Chaco y Formosa, había solo una ciudad, Santiago del Estero, la más antigua de nuestro país, que sobrevivía a duras penas, gracias al coraje y la tenacidad de sus vecinos.

Las otras que hasta poco antes existían (Londres, Cañete, Córdoba del Calchaquí y Nieva), fundadas en tierras del dominio del poderoso cacique don Juan Calchaquí gracias a la amistad que logró tejer con él Juan Pérez de Zurita, habían sucumbido a causa de la torpeza de su sucesor, Gregorio de Castañeda. Durante una discusión que mantuvo con el cacique, este oscuro personaje le propinó una bofetada, lo que dio lugar a una feroz invasión de los diaguitas que destruyeron las cuatro ciudades, matando a sus vecinos.

El primer gobernador efectivo del Tucumán, nombrado interinamente por el virrey del Perú, conde de Nieva, fue el célebre Francisco de Aguirre, “la primera lanza de Chile”, el hombre que efectuó el tercer traslado de la ciudad del Barco y le cambió su nombre por Santiago del Estero.

Una de sus primeras disposiciones fue enviar a su sobrino Diego de Villarroel a fundar una nueva ciudad “en el campo que llaman en lengua de los naturales Ibatín, ribera del río que sale de la quebrada”, hoy llamado río Pueblo Viejo o río del Tejar. En cumplimiento de ello, Villarroel fundó el 31 de mayo de 1565 la ciudad de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión en el sitio indicado, probablemente el mismo en donde habían estado Cañete y la primitiva Barco, unos sesenta kilómetros al sur de su actual ubicación, en el lugar conocido como la Quebrada del Portugués.

A Aguirre le sucedió don Jerónimo Luis de Cabrera, el Fundador de nuestra ciudad, y a este, otro gobernador para el olvido, Gonzalo de Abreu de Figueroa, que lo hizo matar. Durante su mandato Abreu despobló las tres ciudades (Santiago, San Miguel y Córdoba) para realizar una campaña en busca de la mítica ciudad de los Césares, a causa de lo cual San Miguel fue atacada en la noche del 28 de octubre de 1578 por diaguitas, solcos y juríes, comandados por el yanacona Galuán, un gigante con fama de feroz guerrero.

Los indios atacaron la ciudad desde distintos puntos y le prendieron fuego, rodeando al teniente de gobernador Gaspar de Medina y a otros dos españoles en la plaza. Estos se defendieron con denuedo, logrando Medina en un acto de arrojo matar a Galuán, cortándole la cabeza. Esto atemorizó a los indios que a la llegada de otros vecinos emprendieron la huida.

Abreu de Figueroa recibió en Soconcho una carta de Medina relatándole lo ocurrido y envió en su socorro al maestre de campo Hernán Mejía Mirabal, logrando así devolver la paz a la sufrida San Miguel.

La tercera y última guerra de Calchaquí, provocada por las intrigas del impostor andaluz Pedro de Bohórquez, que levantó en armas a los indios proclamándose heredero del trono inca, afectó severamente a la ciudad. A ello se añadió la aparición de enfermedades endémicas como el paludismo y trastornos tiroideos por la escasez de yodo del agua del río del Tejar, que además cambió su curso y produjo grandes inundaciones.

Todo ello determinó que el gobernador don Juan Díez de Andino solicitara al rey autorización para mudarla en 1680. Obtenida la venia real su sucesor, don Fernando de Mendoza Mate de Luna, dispuso el traslado a la actual ubicación, unos 64 kilómetros al noreste de Ibatín, en el sitio conocido como La Toma. La mudanza fue realizada en setiembre de 1685 por el teniente de gobernador, Miguel de Salas y Valdés.

En su nuevo sitio, San Miguel de Tucumán comenzó a cobrar relevancia, hasta convertirse en una de las ciudades más importantes del actual territorio argentino. El censo dispuesto por Carlos III el 10 de noviembre de 1776 y realizado aquí entre 1778 y 1779 la sitúa, con 20.074 habitantes, como la tercera en población, después de Córdoba, con 46.509, y Buenos Aires, con 37.130.

Nuestra hermana mayor se apresta a celebrar el 31 del corriente mes los 450 años de su Fundación, antesala de la que todos los argentinos compartiremos el año próximo, cuando conmemoremos allí mismo el bicentenario de la declaración de la Independencia. Ese gran logro la tuvo por escenario, cuando tras seis años de dominación porteña, logramos realizar allí un congreso, por vez primera fuera de Buenos Aires y con una representación proporcional de todas las provincias. Allí nació, el 9 de Julio de 1816, la Nación Argentina como estado independiente.

Fuente: La Voz del Interior

25Abr/152

Bicentenario de una traición

Por Prudencio Bustos Argañarás.

La llamada Asamblea del Año XIII, que mediante torpes maniobras nació dominada por Buenos Aires –por caso, los dos diputados que “representaban” a Córdoba eran el porteño Gervasio Antonio de Posadas y el catalán Juan Larrea– impidió que se declarara la independencia, llegando al extremo de impedir la incorporación de los representantes de la Banda Oriental, que llevaban ese expreso mandato. El licenciado Nicolás Laguna, diputado por Tucumán, fue expulsado de la Asamblea por haber declarado que el mandato otorgado por sus coterráneos le obligaba a votar una constitución federal, lo que le mereció ser incluido entre los “hombres díscolos, malditos, revoltosos y enemigos del orden”. Huelga decir que tampoco se sancionó ninguna constitución.

El 26 de enero de 1814 la Asamblea creó un gobierno unipersonal bajo el nombre de Director Supremo y designó para ejercerlo a Posadas, disponiendo que se concentraran en él “la Suprema Potestad Ejecutiva” y “todas las facultades y preeminencias acordadas al Supremo Gobierno”.

El 11 de febrero 1814 Posadas declaró a Artigas “infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la Patria”, ordenó que fuese “perseguido y muerto” y ofreció una recompensa de 6.000 pesos a quien lo entregare. A poco de cumplir un año de su mandato, Posadas renunció y fue reemplazado por su sobrino, Carlos María de Alvear.

El 28 de enero de 1815, en la mayor clandestinidad, partía hacia Río de Janeiro Manuel José García portando dos cartas de Alvear fechadas el 25 de dicho mes, quince días después haber asumido como director. Una de ellas iba dirigida a lord Strangford, embajador inglés en Río de Janeiro, y la otra a lord Castlereagh, ministro de Relaciones Exteriores británico. La primera de ellas decía textualmente:

Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver a todos los hombres de juicio y opinión que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo y que necesita una mano exterior que la dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía (...) En estas circunstancias solamente la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias, que obedecerán a su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer. (…) La Inglaterra (…) no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo en que se arrojan a sus brazos generosos.

El pliego destinado a lord Castlereagh, cuya entrega fue encomendada por García a Bernardino Rivadavia, que partía a Londres, era aún más elocuente respecto a las sórdidas intenciones de Alvear, cuando afirmaba sin ambages:

Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés, y yo estoy dispuesto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen. Que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey y de la Nación, a cuyos efectos espero que V.E. me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene para preparar oportunamente su ejecución.

No se habían cumplido aún nueve años de las invasiones inglesas a Buenos Aires y desde el más alto sitial de poder se ofrecía la entrega del país a su gobierno. Vicente Fidel López intenta exculpar estas conductas vituperables aludiendo a la “incompatibilidad absoluta de volver a entrar en el gobierno español bajo forma alguna”, a cuyos efectos no resultaba grave, a su juicio, el intento de “poner al país bajo el protectorado de un gobierno libre, que daba garantías eficaces a todos los progresos y medios de prosperidad que hacen cultos y felices a los pueblos”.

Pero Alvear no se mostraba muy constante en sus “incompatibilidades absolutas” para con España ni tampoco en sus ofrecimientos de sumisión a Inglaterra. El 23 de agosto de ese mismo año, destituido ya de su cargo y refugiado en Río de Janeiro, escribía a Andrés Villalba, encargado de negocios de Fernando VII en Portugal, proclamando su intención de “poner término a esta maldita revolución” y protestando que “mi decidido conato ha sido volver a estos países a la dominación de un Soberano que solamente puede hacerlos felices”.

Tras manifestar su arrepentimiento por haber sido desleal al rey, se presentaba a “vindicar su conducta en actitud de delincuente y con la sombra de rebelde o enemigo de su Majestad”, suplicando “la clemencia de mi Soberano y la indulgencia de sus ministros (…) considerándome como vasallo que sinceramente reclama la gracia de su Soberano”.

También Rivadavia, portador como dije de la carta que Alvear enviara a Castlereagh, dio un giro a su lealtad hacia los ingleses y la derivó hacia España. Desde Madrid le escribió el 28 de mayo de 1815 a Pedro de Ceballos, ministro de Fernando VII, manifestándole que la comisión que se le había conferido se reducía

...a cumplir con la sagrada obligación de presentar a los pies de su Majestad las más sinceras protestas de reconocimiento de su vasallaje, felicitándolo por su venturosa y deseada restitución al trono, y suplicarle humildemente el que se digne, como padre de sus pueblos, darles a entender los términos que han de reglar su gobierno y administración.

Las estatuas de Alvear y Rivadavia lucen en Buenos Aires y sus nombres abundan en las calles de todo el país. Pero sus intrigas no pudieron impedir su marcha hacia la Independencia que, ya sin retorno, culminaría un año más tarde, el 9 de Julio de 1816, con la declaración del Congreso de Tucumán.

Fuente: La Voz del Interior

Archivado en: Historia 2 Comentarios
13Abr/150

Presentación libro

Bergallo

25Dic/143

Fray Fernando de Trejo y Sanabria. Cuarto Centenario de su muerte

Por Prudencio Bustos Argañarás.

A mediados del siglo XVI Asunción del Paraguay, la primera ciudad del cono sur, se había convertido en el centro de irradiación de la conquista del Río de la Plata y en la sede de sus autoridades. La convivencia con las pacíficas tribus comarcanas, que habituadas a la poligamia cedían voluntariamente sus hijas a los españoles, generó un ambiente de relajación moral en el que cada conquistador poseía un verdadero harem. Asunción fue llamada por ello el Paraíso de Mahoma y los abundantes mestizos frutos de esas uniones, denominados eufemísticamente “mancebos de la tierra”, conformaron las huestes con que se fundarían años más tarde Santa Fe, Buenos Aires y Corrientes.

Preocupado por esta situación, Felipe II nombró adelantado a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien procuró ponerle fin, pero en 1544 los asuncenos lo tomaron preso y lo enviaron encadenado de regreso a España. Cinco años más tarde, el rey firmó capitulaciones con Juan de Sanabria, que paso a ser el tercer adelantado del Río de la Plata, con especial encargo de traer familias peninsulares y mujeres solteras para restablecer el orden y consolidar la presencia española.

La expedición que debía trasladarlo a América partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 10 de enero de 1550, pero Sanabria no iba a bordo pues había muerto unos meses antes. Su hijo Diego, de apenas 18 años, lo reemplazaba en el cargo, pero la verdadera autoridad de la expedición era su viuda, doña Mencía Calderón. Mujer de carácter firme y temple excepcional, debió afrontar toda clase de vicisitudes durante el viaje. Tempestades, naufragios, ataques de corsarios franceses y normandos, y ya en tierra de los antropófagos tamoyos, fueron algunos de los contratiempos que demoraron su arribo a Asunción hasta abril de 1556.

Entre el medio centenar de doncellas que trajo consigo doña Mencía se contaban dos hijas suyas. Doña María de Sanabria, la mayor, se casó en el campamento de San Francisco de Mbiazá, en la isla de Santa Catarina, con el capitán Hernando de Trejo, de quienes nació en 1554 un niño llamado Hernando (o Fernando) de Trejo y Sanabria. Viuda, doña María casó nuevamente con Martín Suárez de Toledo, con el que tuvo ocho hijos, entre ellos el célebre Hernandarias de Saavedra, primer gobernador criollo del Río de la Plata.

Fernando de Trejo y Sanabria pasó su niñez en Asunción y en 1568 fue enviado a estudiar a Lima, en donde ingresó en el convento franciscano, ordenándose sacerdote en 1576. Seis años antes, el 10 de mayo de 1570, el Papa Pío V había creado el Obispado del Tucumán, cuya jurisdicción comprendía la Gobernación del mismo nombre, integrada por las actuales provincias de Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba, Catamarca y La Rioja. La sede episcopal estaba en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la Gobernación, y en 1699 seria trasladada a Córdoba.

El primer obispo que ocupó efectivamente la nueva diócesis, el dominico fray Francisco de Vitoria, la abandonó y renunció a su cargo por desavenencias con el gobernador. En su reemplazo fue designado, en 1592, fray Fernando de Trejo y Sanabria, el primer criollo en ocupar la silla episcopal tucumanense, quien fue consagrado en Quito y se hizo cargo de su diócesis en 1595.

Su obra pastoral fue extraordinaria. Ni bien arribó a Santiago convocó un sínodo diocesano en el que se adoptaron importantes medidas destinadas a la protección de los naturales y a su evangelización. Entre sus disposiciones se cuenta la de usar el quechua, la lengua del Perú, que los aborígenes del Tucumán comprendían por haber sido invadidos por los incas.

A él y al gobernador Juan Ramírez de Velasco se debe la instalación en estas tierras de la Compañía de Jesús, a la que el prelado era muy afecto. Entre las obras que llevó adelante se cuenta la creación del primer colegio seminario de la Gobernación, con sede en Santiago del Estero, que puso en manos de los jesuitas.

Pero fue sin duda Córdoba la ciudad que más beneficios obtuvo de su parte. Superadas las serias dificultades que padeció hasta fines del siglo XVI, que la llevaron al borde de la desaparición, la ciudad se perfilaba ya como la más importante del Tucumán. El obispo la visitaba a menudo y pasaba aquí largas temporadas, alojado en la residencia jesuítica.

El 2 de julio de 1613 dejó solemnemente instalado el monasterio de Santa Catalina de Sena, fundado por doña Leonor de Tejeda, el primero en el actual territorio argentino. Trece días antes, el 19 de junio, había suscrito ante el escribano Pedro de Cervantes una escritura mediante la cual se comprometió, bajo la garantía de todos sus bienes, a donar a la Compañía dentro del plazo de tres años, cuarenta mil pesos para el sostenimiento de su Colegio Máximo, que por razones económicas se había trasladado a Santiago de Chile. Manifestaba en dicho documento su pretensión de que en él, “los hijos de los vecinos de esta Gobernación y de la del Paraguay se puedan graduar de bachilleres, licenciados, doctores y maestros, dando para ello su Majestad licencia (...) para el bien espiritual y eterno de españoles e indios”.

Por impulso de este acto de munificencia, el regreso del Colegio se dispuso de inmediato y en 1614 se hallaba de nuevo en Córdoba. Nueve años más tarde, el Cabildo ordenaría la ejecución del breve In Supereminenti de Gregorio XV, dando vida a la Universitas Cordubensis Tucumanae, la primera en estas tierras, llamada hoy con justicia la Casa de Trejo.

No alcanzó a ver el prelado la culminación del proceso que había impulsado. La muerte lo sorprendió en el camino de Córdoba a Santiago, en la Nochebuena de ese año de 1614. Su cuerpo fue traído a esta ciudad y sepultado en el templo de la Compañía, en donde una lápida de mármol escrita en latín nos recuerda su presencia.

Sorprende que las autoridades de la Universidad, que lo consideran su fundador, hayan dejado pasar este centenario sin siquiera recordarlo. Estarán ocupados en cosas más importantes.

Fuente: diario La Voz del Interior

Archivado en: Historia 3 Comentarios
24Nov/143

Vuelta de Obligado

Hay que adecuar la idea de soberanía al mundo de hoy

Por Luis Alberto Romero.

La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional renueva las discusiones sobre el Combate de Obligado de 1845 y el mito que ha generado. Pero además, el énfasis que el gobierno actual pone en la recordación de esa fecha y los argumentos que esgrime, llevan a otra pregunta, no ya sobre el pasado sino sobre el presente y el futuro: ¿qué significa en el siglo XXI la soberanía nacional?

Hay un mito con el combate de la Vuelta de Obligado. No fue una victoria sino una derrota. Para detener a la flota inglesa, Rosas cerró con cadenas el río Paraná e instaló dos baterías. Los ingleses cortaron las cadenas, hubo cañonazos de ambos lados, algunos muertos ingleses y varios centenares entre los soldados bonaerenses. Muertes inútiles, pues los buques llegaron hasta Corrientes. Tampoco es completamente cierto que Rosas defendió los intereses nacionales contra la agresión imperialista. Esto último es correcto, pero los supuestos "intereses nacionales" son algo muy discutible. Por entonces no existía un Estado argentino unificado, sino provincias en guerra, alineadas en bandos políticos y divididas por cuestiones económicas. ¿Dónde estaba la Nación? Corrientes quería comerciar directamente con los británicos y Rosas defendió el monopolio comercial porteño. El antiimperialismo fue acotado, pues el episodio no enturbió una larga historia de relaciones entre Buenos Aires y Gran Bretaña, mutuamente beneficiosas. En 1852, caído Rosas, todas las provincias aceptaron el principio de la libre navegación de los ríos, incorporado a la Constitución.

Este mito de la Vuelta de Obligado, creado por el revisionismo histórico, forma parte de la nueva "historia oficial", difundida de manera sistemática y abrumadora en la escuela y en los medios. En 2010 se estableció el Día de la Soberanía Nacional, con feriado móvil. Pero además, las consignas revisionistas ocupan un lugar importante en los discursos de la Presidenta, tan abundantes como contundentes. Más allá de la crítica fácil, sus argumentos merecen consideración, pues hablan también sobre quienes la escuchan y la votan.

La Presidenta acude frecuentemente a ejemplos históricos, elegidos de manera un poco desconcertante: para un historiador no es fácil vincular a Monteagudo, Artigas, Dorrego y Rosas, pues en su tiempo casi todos se detestaron. Pero esta desordenada evocación no pretende organizar un discurso histórico. A diferencia del peronismo militante de los años 60, que se colocaba en la culminación de un largo proceso de luchas nacionales y populares, el kirchnerismo no se considera heredero de nadie, ni siquiera de Perón. Son fundadores, y el pasado sólo les interesa como un depósito de hechos memorables que, adecuadamente interpretados, operan como presagios de su llegada y su pasión. En el caso de Obligado aparecen los grandes poderes de siempre conspirando en contra de la Argentina y de su jefe, como hoy lo hacen los buitres. Los cañonazos que entonces dividieron al país son similares a los que hoy separan a los defensores de la nación de sus enemigos. La gesta de Obligado ilustra sobre una lucha eterna, en la que una derrota ocasional anuncia la victoria final.

Parada en el presente, la Presidenta invita a adecuar idea de soberanía a las luchas de hoy. La nación soberana ha de sobrevivir en un mundo que se derrumba, del cual debemos mantenernos saludablemente separados. La economía soberana debe dar inclusión, empleo y prosperidad a los argentinos. La soberanía ideológica consiste en consolidar la unidad de los argentinos y protegerlos de las ideas foráneas, otro instrumento de la gran conspiración.

Todos estos tópicos forman parte de un conjunto discursivo y simbólico compacto y enterrado en nuestro subconsciente, al que la Presidenta interpela con éxito, como lo hicieron tantos otros antes que ella. La soberanía ideológica alude a la conocida "cultura nacional", más postulada que definida. En realidad, todos nuestros productos culturales, hasta el pericón, son resultado de una mezcla, o una adecuación local de lo foráneo. Nuestros pensadores nacionales, igual que los llamados cosmopolitas, leyeron y adaptaron libros que también leían los franceses o los alemanes. La misma idea de una cultura nacional es una traducción del nacionalismo romántico alemán del siglo XIX. En definitiva, las ideas ignoran las fronteras políticas.

La soberanía económica -vieja idea del mercantilismo- fue una aspiración común en el mundo de las guerras mundiales. La autarquía entusiasmó a los planificadores económicos y a los militares. El país debía contener todo lo que necesitaba y cerrarse al mundo, siempre hostil; así, el "hecho en la Argentina" justificó sacrificar la eficiencia y los beneficios del intercambio. Es sabido que desde la segunda posguerra el mundo marcha por otro lado. Las economías crecen sobre la base de la interdependencia y la integración, y el "made in" ha perdido todo sentido. La idea cerril de la soberanía económica cultivada por el Gobierno no aporta nada para facilitar la integración en un mundo donde todos dan y reciben, ni para pensar cuáles son hoy las cuestiones específicas donde un interés de la comunidad nacional debe ser defendido.

Tampoco la soberanía política es hoy un valor absoluto, como lo fue en el pasado. Desde la creación de las Naciones Unidas, esta idea es revisada y matizada por quienes quieren construir instituciones y regulaciones supraestatales, una empresa tan noble como llena de dificultades. Para quienes vivimos en la Argentina, la cuestión de la soberanía estatal tiene una dimensión más acuciante, pues nuestro Estado de Derecho retrocede ante gobiernos arbitrarios, que arrasan con todo lo que los limita. Ante estos avances, las limitaciones y controles internacionales, que el gobierno actual desafía en nombre de la soberanía, constituyen el último recurso de quienes no encuentran amparo en la justicia local. Esto incluye a la Corte de La Haya o a la de Costa Rica, y hasta al modesto juez de Nueva York, que desconoce nuestros folklóricos usos de la justicia.

Todas estas cuestiones sobre la soberanía, que debemos discutir, derivan de la idea de nación. ¿Qué es la nación? No tenemos un conocimiento directo y experiencial. Creemos en ella, afirmamos que es de una cierta manera y construimos representaciones, con palabras o símbolos. Pero a diferencia de una religión, no hay un texto sagrado que consagre una verdad al que remitirse. Se trata de una cuestión opinable, que es de la más alta importancia. Por ejemplo, algunos creen en una nación plural y diversa, tolerante e institucional, y otros, con igual convicción, en una nación homogénea y unida, que se expresa en un liderazgo fuerte.

Esta segunda creencia ha predominado en la Argentina en el siglo XX. En ella confluyeron las ideas del nacionalismo, la Iglesia integrista, las Fuerzas Armadas y los movimientos nacionales y populares. Todos coincidieron en que cada uno de ellos representaba a la nación unida y soberana, y que fuera de ella solo había enemigos, externos e internos, consagrados a conspirar contra la nación. Algo de eso decía Rosas en 1845, cuando convirtió la defensa de intereses sectoriales en una gesta nacional, en la que estaba en juego la soberanía. Es lo mismo que hace el gobierno actual, apelando a la unidad, sobreactuando sus conflictos con parecida intensidad, y con mucha menos preocupación por la coincidencia entre sus dichos y sus prácticas reales.

Mientras existan comunidades nacionales, la soberanía será siempre una cuestión muy importante. Pero también es importante adecuarla a la integración en un mundo cada vez más interdependiente, pues "vivir con lo nuestro" es condenarnos a la mediocridad y la miseria. Sobre todo, es fundamental no separarla de la garantía de los derechos personales frente a gobiernos que utilizan la soberanía como instrumento de disciplinamiento interno. No se trata de negar su valor esencial sino de reconsiderar sus formas, sus símbolos, sus discursos y adecuarlos a una democracia institucional y plural. Quizás entonces elijamos otra fecha para celebrarla.

Fuente: diario La Nación

Archivado en: Historia 3 Comentarios
14Sep/145

La mirada cuyana de San Martín

Por Luis Alberto Romero.

Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el papel de la ciudad capital.

Una centralización parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza, como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.

Las cosas serían diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca, Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.

Contar las cosas desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen. Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración nacional con centro en Buenos Aires.

Como escribió el historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.

Para los mendocinos, y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa historia desde la perspectiva de San Martín?

Recuérdese que nunca estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.

ambién miró a Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires. En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.

Uno de ellos era San Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera. Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú -un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.

Hispanoamérica no era una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación. Hispanoamericano en España, liberal y masón, sumergido en las guerras desatadas por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban “vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.

Con esa mirada hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados, pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.

La mirada de San Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas, quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.

Esto es apenas el comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete renacentista.

Ilusiones, quizá. Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación. Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.

Fuente: diario Los Andes

Archivado en: Historia 5 Comentarios
8Jul/142

La figura de Perón al trasluz de la historia

Por Loris Zanatta.

Cuando murió Perón, hace 40 años, el entonces padre provincial de los jesuitas Jorge Mario Bergoglio dirigió una carta al "pueblo de Dios",  huérfano de su líder y con necesidad de consuelo. El país estaba en situación calamitosa y el episcopado venía de recordarlo: su "unidad y seguridad" estaban al borde del colapso. Perón no había logrado controlar los demonios evocados para llegar al poder: el peronismo era todo un llanto de mártires, un jurarse venganza entre sus militantes. El Estado de Derecho restaurado en marzo de 1973 era ya un lejano recuerdo. Si Perón había sido la última playa, el precipicio se abría ahora frente al país. No se puede decir que Bergoglio no lo entendiera: llamó a la unión y a la paz ante la inminente "catástrofe nacional". Y amonestó a "los delirantes de la solución rápida", los revolucionarios: la historia tiene sus procesos, les recordó, y la unidad de la nación es más grande que todos los conflictos.

El lenguaje de Bergoglio era el de un peronista que hablaba a otros peronistas: el pueblo de Dios al que se dirigía era el pueblo peronista, el mismo que había amado a Perón. Como si en la Argentina no hubiese otra cosa más que peronistas, porque ese pueblo era para Bergoglio el custodio exclusivo de la catolicidad del país y el peronismo, la casa donde vivía el "ser nacional". En las palabras de Bergoglio, se reflejaban así tanto el triunfo histórico como la tragedia de Perón. El triunfo, sí, porque había logrado imponer la idea de que el peronismo era más que un partido: era una religión, la nación misma, el núcleo de una identidad superior a las divisiones causadas por su odiado enemigo, la civilización liberal. Perón había derrotado a la democracia liberal, la división de poderes, el Estado de Derecho, en pos de la unidad nacional. Como decía socarrón: hay radicales, conservadores, socialistas, pero más allá de esto, los argentinos somos todos peronistas.

Pero en el triunfo yacía la tragedia, que en julio de 1974 estaba ante los ojos de todos: violencia política y descalabro económico. Si el peronismo era todo y todos luchaban enarbolando la bandera y las palabras de Perón, ¿cómo evitar la implosión del peronismo? ¿Y cómo hacer para que su implosión no fuera la implosión del país entero? De hecho, no era ya Perón el que mandaba, sino los varios peronismos que se enfrentaban para apropiarse de su figura y su doctrina, la única fuente de toda legitimación. Más: si el peronismo era la religión de la nación y Perón su divinidad, era inevitable que las suyas no fueran luchas políticas sino guerras de religión, donde no habría mediación posible entre bien y mal, verdad y error, lealtad y traición. Así es que cuando su ataúd pasó entre la muchedumbre, nadie lloraba a Perón: cada uno lloraba a su Perón. Así como Bergoglio lloraba, por ejemplo, al Perón pacificador, el obispo Podestá lloraba al Perón revolucionario. Se les escapaba que al pretender plasmar todo a su imagen y semejanza Perón era un hombre que dividía en nombre de la unidad, sembraba odio en nombre del amor, inhibía la convivencia pluralista en nombre de la unidad de fe (peronista, claro).

Perón había tenido en su momento intuiciones brillantes y decisivas. La más importante, la que le abriría paso en la historia, había sido entender, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, lo que se le escapaba a la mayoría de sus compañeros de armas: que su ideario populista y antiliberal no podría consolidarse a través de formas corporativas e instituciones dictatoriales como había sido hasta entonces la norma. En el nuevo mundo que ya se vislumbraba, no le sería posible darle a esa reacción antiliberal la forma que Vargas le había dado en Brasil, Franco en España o Mussolini en Italia: debería legitimarse a través de elecciones, crearse una base popular, amoldar su ideario a las formas de la democracia representativa. La pretendida excepcionalidad peronista, esa unicidad que sus integrantes suelen reivindicar, reside en esto: el de Perón fue el primer populismo que, al tomar el poder en Occidente cuando triunfaba el constitucionalismo liberal, tuvo que hibridarse con él, vivir en su seno, vestir su ropa aunque no le gustara ni le cayera bien.

Pero ahí termina la excepcionalidad. En la cotidiana tensión entre la arquitectura liberal del Estado y su pulsión populista a reducir la pluralidad a la unanimidad Perón privilegió siempre la segunda. Tanto que su régimen, nacido en 1946 de forma constitucional, evolucionó hacia un totalitarismo que de esos vestigios democráticos ya no conservaba nada a comienzos de los años 50. ¿Perón habría tenido el consenso popular para gobernar de forma democrática? Por supuesto. Tan impregnado estaba el ideario organicista y antiliberal de anteguerra, sin embargo, que nunca abandonó el sueño de imponer al país el monoteísmo peronista. Tales eran el sentido y el origen de su idea de comunidad organizada. Que ésta fuera reconocida durante toda su vida como la matriz ideal de Perón lo confirma que nunca renunciara a verse a sí mismo como fundador de civilizaciones. Ni faltó quien lo ensalzara en ese sentido: "Se asemeja más a un fundador de religiones que a un político", le escribía el sacerdote Hernán Benítez. De ahí la ilusión de aglutinar en torno a sí, en la posguerra, la civilización católica amenazada por liberales y comunistas; la pretensión de universalizar su figura y su régimen al crear una doctrina "original", el justicialismo, a través de la cual exportar su modelo; de ahí también, años después, los desvaríos de aquellos que quisieron hacer de él el líder del socialismo nacional o de los que vieron en su retorno la antesala de la Argentina potencia. En realidad, su familia política estaba en los populismos, en la reacción antiliberal basada en los fundamentos de la catolicidad latina, en cuya reivindicación veía la misión histórica argentina. Por eso a los ojos del mundo Perón nunca dejó de ser la cola de los totalitarismos de entreguerras. Hoy mismo, quienes en el mundo rescatan su experiencia -muy pocos, en realidad- suelen identificarse con la derecha social, por un lado, o la izquierda nacionalista, por el otro, mancomunados por su odio a la civilización liberal.

Sería injusto y simplista emitir juicios lapidarios sobre Perón. Ni creo que le corresponda al historiador erigirse en juez o sacerdote que absuelve o condena: la historia y sus protagonistas son demasiado complejos como para ser reducidos a categorías tan maniqueas. Más importante es señalar la herencia que dejó, porque ahí está, más allá del juicio sobre la persona, su legado histórico más duradero. Por un lado, su éxito en conducir la integración de las masas en la vida social argentina tuvo como consecuencia que, sin la participación de su movimiento, no fuera posible gobernar. Pero la pretensión de encarnar a la nación misma en su totalidad llevó al peronismo a la intolerancia y a trasladar a todo el país la pesada carga de sus peleas internas. Ésta fue la ecuación sin solución de la política argentina legada por Perón: sin él no había orden legítimo; con él tampoco, pues la mayoría imponía su dominio y el país implosionaba.

Así era el panorama nacional al morirse el líder: él había confiado siempre en que podría equilibrar los opuestos apoyándolos a todos, para mantenerse así como cabeza única de la nación y de su movimiento, pero la realidad demostraba que la viveza criolla no era un buen sustituto de la democracia y tanto el país como el peronismo se venían abajo.

Mirado desde el presente, se diría que a menudo se han interpretado como éxitos de Perón lo que en realidad fueron fracasos: de la economía a la política internacional, del obsesivo nacionalismo a la pretensión de custodiar un pensamiento nacional, una quimérica esencia del ser argentino. Se entiende así cuán alto es el riesgo de repetir los desaciertos pasados como si hubieran sido triunfos. El riesgo de seguir cultivando la misma pulsión populista del pasado, de usar a Perón como si fuera una eterna presencia y no un protagonista clave de la historia sobre el cual reflexionar con la cabeza fría. Olvidando al pasar que si Perón fue una fábrica de orgullo nacional y nacionalista, la excepcionalidad tantas veces gritada se volvió marginalidad y la unicidad, aislamiento.

© LA NACION

Archivado en: Historia 2 Comentarios
19Dic/135

Orígenes de los apellidos hispanoamericanos

por Prudencio Bustos Argañarás

 1. Protoapellidos en la antigüedad

Todos los pueblos, desde tiempos inmemoriales, utilizaron nombres propios para identificar a los hombres entre sí. Expresaban rasgos peculiares del individuo, virtudes o características que lo distinguían, o invocaciones religiosas vinculadas con su nacimiento o con las creencias de sus padres.

Algunos añadían apelativos, que sin embargo no pueden considerarse aún verdaderos apellidos. Entre los griegos los había toponímicos, es decir, referidos al lugar de nacimiento, como Zenón de Elea, Protágoras de Abdera, Tales de Mileto o Heráclito de Éfeso, y gentilicios (Aristóteles el Estagirita). Utilizaban también algunos patronímicos, pero como recurso aclaratorio (Paris hijo de Príamo, Ulises hijo de Laertes), que en ocasiones adoptaban carácter colectivo, como Aqueos, nombre que se daban a sí mismos por provenir de Aqueo, Heráclidas, que se aplicaba a los descendientes de Hércules o Heracles, Pélidas a los de Peleo, Átridas a los de Atreo o Aqueménidas, a los miembros de la dinastía persa originada en Aquémedes.

Entre los judíos había toponímicos (José de Arimatea, María de Magdala, Simón de Cirene), gentilicios (María Magdalena, Simón el Cirineo), personales (Herodes Antipas, Herodes Agripa y Herodes Filipo) y patronímicos que se expresaban con la palabra ben precediendo el nombre del padre (Iosef ben Matatías, David ben Naftali). También solían añadir el de un antepasado ilustre, anteponiendo ibn (Iehuda ben Saúl ibn Tibon y su hijo Samuel ben Iehuda ibn Tibon, es decir, Iehuda hijo de Saúl y de la familia de Tibón y Samuel, hijo de Iehuda y de la familia de Tibón).

Algunos personajes históricos de la antigüedad recibieron apelativos póstumos, como reconocimiento de la posteridad a sus obras (Alejandro Magno, Herodes el Grande) o para diferenciarlos de otros del mismo nombre (Ciro el grande y Ciro el joven, Santiago el mayor y Santiago el menor), basándose a veces en algún rasgo distintivo de su vida (Juan el Bautista y Juan el Evangelista). Es obvio que tampoco éstos pueden considerarse apellidos, pero sí recursos destinados a diferenciar a dos personas que llevaban el mismo nombre –propósito que generó el uso de los apellidos–, razón por la que los llamo protoapellidos.

Los romanos, consecuentes con su tendencia a regimentar la vida en sociedad, establecieron reglas onomásticas que observaban con bastante estrictez. Incluían el uso del praenomen, el nomen y el cognomen. El praenomen equivalía al nombre de pila actual, elegido de una lista que no pasaba de cuarenta. Cada gens o familia utilizaba un número aún más reducido, como la gens Julia, que usaba cuatro (Caius, Lucius, Sextius y Vopiscus) y la rama de los Escipiones de la gens Cornelia, que tan sólo utilizaba tres (Lucius, Publius y Cneus). Los esclavos no tenían praenomen.

El nomen identificaba a la gens a la que cada uno pertenecía y era privativo de los patricios. El cognomen era para los patricios el nombre de la rama familiar, y para los plebeyos el nombre del padre, es decir, una suerte de patronímico. Julieta Consigli me aclara que en algunos casos el cognomen aludía a una cualidad física o moral, como Barbatus, Longus, Naso, Enobarbo, etc., y en otros indicaba la procedencia, como Sabinus.

Por último, solían añadir un cuarto, estrictamente personal, llamado agnomen, destinado a destacar una hazaña o un hecho relevante. Tales los casos de Publio Cornelio Escipión el Africano y Publio Cornelio Escisión Emiliano, Marco Porcio Catón el Censor y Marco Porcio Catón de Utica, o Cayo Plinio Cecilio Segundo el Viejo y Cayo Plinio Cecilio Segundo el Joven. Es lo que hoy llamaríamos sobrenombre o apodo, que servía además para distinguir a dos homónimos.

De lo dicho se desprende que el nomen y el cognomen operaban como primitivos apellidos, y que los patricios u optimates, usaban ambos (Cayo Julio César, Publio Cornelio Escipión, Marco Tulio Cicerón), indicando con el primero el clan (gens) al que pertenecían y con el segundo la rama. Los plebeyos sólo usaban el segundo (Cayo Mario). Algunos patricios que militaron en el bando de los plebeyos, procuraban identificarse con ellos omitiendo el uso del nomen (Cayo y Tiberio Graco). En el caso de las mujeres, las nobles solían usar el nomen, con el género adecuado a su sexo (Julia, Antonia, Cornelia, Octavia). En el imperio comenzaron a añadir el cognomen (Julia Mamea, Popea Sabina, Vipsiana Agripina).

Entre los romanos había total libertad para usar libremente los nombres que cada uno prefiriese, y sólo se tenía por reprensible cuando se hacía con intención fraudulenta.

2. Aparición de los apellidos en España

En la España altomedieval convivían, junto a los nombres romanos, los godos y los judíos, a los que se sumaron a partir del siglo VIII los árabes. Los godos sólo llevaban nombre de pila (Roderico, Teodorico, Gundisalvo, Wamba, Wintila, Alarico, Ataúlfo, Leovigildo, Suintila, Recaredo, Recesvinto), mientras que los árabes solían, al igual que los judíos, utilizar algunos patronímicos anteponiendo las palabras abu, ibn, el, al y ben (Abu Mohammed el Kasim, Ibn Batuta, El Edrisi, Al Mansur, Omar ben Yusuf).

Hacia fines del siglo IX de nuestra era, la necesidad de identificar a personas que llevaban el mismo nombre, dio lugar a la aparición de los primeros apellidos[1] tal como los conocemos hoy, aunque tardarían todavía bastante tiempo en adquirir las actuales condiciones de trasmisibilidad.

Inicialmente fueron adoptados por los miembros de la nobleza y luego su uso fue extendiéndose gradualmente hasta alcanzar a los del estado llano. De acuerdo a su origen pueden identificarse cinco categorías: A) patronímicos B) toponímicos o solariegos C) gentilicios D) personales o descriptivos y E) traducidos y transliterados. Veamos cada una de ellas.[2]

A) Patronímicos

Fueron los primeros apellidos que aparecieron y se difundieron alrededor de los siglos X y XI. Se formaron a partir del nombre del padre puesto en modo genitivo, y en romance adoptaron por lo general las terminaciones az, ez, iz y oz.[3] Así, el genitivo latino de Rodericus (Rodrigo), que era Roderici, devino Rodríguez, y de manera semejante aparecieron Martínez, Ramírez, Ruiz y Muñoz, hijos de Martín, Ramiro, Ruy y Munio, respectivamente, y así tantos otros. Se da el caso de apellidos que han sobrevivido al nombre de pila que les dio origen, como el ya citado Muñoz, Bermúdez, Ortiz, Suárez u Ordóñez, cuyos originales Munio, Bermudo, Hortún, Suero y Ordoño han desaparecido ya.

En algunos casos el patronímico se mantiene igual al nombre del que procede, tal el caso de García, Arias, Alfonso, Alonso, Duarte, Ramón, Miguel, Beltrán u Ochoa, mientras en otros admite más de una forma, como García y Garcés, Martín y Martínez, Muñoz y Muñiz, Sáenz, Sainz y Sánchez, Díaz, Diez y Diéguez, Yáñez e Ibáñez, Peláez y Páez (de Payo, forma abreviada de Pelayo) o Rodríguez y Ruiz (de Ruy, forma abreviada de Rodrigo).

Un caso curioso de patronímico creado en pleno siglo XVIII, en el Alto Perú, es el del navarro don Pedro Prudencio Pérez, que convirtió su segundo nombre en apellido, pasando a firmar Pedro Pérez Prudencio, apellidos que continuaron usando algunos de sus descendientes.[4]

Resulta obvio aclarar que en todos los casos mencionados no corresponde el uso de la preposición de precediendo al apellido, por cuanto el modo genitivo la excluye.[5] Sólo por excepción la desinencia fue sustituida por dicha preposición, apareciendo así Santiago de Pablo, Luis de Pedro, Gonzalo de Marco, Juan de Juanes (de Ioannes, forma antigua de Juan) o Jerónimo de Miguel. Lo que constituye una redundancia, y por tanto resulta incorrecto, es combinar ambas formas –desinencia y preposición–, no obstante lo cual hubo en el siglo XVIII personas que lo hicieron, como ocurrió en Córdoba[6] con Juan Tiburcio de Ordóñez o Pedro de Benítez.

Cabe asimismo mencionar la existencia de algunos apellidos que podríamos llamar matronímicos, tomados del nombre de una mujer, habitualmente la madre de quien lo lleva. Un ejemplo de ellos es Doña Vargas.

B) Toponímicos o solariegos

Poco después aparecieron los apellidos toponímicos o solariegos, es decir, tomados del nombre de un lugar. Al comienzo fueron adoptados por los grandes magnates, que añadían a su nombre el de un señorío, de una casa solariega o de un lugar cuyo gobierno ejercían. Más tarde se generalizó el uso del topónimo del lugar de nacimiento o procedencia, lo que permitía distinguir a Juan de Ávila de Juan de Toledo y de Juan de Cáceres, a través de la mención del sitio (en este caso una ciudad) del que procedía cada uno de ellos. Por una regla sintáctica de la lengua española, estos sí deben ir precedidos de la preposición de, indicativa de dichas procedencia o posesión.

Cuando en reemplazo del nombre propio de una ciudad, pueblo o lugar, se elegía como apellido un sustantivo común, nuestra lengua pide el artículo determinado (el o la) detrás de la preposición, en el caso del primero formando la contracción del. Así surgieron Manuel del Campo, Pedro del Arroyo, José de la Colina, Miguel del Cerro, Alfonso de la Sierra, Esteban de la Peña, Fernando de la Piedra, Andrés de la Vega, Agustín del Collado, Juan del Campillo y Sebastián de los Ríos, cuando se trataba de accidentes naturales, o bien Rodrigo del Castillo, Martín de las Casas, Lope de la Torre, Santiago de la Rua y Antón de la Puente, cuando se trataba de construcciones hechas por el hombre.

Entre los vascos y navarros la adopción del apellido toponímico respondía a reglas muy particulares. La división de una familia con la creación de una nueva casa solía llevar aparejado el uso de apellidos diferentes de sus dueños o habitantes, para distinguirlos. Así los que permanecían en la propiedad primitiva se llamaban, por ejemplo, Echezar (en vascuence, casa vieja) y los que ocupaban la nueva, Echeberria (casa nueva). Martín Ospitaletche nos informa que en el valle de Baztán las personas solían usar diferentes apellidos a lo largo de su vida, pudiendo estos ser el nombre de la casa nativa, el de la casa del cónyuge, el de alguno de los padres, e incluso el del pueblo o barrio de donde eran originarios.[7] Esta situación se mantuvo hasta avanzado el siglo XVII.

Conviene aclarar aquí que en muchos casos los topónimos que daban lugar a un apellido eran voces árabes lo que, como se comprenderá, no permite inferir que quienes lo llevaran tuvieran esa sangre o profesasen la religión islámica.

A despecho de esto, Domingo Faustino Sarmiento afirma en Recuerdos de Provincia, que su familia materna procede de un jeque sarraceno llamado Alí ben Razín, que conquistó y dio nombre a la ciudad de Albarracín, en la Provincia aragonesa de Teruel, a partir de lo cual el ilustre sanjuanino llega al extremo de proclamarse presunto deudo de Mahoma.[8] Por cierto que esto se desmiente al conocer el nombre del primer antepasado americano de su madre, el escribano Juan de Albarracín Pereyra, nacido en Salta en 1602, pues el uso de la preposición de antes de su apellido indica claramente que está tomado del nombre de dicha ciudad, sin que ello signifique que descendiera de su fundador.

C) Gentilicios

En otros casos, en vez de usar el nombre del lugar de procedencia se prefirió su gentilicio, es decir, el apelativo de los nacidos en él, gestándose así apellidos como Catalán, Navarro, Romano, Andaluz, Cordovés, Gallego[9] o Alemán, en el caso de nombres propios de provincias, regiones o ciudades importantes (Cataluña, Navarra, Roma, Andalucía, Córdoba, Galicia y Alemania, respectivamente). Los hay también procedentes de lugares pequeños, de los que son ejemplo Moyano, Altamirano y Bejarano, correspondientes a Moya (Cuenca), Altamira (Santillana del Mar) y Béjar (Salamanca). Cuando eran tomados de un nombre común aparecían otros tales como Campero, Serrano, Isleño y Montañés (de campo, sierra, isla y montaña). Huelga señalar que en ambos casos la preposición de resulta innecesaria, por lo que su uso no corresponde.

D) Personales o descriptivos

Otro tipo de apellido aparecido por aquellos tiempos fue el personal o descriptivo[10], que procedía de un rasgo físico (Moreno, Blanco, Bello, Calvo, Crespo, Pardo, Rubio, Bermejo, Cano, Zarco, Delgado, Seisdedos), de una característica de la personalidad (Bravo, Brioso, Valiente, Alegre, Bueno, Gallardo, Franco, Leal, Cortés, Galán), de un oficio, cargo o profesión (Herrero, Peón, Sastre, Escribano, Guerrero, Jurado, Vaquero, Ovejero, Montero, Alcalde), de una situación familiar (Nieto, Primo, Sobrino, Mayor, Menor, Espósito, Criado), de un estado religioso (Sacristán, Fraile, Abad, Sacerdote, Obispo, Cardenal) o de un status social (Rey, Príncipe, Duque, Conde, Noble, Hidalgo, Caballero, Escudero). En estos últimos, su uso no implica necesariamente que el individuo perteneciera a dicha categoría, sino que muchas veces se trataba de apodos.

En algunos casos se atribuía su origen a algún hecho famoso protagonizado por un antepasado, tales los casos de Ladrón de Guevara, Niño de Guzmán, Hurtado de Mendoza, Cabeza de Vaca, Vargas Machuca, Vera y Aragón, Olmos, Girón, Calderón, Troncoso o Maldonado, aunque por cierto, los episodios en que presuntamente se crearon forman habitualmente parte de lo legendario.

En la categoría de los personales correspondería incluir a los apellidos tomados de nombres de animales, que podríamos llamar zoonímicos, como serían Novillo, Cordero, Lobo, Gallo, Borrego, Carnero, Águila, Vaca, Cuervo, Palomo, Becerra o Yegua. Debe tenerse presente que en el caso de algunos, como Toro o León, puede tratarse de toponímicos derivados de las ciudades epónimas, lo que resulta fácilmente verificable al advertir que iban precedidos de la preposición de.

También caben aquí los procedentes de vegetales o fitonímicos, tales los casos de Trigo, Centeno, Sarmiento, Manzano, Granado, Arce, Oliva, Álamo, Pereyra, Perales, Nogales, Piñero, Cornejo, Encina, Robledo, Fresneda, etc., y los que provienen de minerales o mineralonímicos, como Piedra, Arena, Oro, Roca, Hierro o Fierro. A ellos se suman algunos que evocan fenómenos atmosféricos, a los que llamaremos meteoronímicos, como Rayo, Centella, Lluvia, Trueno o Solano (viento del naciente). Por lo general estos apellidos fueron inicialmente un apodo.

Por último puede incluirse en esta categoría a los llamados apellidos hagionímicos, que invocan nombres de santos, de la Virgen María o del mismo Dios, o bien que indican una intervención divina. Se cuentan entre ellos San Martín, Sanpedro, Santillán (de san Illán o Millán), Santolalla (de santa Olaya o Eulalia), Santisteban (de san Esteban), etc., como así también Santamaría, Dios, Deo, o Diosdado. Los niños abandonados en la puerta de una iglesia solían ser identificados con este apellido, v. gr. Manuel de la Iglesia.

Entre los personales suele darse en ocasiones el uso de la preposición, así como de los artículos el y la, tal el caso de Juan del Águila, Lucas de la Corte, Alfonso de la Cerda (por su cuerpo hirsuto), Pedro de la Guerra (por su oficio), Juan Alfonso de la Cámara (originado en el cargo de camarero de la Casa Real), José de las Ovejas o Manuel de las Vacas, por su hacienda. Algunos de los hagionímicos van también precedidos por ella, indicando que han sido encomendados a aquél o aquella de cuyo nombre lo han tomado, o que existe un presunto parentesco con ellos (Pablo de Santamaría, Juan de San Martín, Martín de Santisteban, Feliciana de Santillán o Nicolás de Dios). Respecto a esta última categoría, debe tenerse presente que en ocasiones suele tratarse de apellidos toponímicos y no personales, ya que existen en España numerosos lugares que llevan nombres de santos.

E) Traducidos y transliterados

El paso de un individuo –o de su fama– de un país a otro o de una región a otra de diferente lengua, solía provocar la traducción o la transliteración de su apellido. Ejemplos de traducción son los Taylor ingleses y los Schumacher alemanes, trocados en España en Sastre y Zapatero, respectivamente. Algunos casos resultan curiosos, como el del alemán Andreas Wilhelm Schneider, quien al radicarse en Cádiz a fines del siglo XVIII tradujo su apellido al latín, y en vez de Sastre (traducción de Schneider), devino Sartorius.

En la segunda categoría (transliterados) se cuentan los casos célebres de Ann Boleyn, Albretch Dürer, Mary Stuart y Louis Capet, que pasaron a ser nombrados como Ana Bolena, Alberto Durero, María Estuardo y Luis Capeto. Otro caso es el de la familia Speileux, de origen francés, españolizada Espeliús. En todos estos casos se da lo que los filólogos llaman transliteración[11] o pronunciación figurada.

Dichos fenómenos son también verificables en América. El conquistador alemán Bartolomé Blumenthal Welser se valió de ambos en Chile, pues tradujo su primer apellido a Flores[12] y transliteró el segundo en Ubelsar. También recurrieron a la traducción los hijos de Andrew Campbell, irlandés radicado en Montevideo en la segunda mitad del siglo XVIII, que pasaron a llamarse Campana. Por esos mismos años un inglés apellidado Janson, radicado en San Juan de Cuyo, transliteró el suyo en Yanzón, y el irlandés James Butler pasó a ser Diego Buteler luego de casarse en el valle de Calamuchita.

Un caso curioso es otro irlandés, William Kennefick, radicado en el curato cordobés de Tulumba hacia 1770, quien modificaba su apellido en cada documento que firmaba, haciéndolo sucesivamente de aquella manera y como Guillermo Kennefeke, Kennefeque, Kalofreque y Kennefeake, para adoptar finalmente la forma trasliterada Reynafee, que sus hijos transformaron en Reynafé o Reinafé.[13]

Ya a comienzos del siglo XIX, tras las invasiones inglesas al puerto de Buenos Aires, varios prisioneros británicos se afincaron en la Argentina. Algunos de ellos tradujeron su apellido al español, tal el caso de Patrick Island, devenido Patricio Isla, mientras otros lo castellanizaron, como ocurrió con un hijo de John Dougherty, que convirtió en suyo en Dojorti.

En pleno siglo XX una familia de inmigrantes árabes de apellido Senen lo tradujo a Luna en Cruz del Eje, otra de igual origen que era Juri pasó a ser Cura en Santiago del Estero, y un italiano radicado en Córdoba cambió su apellido Bianco en Blanco.

También como ejemplos de transliteración podemos mencionar a los Beaumont, que devinieron Biamonte o Viamonte, al carpintero flamenco Enrique Albretch, transformado en la Córdoba del siglo XVII en Enrique Alberto, a Demetrio Ventura, convertido en Buenos Aires en Ventura de Mitre, o a los Zapiola, también porteños, cuyo apellido gascón era Sapiolle. O el caso del uruguayo Juan Santiago de Ubarcalde, que pasó a firmar Warcalde.

A veces, cuando un apellido sufría una distorsión ortográfica –por lo general la llamada falsa audición–, la nueva forma convivía con la primitiva, coexistiendo así Balcarce y Valcárcel, Argañarás y Algañarás, Riglos y Riblos. Ni que decir en el caso de letras fácilmente intercambiables como la s con la z y la c, o la i latina con la y griega, generando casos como Lazcano y Lascano, Argañarás y Argañaraz, Losa y Loza o Ferreyra y Ferreira, en miembros de una misma familia. He llegado a ver las firmas de tres hermanos de apellido Ceballos, uno de los cuales firmaba de esa manera, mientras los otros lo hacían como Zeballos y Seballos, respectivamente.

Un caso notable de transliteración, aunque dentro de la misma lengua castellana, lo constituye el apellido Larguía, que surgió en Córdoba en el siglo XIX como un anagrama de Aguilar, seguramente para disimular una filiación que se quería mantener oculta, ya que se trataba del hijo de un sacerdote, el doctor don Bernabé Antonio de Aguilar.

Ciertos apellidos toponímicos de origen portugués y gallego sufrieron una curiosa transformación al pasar al español, como el caso de José do Campo, que pasó a ser José de Ocampo, Mateo da Costa, transformado en Mateo de Acosta, y Jacobo da Cunha, convertido en Jacobo de Acuña.

3. Combinaciones de apellidos

El uso simultáneo de todas estas modalidades generó la aparición de apellidos combinados. El más común procedía de la unión de un patronímico con un toponímico, apareciendo así Álvarez de Toledo, Ramírez de Velasco y Suárez de Cabrera. Podían vincularse también un patronímico con un personal, tal el caso de Sáenz Valiente, Alonso Herrero o Ruiz Moreno; un patronímico con un gentilicio, como Ruiz Moyano, Fernández Campero o Rodríguez Navarro; dos personales (Guerrero Maldonado, Moreno Gordillo); un personal con un toponímico (Bravo de Zamora, Maldonado del Espino, Nieto de Estrada) o a la inversa, un toponímico con uno personal (Francisco de Losa Bravo, Rodrigo de Guzmán Coronado); o un gentilicio con un toponímico (Navarro de Velasco, Serrano de Castro).

Cuando se unían dos toponímicos, se reemplazaba habitualmente la segunda preposición de por la conjunción y, como lo hacían don Alonso de Herrera y Guzmán, don Lucas de Figueroa y Mendoza, don Félix de Cabrera y Zúñiga y tantos otros. Sin embargo, a veces se conservaba la segunda preposición y se omitía la conjunción, como ocurría con Luis de Abreu de Albornoz, Gonzalo de Abreu de Figueroa, Pedro de Mercado de Peñaloza y don Cristóbal de Torres de Ávila, o bien se omitían ambas –como es costumbre hoy entre nosotros–, tales los casos de Juan de Buisa Benavente y don Pedro Fernando de la Torre Palacio. Por último había quienes sumaban ambas formas, como Francisco de Barrasa y de Cárdenas.

En algunos casos se unieron un nombre y un apellido con elisión de vocal, formando sinalefa, como Pedro Arias Dávila o Hernando Arias de Saavedra, que devinieron Pedrarias Dávila y Hernandarias de Saavedra, respectivamente. A veces pasaban a constituir un nuevo apellido, como Perafán de Rivera, derivado de Pero (Pedro) Afán de Rivera, Garcilaso de la Vega, de García Laso de la Vega, y Peribáñez, de Pero Ibáñez.

La misma figura retórica se dio mediante la unión entre un apellido toponímico y la preposición que lo precedía. Así Jerónimo de Ávila se transformó en Jerónimo Dávila, Miguel de Ávalos en Miguel Dávalos, Gonzalo de Nis en Gonzalo Denis, y Juan de Olmos en Juan Dolmos. El fenómeno se repite en apellidos de origen gallego, tales los casos de Manuel do Pazo (pazo=palacio) y Andrés do Rego (rego=canal), devenidos Manuel Dopazo y Andrés Dorrego. Hubo también casos de sinalefa entre un apellido y un artículo precedente, dando lugar a la aparición de Lamadrid, Lavalle, Laprida, Lafuente, Lallana, Latorre, Elcano, etc.

Algunos apellidos toponímicos surgieron de la unión de dos o más palabras, tales los casos de Peñaloza (procedente de Peña Loza), Rivadeneira (de Riva de Neira), Piedrabuena, Paniagua, Valdenebro, Capdevila, Villanueva, Montenegro, Calvimonte, Monteagudo, Barrionuevo y tantos otros cuya formación se explica por sí misma la mayor parte de las veces.

4. Trasmisión a los hijos

Al comienzo el uso del apellido era personal, sobre todo en el caso de los patronímicos, y por tanto cambiaba en cada generación, indicando en cada caso el nombre del padre del individuo en particular . Así, el hijo de Laín Calvo se llamó Diego Laínez, el hijo de éste Rodrigo Díaz, y el de éste podría haberse llamado Pedro Rodríguez, y así sucesivamente. Hubo casos, como el de los reyes de Navarra, en el que durante varias generaciones cada hijo llevaba el nombre de su abuelo, y el patronímico de su padre, con lo que cada nombre y apellido se repetían generación de por medio. Así Sancho Garcés I era el padre de García Sánchez I, éste el de Sancho Garcés II, y éste a su vez el de García Sánchez II.

A partir del siglo XV los patronímicos comenzaron a trasmitirse sin variación a las generaciones sucesivas, no obstante lo cual siguió habiendo casos excepcionales de individuos que convirtieron en apellido el nombre de su padre hasta avanzado el siglo XVII. En la Córdoba de dicha centuria, por ejemplo, se registra el caso de Juan Martín Jiménez, cuyos descendientes pasaron a apellidarse Martínez de Betancur.

Salazar y Acha nos informa que las principales familias españolas de la baja Edad Media solían ponerle a los hijos el nombre de pila de un antepasado ilustre, seguido del patronímico que este usó. Ilustra su afirmación citando el caso de don Íñigo López de Mendoza, el célebre primer marqués de Santillana, cuyos hijos se llamaron don Diego Hurtado, don Íñigo López, don Pedro González, don Lorenzo Suárez y don Pedro Laso.[14]

Los apellidos personales y gentilicios tardaron algo más en hacerse hereditarios, al igual que los toponímicos tomados de lugares de procedencia, mientras que los toponímicos originados en una posesión o señorío se comenzaron a trasmitir más tempranamente, pero sólo al hijo que heredaba la propiedad.

Cuando se difundió esta costumbre de trasmitir el apellido a los hijos, no respondía al comienzo a regla alguna, pudiendo cada cual usar el de un antepasado cualquiera, o combinaciones variadas, por lo que hasta mediados del siglo XVII es muy común encontrar padres, hijos y hermanos con diferentes apellidos. Por ejemplo, cuatro de los hijos de don Jerónimo Luis de Cabrera y doña Luisa Martel de los Ríos se llamaron don Pedro Luis de Cabrera, don Gonzalo Martel de Cabrera, doña Petronila de la Cerda y doña Francisca de Mendoza.[15] Francisco de Aguirre era hijo de Hernando de la Rua y de Constanza de Meneses, y don Alonso de la Cámara lo era de Diego Negrete de Santander y de doña Isabel Núñez de Sosa. A lo largo del siglo XVII se fue generalizando el hábito de llevar todos los hijos el apellido del padre, lo que en la centuria siguiente era ya una norma general, con muy escasas excepciones.

Xabier Ormaetxea afirma que el Concilio de Trento (1542-1562) estableció la obligatoriedad de que los apellidos pasaran invariables de padre a hijo, pero aclara que ello ocurrió aunque el Concilio no lo dice exactamente así”.[16] El Dr. Carlos Solivérez, por su parte, supone que al hacerse en el marco de la Contrarreforma, con ello se buscaba disponer de medios más eficientes para identificar a los escurridizos “herejes” y “apóstatas”. Según el mismo Ormaetxea don Felipe II la puso en vigencia en España por disposición del 12 de Julio de 1564.

Sin embargo, Ana María Mulqui de García Castellanos, estudiosa de estos temas, me dice que no existe tal disposición tridentina y que la citada Real Cédula trata sólo sobre la “Exejución, Conservación y Defensa de los Decretos del Santo Concilio de Trento. Está inserta en la Novisima Recopilación de Indias, en el Libro I, tit 1, ley 13 y en ella se exige el cumplimiento de las disposiciones adoptadas por dicho Concilio entre las que, como queda dicho, no se encuentra la de marras.

Un caso especial es el de los mayorazgos fundados con imposición de apellido, aparecidos en Castilla y Aragón en el siglo XIII y que proliferaron durante los siglos XV y XVI.[17] Cuando se impuso la costumbre de llevar todos los hijos el apellido paterno, se dio con frecuencia el caso de que, al pasar el mayorazgo a una línea femenina, el hijo mayor mantuviera el apellido exigido por el vínculo, mientras sus hermanos llevaran el del padre.

En la Argentina hubo tan sólo cinco –o quizás seis– mayorazgos, por lo que la situación tuvo carácter excepcional. El más duradero fue el de San Sebastián de Sañogasta, fundado el 3 de enero de 1663 en la actual Provincia de la Rioja, con imposición del apellido Brizuela y Doria, que sobrevivió hasta comienzos del siglo XX. Por extinción de la línea masculina pasó sucesivamente a manos de los Dávila y de los Ocampo, por lo que salvo el titular del vínculo, que seguía llamándose Brizuela y Doria, todos sus hermanos llevaban uno de aquellos apellidos. Esta situación se mantuvo hasta fines del siglo XIX, cuando todos los hijos del último mayorazgo, don Ramón Brizuela y Doria, pasaron a llamarse como su padre.

Algunos apellidos combinados perdieron el primero, convirtiéndose en apellidos simples. Como ejemplo podemos mencionar a los Hernández Pizarro, los Dicido y Zamudio, los Arrendain y Bengolea, los López Cobo, los Bernabé Madero, los González Rivadavia o los García Posse, que pasaron a ser simplemente Pizarro, Zamudio, Bengolea, Cobo, Madero, Rivadavia y Posse.

5. Apellido y linaje

Si bien el apellido es el principal elemento de identificación de una familia, no debe incurrirse en el frecuente error de confundir ambos, apellido y familia, identificando así dos ciencias que aunque vinculadas entre sí, son diferentes: la Onomástica, –en este caso a través de una de sus ramas, la Antroponimia, que estudia el origen de los nombres y apellidos–, y la Genealogía, que se ocupa de estudiar las familias.

A través del conocimiento del origen de los apellidos, es perfectamente posible advertir la autenticidad del apotegma genealógico que dice que “identidad de apellido no significa identidad de linaje”.[18] Esto es fácil de comprender en el caso de los patronímicos, ya que puede haber tantas familias apellidadas González y Ramírez, como Gonzalos y Ramiros hayan dejado descendientes en la Edad Media. Semejante consideración merecen los toponímicos originados en el nombre de ciudades importantes, como Oviedo, Zamora o Burgos, y los gentilicios procedentes de territorios extensos como Catalán, Navarro o Alemán.

Diferentes familias portan por lo tanto el mismo apellido, sin tener entre sí ninguna vinculación. De allí que cuando se habla de los Martínez o los Toledo, es menester aclarar a qué familia de esos apellidos se está aludiendo.

La ignorancia de este principio suele manifestarse en la costumbre de iniciar el estudio de una determinada estirpe con la mención de personajes ilustres que llevaron el mismo apellido en tiempos remotos, sin que se pueda establecer una vinculación cierta con la que luego se desarrolla. O en el campo de la Heráldica, al atribuir a una familia blasones pertenecientes a otra de igual apellido, sin probar tampoco la existencia de un nexo entre ambas.

Aunque no pierde vigencia, la sentencia se relativiza un tanto en el caso de los apellidos vascos, la mayoría de los cuales son solariegos y tomados de nombres de lugares pequeños y circunscriptos. Pero aún cuando sea posible entre los éuskaros hallar apellidos privativos de una sola familia, debe considerarse la existencia de criados, esclavos e hijos adoptivos, que los usaban a pesar de no llevar la sangre.

En cuanto a la posibilidad de indentificar un apellido español o hispano–criollo con un credo religioso, conviene destacar que ello resulta hoy virtualmente imposible, más allá de las frecuentes afirmaciones en tal sentido que suelen escucharse. Esto es así por varias razones. Al iniciarse el uso de apellidos de la manera en que quedó expuesto, la inmensa mayoría de los españoles de entonces los adoptaron sin importar la religión que profesaban, fundamentalmente en relación a los toponímicos, personales y gentilicios.

Si bien entre los judíos –y en menor medida entre los moros– era frecuente en la alta Edad Media hallar nombres y apellidos privativos, como se dijo antes, esa situación no se mantuvo en la Edad Moderna. Ya durante las persecusiones religiosas de fines del siglo XIV, la mayoría de los hebreos comenzó a abandonarlos y a sustituirlos por otros que no permitieran su reconocimiento, con más razón en los casos de conversiones al cristianismo, que por entonces fueron numerosas.

A ello vinieron a sumarse, para eliminar los pocos que aún quedaban, los estatutos de limpieza de sangre, iniciados en 1449, la real pragmática de 1492, que los obligaba a bautizarse o abandonar España, y luego la implacable persecusión del Santo Oficio de la Inquisición, bajo el cual pasaban a ser sospechosos de falsa conversión quienes conservaban sus apellidos y aún sus nombres de pila hebreos.

Así rabí Abner de Burgos –cuyo apellido toponímico, Burgos, era común a sujetos de cualquier religión– pasó a llamarse Alfonso de la Caballería o Alfonso de Valladolid, cuando se convirtió al cristianismo en 1321; Ishac Golluf pidió el bautismo en 1389 y se transformó en Juan Sánchez de Calatayud; y Salomón ha-Levi, acaudalado rabino burgalés, pasó a ser Pablo de Santa María al bautizarse en 1390 y llegó a ser obispo de su ciudad.

El rabino don Abraham Seneor, alguacil mayor de las aljamas de Castilla, pasó a llamarse Fernán Núñez Coronel el 15 de junio de 1492, cuando fue bautizado en el monasterio de Guadalupe por el cardenal Mendoza, bajo el padrinazgo de los Reyes Católicos, junto con su yerno Mayr Melamed, que adoptó el nombre de Fernán Pérez Coronel. Los ejemplos podrían continuar hasta el infinito.

José Gómez Menor alude a una lista de linajes judíos de Toledo confeccionada por Sebastián de Orozco, y reproduce una frase suya que no pudo ser escrita más allá de 1579, fecha de la muerte del famoso poeta y paremiólogo, quien luego de aludir a las persecuciones de la Inquisición, dice: “E por esto todos o los más se han quitado y mudado los nombres antiguos que tenían de sus agüelos y antepasados, que ya en esta çibdad no se hallará quien de aquellos nombres y apellidos antiguos de confesos se llame”.[19]

La única excepción a esto la constituyen algunas familias judías que no quisieron convertirse en 1492 y partieron al exilio, en donde continuaron usando sus apellidos primitivos o bien los recuperaron, en los casos en que sus antepasados los habían abandonado.

De manera semejante a la expuesta, también los mahometanos fueron sustituyendo sus antiguos apellidos por otros que no permitían identificar su credo, bastando citar los ejemplos de Abén Humeya, convertido al cristianarse en Fernando de Válor o el de los príncipes granadinos Saad y Nasr, hijos del sultán Abul Hasan, devenidos los infantes don Fernando y don Juan de Granada, aquél comandante del ejército castellano. De esa manera fueron desapareciendo los apellidos propios de ambas religiones, hasta prácticamente su extinción.

Ya dije al mencionar los apellidos toponímicos que, aun cuando el topónimo del que proceden fuese un vocablo de origen árabe, ello no indica que los que lo llevan pertenecieran a dicha etnia o religión. Debemos también mencionar que hubo mozárabes, es decir cristianos que vivían en tierra de moros, que arabizaron su nombre. Tal parece ser el caso de Egas, caballero godo cuyos descendientes habrían tomado en Granada el apellido Benegas (de ben Egas, es decir, hijo o descendiente de Egas), devenido Venegas después de la caída de dicha ciudad en manos de los cristianos.

6. Apellidos indios

Hasta la llegada de los españoles los indios americanos no usaban apellidos, tales como hoy los conocemos. Sin embargo, en las culturas mas desarrolladas como la azteca y la incaica, el nombre de los miembros de la familia real solía ir seguido de un apelativo, que en ocasiones parece haber tenido carácter familiar, por lo que podríamos catalogarlos como protoapellidos. Tales los casos de Moctezuma entre los primeros, y Capac, Tupac, Cusi y Yupanqui, entre los últimos.

Luego de la conquista, al bautizarse y adoptar un nombre cristiano, el o los nombres propios originales del indio pasaban a segundo término, a guisa de apellidos, como ocurrió por ejemplo con el príncipe don Pedro Johualicahualzin Moctezuma en México. En nuestro país los ejemplos son numerosos, bastando mencionar el de Viltipoco, cacique de los omaguacas a fines del siglo XVI, que pasó a ser don Diego Viltipoco; los de don Baltasar Fanchafue y don Francisco Callajui, caciques de Singuil en 1617,[20] o los de don Francisco Calcanchica y Perico (Pedro) Chacalla, cacique e indio de Cosquín, respectivamente, en 1649[21] y cientos más.

Sin embargo, estos apelativos parecen haber tenido un carácter meramente personal, pues no solían trasmitirse de padres a hijos. Tal es lo que ocurría con los capayanes de Anguinán, La Rioja, por los años 1667 y 1668, entre quienes monseñor Pablo Cabrera da cuenta de la existencia del cacique don Martín Salaya, su mujer Juana Ayachi, y sus hijos, Domingo Alive, Pedro Moli y Domingo Llancamay, además de las “chinasMagdalena Chamaico, María Yquichan y Constanza Samallca.[22]

Costumbres semejantes parecen haber tenido los pampas a comienzos del siglo XVIII. Ello a estar con los datos que proporciona el mismo autor, quien menciona a los hermanos Marcos, Ignacio y Frasquito, hijos del cacique Ereguereyán –conocido como el Ñato de la Cara Cortada–, cuyos nombres en lengua aborigen eran Gutiatiá, Sacabeque y Milandegul.[23] La situación exhibe algunas excepciones hacia mediados de esa centuria, al menos entre los guaraníes, como lo prueba la identidad del apellido de los hermanos José y Felipe Yahati.[24]

Catalina Teresa Michieli menciona una lista de indios capayanes y yacampis rebelados en 1633 en jurisdicción de San Juan de la Frontera, cuando el gran alzamiento calchaquí, en los que además de su nombre cristiano (en el caso de los bautizados) y del apelativo originario, se consigna un nombre de familia, que podría considerarse como un primitivo apellido al uso español. Aparecen así varios integrantes de las familias Aguaxican, Aguayucan, Sapugil, Quilmitanux, Cahian, Utunucasta, Ysillacac y otras.

La misma autora alude a la mención de oficios a guisa de apellido, tales como Carpintero, Vaquero, Baquiano, Pescador, Zapatero, Curtidor y Dorador, lo que los asemejaría a los apellidos personales de profesión, a los que aludí más arriba. Sin embargo, me inclino a pensar que en este caso se trata simplemente de una manera de consignar sus ocupaciones.[25]

A medida que se fueron incorporando a la civilización, la mayor parte de los aborígenes de la región central de Argentina abandonaron sus nombres originales y adoptaron en su reemplazo apellidos españoles. El proceso de transición es posible de verificar en un juicio sucesorio cordobés de 1732, en el que el causante es nombrado indistintamente como Agustín Macacotabi o Agustín de Peralta, mientras que a sus hijos se los llama sólo con éste último apellido.[26]

En 1778/79, al realizarse en Córdoba el censo general de población ordenado por Carlos IV, los apelativos aborígenes habían desaparecido casi por completo entre los indios que fueron censados, lo que por cierto excluye a los llamados “alzados”. Las escasas excepciones entre los indios cordobeses estaban dadas por apellidos tales como Chanquía y Plipe Canum en Pichanas, o Cabiltuna, Chilote, Ucucha, Calilián, Yanguerca, Chiquillán y Tulián[27], en la reducción de indios pampas San Francisco de Asís, de la frontera del Río Cuarto.[28] En 1767 encontramos el caso de don Miguel Miebiec, cacique de la reducción de los vilellas,[29] y en 1785 el de José Tumillo, en Cosquín.[30]

En 1786, entre los indios calquis[31] que gobernaban el Pueblito de la Toma (hoy barrio de Alberdi), administradores durante muchos años de la toma de la principal acequia que surtía de agua a la ciudad de Córdoba, sólo el cacique, don Antonio Deiqui[32], llevaba apellido indígena. Todos los cabildantes usaban apellido español, como el alcalde Santos Villafañe y los regidores José Antonio Mercadillo, Miguel Salas y Juan José Crespo.[33]

Distinta parece haber sido la situación en el noroeste argentino, en donde por esos años se descubren muchos apelativos indígenas devenidos ya verdaderos apellidos, tales como Sigampa, Chanampa, Campillay, Millicay, Aballay, Chancalay, Moreta, Alive, Tarcaya, Chaile, Samaya o Chumbita, muchos de los cuales subsisten en la actualidad. Algunos de estos apellidos aparecen también en San Juan de la Frontera, lo que se explica por la proximidad de esta Provincia con la de La Rioja. Michieli, en su trabajo ya citado, atribuye origen cacano a los terminados en ay, pertenecientes por lo general a indios de nación Yacampi.[34]

En el Tucumán y en Cuyo aparecen a fines del siglo XVII y comienzos del XVIII varios estancieros apellidados Inca o Inga, lo que sumado al tratamiento de don que recibían, revela una situación social elevada y permite sospechar una vinculación con la casa real del Incario. Sobre la margen meridional del río de Guaycombo, en jurisdicción de San Miguel de Tucumán, tenía su estancia don Alonso Quispe Inga, y en Catamarca hubo una importante familia de terratenientes, cuyos miembros utilizaron los apellidos Inga, Guamán y Tito, algunas veces solos y otras combinados entre sí, como don Pedro Inga Guamantito y don Diego Guamantito Inca, hacendados de la sierra de Guayamba, en el curato de El Alto.[35]

Esto responde probablemente a la cercanía de dichas provincias con las actuales repúblicas de Bolivia y Perú, en donde la supervivencia de apellidos indios, tanto de origen quechua como aymara, es frecuente. Algunos de los que los usaron allí fueron célebres personajes históricos, tal el caso de don José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tinta, más conocido por su seudónimo, Tupac Amaru, o el dibujante Felipe Guamán Poma de Ayala, que combinaba sus apellidos aborígenes con uno español. En dichos países abundan hoy apellidos tales como Choque, Quispe, Vilca, Sungo, Parinacocha, Huanca, Cari, Condori, Apasa, Colque, Ayaviri, Cusicanqui, Mamani, Choquehuanca, Tintaya, Huallparrimachi y muchos más.

También en la región mesopotámica se mantenían al promediar el siglo XVIII apellidos aborígenes. Vicente D. Sierra menciona a cuatro en el paraje de Santa Tecla, de las misiones del alto Paraná en 1753, al comenzar la guerra guaranítica. Son ellos el alcalde Miguel Taimicay, el alférez real José Tiaratú, Ignacio Yepuy y Felipe Subay. Más adelante agrega al cacique Nicolás Ñembuirú.[36] Ignoro si dichos apelativos se mantuvieron en el tiempo.

Los mapuche o araucanos utilizaban apodos originados en elementos emblemático-totémicos, habitualmente de naturaleza animal, vegetal o mineral, trasmisibles de padres a hijos y que determinadas estirpes usaban unida al nombre de pila, como partícula enclítica. Así, es posible identificar a los Wor o Guor (zorro), los Curá (piedra), y los Pilún (oreja). Ulises D´Andrea sospecha con fundamentos que esta costumbre se daba también entre los comechingones y sanavirones, pero el escaso conocimiento de sus lenguas dificulta la identificación.[37]

A pesar de que la evangelización de los araucanos fue bastante tardía en la Argentina, a donde llegaron en 1834 procedentes de Chile, se reeditó aquí entre ellos la costumbre de anteponer el nombre cristiano al indígena, tal el caso del cacique don Manuel Namuncurá (Garrón de Piedra), hijo de Calfucurá (Piedra Azul) y padre de Ceferino Namuncurá, un virtuoso salesiano declarado beato el 11 de noviembre de 2007, segundo argentino que alcanzó tal dignidad. En este último caso, Namuncurá operaba ya como apellido a la usanza española, al trasmitirse de padres a hijos sin modificación.

7. Apellidos en esclavos

Los esclavos sólo llevaban al comienzo el nombre de pila que se les imponía con el bautismo. Al mencionarlos en las escrituras públicas solía añadírseles el de su lugar de procedencia –tales como Angola, Guinea, Congo, Canungo o Capitango–, si eran africanos, u otros apelativos cuyo origen desconozco, como los casos de Agustín Tutu, Antonio Alcaldero, Juan Pandy, Juan Canbundo, Antón Zuqui, Antonio Moncholo, Francisco de Cala o Isabel Mesra.[38] Esta costumbre no perduró sin embargo en el tiempo y por cierto tales agregados no pueden considerarse aún apellidos. Estimo que se trata de un apelativo semejante a los mencionados el del negro Manuel de Alegría, de 44 años, esclavo de doña Bernarda de Cabrera en Costasacate, en el año 1693.[39]

Recién a mediados del siglo XVIII comienza a generalizarse entre los esclavos el uso de un apellido español, por regla general el del amo. Los primeros que he hallado en Córdoba son José Tomás Baigorrí, “mulato azambado” de 26 años “poco más o menos”, esclavo del capitán don Gabriel de Baigorrí, fugitivo en el valle de Catamarca, al que su dueño vendió el 12 de noviembre de 1744 en 280 pesos al maestro don Juan de Adaro y Arrázola, cura rector de San Fernando del Valle de Catamarca.[40] Y el pardo Tomás Garay, esclavo que fue del difunto fray Juan de Garay O.P., que el 30 de octubre de ese mismo año pidió ser tasado para comprar su propia libertad.[41]

Existen en Córdoba familias procedentes de esclavos, que tomaron como apellido el de la institución a la que pertenecían. Son ellos Monserrat, Sena y Belén, indicativos del convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, el monasterio de Santa Catalina de Sena (o Siena), y el hospital San Roque (administrado por la orden de los Hermanos de Nuestra Señora de Bethlehem, o betlemitas, fundada en Guatemala en el siglo XVII por Pedro de Betencourt), respectivamente. Al menos en el caso del primero –Monserrat– cabe aclarar que no es exclusivo, ya que existen también familias de origen catalán que lo llevan.

8. El uso de la preposición de

Existe una creencia generalizada según la cual el uso de la preposición de precediendo al apellido constituye un acto positivo de nobleza o denota cuanto menos una procedencia noble. Tal suposición, totalmente errónea tratándose de apellidos españoles, parece tener origen francés, posiblemente por aquellos casos en que acompañaba a apellidos toponímicos tomados del nombre de una posesión o señorío.[42]

En Francia, el uso de la partícule –como es llamada la preposición de marras– adquirió efectivamente en la antigüedad connotaciones nobiliarias, al extremo que los reyes galos llegaron a prohibir su uso a quienes no pertenecían al estamento noble y a otorgar a algunos el “privilegio” de llevarla, en compensación por servicios prestados a la corona. A pesar de que ya no es así, ha conservado entre los galos esa fama hasta nuestros días, y las numerosas familias que la usan sin pertenecer al estado noble integran para Pierre-Marie Dioudonnat –el autor que más se ha ocupado del tema en dicho país– la noblesse d´apparence o simili-nobiliaire (nobleza de apariencia o de imitación).[43]

Con el afrancesamiento operado en España durante el siglo XVIII a partir del advenimiento al trono de la dinastía borbónica, dicha creencia se trasladó tanto a la Península como a Hispanoamérica. Para comprobar en nuestro caso su nula vinculación con el status social de quienes la usan, basta con recorrer los infolios de los archivos, en donde abundan los casos de esclavos y personas de baja condición social, cuyos apellidos van precedidos de la preposición de marras.

He dicho ya, pero me permito repetirlo, que el uso de la preposición de antes de un apellido español responde simplemente a las reglas sintácticas de la lengua. Debe ser utilizada con los apellidos toponímicos, en los que resulta necesaria para establecer una relación de procedencia o de posesión entre el nombre de pila y el apellido o entre dos apellidos. Así, el nombre Juan de Escobar indica que este Juan era natural del lugar de Escobar o dueño de un solar con ese nombre, mientras que Juan Celis de Burgos expresa la procedencia burgalesa de Juan Celis. O bien que un antepasado de ellos, que comenzó a usar el apellido, era natural de dichos lugares. Sólo por excepción la preposición se usa en los apellidos personales (Alfonso de la Cerda) o sustituyendo la desinencia en los patronímicos (Joaquín de Pedro, Sebastián de Miguel), como ya dije.

Debe asimismo quedar bien en claro que la preposición no forma parte constitutiva del apellido, sino que, como surge de su definición, se usa para denotar el régimen o relación que tienen entre sí dos palabras o dos elementos nominales, en este caso, una relación de procedencia o de pertenencia entre un nombre de pila y un apellido o entre dos apellidos, como acabo de explicar. De allí que si uno de los términos se omite, el uso de la preposición resulta innecesario, y constituye por tanto un solecismo. Siguiendo esta regla es que decimos “vivo en la ciudad de Salta” o “vivo en Salta”, y no “vivo en de Salta”, ya que al omitir el primer término (ciudad), pasa a ser incorrecto el uso de la preposición, pues a nadie se le ocurriría decir que la ciudad se llama De Salta.[44]

De igual manera, cuando mencionamos los apellidos de don Jerónimo Luis de Cabrera, José de San Martín, Juan Manuel de Rosas y Justo José de Urquiza, decimos Cabrera, San Martín, Rosas y Urquiza, y no de Cabrera, de San Martín, de Rosas y de Urquiza. Por la misma razón, las calles que recuerdan a José Antonio de Sucre, Carlos María de Alvear y Miguel Calixto del Corro, se llaman Sucre, Alvear y Corro, y no de Sucre, de Alvear y del Corro.

Sin embargo, se advierte en la actualidad una tendencia a incorporar la preposición como parte del apellido, utilizándola aún cuando se omite el nombre de pila. Así vemos en los diarios que se da cuenta de que “de Urquiza renunció a su cargo”, “de Estrada dijo tal cosa” o “de Narváez declaró tal otra”, cuando las normas del bien hablar y del bien escribir indican que debe decirse “Urquiza renunció a su cargo”, “Estrada dijo tal cosa” o “Narváez declaró tal otra”, salvo que se mencione el nombre completo de cada uno de ellos.

Esta regla rige incluso para los casos de los apellidos que por proceder de un topónimo que es nombre común, van precedidos de la preposición y el artículo. Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia de Lima a mediados del siglo XVI, solía firmar sólo con su apellido y lo hacía como “el licenciado Gasca”. En estos casos puede admitirse la inclusión del artículo determinado como parte del apellido, como en el caso de Las Heras, La Madrid, Las Casas o La Serna, pero no la preposición.

Además de constituir un error, como queda dicho, esta costumbre trae complicaciones en la confección de listas en orden alfabético en las que el apellido precede al nombre. A juicio de quien esto escribe, resulta conveniente colocar la partícula después de los nombres de pila y no antes del apellido. Por ejemplo, resulta a mi entender más correcto, por las razones expresadas, escribir Cabrera, Jerónimo Luis de, y no De Cabrera, Jerónimo Luis. Además de inducir al error antes mencionado, imagine el lector una lista de esta clase, confeccionada con nombres de personas que vivieron en siglo XVI, cuando más de la mitad llevaban apellidos toponímicos precedidos de la citada preposición. En caso de aplicarse la forma aludida, la mayor parte de ellos se concentraría en la letra D.

Luis Guillermo de Torre es autor de un interesante trabajo sobre el tema, publicado en la revista Hidalguía N° 229 (Madrid 1991) y reproducido en Genealogía N° 26 (Buenos Aires 1993). Destaca en él que Sarmiento, en Recuerdos de Provincia, cuando menciona a Salvador María del Carril nombrando sólo su apellido, le dice simplemente “Carril” y al aludir a su familia los llama “los Carriles”.[45] A la de José Ignacio de la Roza la nombra “los Rozas”.[46]

Siguiendo una antigua tradición todavía vigente, los gobernadores de Córdoba firman los decretos sólo con su apellido. Rafael de Sobre Monte, Félix de la Peña, Jerónimo del Barco, Donaciano del Campillo y José Vicente de Olmos lo hacían como Sobre Monte, Peña, Barco, Campillo y Olmos, respectivamente. Sin embargo José Manuel de la Sota firma de la Sota, en franca contradicción con la norma gramatical expuesta.

Por razones que no he podido determinar, durante el siglo XVIII la mayor parte de las antiguas familias criollas cuyos apellidos exigían el uso de la preposición, comenzaron a abandonarla. Paradójicamente, en la misma época en que la falsa creencia gala de su connotación nobiliaria comenzaba a hacer carrera entre nosotros.

Se dan casos en los que el cambio se torna tan evidente, que en un sólo día la misma persona firma con la preposición y sin ella. Tal lo que ocurre en Córdoba con don Félix de Cabrera, quien en el acta capitular del 1° de enero de 1747 firmó primero de esa manera, y luego –en la misma acta– como Félix Cabrera, y en lo sucesivo lo hizo de manera indistinta.[47] O con Estanislao de las Casas, que firmó así en un documento fechado el 3 de octubre de 1767, y volvió a hacerlo diez renglones más abajo como Estanislao Casas.[48]

Otros se nombran a sí mismos con la preposición al encabezar un escrito hológrafo, pero la omiten al firmar, verbigracia Sebastián de Bustos y Albornoz (1653-1718) y Juan José de Gigena (1734-1792), cuyas firmas rezaban Sebastián Bustos y Albornoz, y Juan José Gigena, respectivamente.

Como contraposición, hubo –como dije antes–, individuos cuyos apellidos no debían ir precedidos de preposición, por ser patronímicos o personales, y que sin embargo la usaban, como Juan Tiburcio de Ordóñez, Pedro de Benítez, Martín de Maldonado y Alejandro de García.

Hoy son excepcionales las viejas familias argentinas provenientes de conquistadores por línea agnaticia, que conservan el uso de la preposición. Entre ellas cabe consignar en Córdoba a una rama de los Cabrera, una de los Olmos y Aguilera, una de los Villafañe y Guzmán y una de los Casas.

9.Uso del apellido del cónyuge

Si bien no he realizado una investigación exhaustiva para verificar el comienzo de la costumbre de utilizar las mujeres el apellido de sus maridos, parece situarse –al menos en lo que a mi ciudad se refiere– a fines del siglo XVIII y comienzos XIX. Las modalidades son diversas, pero habitualmente lo añadían al suyo, precedido de la preposición de.

La primera mujer que he encontrado en Córdoba que usó el apellido conyugal en su firma es doña Toribia Manuela de Argüello, viuda de don Francisco Benito de Ceballos, quien el 20 de noviembre de 1800 firmó en representación de su madre y lo hizo como Toribia Manuela Ceballos, es decir, eliminando el suyo propio y sustituyéndolo por el de su marido. Fue ésta una pionera de la lamentable costumbre que hoy, en plena liberación femenina, cunde entre nosotros.[49] Poco más tarde encuentro el de doña Josefa Allende de Funes, casada con el doctor don José Roque Funes, que el 15 de julio de 1819 estampó su rúbrica de esa manera, sin abandonar su apellido, pero añadiendo el de su cónyuge.[50]

Sin embargo habrían de pasar aún varios años hasta que la costumbre se generalizase. Hubo sin embargo en esa misma época otros casos curiosos, como el de doña Petrona de Irigoyen, viuda del brigadier don Juan Gutiérrez de la Concha, gobernador de Córdoba asesinado en 1810. En dicho año firmó sus cartas como Petrona de Irigoyen y Concha, como si el apellido de su marido fuera el suyo materno, y a partir de 1811 como Petrona Irigoyen de Concha.[51] O el de doña María del Rosario Cabral, mujer de don José María Maldonado, que el 5 de agosto de 1832 firmó “María del Rosario Cabral Maldonado”, a semejanza del primer ejemplo del caso anterior.[52]

La modalidad de añadir al propio apellido el del marido, precedido de la preposición de, comenzó a cobrar fuerza recién en la segunda mitad del siglo XIX, por lo que aplicarla a quienes vivieron antes de esa época constituye un anacronismo. Tales los casos de Remedios de Escalada, mujer del general José de San Martín, o Paula Albarracín, madre de Domingo Faustino Sarmiento, devenidas hoy Remedios de Escalada de San Martín y Paula Albarracín de Sarmiento, cuando jamás firmaron ni fueron llamadas de esa manera durante su vida.

Por otra parte, el uso incorrecto de la preposición en los apellidos toponímicos suele llevar en estos casos a una absurda duplicación. Mediante dicho procedimiento, la del primer ejemplo anterior pasaría a ser Remedios de Escalada de de San Martín, duplicando la preposición, lo que a todas luces constituye un grueso error y una cacofonía.

Claro está que cada cual es dueño de usar su apellido como mejor le plazca, por lo que si desea apartarse de las reglas de la gramática, le asiste todo el derecho a hacerlo, y no seré yo quien pretenda impedírselo. Simplemente me permito señalar cuál es la forma correcta.

10. El tratamiento de don y doña

Don es abreviatura de la voz latina dominus, que significa señor, tratamiento que originariamente estaba reservado sólo a Dios, el Señor por antonomasia. Con el tiempo pasó a utilizarse para designar a los santos, como que en vascuence conserva aún ese significado (Donostia=San Sebastián), como así también en italiano (don Bosco, don Orione). Posteriormente se hizo extensivo a los papas, a los reyes y a sus parientes cercanos, luego a los obispos y prelados, y por último a la alta nobleza, que lo convertiría en hereditario.

Sorprende sin embargo la ausencia de normas positivas que regularan su adquisición y su uso, por lo que el estudio debe reconstruirse a partir de la observación de hábitos y costumbres, que han ido variando a lo largo del tiempo.[53] En muy contados casos su uso fue otorgado como merced real, tal la que recibió el 9 de noviembre de 1475 Catalina Rodríguez, mujer de Fernando de Aranda, para que en adelante ella y sus descendientes pudiesen llevar dicho tratamiento.[54] O las que el emperador don Carlos V concedió a Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Diego de Almagro por sus méritos en la conquista de América, cuando su uso era aún muy restringido, incluso entre los hidalgos.

James Lockhart, que lo ha estudiado en el Perú del siglo XVI, lo asimila a un título nobiliario, llegando a afirmar que constituía allí “el mejor indicio de nobleza verdaderamente elevada”.[55] Luis Lira Montt, por su parte, alude a pleitos sustanciados en Chile en los que las partes litigantes se valieron del hecho de ser distinguidos con el tratamiento de don, tanto de palabra como por escrito, como forma de acreditar su reputaciòn pública de nobles, de lo que deduce que constituía un acto positivo de hidalguía o cuanto menos un firme indicio nobiliario.[56]

Para apreciar su carácter excepcional, baste señalar que del centenar de hombres que acompañó a don Jerónimo Luis de Cabrera a la fundación de Córdoba en 1573, tan sólo tres eran acreedores a esta prerrogativa: el propio Fundador, don Lorenzo Suárez de Figueroa y don Baltasar Maldonado. A ellos se sumó después Alonso Gómez de la Cámara, quien luego de un viaje a España realizado entre 1580 y 1583, regresó siendo don Alonso de la Cámara, sin que hasta ahora haya sido posible descubrir la causa de tal mudanza.

Entre los fundadores de ciudades argentinas de esa centuria, sólo tres precedían su nombre con la preciada partícula. Eran ellos don Luis Jufré de Loaysa, fundador de San Luis, el ya nombrado don Jerónimo Luis de Cabrera y el fundador de Jujuy, don Francisco de Argañarás y Murguía, éste último con la salvedad que enseguida expondré. No gozaban de dicho tratamiento y usaban por tanto su nombre llano, Juan Pérez de Zurita (Londres), Juan Núñez de Prado (Barco-Santiago del Estero), Diego de Villarroel (San Miguel de Tucumán), Juan de Garay (Santa Fe y Buenos Aires), Juan de Torres de Vera y Aragón (Corrientes), Juan Ramírez de Velasco (La Rioja), Pedro del Castillo (Mendoza) y Juan Jufré de Loaysa (San Juan), a pesar de ser todos hidalgos. Sí lo usaron los hijos de algunos de ellos, como don Juan Alonso de Vera y Zárate, don Pedro Ramírez de Velasco, don Luis Jufré de Loaysa y don Juan de Garay el mozo.

Este “endonamiento” –si se me permite el neologismo– de hijos de fundadores, se vincula con la existencia, ya en el siglo XVII, de idéntico proceso por parte de personas que accedían a cargos de relevancia, o que recibían distinciones significativas, como los hábitos de las órdenes militares. Por citar sólo un caso, mencionaré el del maestre de campo Santiago Fernández de la Concha, regidor perpetuo de la Córdoba indiana, quien luego de ser nombrado por su Majestad en 1695 caballero de la Orden de Santiago, pasó a llamarse don Santiago Fernández de la Concha.[57]

El de Argañarás es un caso curioso, que constituye una rara excepción a la rigurosa escrupulosidad con que se respetaba entonces el trato en cuestión. En su ejecutoria de nobleza, realizada en Tolosa en 1581, se lo nombra precedido de dicho tratamiento.[58] Sin embargo, en un protocolo notarial fechado en la misma ciudad el 7 de octubre de ese año, se le omite, y sólo aparece mencionado con su nombre llano –Francisco de Argañarás– y así firma.[59] Cinco años más tarde, ya en estas tierras, al incluirlo el gobernador Juan Ramírez de Velasco en carta al rey entre los “caballeros conocidos” que trajo consigo, le vuelve a llamar don. De allí en adelante su nombre será ineludiblemente precedido de dicha partícula y no la omitirá jamás en su rúbrica.[60]

Con la excepción de este caso inusual y quizás de algún otro, su observancia era tan severa que resulta prácticamente imposible encontrar un documento de esa época en que se le atribuya a alguien que carecía de ella o se le omita a quien la recibía. Estos últimos la ponían incluso en sus firmas, como un complemento invariable del nombre, lo que acredita el alto concepto en que se la tenía. Esta costumbre desapareció a comienzos del siglo XVIII, con algunas pocas excepciones, como lo prueba el caso del cordobés don José Moyano Oscáriz, que firmó así hasta su muerte, ocurrida en 1778.

El pase a Indias dio lugar a que algunas personas que carecían en la Península de dicho tratamiento comenzaran a recibirlo aquí. Menciono como ejemplo el de Manuel Gutiérrez de Toranzo, como era llamado en su Segovia natal en la primera mitad del siglo XVII, que pasó a ser don Manuel Gutiérrez de Toranzo en estas tierras, y que en su testamento llama doña a su madre, que era nombrada en aquella ciudad con su nombre llano.[61]

Cabe consignar que también gozaban del derecho de anteponer a su nombre el preciado tratamiento de don los curacas, caciques e indios principales, como lo prueba el caso de los ya nombrados don Francisco Calcanchica, don Baltasar Fanchafue, don Francisco Callajui, don Martín Salaya y cientos más. Sin embargo, en estos casos constituía un privilegio anexo al cargo y por lo tanto no era trasmisible a los hijos, salvo que recayera en ellos el cacicazgo.

Y esto era así por cuanto las leyes de Indias les reconocían la condición de hijosdalgo, es decir, nobles de sangre, con todas las prerrogativas que ello llevaba implícito, a las que se añadía la prerrogativa de marras, de la que carecían la mayor parte de los hidalgos españoles. Carlos II dejó expresamente establecida tal condición en una real cédula del 26 de marzo de 1697, al disponer que

han de recibir todas las preminencias y honores, así en lo eclesiástico como en lo secular, que se acostumbra a conferir a los nobles hijosdalgo en Castilla, y pueden participar de cualesquiera comunidades que por estatuto piden nobleza, pues es constante que ellos en su gentilidad eran nobles[62]

El celo en el uso de la codiciada partícula suscitó algunos pleitos, como el que iniciaron en 1775 ante la Real Chancillería de Valladolid, don José Valladolid y su consorte, contra Juan Antonio Matute, vecinos todos de la villa de Alesanco, en La Rioja peninsular, por habérsela omitido.[63] O el promovido en 1760 en Ciudad Real por don Agustín de Madrid, familiar del Santo Oficio, contra el teniente de corregidor José Velarde, por el trato ofensivo que recibió de él, a quien acusaba de haberle retirado el tratamiento de don e intentar prenderle.[64]

A partir del siglo XVIII la estrictez en el uso del citado tratamiento fue cediendo hasta extenderse, en la segunda mitad de dicha centuria, a todos los que pertenecían a la clase principal y más tarde a todos los blancos de buen nivel social. De allí que en orden a su observancia en trabajos históricos y particularmente genealógicos, la exigencia se atenúa en esta época respecto a la severidad con que debe tratarse en las precedentes.

A esa generalización contribuyó una Real Cédula expedida por Carlos IV el 10 de febrero de 1795, conocida como de “gracias al sacar”, que regulaba la concesión, mediante el pago de un arancel, de dispensas y privilegios vinculados con la condición social del peticionante. Una de dichas gracias consistía en la autorización para preceder el nombre con el “distintivo de don”, tasada en 1.000 reales de vellón[65], precio que el 3 de agosto de 1801 otra Real Cédula suscrita por el mismo monarca elevó a 1.400 reales de vellón.[66]

Esa facultad del soberano fue asumida en América por los gobiernos nacidos luego de la emancipación. Una prueba de ello es el decreto del gobierno chileno del 28 de marzo de 1814, que disponía conceder a la división Infantes de la Patria “el distintivo de don con que toda su oficialidad debe caracterizarse, al igual que los demás oficiales del Ejército”, por ser “notorios los buenos servicios” prestados a la guerra de la Independencia. Fue publicado en El Monitor Araucano el viernes 1° de abril de dicho año.[67]

Si bien las medidas aludidas trajeron aparejada una generalización en el uso del tratamiento de marras, su propia existencia revela el alto nivel de consideración de que gozaba, al punto de motivar a quienes carecían de él a pagar para obtenerlo. Hasta muy avanzado el siglo XIX, su omisión en un documento público entrañaba un claro signo de menosprecio social y podía dar lugar a situaciones enojosas.

En España y en muchos países de habla hispana el don sigue constituyendo una señal de respeto, pero en la Argentina no sólo ha perdido totalmente esa connotación, sino que por el contrario, en determinados casos suele tener implicancias despectivas, sobre todo cuando se omite el nombre de pila y se lo usa precediendo al apellido.

En el caso de las mujeres, el tratamiento de doña fue menos riguroso, unificándose entre las principales más precozmente que entre los varones, pero sin perder su carácter distintivo. James Lockhart sostiene que en el Perú de la primera mitad del siglo XVI, “si la madre y hermanas de un hombre eran llamadas doñas, hay casi la certeza de que era un hidalgo de buena cuna”.[68]

Contribuye a probar el acierto de dicha afirmación el caso del capitán Blas de Peralta, uno de los cofundadores de Córdoba, quien al redactar un codicilo testamentario el 18 de mayo de 1592, poco antes de morir, consigna que “en la cabeza de mi testamento declaré que mi madre se llamaba Úrsula de Artiaga. Digo que la dicha mi madre se llamaba doña Úrsula de Peralta y del dicho nombre asimismo doña Úrsula de Artiaga, que por estos dos nombres se llama”.[69]

Hubo también entre ellas casos de curiosos endonamientos. Carlos Luque Colombres refiere el de Catalina de Herrera, viuda de Diego Fajardo de Montoya, respecto a la cual el escribano Juan Díaz de Ocaña, al redactar su testamento en 1602, aclara que “hasta agora, de pocos días a esta parte, se la ha llamado doña Catalina de Herrera”.[70]

Permítaseme recordar finalmente que los casos de endonamiento en Indias respondían al criterio que aquí prevaleció, de permitir el acceso al estamento noble por méritos obtenidos en la conquista, lo que fue expresamente reconocido por la Corona, como lo prueba el hecho ya mencionado de haberle sido concedido a Colón, Cortés, Pizarro y Almagro. Y que por tal razón, el hecho de descender de un conquistador –que fue entre los españoles americanos el más preciado galardón nobiliario prácticamente durante todo el período hispánico–, habilitaba, en la mayor parte de los casos, el acceso a su uso.[71]

En América hubo, en los primeros tiempos del dominio español, un retorno a condiciones imperantes en la Península durante los siglos de la reconquista. Ello incluía la posibilidad de obtener hidalguía y acceder así al estamento nobiliario a través de servicios prestados a la Corona, principalmente mediante hechos de armas. Dicha nobleza personal, de mayor consideración que la heredada, había sido reconocida ya por don Alfonso X –llamado con justicia El Sabio–, quien dejó establecido en la ley II, título IX, partida VI, que

 

nobles son llamados en dos maneras, o por linaje o por bondat: et como quier que el linaje es noble cosa, la bondat pasa et vence, más quien las ha amas a dos, este puede ser dicho en verdad ricohome, pues que es rico por linaje et home complido por bondat.

Semejante a lo que casi cuatro siglos más tarde el inmortal Cervantes pondría en boca del Quijote al instruir a Sancho:

Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que padres y agüelos tienen príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

En concordancia con estas frases que destacan la prevalencia de las acciones personales por sobre las de los antepasados –principio republicano al que adhiere quien esto escribe–, conviene recordar que si bien el tratamiento de don acreditaba la condición de hidalgo, no garantizaba méritos, virtudes ni aptitudes personales en quien lo llevaba, como afirman aquellos octosílabos de autor anónimo, que fueran tan populares en tiempos pasados[72]:

                                             Es el don de aquel hidalgo

                                             como el don del algodón,

                                             que no puede tener don

                                             si primero no tiene algo.

 *           *           *



[1] Apellido proviene del verbo apellidar y éste a su vez del latín apellitare que significa, llamar, nombrar o proclamar. Don Joaquín Escriche, en la “novísima” edición de su Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia, (París-México 1885), lo define como “la seña que se daba antiguamente a los soldados para aprestarse a tomar las armas, y con especialidad el llamamiento que se hacían los habitantes de algún país por voces o toques de campanas, trompas, bocinas o tambores, o bien por señales que pudieran verse de lejos, para juntarse y defender sus personas y haciendas cuando se veían amenazados de daño o fuerza en tiempos de parcialidades o anarquía” (At. Dr. Jorge A. Maldonado).

[2] La evolución adoptó modalidades diferentes en las distintas regiones de la Península, que no es del caso consignar aquí. Para su conocimiento recomiendo la obra de Jaime de Salazar y Acha Manual de Genealogía española ( Madrid 2006), en el capítulo XI, titulado El apellido como nombre de familia.

[3] Ésta es la teoría generalmente aceptada, aunque Ramón Menéndez Pidal aclara que otros buscan su origen en la lengua ibérica y aún en la vasca, por cuanto aquella no explica la variedad de vocales que preceden a la zeta (cfr. MENÉNDEZ PIDAL, Ramón, “El estado latente en la vida tradiciconal”, en Revista de Occidente, Año I, 2ª época, N° 2, Madrid, mayo de 1963, págs. 132 y 133).

[4] Cfr. SPANGENBERG, Ernesto A.,“Genealogía de don Regis Martínez, constituyente de 1853“, en revista Genealogía N° 30, Buenos Aires 1999, pág. 581.

[5] Recuérdese que el genitivo equivale en latín a un complemento nominal o determinativo, que indica la existencia entre dos términos de una relación de propiedad, origen o pertenencia, lo que en español requiere sí el uso de la preposición de. Esto confirma a mi ver la hipotésis del origen latino de los apellidos patronímicos.

[6] Cuando me refiero a Córdoba sin aclarar, estoy aludiendo a la Córdoba argentina.

[7] http://www.geocities.com/ospitaletche/apellido.htm

[8] Cfr. SARMIENTO, Domingo Faustino, Recuerdos de provincia, Buenos Aires 1938, pág. 82. El mítico fundador de la Albarracín turolense fue en realidad un moro llamado Ban Hudheil Ben Razin, que fue señor de allí a fines del siglo X.

[9] No confundir con el topónimo Gallegos, procedente de cualquiera de las numerosas poblaciones de ese nombre existentes en España. En tales caso, el plural y la preposición de permiten diferenciarlos.

[10] Salazar y Acha dice que los apellidos procedentes de apodos eran llamados antiguamente alcuñas (cfr. SALAZAR Y ACHA, Jaimee de, op., cit., pág. 279). El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española incluye el vocablo alcuño, como voz desusada, con el significado de sobrenombre o apodo.

[11] En rigor, la Real Academia define el verbo transliterar como la acción de representar los signos de un sistema de escritura mediante los signos de otro, pero los filólogos lo hacen extensivo a la adaptación fonética de una palabra de su lengua original, a otra que usa idéntico alfabeto. En el caso de nuestra lengua el fenómeno suele denominarse castellanización.

[12] Blumen (como también aparece el apellido del citado conquistador) significa flores en lengua alemana. Blumenthal es una ciudad alemana del estadode Schleswig-Holstein, ditrito de Rendsburg-Eckernförde.

[13] Cfr. FERREIRA SOAJE, José Vicente, “Los Reinafee (Kennefick)”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 6, Córdoba, Argentina 1974, pág. 4.

[14] Cfr. SALAZAR Y ACHA, Jaime de, op. cit., págs. 283 y 284.

[15] El caso de los Cabrera parece responder a la misma costumbre de los Mendoza que ejemplifica Salazar y Acha, como vimos más arriba.

[16] Cfr. ORMAETXEA, Xabier, “El Concilio de Trento y los apellidos”, en Revista Antzinako N° 1, junio de 2006 (no se indica lugar).

[17] El mayorazgo consistía en la vinculación de determinados bienes a un conjunto indivisible que se trasmitía en forma sucesiva a manos de un solo heredero –habitualmente el primogénito–, al que frecuentemente se le imponía el uso del apellido del fundador o de otro que éste elegía. La palabra mayorazgo servía también para designar al titular del vínculo.

[18] El apotegma es válido en orden a los estudios de Genealogía, lo que no excluye que otras ciencias como la Sociología o la Demografía puedan valerse de métodos como la isonimia (identidad de apellidos), para establecer, por ejemplo, coeficientes promedios de consanguinidad (cfr. v.g. Colantonio, Sonia y Marcellino, Alberto, Apellidos y endogamia de clases etnosociales en el curato de Pocho 1810-1840, Córdoba 1996). La precisión que exigen los estudios genealógicos y el carácter particular de cada uno de los datos de que se vale, no se compadecen con las estimaciones generales de las estadísticas.

[19] Cfr. GÓMEZ-MENOR, José, Cristianos nuevos y mercaderes de Toledo, Toledo 1970, pág. XXXI.

[20] Archivo General de Indias, estante 74, caja 6, leg. 10, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Crónica de Singuil y sus propietarios”, en Revista N° 12 de la Junta Provincial de Historia de Córdoba, Córdoba 1987, pág. 180.

[21] Archivo Histórico de la Provincia de Córdoba (en adelante A.H.P.C.), sección Protocolos, Reg. N° 2, 1874, tomo 1, f. 337, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, La estancia del Rosario de Cosquín - Orígenes de Santa María de Punilla, Córdoba 1996, pág. 11.

[22] Cfr. CABRERA, Pablo, “Datos sobre Etnografía diaguita”, en Misceláneas, tomo I, Córdoba 1930, pág. 226.

[23] Cfr. CABRERA, Pablo, “Tiempos y campos heroicos”, en Tesoros del pasado argentino, Córdoba 1927, págs. 71 y 72.

[24] Cfr. SIERRA, Vicente D., Historia Argentina, tomo III, Buenos Aires 1967, págs. 203 y 204.

[25] Cfr. MICHIELI, Catalina Teresa, “Apellidos indígenas en la época hispánica”, en Anuario 2004-2007 del Centro de Genealogía y Heráldica de San Juan, San Juan 2008, pág. 15 et passim.

[26] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 270, expte. 7.

[27] La familia Tulián se considera a sí misma como de origen comechingón, pero como queda dicho, el apellido aparece en 1778 en la reducción de indios pampas.

[28] A.H.P.C., sección Gobierno, Caja N° 18. Se trata del actual municipio de Reducción, fundado en 1751 en tierras donadas por don Jerónimo Luis de Cabrera III a los indios pampas, que perseguidos cruelmente por los ranqueles, pidieron socorro al obispo Argandoña. Se levantó sobre las ruinas de la antigua misión de El Espinillo, creada en 1691.

[29] Ibíd., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 359, expte. 15, f. 2.

[30] Ibíd., sección Protocolos, Reg. N° 2, 1874, tomo 1, f. 337.

[31] No he visto ni oído este nombre atribuido a otra parcialidad indígena en nuestro país. Existe un pueblo llamado Calquis en el Perú, en el departamento de Cajamarca, y un cerro en Chile, pero sospecho que en el caso de marras se trata de una abreviatura de calchaquí, procedencia demostrada de los indios que dieron origen al Pueblito de la Toma, un grupo de diez familias de quilmes y malfines instalado allí en 1665, al finalizar la tercera y última guerra de Calchaquí.

[32] Deiqui se convirtió en Anquín, que usan hoy sus descendientes precedido de la preposición de, como si se tratara de un apellido toponímico. A dicha familia pertenecieron ilustres personajes de Córdoba, como el filósofo Nimio de Anquín y el traumatólogo Carlos de Anquín.

[33] A.H.P.C., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1786, f. 102.

[34] Cfr. MICHIELI, Catalina Teresa, op. cit.

[35] Archivo Histórico de Catamarca, Secc. Judicial, caja 1, expte. 32.

[36] Cfr. SIERRA, Vicente D., op. cit., tomo III, Buenos Aires 1967, págs. 229 y 241.

[37] Cfr. D´ANDREA, Ulises y NORES, Beatriz, “Una característica cordobesa: Los apelativos familiares ¿Origen emblemático-totémico familiar?” (trabajo presentado a las Segundas Jornadas sobre Córdoba y su Población, realizadas en la ciudad de Córdoba en mayo de 1995).

[38] Todos estos nombres están citados en el testamento de doña Ana María de Guzmán, viuda del capitán Juan de Tejeda Mirabal, fechado en Córdoba el 18 de junio de 1633 (A.H.P.C., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1633/34, f. 57). Tutu es seguramente palabra de origen africano, que nos recuerda al actual arzobispo emérito de Ciudad del Cabo, el reverendo Desmond Mpilo Tutu. Moncholo es llamado en Córdoba el bagre de río (Pimelodus albicans) y es también un apodo frecuente entre nosotros. Cala es el nombre de una localidad mallorquí y Zuqui existe hoy como apellido.

[39] A.H.P.C., sección Crimen, leg. 1, expte. 15, apud BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, Hasta que la muerte nos separe, Córdoba 2006, págs. 28 y 42. Si bien Alegría es en España un apellido toponimico procedente de la villa de Alegría de Álava (en eúskera Dulantzi) o bien de Alegría de Oria, en Guipúzcoa (Alegia en eúskera), considero poco probable que en este caso cumpliera tales funciones. Descartado que el esclavo fuera de origen vascuence, sólo sería posible que hubiese tomado –avant la letre– el apellido de un amo anterior, lo que también resulta dudoso, ya que no parece haber habido otra persona que lo llevara en Córdoba por aquellos años. Solamente he encontrado a un Juan López de Alegría, testigo en un protocolo notarial del año 1602, cuyo nombre no vuelve a aparecer.

[40] Ibíd., sección Protocolos, Reg. N° 1, 1744, f. 197.

[41] Ibíd., ibíd., ibíd., ibíd., f. 199.

[42] Don Joaquín Escriche, en su ya mencionado Diccionario Razonado de Legislación y Jurisprudencia, abona este error, al sostener que el uso de la preposición “significa que las personas que tienen apellidos de esta clase descienden de casa solariega, esto es, de casa antigua y noble o de familia que posee o poseía algún señorío, suponiendo que antes del de o del se sobrentiende la palabra señor”. Pero él mismo se contradice al afirmar poco después que muchos de los que la adoptaron tomaron sus apellidos de los lugares o pueblos “donde nacieron o habitaron”.

[43] Cfr. DIOUDONNAT, Pierre-Marie, Le Simili-Nobiliaire Français, París 2010.

[44] El Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española define a la preposición como una palabra invariable que introduce elementos nominales u oraciones subordinadas sustantivas haciéndolos depender de alguna palabra anterior. De ello se desprende que la omisión de dicha palabra anterior –en el caso en cuestión el nombre de pila u otro apellido– hace innecesario, y por tanto incorrecto, el uso de la preposición. Agustina Boldrini amplía esta explicación cuando dice que la preposición de pertenece al grupo de las “semiplenas”, “que se comportan como marcas de enlace que necesitan de un contexto para adquirir un significado concreto” (cfr. “Una lengua prepositiva”, en diario La Voz del Interior, Córdoba 27 de agosto de 2013).

[45] Esta costumbre de pluralizar los apellidos se mantuvo entre nosotros hasta comienzos del siglo XX. En lengua inglesa se mantiene.

[46] Cfr. TORRE, Luis Guillermo de, “La preposición de en los apellidos”, en revista Genealogía N° 26, Bs. As., 1993, pág. 345.

[47] Archivo Municipal de Córdoba, sección Actas Capitulares, libro XXVIII, f. 91.

[48] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 2, leg. 36, expte. 14, f. 6.

[49] Ibíd., ibíd., Escribanía N° 1, leg. 445, expte. 2, f. 20.

[50] Ibíd., sección Criminal de la Capital, leg. 138, expte. 1.

[51] Cfr. CABRERA, Pablo, Ulterioridades del drama de Cruz Alta, Córdoba 1930, págs. 30 a 48.

[52] Archivo de la Catedral de Río Cuarto, Exptes. matrim. 1831-1832, N° 30.

[53] Roberto Funes Funes dice que para frenar el abuso de la apropiación indebida del tratamiento de don y doña en Cuba y el resto del Nuevo Mundo, se dictó una ley de fecha 3 de enero de 1611 que disponía que sólo podrían usarlo los obispos, los condes, las mujeres e hijas de hidalgos y los hijos de personas tituladas. Sorprende esta afirmación, entre otras cosas, por la exclusión del privilegio a otros títulos nobiliarios de mayor jerarquía, como marqueses y duques. Añade luego el citado autor que el 3 de julio de 1664 la Corona tarifó el uso del don, gravándolo con “doscientos reales y siendo por dos vidas cuatrocientos y siendo perpetuos, seiscientos”. Lamentablemente, no menciona ninguna fuente que permita corroborar tales datos (Cfr. FUNES FUNES, Roberto, “El precio monetario de la dignidad”, en Radio Cadena Agramonte, Camagüey, Cuba, 5 de agosto de 2003, apud http//www.cadenagramonte.cubaweb.cu/curiosidades/precio_de_dignidad.asp). También alude a dichas leyes un autor tan serio como Ricardo de Lafuente Machain, pero tampoco menciona fuente alguna, por lo que me permito expresar mis dudas acerca de la verosimilitud de esta versión (cfr. LAFUENTE MACHAIN, Ricardo, Los Machain, Buenos Aires 1926, págs. 19 y 20).

[54] Archivo General de Simancas, RGS, 147511, 69.

[55] Cfr. LOCKHART, James, El Mundo Hispanoperuano 1532-1560, México s/fecha, pág. 49.

[56] Cfr. LIRA MONTT, Luis, “La prueba de la hidalguía en el Derecho Indiano”, en revista Hidalguía, Madrid, 1977, pág. 19.

[57] Cfr. LUQUE COLOMBRES, Carlos y BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Sánchez Hidalgo”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 17, Córdoba, Argentina 1985, pág. 14.

[58] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Aportes para una biogenealogía de don Francisco de Argañarás”, en Revista N° 2 del Centro de Investigaciones Genealógicas de Salta, Salta 2002. Obra en mi poder la fotocopia de un traslado de dicha ejecutoria de nobleza fechado en San Salvador de Jujuy el 5 de abril de 1625, que se encuentra en el archivo del palacio de Murguía. Lo debo a la generosidad de don Francisco Borja de Aguinagalde.

[59] Archivo General de Guipúzcoa, España, sección Protocolos de Tolosa, año 1581, leg. 59, fs. 143 y 144.

[60] Cfr. CÁRCANO, Ramón J., Primeras luchas entre la iglesia y el estado en la Gobernación de Tucumán, siglo XVI, Buenos Aires 1929, pág. 289.

[61] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “Gutiérrez de Toranzo”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos y Heráldicos de Córdoba N° 39, Córdoba, Argentina 2012.

[62] Cfr. SALAZAR  Y ACHA, Jaime de, op. cit., págs. 179 a 181.

[63] Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Pleitos civiles, Alonso Rodríguez (F), Caja 2.426, 5.

[64] Archivo Histórico Nacional de España, sección Inquisición, 2102, exp. 23.

[65] El real de vellón es una moneda de aleación de plata y cobre aparecida a fines del siglo XVII, cuyo valor no fue constante, variando de una duodécima a una vigésima parte de un real de plata.

[66] Cfr. SIEGRIST, Nora, “La Real Cédula de gracias al sacar de 1795 y 1801 en la legislación española”, en Boletín del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas N° 266, Buenos Aires 2011, pág. 3 et passim.

[67] Cfr. El Monitor Araucano, tomo II, N° 31 (información proporcionada por María del Carmen Ferreyra de Sánchez).

[68] Cfr. LOCKHART, James, op. cit., pág. 50.

[69] A.H.P.C., sección Judicial, Escribanía N° 1, leg. 4, expte. 3, f. 69vo. apud LUQUE COLOMBRES, Carlos, “Gaspar de Medina, conquistador y genearca”, en Para la Historia de Córdoba, tomo II, Córdoba 1973, pág. 20.

[70] Ibíd., ibíd., pág. 22.

[71] Cfr. BUSTOS ARGAÑARÁS, Prudencio, “El patriciado de Córdoba. Contribución al estudio de su génesis”, en Boletín del Centro de Estudios Genealógicos de Córdoba N° 27, Córdoba, Argentina 1998, pág. 18 et passim.

[72] El mérito de su difusión corresponde a Cecilia Böhl de Faber y Larrea, más conocida por su seudónimo: Fernán Caballero, bajo el cual los reprodujo en al menos dos de sus libros: Cuentos y poesías populares andaluces (Leipzig 1861, pág. 256) y Lágrimas (Madrid 1862, pág. 74).

Archivado en: Historia 5 Comentarios