A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

2Oct/163

La ciudad del Suquía

Por Cristina Bajo

Quizá debí escribir esta nota en julio, cuando festejamos la fundación de nuestra ciudad, pero a veces nos sentimos reacios a hacerlo cuando es “obligatorio” y otras, aunque no venga al caso, queremos escribir sobre un tema.
Estos días he estado con amigos nacidos acá pero que hace años viven en el exterior. Esas charlas me dejaron el regusto de pensar en esa ciudad secreta que sólo captamos los que hemos vivido casi sin interrupciones en ella, fundada –entre el Atlántico y los Andes– por don Jerónimo Luis de Cabrera a mediados de 1573: Córdoba de la Nueva Andalucía, también llamada “Córdoba la Llana” por cierta semejanza con la de España, situadas ambas en una llanura y con las sierras a la vista. Y, como el Guadalquivir en la lejana patria, a esta ciudad la ciñe otro río: el que los naturales llamaban Suquía.
Entre los hombres que vinieron a fundarla, el grupo más numeroso fue el de los andaluces, pero ninguno oriundo de la Córdoba española. Quizá la explicación de tal nombre se debiera a una historia de amor, de aquellas que recuerdan a la del Cid con doña Jimena: la de don Jerónimo Luis, que se distinguió por ser mesurado, justo con nativos y generoso con sus compañeros, de quien no se conocen desafueros o crueldades –justificados o sin justificar–, y la de una mujer excepcional, doña Luisa Martel de los Ríos, que unía a Córdoba con Sevilla en su persona.
Hay quien pretende negar la singularidad de su fundación, pero los documentos hablan. Prudencio Bustos Argañarás, estudioso de nuestra historia, asentó: “Entre los ciento once hombres que acompañaron al Fundador, no se ha detectado un solo analfabeto”, cuando el índice de analfabetismo era sumamente alto. Eso explica que, a los pocos años, cuando era aún una pequeña aldea en el confín de la tierra, Córdoba tuviera una universidad real y pontificia que a fines del siglo XVII estaba entre las primeras del mundo. Córdoba es una ciudad extraña: sus fundadores eran estudiosos, algunos leían el latín y traían cajas con libros. Sus mujeres y sus hijos los siguieron apenas unos meses después, con un maestro de primeras letras, con damas de compañía y jóvenes casaderas.

Llegaron con muebles de calidad cuando aún no tenían techo, con enseres y canastos de labores, con alguna obra de arte. Y plantas: vides, higueras, limoneros y los rosales de Blas de Rosales.
Así nació esta ciudad: cosmopolita en pocos años –y por varios siglos– por la universidad y por su posición geográfica, ya que era paso obligado de comerciantes, ejércitos y viajeros que atravesaron el territorio argentino en cualquier sentido de los puntos cardinales.
Una ciudad y un territorio contradictorios, nacida de una desobediencia, síntesis de las culturas regionales. Durante la mayor parte de la Historia, vivimos a contrapelo del país, “en una coexistencia no siempre pacífica y sí dialéctica, de un clericalismo monacal en contradicción de un laicismo ateo; de una tendencia populista contrapuesta a fuertes resabios clasistas; de un conservadorismo quietista enfrentado con un liberalismo progresista, posibles de encontrar en el seno mismo de cada uno de sus partidos políticos”, puntualizó Bustos Argañarás en el prólogo de Antología burlesca.
Pero, como dije hace algunos años, lo que nos distinguió y nos distingue es el humor: sarcástico, socarrón, agudo, transgresor, bien cordobés.
Sugerencias: leer Laberintos y escorpiones, de Prudencio Bustos Argañarás, novela histórica sobre Luis de Tejeda, primer poeta argentino, cordobés.

Fuente: Revista Rumbos

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2Jul/160

LOS CORDOBESES Y EL CONGRESO DE TUCUMÁN

Por Prudencio Bustos Argañarás

La grotesca farsa que fue la Asamblea del Año XIII había causado gran malestar en las provincias, que desde 1810 soportaban la dominación de Buenos Aires. Su principal “legado” fue la creación del cargo de director supremo, que como un monarca absoluto concentraba la suma del poder. A los diputados de la Banda Oriental, que llevaban el mandato de declarar la independencia, no los dejaron incorporarse. Posadas declaró a Artigas traidor a la Patria, puso precio a su cabeza y envió una delegación a felicitar a Fernando VII por su restitución en el trono.

Carlos María de Alvear, que sucedió a su tío Posadas, pidió a Gran Bretaña que enviara tropas “que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey”, perpetrando el peor acto de traición de nuestra historia. Pocos meses después, en abril de 1815, fue obligado a renunciar y el cabildo porteño volvió a asumir el gobierno, designando al nuevo director.

La sanción de un Estatuto Provisional abiertamente centralista colmó la paciencia de las provincias, que lo rechazaron, con excepción de la cláusula que convocaba a un congreso general constituyente en San Miguel de Tucumán. La Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, por su parte, formaron la Liga Federal para resistir los atropellos del Puerto.

Los cordobeses forzaron la renuncia de Ortiz de Ocampo y el 29 de marzo de 1815 un cabildo abierto eligió gobernador a José Javier Díaz, poniendo fin a la lamentable práctica, instaurada en 1810, de designar los gobernadores desde Buenos Aires. Nueve días más tarde la Provincia se declaró independiente y pasó a integrar la Liga Federal, “bajo los auspicios y protección del digno jefe de los orientales”.

Reunida en el Congreso de Oriente, la Liga decidió no asistir a Tucumán, con lo que Córdoba no estuvo de acuerdo. Para intentar revertir tal decisión, envió ante Artigas una comisión, con el mandato de procurar “remover todos cuantos obstáculos sean impeditivos de la más pronta reunión del Congreso general”.

La Liga aceptó mandar a Buenos Aires una comisión para negociar, de la que Córdoba formó parte, pero llegados allí fueron encarcelados en un barco, mientras el director Álvarez Thomas enviaba un ejército contra Santa Fe y alentaba a los portugueses a invadir el Uruguay, aventando todo intento de conciliación.

A pesar de ello, Córdoba decidió participar en el Congreso, a cuyo fin eligió diputados a los doctores José Antonio Cabrera, Miguel Calixto de Corro y Gregorio Funes –que no aceptó–, al licenciado Jerónimo Salguero de Cabrera y a Eduardo Pérez Bulnes. Corro fue enviado por el Congreso para intentar la firma de un tratado de paz entre Santa Fe y Buenos Aires, logrando un preacuerdo que los porteños se negaron a ratificar.

Por primera vez se logró reunir un congreso fuera de Buenos Aires con representación proporcional de todas las provincias, y su consecuencia fue la declaración de nuestra independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

Abierto el debate sobre la forma de gobierno que se adoptaría, los cuatro cordobeses se manifestaron en favor de la republicana, en particular Cabrera, a quien Ambrosio Funes, hombre cercano a los intereses del Puerto, ridiculizaba en carta a su hermano el deán. “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática”, le decía.

Los republicanos se dividían entre quienes propiciaban el sistema unitario y el federal. Estos últimos contaban con el liderazgo de los cordobeses y el apoyo de hombres de otras provincias e incluso de algunos porteños, como Tomas Manuel de Anchorena.

Entre los monárquicos había quienes propiciaban la coronación de un descendiente de los incas, sostenida por Manuel Belgrano, y quienes se inclinaban en favor de un príncipe portugués. Se distinguían asimismo los partidarios de establecer la capital en el Cuzco, encabezados por el catamarqueño Manuel Antonio Acevedo, de los que se inclinaban por instalarla en Buenos Aires, capitaneados por el porteño Esteban Agustín Gascón.

El doctor Corro fue acusado de haber ayudado a sustraer correspondencia dirigida desde Buenos Aires al Congreso en la posta de Cabeza de Tigre. La falsedad del cargo fue debidamente probada gracias a la firme defensa de sus coterráneos, pero el tema generó una fuerte tensión.

En agosto de 1816 se levantó en armas Juan Pablo Bulnes y derrocó a José Javier Díaz, lo que fue aprovechado por los centralistas para retomar la nefasta práctica de impedir a los cordobeses la elección de su gobernador, designando arbitrariamente a Ambrosio Funes, suegro de Bulnes, mientras que el diputado Pérez Bulnes, fue expulsado por ser “hermano del jefe de los insurrectos”.

Fracasada la elección de la forma de gobierno, los congresales porteños comenzaron a presionar para que el Congreso se trasladara a su ciudad. Unos argumentaban que debía alejarse del campo de operaciones del ejército peruano, mientras otros sostenían la conveniencia de aproximarlo al Río de la Plata, a causa de la invasión de los portugueses a la Banda Oriental. Curiosa contradicción con la que el centralismo pretendía justificar la mudanza tanto en la necesidad de distanciarse del frente de batalla como de acercarse a él.

Con la firme oposición de Cabrera, Corro y Salguero de Cabrera, el Congreso aprobó finalmente el traslado. El 4 de febrero de 1817 se realizó la última sesión tucumana y el 12 de mayo tuvo lugar la primera en Buenos Aires. Cabrera y Corro se negaron a trasladarse, por lo que Córdoba quedó con un solo diputado hasta el 6 de noviembre de dicho año, en que la Asamblea Electoral eligió al doctor Alejo de Villegas y al licenciado Benito Lazcano. La guerra civil volvería pronto a estallar.

Fuente: La Voz del Interior

30Jun/163

Las banderas de Belgrano

Por Prudencio Bustos Argañarás

Los ejércitos enviados por la Junta porteña constituida en 1810 para someter a los pueblos del virreinato en nombre de Fernando VII, enarbolaban la misma bandera que las tropas a las que se enfrentaban, es decir, la española. Ello era así por cuanto la contienda que se estaba librando era una guerra civil entre súbditos del mismo rey, lo que creaba grandes problemas para identificar en la batalla a propios y ajenos.[1]

Advertido de ello, el 27 de febrero de 1812 Manuel Belgrano escribió al Triunvirato desde las cercanías de Rosario, informándole que “siendo preciso enarbolar bandera y no teniéndola, la mandé hacer blanca y celeste, conforme a los colores de la escarapela nacional”.[2]

Los triunviros desaprobaron la decisión por considerarla “una influencia capaz de destruir los fundamentos con que se justifica nuestras operaciones”, le exigieron “la reparación de tamaño desorden” y le ordenaron que

haga pasar como un rasgo de entusiasmo el suceso de la bandera blanca y celeste enarbolada, ocultándola disimuladamente y subrogándola con la que se le envía, que es la que hasta ahora se usa en esta fortaleza y que hace el centro del Estado, procurando en adelante no prevenir las deliberaciones del gobierno en materia de tanta importancia.[3]

La enviada por el Triunvirato, “que hasta ahora se usa en esta fortaleza”, no era otra que la española, como lo demuestra la carta del ingeniero militar inglés Juan de Rademaker, enviado a Buenos Aires por la corte lusitana. Está fechada el 10 de junio de ese mismo año, y al relatar su partida de regreso, dice que “a bandeira espanhola ainda se ve nas baterias, despendindose pela ultima vez do Rio da Prata”.[4]

El 27 de junio siguiente, al enterarse de que Belgrano, ya jefe del Ejército del Norte, había vuelto a izar su bandera en Jujuy, lo amonestó severamente advirtiéndole que “esta será la última vez que sacrificará hasta tan alto punto los respetos de su autoridad”. La reacción del Triunvirato era congruente con el tratado firmado el 20 de octubre del año anterior con Francisco Javier de Elío, al que se lo reconocía como virrey, se reafirmaba la unidad de la nación española y se reiteraba el compromiso de no admitir otro monarca que Fernando VII. Belgrano respondió disculpándose y aclarando, respecto a la bandera, que “la he recogido y la desharé para que no haya ni memoria de ella”.[5]

No he hallado ningún documento en que se mencionen el orden y la distribución de los colores de esa primitiva bandera, pero existen dos que fueron usadas por Belgrano en el Alto Perú, una blanca con una banda celeste en medio y otra celeste con una banda blanca en medio. Ambas fueron halladas en 1885 en la capilla de Titiri, perteneciente a la parroquia de Macha, en la Provincia de Potosí, en donde fueron escondidas después de la derrota de Ayohuma. La primera se exhibe en el Museo de la Casa de la Libertad de la ciudad de Sucre, mientras que la segunda fue donada a la Argentina por el gobierno de Bolivia en 1896 y se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires.

BanderaRéplica de la bandera de Macha obsequiada por Bolivia a Salta

En lo personal, opino que la bandera enarbolada por Belgrano en las márgenes del Paraná tenía dos franjas, blanca arriba y celeste abajo, como la que aparece en el retrato que el general se hizo pintar en Londres por Francois Casimir Carbonnier en 1815. Fundamento mi presunción en que la lógica indica que el artista reprodujo la enseña que el mismo Belgrano le indicó.

Ahora bien, más allá de su distribución, resulta pertinente preguntarse cuáles fueron las razones que movieron a Belgrano a elegir esos colores que hoy lleva nuestra bandera nacional. Habida cuenta de que el prócer no dejó ninguna indicación al respecto, solo nos es permitido exponer conjeturas. Algunos afirman que se inspiró en los colores del cielo, mientras otros sostienen que tomó los del manto de la Virgen María en las imágenes en que se la venera como la Inmaculada Concepción.

Como tercera hipótesis, me inclino a pensar que la elección provino del proyecto de Belgrano de coronar como rey de estas tierras a un vástago de la Casa de Borbón, lo que enseguida relataré. Fundo dicha sospecha en que esta dinastía tiene como propios los citados colores, al punto que la banda de los caballeros de la Orden de Carlos III es exactamente igual a la que llevan los presidentes argentinos.

La Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III, instituida por dicho monarca el 19 de setiembre de 1771 para premiar notables servicios prestados a la Corona y confirmada por el Papa Clemente XIV el 21 de febrero de 1772, dispone que los caballeros que pertenecen a ella lleven “una banda de seda de 101 milímetros de ancho de color azul celeste, con una franja central de color blanco, de 33 milímetros de ancho. Dicha banda se unirá en sus extremos mediante un rosetón picado, confeccionado con la misma tela que la banda, del cual penderá la venera de la Real Orden. La venera es una cruz ensanchada con cuatro flores de lis, que lleva en el centro un óvalo con la imagen de la Inmaculada Concepción, Patrona de la Orden, lo que abona una de las teorías antes expuestas. La rodea la divisa “Virtuti et merito”.

BandaVenera

 

Banda, rosetón y venera de la Orden de Carlos III

Esto puede confirmarse a través de los retratos de Carlos IV y sus hijos, de Fernando VII, del duque de San Carlos, del cardenal Luis María de Borbón y Villabriga, etc., en los que todos ellos, hasta el más pequeño, aparecen con una banda cruzada sobre su pecho con los mismos colores de nuestra bandera, como así también de las de Guatemala, Nicaragua y El Salvador.

Carlos IVGoya   Fernando VII

Carlos IV, su familia y Fernando VII, pintados por Francisco de Goya

            La vocación monárquica de Belgrano fue una constante a lo largo de su vida. Ya en 1808 militaba en el grupo de los carlotinos, que propiciaban la designación como regente de la infanta Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV y mujer del entonces infante don Juan de Portugal. En un informe dirigido al conde de Linhares el 15 de noviembre de 1808, el agente lusitano Felipe Contucci incluía en dicho grupo a más de un centenar de personas. Además de Belgrano, la lista comprendía a Mariano Moreno, Saavedra, Paso, Azcuénaga, Chiclana, Posadas, Beruti, los Pueyrredón, los hermanos Gregorio y Ambrosio Funes y muchos más.[6]

También estaban Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli e Hipólito Vieytes, quienes el 20 de setiembre de 1808 enviaron, junto con Belgrano y Beruti, una Memoria a la princesa, acusando al vizcaíno Martín de Álzaga de no haber cesado, desde 1806, “de promover partidos para constituirse en gobierno republicano so color de ventajas, inspirando estas ideas a los incautos e inadvertidos”.[7] Es bien sabido que Álzaga fue ahorcado cuatro años más tarde junto con otros treinta y siete hombres, acusados de preparar una de las tantas conspiraciones que hubo en esa etapa de nuestra historia.

Como el plan de nombrar regente a Carlota Joaquina se complicaba a causa de la oposición de su marido y del gobierno inglés, que en definitiva lo harían fracasar, Belgrano probó suerte con el infante don Pedro Carlos de Borbón y Braganza, primo hermano de aquella. Esta vez fue él mismo quien le escribió al conde de Linhares el 13 de octubre de 1808 pidiéndole que “no se difiera un instante su venida”, ante el temor de que “corra la sangre de nuestros hermanos, sin más estímulo que el de una rivalidad mal entendida y una vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”.[8]

Tampoco prosperó este proyecto y un año más tarde Belgrano retomó el intento de persuadir a Carlota Joaquina. El 13 de agosto de 1809 le informaba alarmado acerca de la revuelta independentista ocurrida en La Paz, a la vez que le advertía que “si V.A.R. no se digna tomar la determinación de venir a apagar el incendio (…) han de crecer los males que ya estamos padeciendo. Los momentos son los más preciosos para que V.A.R. tome la mano en estos dominios”.[9]

El 23 de junio de 1810, siendo ya vocal de la Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Rey Nuestro Señor don Fernando VII[10], escribía en El Correo de Comercio: “por patricios entendemos a cuantos han tenido la gloria de nacer en los dominios españoles, sean de Europa o sean de América, pues que formamos todos una misma Nación y una misma monarquía, sin distinción alguna de nuestros derechos y obligaciones”.[11]

Dos meses más tarde partió al mando de un ejército destinado a someter al Paraguay. Luego de salir airoso de una escaramuza en el pueblo de Candelaria, arengó a la tropa con estas palabras:

Soldados: vais a entrar en territorios de nuestro amado Rey Fernando VII que se hallan oprimidos por unos cuantos facciosos (…) manifestad con vuestra conducta, que sois verdaderos soldados de nuestro desgraciado Rey (…) haced palpable a los pueblos y habitadores de la banda septentrional del Paraná, la notable diferencia que hay de los soldados del Rey Fernando VII, que le sirven y aman de corazón y son gobernados por jefes que están poseídos sinceramente de esos sentimientos nobles, a los que solo tienen el nombre del Rey en la boca, para conseguir sus malvados e inicuos fines. Soldados: paz, unión, verdadera amistad con los españoles amantes de la Patria y del Rey; guerra, destrucción y aniquilamiento a los agentes de José Napoleón, que son los que encienden el fuego de la guerra civil (…) haced que estos pueblos os deban el uso de sus derechos, arrancadles las cadenas y haceos dignos de la patria a quien servís y del infeliz Rey a quien aclamáis.[12]

Él mismo relató años después que durante la batalla de Tacuarí, al ser intimado a rendirse por parte del coronel Manuel Atanasio Cabañas, “contesté que por primera y segunda vez había dicho a sus intimaciones que las armas de Su Majestad el señor don Fernando VII no se rinden en nuestras manos”.[13] Luego de ser derrotado le escribía al mismo Cabañas, asegurándole ser “vasallo de Su Majestad el Señor don Fernando séptimo”, y añadiendo que “aspiro a que se conserve la monarquía española en nuestro patrio suelo”.[14]

A fines de 1814, el director Posadas envió a Belgrano y a Bernardino Rivadavia a España, con la misión de felicitar al rey por su restitución en el trono y manifestarle “las más reverentes súplicas para que se digne dar una mirada generosa sobre estos inocentes y desgraciados pueblos, que de otro modo quedarán sumergidos en los horrores de una guerra interminable y sangrienta”. A causa de la actitud cerrada de Fernando, que se negó a recibirlos, Rivadavia y Belgrano le escribieron a su padre Carlos IV, exiliado en Roma, “a fin de conseguir del Justo y Piadoso Ánimo de su Majestad la institución de un Reino en aquellas provincias y cesión de él al Serenísimo señor Infante don Francisco de Paula, en toda y la más necesaria forma”.[15]

La petición, que fue llevada por el conde de Cabarrús, iba acompañada de un proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile redactada por Belgrano, cuyo artículo 1° disponía que “los colores de su pabellón serán blanco y azul celeste”.[16] Huelga aclarar que la petición no fue concedida, a pesar de las presiones que sobre el ex monarca ejercieron su mujer, María Luisa de Parma, y Manuel Godoy.

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán, antes de ser declarada la Independencia, Belgrano propuso la creación en estas tierras de un reino y la coronación de un descendiente de la dinastía incaica. Es obvio que la idea no tuvo éxito, a pesar de que fue apoyada por muchos congresales, pues de inmediato el grupo que lo apoyaba se fracturó entre quienes propiciaban instalar la capital en el Cuzco y los porteños, que querían que estuviera en Buenos Aires.

Tres años más tarde Belgrano seguía empeñado en reinstaurar una monarquía. En 1819, luego de sancionada la constitución unitaria que las provincias rechazaron, le decía en carta a José María Paz que se había opuesto al sistema republicano, pues “no teníamos ni las virtudes ni la ilustración necesarias para ser República y que era una monarquía moderada lo que nos convenía. No me gusta ese gorro y esa lanza en nuestro escudo de armas, y quisiera ver un cetro entre esas manos”.[17]

A nadie debe sorprender que Manuel Belgrano, al igual que José de San Martín y la mayor parte de los próceres de aquellos años, fuesen partidarios del régimen monárquico, el único que habían conocido y el que existía por entonces en todo el mundo, con la sola excepción de los Estados Unidos, cuyo futuro era aún una incógnita. Aclaremos por otra parte que el sistema que propiciaban era, a diferencia del absolutismo, una monarquía atemperada y controlada por un parlamento, como la que propiciaba la Constitución de Cádiz de 1812, derogada por Fernando VII, que se asemejaba la que imperaba en Inglaterra y que rige hoy en todas las monarquías europeas.

[1] La visión del autor acerca de los acontecimientos de mayo de 1810 está expuesta en el libro Luces y sombras de Mayo (Córdoba 2012, 2ª edición).

[2] El mismo Belgrano había sido quien, catorce días antes, había enviado una nota al triunvirato pidiendo autorización para sustituir la escarapela roja que llevaban sus hombres por una con los colores blanco y azul-celeste. El gobierno accedió a ello el día 18, disponiendo que de allí en más “deberá componerse de los dos colores blanco y azul celeste, quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían”.

[3] Cfr. CALVO, Charles, Annales historiques de la révolution de l'Amérique latine, volumen 2, París 1865, pág. 28.

[4] Cfr. GANDÍA, Enrique de, Historia de las ideas políticas en la Argentina, tomo III, Las ideas políticas de los hombres de Mayo, Buenos Aires 1965, págs. 213 y 214.

[5] Cfr. CALVO, Charles, op. cit., págs. 28 y 29.

[6] Cfr. LOZIER ALMAZÁN, Bernardo, Proyectos monárquicos en el Río de la Plata 1808-1825, Buenos Aires 2011, pág. 53.

[7] Cfr. INSTITUTO NACIONAL BELGRANIANO, Documentos para la Historia del general don Manuel Belgrano, vol. 3, parte 1, Buenos Aires 1998, pág. 20.

[8] Cfr. ibíd., pág. 61.

[9] Cfr. CORIGLIANO, Francisco, “Buenos Aires y Boston: dos focos revolucionarios, dos ciudades pioneras en el camino hacia la Independencia”, en El bicentenario de la Revolución de Mayo, Mar del Plata 2010, pág. 22.

[10] El propio Belgrano confiesa que no formó parte de quienes promovieron la Revolución de Mayo. “Aunque no siguió la cosa por el rumbo que me había propuesto –relata en su autobiografía–, apareció una junta de la que yo era vocal, sin saber cómo ni por donde” (cfr. BELGRANO, Manuel, Fragmentos autobiográficos, Buenos Aires 2007, pág. 24).

[11] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, pág. 193.

[12] Cfr. Gazeta de Buenos Ayres, 3 de enero de 1811.

[13] Cfr. Ibíd., pág. 187.

[14] Cfr. Biblioteca de Mayo…, op, cit. tomo 14, Buenos Aires 1963, pág. 66.

[15] Cfr. GANDÍA, Enrique de, op. cit., tomo III, págs. 221 a 227.

[16] Cfr. MÁRQUEZ, Armando Mario, "Manuel Belgrano jurista: Proyecto de Constitución para el Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile", en Segundo Congreso Nacional Belgraniano, Buenos Aires 1994, pág. 287.

[17] Cfr. Anales del Instituto Belgraniano Central, Nos 1 a 4, Buenos Aires 1979, pág. 137.

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16Oct/150

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29May/150

San Miguel de Tucumán, 450 años de su Fundación

Por Prudencio Bustos Argañarás.

Por Real Cédula del 29 de agosto de 1563, Felipe II creó la gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, sustrayéndola de la jurisdicción de Chile y poniéndola bajo la dependencia del Virreinato del Perú en lo político y de la Real Audiencia de los Charcas en lo judicial. Para entonces, en este gran territorio que comprendía las actuales provincias de Córdoba, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy y parte de las de Chaco y Formosa, había solo una ciudad, Santiago del Estero, la más antigua de nuestro país, que sobrevivía a duras penas, gracias al coraje y la tenacidad de sus vecinos.

Las otras que hasta poco antes existían (Londres, Cañete, Córdoba del Calchaquí y Nieva), fundadas en tierras del dominio del poderoso cacique don Juan Calchaquí gracias a la amistad que logró tejer con él Juan Pérez de Zurita, habían sucumbido a causa de la torpeza de su sucesor, Gregorio de Castañeda. Durante una discusión que mantuvo con el cacique, este oscuro personaje le propinó una bofetada, lo que dio lugar a una feroz invasión de los diaguitas que destruyeron las cuatro ciudades, matando a sus vecinos.

El primer gobernador efectivo del Tucumán, nombrado interinamente por el virrey del Perú, conde de Nieva, fue el célebre Francisco de Aguirre, “la primera lanza de Chile”, el hombre que efectuó el tercer traslado de la ciudad del Barco y le cambió su nombre por Santiago del Estero.

Una de sus primeras disposiciones fue enviar a su sobrino Diego de Villarroel a fundar una nueva ciudad “en el campo que llaman en lengua de los naturales Ibatín, ribera del río que sale de la quebrada”, hoy llamado río Pueblo Viejo o río del Tejar. En cumplimiento de ello, Villarroel fundó el 31 de mayo de 1565 la ciudad de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión en el sitio indicado, probablemente el mismo en donde habían estado Cañete y la primitiva Barco, unos sesenta kilómetros al sur de su actual ubicación, en el lugar conocido como la Quebrada del Portugués.

A Aguirre le sucedió don Jerónimo Luis de Cabrera, el Fundador de nuestra ciudad, y a este, otro gobernador para el olvido, Gonzalo de Abreu de Figueroa, que lo hizo matar. Durante su mandato Abreu despobló las tres ciudades (Santiago, San Miguel y Córdoba) para realizar una campaña en busca de la mítica ciudad de los Césares, a causa de lo cual San Miguel fue atacada en la noche del 28 de octubre de 1578 por diaguitas, solcos y juríes, comandados por el yanacona Galuán, un gigante con fama de feroz guerrero.

Los indios atacaron la ciudad desde distintos puntos y le prendieron fuego, rodeando al teniente de gobernador Gaspar de Medina y a otros dos españoles en la plaza. Estos se defendieron con denuedo, logrando Medina en un acto de arrojo matar a Galuán, cortándole la cabeza. Esto atemorizó a los indios que a la llegada de otros vecinos emprendieron la huida.

Abreu de Figueroa recibió en Soconcho una carta de Medina relatándole lo ocurrido y envió en su socorro al maestre de campo Hernán Mejía Mirabal, logrando así devolver la paz a la sufrida San Miguel.

La tercera y última guerra de Calchaquí, provocada por las intrigas del impostor andaluz Pedro de Bohórquez, que levantó en armas a los indios proclamándose heredero del trono inca, afectó severamente a la ciudad. A ello se añadió la aparición de enfermedades endémicas como el paludismo y trastornos tiroideos por la escasez de yodo del agua del río del Tejar, que además cambió su curso y produjo grandes inundaciones.

Todo ello determinó que el gobernador don Juan Díez de Andino solicitara al rey autorización para mudarla en 1680. Obtenida la venia real su sucesor, don Fernando de Mendoza Mate de Luna, dispuso el traslado a la actual ubicación, unos 64 kilómetros al noreste de Ibatín, en el sitio conocido como La Toma. La mudanza fue realizada en setiembre de 1685 por el teniente de gobernador, Miguel de Salas y Valdés.

En su nuevo sitio, San Miguel de Tucumán comenzó a cobrar relevancia, hasta convertirse en una de las ciudades más importantes del actual territorio argentino. El censo dispuesto por Carlos III el 10 de noviembre de 1776 y realizado aquí entre 1778 y 1779 la sitúa, con 20.074 habitantes, como la tercera en población, después de Córdoba, con 46.509, y Buenos Aires, con 37.130.

Nuestra hermana mayor se apresta a celebrar el 31 del corriente mes los 450 años de su Fundación, antesala de la que todos los argentinos compartiremos el año próximo, cuando conmemoremos allí mismo el bicentenario de la declaración de la Independencia. Ese gran logro la tuvo por escenario, cuando tras seis años de dominación porteña, logramos realizar allí un congreso, por vez primera fuera de Buenos Aires y con una representación proporcional de todas las provincias. Allí nació, el 9 de Julio de 1816, la Nación Argentina como estado independiente.

Fuente: La Voz del Interior

25Abr/152

Bicentenario de una traición

Por Prudencio Bustos Argañarás.

La llamada Asamblea del Año XIII, que mediante torpes maniobras nació dominada por Buenos Aires –por caso, los dos diputados que “representaban” a Córdoba eran el porteño Gervasio Antonio de Posadas y el catalán Juan Larrea– impidió que se declarara la independencia, llegando al extremo de impedir la incorporación de los representantes de la Banda Oriental, que llevaban ese expreso mandato. El licenciado Nicolás Laguna, diputado por Tucumán, fue expulsado de la Asamblea por haber declarado que el mandato otorgado por sus coterráneos le obligaba a votar una constitución federal, lo que le mereció ser incluido entre los “hombres díscolos, malditos, revoltosos y enemigos del orden”. Huelga decir que tampoco se sancionó ninguna constitución.

El 26 de enero de 1814 la Asamblea creó un gobierno unipersonal bajo el nombre de Director Supremo y designó para ejercerlo a Posadas, disponiendo que se concentraran en él “la Suprema Potestad Ejecutiva” y “todas las facultades y preeminencias acordadas al Supremo Gobierno”.

El 11 de febrero 1814 Posadas declaró a Artigas “infame, privado de sus empleos, fuera de la ley y enemigo de la Patria”, ordenó que fuese “perseguido y muerto” y ofreció una recompensa de 6.000 pesos a quien lo entregare. A poco de cumplir un año de su mandato, Posadas renunció y fue reemplazado por su sobrino, Carlos María de Alvear.

El 28 de enero de 1815, en la mayor clandestinidad, partía hacia Río de Janeiro Manuel José García portando dos cartas de Alvear fechadas el 25 de dicho mes, quince días después haber asumido como director. Una de ellas iba dirigida a lord Strangford, embajador inglés en Río de Janeiro, y la otra a lord Castlereagh, ministro de Relaciones Exteriores británico. La primera de ellas decía textualmente:

Cinco años de repetidas experiencias han hecho ver a todos los hombres de juicio y opinión que este país no está en edad ni en estado de gobernarse por sí mismo y que necesita una mano exterior que la dirija y contenga en la esfera del orden antes que se precipite en los horrores de la anarquía (...) En estas circunstancias solamente la generosa Nación Británica puede poner un remedio eficaz a tantos males, acogiendo en sus brazos a estas provincias, que obedecerán a su gobierno y recibirán sus leyes con el mayor placer. (…) La Inglaterra (…) no puede abandonar a su suerte a los habitantes del Río de la Plata en el acto mismo en que se arrojan a sus brazos generosos.

El pliego destinado a lord Castlereagh, cuya entrega fue encomendada por García a Bernardino Rivadavia, que partía a Londres, era aún más elocuente respecto a las sórdidas intenciones de Alvear, cuando afirmaba sin ambages:

Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés, y yo estoy dispuesto a sostener tan justa solicitud para librarlas de los males que las afligen. Que vengan tropas que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey y de la Nación, a cuyos efectos espero que V.E. me dará sus avisos con la reserva y prontitud que conviene para preparar oportunamente su ejecución.

No se habían cumplido aún nueve años de las invasiones inglesas a Buenos Aires y desde el más alto sitial de poder se ofrecía la entrega del país a su gobierno. Vicente Fidel López intenta exculpar estas conductas vituperables aludiendo a la “incompatibilidad absoluta de volver a entrar en el gobierno español bajo forma alguna”, a cuyos efectos no resultaba grave, a su juicio, el intento de “poner al país bajo el protectorado de un gobierno libre, que daba garantías eficaces a todos los progresos y medios de prosperidad que hacen cultos y felices a los pueblos”.

Pero Alvear no se mostraba muy constante en sus “incompatibilidades absolutas” para con España ni tampoco en sus ofrecimientos de sumisión a Inglaterra. El 23 de agosto de ese mismo año, destituido ya de su cargo y refugiado en Río de Janeiro, escribía a Andrés Villalba, encargado de negocios de Fernando VII en Portugal, proclamando su intención de “poner término a esta maldita revolución” y protestando que “mi decidido conato ha sido volver a estos países a la dominación de un Soberano que solamente puede hacerlos felices”.

Tras manifestar su arrepentimiento por haber sido desleal al rey, se presentaba a “vindicar su conducta en actitud de delincuente y con la sombra de rebelde o enemigo de su Majestad”, suplicando “la clemencia de mi Soberano y la indulgencia de sus ministros (…) considerándome como vasallo que sinceramente reclama la gracia de su Soberano”.

También Rivadavia, portador como dije de la carta que Alvear enviara a Castlereagh, dio un giro a su lealtad hacia los ingleses y la derivó hacia España. Desde Madrid le escribió el 28 de mayo de 1815 a Pedro de Ceballos, ministro de Fernando VII, manifestándole que la comisión que se le había conferido se reducía

...a cumplir con la sagrada obligación de presentar a los pies de su Majestad las más sinceras protestas de reconocimiento de su vasallaje, felicitándolo por su venturosa y deseada restitución al trono, y suplicarle humildemente el que se digne, como padre de sus pueblos, darles a entender los términos que han de reglar su gobierno y administración.

Las estatuas de Alvear y Rivadavia lucen en Buenos Aires y sus nombres abundan en las calles de todo el país. Pero sus intrigas no pudieron impedir su marcha hacia la Independencia que, ya sin retorno, culminaría un año más tarde, el 9 de Julio de 1816, con la declaración del Congreso de Tucumán.

Fuente: La Voz del Interior

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13Abr/150

Presentación libro

Bergallo

25Dic/143

Fray Fernando de Trejo y Sanabria. Cuarto Centenario de su muerte

Por Prudencio Bustos Argañarás.

A mediados del siglo XVI Asunción del Paraguay, la primera ciudad del cono sur, se había convertido en el centro de irradiación de la conquista del Río de la Plata y en la sede de sus autoridades. La convivencia con las pacíficas tribus comarcanas, que habituadas a la poligamia cedían voluntariamente sus hijas a los españoles, generó un ambiente de relajación moral en el que cada conquistador poseía un verdadero harem. Asunción fue llamada por ello el Paraíso de Mahoma y los abundantes mestizos frutos de esas uniones, denominados eufemísticamente “mancebos de la tierra”, conformaron las huestes con que se fundarían años más tarde Santa Fe, Buenos Aires y Corrientes.

Preocupado por esta situación, Felipe II nombró adelantado a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien procuró ponerle fin, pero en 1544 los asuncenos lo tomaron preso y lo enviaron encadenado de regreso a España. Cinco años más tarde, el rey firmó capitulaciones con Juan de Sanabria, que paso a ser el tercer adelantado del Río de la Plata, con especial encargo de traer familias peninsulares y mujeres solteras para restablecer el orden y consolidar la presencia española.

La expedición que debía trasladarlo a América partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda el 10 de enero de 1550, pero Sanabria no iba a bordo pues había muerto unos meses antes. Su hijo Diego, de apenas 18 años, lo reemplazaba en el cargo, pero la verdadera autoridad de la expedición era su viuda, doña Mencía Calderón. Mujer de carácter firme y temple excepcional, debió afrontar toda clase de vicisitudes durante el viaje. Tempestades, naufragios, ataques de corsarios franceses y normandos, y ya en tierra de los antropófagos tamoyos, fueron algunos de los contratiempos que demoraron su arribo a Asunción hasta abril de 1556.

Entre el medio centenar de doncellas que trajo consigo doña Mencía se contaban dos hijas suyas. Doña María de Sanabria, la mayor, se casó en el campamento de San Francisco de Mbiazá, en la isla de Santa Catarina, con el capitán Hernando de Trejo, de quienes nació en 1554 un niño llamado Hernando (o Fernando) de Trejo y Sanabria. Viuda, doña María casó nuevamente con Martín Suárez de Toledo, con el que tuvo ocho hijos, entre ellos el célebre Hernandarias de Saavedra, primer gobernador criollo del Río de la Plata.

Fernando de Trejo y Sanabria pasó su niñez en Asunción y en 1568 fue enviado a estudiar a Lima, en donde ingresó en el convento franciscano, ordenándose sacerdote en 1576. Seis años antes, el 10 de mayo de 1570, el Papa Pío V había creado el Obispado del Tucumán, cuya jurisdicción comprendía la Gobernación del mismo nombre, integrada por las actuales provincias de Jujuy, Salta, Santiago del Estero, Tucumán, Córdoba, Catamarca y La Rioja. La sede episcopal estaba en la ciudad de Santiago del Estero, capital de la Gobernación, y en 1699 seria trasladada a Córdoba.

El primer obispo que ocupó efectivamente la nueva diócesis, el dominico fray Francisco de Vitoria, la abandonó y renunció a su cargo por desavenencias con el gobernador. En su reemplazo fue designado, en 1592, fray Fernando de Trejo y Sanabria, el primer criollo en ocupar la silla episcopal tucumanense, quien fue consagrado en Quito y se hizo cargo de su diócesis en 1595.

Su obra pastoral fue extraordinaria. Ni bien arribó a Santiago convocó un sínodo diocesano en el que se adoptaron importantes medidas destinadas a la protección de los naturales y a su evangelización. Entre sus disposiciones se cuenta la de usar el quechua, la lengua del Perú, que los aborígenes del Tucumán comprendían por haber sido invadidos por los incas.

A él y al gobernador Juan Ramírez de Velasco se debe la instalación en estas tierras de la Compañía de Jesús, a la que el prelado era muy afecto. Entre las obras que llevó adelante se cuenta la creación del primer colegio seminario de la Gobernación, con sede en Santiago del Estero, que puso en manos de los jesuitas.

Pero fue sin duda Córdoba la ciudad que más beneficios obtuvo de su parte. Superadas las serias dificultades que padeció hasta fines del siglo XVI, que la llevaron al borde de la desaparición, la ciudad se perfilaba ya como la más importante del Tucumán. El obispo la visitaba a menudo y pasaba aquí largas temporadas, alojado en la residencia jesuítica.

El 2 de julio de 1613 dejó solemnemente instalado el monasterio de Santa Catalina de Sena, fundado por doña Leonor de Tejeda, el primero en el actual territorio argentino. Trece días antes, el 19 de junio, había suscrito ante el escribano Pedro de Cervantes una escritura mediante la cual se comprometió, bajo la garantía de todos sus bienes, a donar a la Compañía dentro del plazo de tres años, cuarenta mil pesos para el sostenimiento de su Colegio Máximo, que por razones económicas se había trasladado a Santiago de Chile. Manifestaba en dicho documento su pretensión de que en él, “los hijos de los vecinos de esta Gobernación y de la del Paraguay se puedan graduar de bachilleres, licenciados, doctores y maestros, dando para ello su Majestad licencia (...) para el bien espiritual y eterno de españoles e indios”.

Por impulso de este acto de munificencia, el regreso del Colegio se dispuso de inmediato y en 1614 se hallaba de nuevo en Córdoba. Nueve años más tarde, el Cabildo ordenaría la ejecución del breve In Supereminenti de Gregorio XV, dando vida a la Universitas Cordubensis Tucumanae, la primera en estas tierras, llamada hoy con justicia la Casa de Trejo.

No alcanzó a ver el prelado la culminación del proceso que había impulsado. La muerte lo sorprendió en el camino de Córdoba a Santiago, en la Nochebuena de ese año de 1614. Su cuerpo fue traído a esta ciudad y sepultado en el templo de la Compañía, en donde una lápida de mármol escrita en latín nos recuerda su presencia.

Sorprende que las autoridades de la Universidad, que lo consideran su fundador, hayan dejado pasar este centenario sin siquiera recordarlo. Estarán ocupados en cosas más importantes.

Fuente: diario La Voz del Interior

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24Nov/143

Vuelta de Obligado

Hay que adecuar la idea de soberanía al mundo de hoy

Por Luis Alberto Romero.

La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional renueva las discusiones sobre el Combate de Obligado de 1845 y el mito que ha generado. Pero además, el énfasis que el gobierno actual pone en la recordación de esa fecha y los argumentos que esgrime, llevan a otra pregunta, no ya sobre el pasado sino sobre el presente y el futuro: ¿qué significa en el siglo XXI la soberanía nacional?

Hay un mito con el combate de la Vuelta de Obligado. No fue una victoria sino una derrota. Para detener a la flota inglesa, Rosas cerró con cadenas el río Paraná e instaló dos baterías. Los ingleses cortaron las cadenas, hubo cañonazos de ambos lados, algunos muertos ingleses y varios centenares entre los soldados bonaerenses. Muertes inútiles, pues los buques llegaron hasta Corrientes. Tampoco es completamente cierto que Rosas defendió los intereses nacionales contra la agresión imperialista. Esto último es correcto, pero los supuestos "intereses nacionales" son algo muy discutible. Por entonces no existía un Estado argentino unificado, sino provincias en guerra, alineadas en bandos políticos y divididas por cuestiones económicas. ¿Dónde estaba la Nación? Corrientes quería comerciar directamente con los británicos y Rosas defendió el monopolio comercial porteño. El antiimperialismo fue acotado, pues el episodio no enturbió una larga historia de relaciones entre Buenos Aires y Gran Bretaña, mutuamente beneficiosas. En 1852, caído Rosas, todas las provincias aceptaron el principio de la libre navegación de los ríos, incorporado a la Constitución.

Este mito de la Vuelta de Obligado, creado por el revisionismo histórico, forma parte de la nueva "historia oficial", difundida de manera sistemática y abrumadora en la escuela y en los medios. En 2010 se estableció el Día de la Soberanía Nacional, con feriado móvil. Pero además, las consignas revisionistas ocupan un lugar importante en los discursos de la Presidenta, tan abundantes como contundentes. Más allá de la crítica fácil, sus argumentos merecen consideración, pues hablan también sobre quienes la escuchan y la votan.

La Presidenta acude frecuentemente a ejemplos históricos, elegidos de manera un poco desconcertante: para un historiador no es fácil vincular a Monteagudo, Artigas, Dorrego y Rosas, pues en su tiempo casi todos se detestaron. Pero esta desordenada evocación no pretende organizar un discurso histórico. A diferencia del peronismo militante de los años 60, que se colocaba en la culminación de un largo proceso de luchas nacionales y populares, el kirchnerismo no se considera heredero de nadie, ni siquiera de Perón. Son fundadores, y el pasado sólo les interesa como un depósito de hechos memorables que, adecuadamente interpretados, operan como presagios de su llegada y su pasión. En el caso de Obligado aparecen los grandes poderes de siempre conspirando en contra de la Argentina y de su jefe, como hoy lo hacen los buitres. Los cañonazos que entonces dividieron al país son similares a los que hoy separan a los defensores de la nación de sus enemigos. La gesta de Obligado ilustra sobre una lucha eterna, en la que una derrota ocasional anuncia la victoria final.

Parada en el presente, la Presidenta invita a adecuar idea de soberanía a las luchas de hoy. La nación soberana ha de sobrevivir en un mundo que se derrumba, del cual debemos mantenernos saludablemente separados. La economía soberana debe dar inclusión, empleo y prosperidad a los argentinos. La soberanía ideológica consiste en consolidar la unidad de los argentinos y protegerlos de las ideas foráneas, otro instrumento de la gran conspiración.

Todos estos tópicos forman parte de un conjunto discursivo y simbólico compacto y enterrado en nuestro subconsciente, al que la Presidenta interpela con éxito, como lo hicieron tantos otros antes que ella. La soberanía ideológica alude a la conocida "cultura nacional", más postulada que definida. En realidad, todos nuestros productos culturales, hasta el pericón, son resultado de una mezcla, o una adecuación local de lo foráneo. Nuestros pensadores nacionales, igual que los llamados cosmopolitas, leyeron y adaptaron libros que también leían los franceses o los alemanes. La misma idea de una cultura nacional es una traducción del nacionalismo romántico alemán del siglo XIX. En definitiva, las ideas ignoran las fronteras políticas.

La soberanía económica -vieja idea del mercantilismo- fue una aspiración común en el mundo de las guerras mundiales. La autarquía entusiasmó a los planificadores económicos y a los militares. El país debía contener todo lo que necesitaba y cerrarse al mundo, siempre hostil; así, el "hecho en la Argentina" justificó sacrificar la eficiencia y los beneficios del intercambio. Es sabido que desde la segunda posguerra el mundo marcha por otro lado. Las economías crecen sobre la base de la interdependencia y la integración, y el "made in" ha perdido todo sentido. La idea cerril de la soberanía económica cultivada por el Gobierno no aporta nada para facilitar la integración en un mundo donde todos dan y reciben, ni para pensar cuáles son hoy las cuestiones específicas donde un interés de la comunidad nacional debe ser defendido.

Tampoco la soberanía política es hoy un valor absoluto, como lo fue en el pasado. Desde la creación de las Naciones Unidas, esta idea es revisada y matizada por quienes quieren construir instituciones y regulaciones supraestatales, una empresa tan noble como llena de dificultades. Para quienes vivimos en la Argentina, la cuestión de la soberanía estatal tiene una dimensión más acuciante, pues nuestro Estado de Derecho retrocede ante gobiernos arbitrarios, que arrasan con todo lo que los limita. Ante estos avances, las limitaciones y controles internacionales, que el gobierno actual desafía en nombre de la soberanía, constituyen el último recurso de quienes no encuentran amparo en la justicia local. Esto incluye a la Corte de La Haya o a la de Costa Rica, y hasta al modesto juez de Nueva York, que desconoce nuestros folklóricos usos de la justicia.

Todas estas cuestiones sobre la soberanía, que debemos discutir, derivan de la idea de nación. ¿Qué es la nación? No tenemos un conocimiento directo y experiencial. Creemos en ella, afirmamos que es de una cierta manera y construimos representaciones, con palabras o símbolos. Pero a diferencia de una religión, no hay un texto sagrado que consagre una verdad al que remitirse. Se trata de una cuestión opinable, que es de la más alta importancia. Por ejemplo, algunos creen en una nación plural y diversa, tolerante e institucional, y otros, con igual convicción, en una nación homogénea y unida, que se expresa en un liderazgo fuerte.

Esta segunda creencia ha predominado en la Argentina en el siglo XX. En ella confluyeron las ideas del nacionalismo, la Iglesia integrista, las Fuerzas Armadas y los movimientos nacionales y populares. Todos coincidieron en que cada uno de ellos representaba a la nación unida y soberana, y que fuera de ella solo había enemigos, externos e internos, consagrados a conspirar contra la nación. Algo de eso decía Rosas en 1845, cuando convirtió la defensa de intereses sectoriales en una gesta nacional, en la que estaba en juego la soberanía. Es lo mismo que hace el gobierno actual, apelando a la unidad, sobreactuando sus conflictos con parecida intensidad, y con mucha menos preocupación por la coincidencia entre sus dichos y sus prácticas reales.

Mientras existan comunidades nacionales, la soberanía será siempre una cuestión muy importante. Pero también es importante adecuarla a la integración en un mundo cada vez más interdependiente, pues "vivir con lo nuestro" es condenarnos a la mediocridad y la miseria. Sobre todo, es fundamental no separarla de la garantía de los derechos personales frente a gobiernos que utilizan la soberanía como instrumento de disciplinamiento interno. No se trata de negar su valor esencial sino de reconsiderar sus formas, sus símbolos, sus discursos y adecuarlos a una democracia institucional y plural. Quizás entonces elijamos otra fecha para celebrarla.

Fuente: diario La Nación

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14Sep/145

La mirada cuyana de San Martín

Por Luis Alberto Romero.

Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires”. La popular frase revela las frustraciones de un federalismo que no fue. En 1852, catorce provincias concurrieron a un acuerdo constitucional basado en una ficción verosímil: la igualdad de derechos. Pero la historia marchó en otro sentido. La formación del Estado y el desarrollo del capitalismo centralizaron al país federal y fortalecieron el papel de la ciudad capital.

Una centralización parecida ocurrió con el relato de la historia de la Nación, usualmente narrada desde la perspectiva de Buenos Aires. Esto resulta inevitable si se comienza, como es habitual, con dos episodios típicamente porteños: las Invasiones Inglesas y la Revolución de Mayo. Con ese arranque, es difícil salir de una senda que, por ejemplo, denomina anarquía al período iniciado en 1820, cuando Buenos Aires perdió su control de las Provincias Unidas.

Las cosas serían diferentes si se mirara simultáneamente lo que ocurrió en Chuquisaca, Montevideo o Asunción; en Santiago de Chile, Caracas, Bogotá o México, pues entre 1808 y 1810 el Imperio hispánico se resquebrajó en varios puntos simultáneamente, También serían diferentes si se privilegiara, antes que la Revolución de Mayo, la Declaración de la Independencia en Tucumán, en 1816.

Contar las cosas desde Buenos Aires es algo difícil de evitar, aun para quienes se lo proponen. Muchos historiadores de las provincias suelen reivindicar con energía la especificidad de sus circunstancias, ya se trate de 1810 o de 1945, pero finalmente terminan ubicando su relato como una variante de la gran narración nacional con centro en Buenos Aires.

Como escribió el historiador Fernand Braudel, es difícil evadirse de estas “cárceles mentales”.

Para los mendocinos, y no solo para ellos, la conmemoración del bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza abre la posibilidad de desarrollar otra mirada. ¿Cómo fue esa historia desde la perspectiva de San Martín?

Recuérdese que nunca estuvo cómodo en Buenos Aires, ni Buenos Aires lo trató con mucha estima. Desde la Logia Lautaro ayudó a cambiar el rumbo del gobierno revolucionario, luego dio pruebas de su pericia profesional, pero debió ceder el campo a Carlos de Alvear, hijo dilecto de los porteños. En Cuyo, en cambio, se sintió a sus anchas. Desde allí miró a Tucumán y al Congreso, y jugó todas sus cartas.

ambién miró a Santiago, siguiendo atentamente los avatares de la política chilena, en la que intervino muy activamente. Atisbó a Lima, su objetivo final, y a Buenos Aires. En este caso, le bastó saber que su amigo Pueyrredón exprimiría los recursos locales para solventar al ejército en formación. No le interesó la política porteña, ni consideró que su gran proyecto estuviera ligado a la suerte de sus facciones o al enfrentamiento con el artiguismo. Su negativa a defender al Directorio es un hecho difícil de colocar en la historia de una nación argentina narrada desde Buenos Aires. Pero en rigor, en 1820 la Argentina era apenas un esbozo de proyecto, que muchos interpretaban de manera diferente.

Uno de ellos era San Martín, para quien la ciudad rioplatense era una pieza más en el gran rompecabezas hispanoamericano que tenía en mente. No es extraño que así fuera. Basta pensar que este hijo de españoles, luego de vivir cinco años en Yapeyú -un lugar cuya argentinidad estaba lejos de ser evidente por entonces- volvió a la tierra de sus padres, ingresó en el ejército y sirvió al rey durante casi treinta años. Allí se hizo liberal e ilustrado, trató con muchos otros hispanoamericanos, como él, y entre ellos al general Solano, caraqueño, muerto en Cádiz por una turba partidaria de Fernando VII.

Hispanoamérica no era una colonia sino una parte del Imperio español, y poco después, en 1812, las Cortes de Cádiz declararon que con España formaban una sola nación. Hispanoamericano en España, liberal y masón, sumergido en las guerras desatadas por la invasión francesa, incómodo en un bando que incluía a quienes gritaban “vivan las cadenas”, San Martín depositó sus esperanzas en una Hispanoamérica liberada y liberal, donde construir un Estado fundado en la libertad y el orden.

Con esa mirada hispanoamericana concibió todo su proyecto, y asistió, quizá con cierto desconcierto, a la confusa emergencia de nuevos Estados, que comenzaban a privilegiar sus intereses locales. Resistió a la tentación, común a otros militares de entonces, de intervenir en los conflictos civiles. Fundó Estados, pero no perdió la esperanza en alguna forma futura de integración. Hizo lo posible para que todos tuvieran una matriz común, liberal y republicana. Estoy convencido de que no fue un prócer argentino, sino mucho más que eso.

La mirada de San Martín, cuyana e hispanoamericana, puede ayudarnos a entender la de Artigas, quien no imaginó estar fundando la República Oriental del Uruguay. O la de Güemes y la élite salteña, con el alma dividida entre Buenos Aires y el Alto Perú. O o la del General Paz, que buscó asentar en Córdoba un proyecto nacional, o la de Estanislao López, que tenía la misma esperanza con Santa Fe.

Esto es apenas el comienzo de un ejercicio que puede repetirse respecto de muchos otros momentos del pasado, sobre todo antes de que se generalizara la convicción de que Dios atendía en Buenos Aires. Pero además, ese relato complejo debe ser puesto en sintonía con las perspectivas del conjunto de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con trayectorias parecidas y diferentes. No es tan difícil reconstruir cada una de estas miradas. El desafío para los historiadores es componerlas en un relato común y plural, como una fuga de Bach o un motete renacentista.

Ilusiones, quizá. Pero una historia más plural es parte de la construcción de un país plural en su dimensión regional, con muchos centros que desarrollen, cada uno, sus propias potencialidades, que se liberen de la tutela y las dádivas del gobierno central y que aporten, cada uno con lo suyo, a la construcción de una nación. Entonces Dios comenzará a atender en todas partes.

Fuente: diario Los Andes

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