A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

22Feb/185

Legalicemos el homicidio

Por Prudencio Bustos Argañarás

Una encuesta realizada recientemente en Córdoba ha dado como resultado que el 65% de los consultados está a favor de la legalización del aborto, pero paradójicamente, un 49% lo considera un atentado contra la vida. Semejante contradicción lleva a pensar que las preguntas estuvieron mal formuladas o que la encuesta fue deliberadamente manipulada para obtener una respuesta favorable al aborto. De otra manera no puede entenderse cómo una persona sensata pueda estar a favor de legalizar algo que considera un homicidio.

En una nota aparecida en La Voz del Interior del domingo pasado, un abogado y sociólogo celebra dicho resultado y califica a la legalización del aborto como un avance moral y cultural y una señal de madurez de la población, al incorporar el pluralismo y el derecho de la mujer a matar a su propio hijo para evitar un riesgo de su salud o porque simplemente el embarazo le provoca molestias y estrés.

Sin duda el tema es materia de controversia, pero sorprende que quienes defienden la legalización lo hacen destacando los beneficios que obtiene una mujer al realizarse un aborto, pero nada dicen del costo que paga el hijo muerto, que es nada menos que su vida. Parece que para ellos el derecho a la vida de esa criatura no cuenta a la hora de hacer el frío balance mercantil de costos y beneficios. O bien que el derecho al bienestar de una persona está por encima del derecho a la vida de otra.

En la ciencia médica se discute acerca de cuál es el momento en que aparece la vida humana y hay sobre el particular dos teorías. La primera –consagrada en los artículos 4°, 19° y 59° de nuestra Constitución y en el juramento hipocrático que hacemos los médicos al recibir nuestro título–, considera que la vida comienza en el momento en que los gametos femenino y masculino se unen para crear un nuevo ser. La otra entiende que el inicio se da cuando ese nuevo ser anida en el endometrio materno, lo que ocurre entre el séptimo y el décimo día consecutivo a la fecundación.

El diagnóstico de embarazo es siempre posterior a ambas circunstancias, por lo que cuando se realiza un aborto, cualquiera sea la teoría aceptada existe ya una vida diferente, con identidad propia y con su propio perfil genético, único e irrepetible. Si por no estar aún desarrollado en plenitud y depender de su madre para sobrevivir, el niño no mereciera gozar del derecho a la vida, deberíamos concluir que es también lícito matarlo después del nacimiento, pues tampoco está totalmente desarrollado ni capacitado para valerse por sí mismo.

Es cierto que el Código Penal contempla en el artículo 86º atenuantes y excusas absolutorias en casos especiales, pero ellas no modifican la condición criminal que dicho cuerpo normativo atribuye al aborto, sino que permiten al juez eximir de la pena prevista a quienes lo cometan bajo determinadas circunstancias, a semejanza de lo que ocurre con el homicidio cometido en defensa propia o en estado de emoción violenta. A nadie en su sano juicio se le ocurriría, por ejemplo, solicitar autorización a un juez para matar a su vecino, bajo el argumento de que lo insulta, creándole violencia moral.

De nada sirven en este debate los argumentos de naturaleza religiosa, ni a favor ni en contra, pues las conclusiones obtenidas a partir de ellos solo serían valederas para quienes profesan determinadas creencias, y la ley debe ser hecha para todos los ciudadanos, cualquiera sea su religión.

Por todo lo dicho, entiendo que legalizar el aborto –un homicidio intrauterino– no solo no constituye un avance moral y cultural, sino que es un marcado retroceso en ambos órdenes, pues implica renunciar a la defensa del primero de los derechos humanos, que es el de la vida, que tantos siglos nos costó consagrar. Con el agravante que se trata de la de un ser inocente e indefenso, lo que nos retrotrae a dos mil años atrás, cuando los espartanos arrojaban desde el monte Taigeto a los niños que nacían defectuosos. Ellos habrán creído tal vez que defender de esa manera la pureza de su pujante civilización era también un avance.

Fuente: La Voz del Interior

18Feb/182

Un café con Cristina

Por Carlos Salvador La Rosa

Uno de los primeros que se alejó de Cristina fue Felipe Solá, quien ya en 2009 se alió con Mauricio Macri y Francisco de Narváez, imponiendo este último la primera derrota al imperio K. En  2013 Sergio Massa fue quien pegó el portazo y también le ganó al kirchnerismo.

En 2015 Florencio Randazzo se negó a bajarse de candidato presidencial a candidato gubernamental y selló el fracaso de Cristina cuando su candidato en Buenos Aires, Aníbal Fernández, fue el piantavotos más grande de toda la historia del peronismo desde Herminio Iglesias en 1983.

Mientras todos ellos se alejaban -discretamente o no- de Cristina, también lo hacía en fecha imprecisa el que se enojó porque en vez de hacerlo socio, el matrimonio Kirchner lo consideró empleado, Alberto Fernández, quien se fugó sin hacerse autocrítica alguna, y pasó por tantos lados que terminó superando al legendario Borocotó en su capacidad de saltimbanqui.

Así, Solá, Massa, Randazzo y Alberto Fernández se presentaron como el postkirchnerismo, los que venían a salvar la  herencia del peronismo rescatándolo del kirchnerismo.

Se vendieron como civilizados, modernos, abiertos, liberales en el sentido político del término, como los continuadores de la vieja renovación peronista, aquella que junto con Alfonsín sembró las bases sólidas de una nueva democracia y que intentó construir un peronismo republicano antes de que fuera reemplazada por las nuevas hordas de caudillos provinciales y feudales que se apoderaron  del movimiento nacional y popular de los 90 en adelante: Menem, Duhalde, los Rodríguez Saá y los Kirchner.

Todos patrones de estancia que le borraron hasta el menor sesgo de modernización al incipiente peronismo ochentoso intentando copiar en la Nación lo que hicieron en sus provincias.

En nombre de las más variadas e incluso contrapuestas ideologías, que a la postre no significaban nada, trasladaron sus prácticas nepotistas, prebendarias, caudillescas, autoritarias y populistas a sus respectivas presidencias. Prácticas que unificaron a todos estos gobiernos oligárquicos de familia, por más que unos mantuvieran relaciones carnales con EEUU y otros con Irán.

Con la decadencia de estos caudillos, los Massa, los Randazzo, dijeron venir a pelear contra  esas feas costumbres localistas en nombre de un peronismo universal y abierto al cual ellos se habían ganado el derecho a pertenecer por haberle dicho una vez No a la presidenta, aunque antes le hubieran dicho un millón de veces Sí. Hablaban como iluminados, dictaban clases de moral y de buenas costumbres.

Alberto Fernández lo hacía con sus artículos en todos los diarios críticos al gobierno. Sergio Massa con sus anchas avenidas del medio y sus críticas a la corrupción, Stolbizer mediante.

Randazzo mostrándose como la flor de la mafia, la cara pura del burdel, el salvador de trenes. Y Felipillo con su pinta de galán maduro que jamás se ensucia aunque haya frecuentado todos los más bravos lodazales como elegante y permanente habitué de los mismos.

Los cuatro son paquetes, perfumados, presentables, hablan lindo y fino. No asustan como otros.

Pero les fue muy mal en las últimas elecciones. A Solá y Massa se les achicó al mínimo la ancha avenida. Y Randazzo, aunque contara con el apoyo intelectual del Alberto Fernández, apenas figuró.

A Cristina le fue mejor que a todos los chicos finolis que algunos vez se le atrevieron. Y entonces, los que vinieron a cambiar la historia, se empezaron a asustar.

Se  comenzaron a dar cuenta que estaban más atados a la historia K de lo que ellos superficialmente creían. Que la sociedad no era tonta y que sabía que volverían por más que juraran mil veces no. Que eran iguales a los que criticaban.

Entonces se resignaron a volver.

Los peronistas duros, por su parte, en vez de tratar de explicar racionalmente lo irracional como nuestros nuevos renovadores, intentaron ver si Macri se caía como De la Rúa y conste que hicieron todo para lograrlo.

La nueva guerrilla semiológica proveyó los fusiles simbólicos, tal como Horacio Verbistky que acusó a Macri de desaparecedor de personas o Raúl Eugenio Zaffaroni que le pidió que se vaya por una razón sustancial: porque a él no le gustan las políticas que está aplicando Cambiemos.

Por su parte, los sindicalistas más pesados, los Barrionuevo y Moyano, también se sumaron a la prédica golpista, pero por razones menos espirituales que los ideólogos de la revolución: para no caer entre rejas. Entre presidiarios se entienden.

Todos juntos, presentes o ausentes, presentables e impresentables, duros o finos, coincidieron en la toma del Congreso de diciembre cuando -aliados nuevamente al kirchnerismo- buscaron acabar con la democracia a pedradas a ver si diciembre de 2017 se transformaba en diciembre de 2001.

Estaban muy lejos de lograrlo, muy lejos, pero ellos no lo sabían y pusieron el alma en la patriada. Hasta que entendieron lo poquitito que eran. Que ni subiéndose a la muerte de Maldonado ni apoyando las piedras de los delirantes ni proponiendo todos los días un golpe por la razón que sea, nada les quitaba su impotencia. El de ser definitivamente lo viejo aunque todavía no surgiera lo nuevo.

Entonces dejaron de lado todo intento de diferenciarse, y se dejaron tentar por los kirchneristas con más cara presentable, los más parecidos a ellos: Daniel Filmus y sobre todo Agustín Rossi. Hicieron un acto donde se juntaron para olvidar viejos agravios, y también para olvidar todo lo que dijeron contra el kirchnerismo cuando se fueron del kirchnerismo. Emocionados, cantaron abrazados la marchita peronista y el Alberto Fernández hasta le fue a pedir la bendición al Papa Francisco para el reencuentro de la sagrada familia.

El Sergito Massa todavía no dice nada porque la Marga Stolbizer que le creyó cuando él le juró que jamás volvería al peronismo, y menos con Cristina, hoy lo quiere matar. Pero él, como buen marido engañador le dice que no tiene nada con Cristina, aunque, como los otros, se muere por volver.

Quisieron armar una alternativa por fuera y hacia el futuro con la vieja táctica del peronismo de decir que ellos no estaban de acuerdo con lo que hicieron sus jefes aunque ellos hayan sido sus brazos ejecutores.

Y porque no estaban de acuerdo, ahora se proponían ser los nuevos jefes como si nunca hubieran tenido nada que ver con los anteriores. Pero esta vez no lo lograron. Y además, ¿para qué irse si los K están cayendo todos presos? Y los impresentables son mayoría. Por eso ellos ahora ofrecen sus caras presentables, de gente bien y razonable, para ver si Cristina, que perdió con Macri pero les ganó a todos ellos, les permite heredarla.

Y, así como el duro de Moyano, tal cual un gorrioncito apichonado la invita a tomar un café a Cristina, estos  peronistas refinados (petiteros se decía antes) la invitan a tomar té con masitas. Como si se tratara de la tía rica y ellos fueron los sobrinitos que la quieren heredar. ¡Cómo los debe despreciar la señora! ¡Y con cuánta y justa razón! Pero lo más seguro es que les acepte el invite.

Fuente: diario Los Andes

16Feb/186

Entre el cielo y el barrio

Por Julio María Sanguinetti

La palabra de un Papa siempre es parte relevante del debate internacional. Robustece su eco no solo la dimensión de la Iglesia católica sino la circunstancia de que las demás corrientes religiosas, cristianas, judías o aun musulmanas, no tienen un vocero único y formal.

Juan Pablo II, con su incuestionable carisma, fue el centro de una vigorosa corriente, claramente definida. Conservadora en los temas de familia y bioética, liberal en el enfrentamiento de las democracias a las caducas estructuras del comunismo europeo, fue influyente y protagónica.

El papa Francisco, en cambio, navega en medio de extrañas contradicciones: a cada rato desciende de la universalidad de su posición a minúsculos combates políticos de un inexplicable provincianismo argentino, al tiempo que no oculta la raíz populista-peronista que el historiador italiano Loris Zanatta reveló no bien fue ungido.

Estos días avaló de un modo desconcertante a la señora Hebe de Bonafini, líder de las Madres de Mayo y ferviente kirchnerista, que ha degradado una noble causa con su radicalismo y la corrupción de la entidad que dirige. Esa buena señora celebró el atentado contra las Torres Gemelas, en tiempos en que llamaba fascista al entonces cardenal Bergoglio. Cuando éste llegó a Papa la recibió ostentosamente, para que en la puerta vaticana despotricara con violencia contra el presidente Macri, el compatriota electo por su pueblo, al que por entonces había recibido con una frialdad tan notoria que asombró al mundo. El hecho es que ahora, en el mismo instante en que la señora de Bonafini se resistía a acatar un mandato judicial, pudo ella leer una carta de Su Santidad en que le decía: "No hay que tener miedo a las calumnias. Jesús fue calumniado y lo mataron después de un juicio dibujado con calumnias. La calumnia solo ensucia la conciencia y de quienes la arroja". La destinataria pudo regodearse comentando en la televisión: "Casi no me compara con nadie."

En estos días no ha cosechado muchos aplausos en un Chile que no entendió su actitud ante las situaciones de pedofilia. También es incomprensible que no atendiera un reiterado pedido del presidente electo Sebastián Piñera para un encuentro personal. Hasta sus colegas jesuitas no fueron complacientes con él.

En Perú, país más católico, le fue mejor. Allí trató muy bien al presidente peruano Kuczynski, tan liberal o más que Piñera y en muy malos días por su indulto a Fujimori. Allí, en cambio, fue ideológicamente bien claro: "Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal inhumano que hace daño a la gente". En una palabra, con Cristina Kirchner, Correa, Dilma, Evo y Maduro, íbamos hacia la Patria Grande bolivariana que hoy solo sustenta el venezolano. En cambio, habla de un "liberalismo inhumano" que ¿quién sostiene hoy? ¿Acaso el gradualista Macri, que trabajosamente va enderezando a la Argentina con el cuestionamiento de muchos economistas liberales? ¿El traidor Lenín Moreno que ha impedido la monarquía de Correa? ¿Piñera, que ya fue presidente y no desmontó la obra social de los gobiernos de la Concertación?

Su populismo ha sido reiteradamente expresado, cuando se indignaba porque "todo entra dentro del juego de la competitividad", como si fuera posible superar la pobreza en una economía incomunicada. O abjurando del "mercado libre, la globalización, el crecimiento económico o el consumo". Por cierto, se ha negado reiteradamente a entender el valor social y democrático del desarrollo de las "clases medias" y hoy por hoy diluye las esperanzas de un mundo, creyente o no, que esperaba reformas éticas que superaran la condenación anacrónica de los divorciados o del uso de anticonceptivos, que ayudan a que la maternidad sea algo querido y no una fatalidad a la que resignarse.

El Papa Francisco es populista y diluye las esperanzas de los que esperaban reformas éticas

No siendo católico, no incurro en el atrevimiento de mirar al Papa desde esa perspectiva religiosa. Como ciudadano, en cambio, desearía que ayudara a defender la libertad individual, los sistemas democráticos y una economía moderna que -regulada por reparadoras leyes sociales- genere riqueza para poder distribuir. Es desde ese ángulo que lamento que los Gobiernos, aun socialdemócratas, no encuentren esa voz de apoyo para luchar contra la pobreza mediante un real desarrollo, basado en la productividad, bien lejos de la demagogia que condena a los pobres, como ocurre en la doliente Venezuela de hoy.

Fuente: diario El País

2Feb/181

¿Alguien, alguna vez, podrá pisarle la cola al león?

Por Carlos Salvador La Rosa

Así como la democracia se va perfeccionando a través de los diversos ensayos de prueba y error, los intentos de desestabilizarla o clausurarla también actúan de la misma manera, hasta que una de las tendencias se impone sobre la otra.

En la Semana Santa de Alfonsín, allá por abril de 1987, un grupo de oficiales del Ejército se alzó contra la Constitución. Su reclamo no era aún la caída del gobierno pero pretendían el fin de los juicios a los militares por delitos de lesa humanidad. Cosa que lograron, al principio con límites, y luego con el indulto total de Menem.

Como les fue tan bien, entonces siguieron intentando golpes con cualquier excusa, tal cual el coronel Seineldin en diciembre de 1990 por razones que ya nadie recuerda.

Pero esta vez se actuó sin contemplaciones contra los militares golpistas. Algo parecido había ocurrido en enero de 1989 con el copamiento del regimiento de la Tablada por guerrilleros que pretendían recrear el clima insurreccional de los años 70.

El efecto práctico de ambos conatos destituyentes fue que al negarse las autoridades a negociar con los sublevados, tanto militares como guerrilleros, jamás se repetiría en las décadas siguientes ningún hecho de este tipo. Los violentos 70 finalizaban, y la democracia se imponía sobre sus enemigos como único sistema de gobierno. A partir del ensayo y error.

Los sindicatos, por su lado, fueron implacables con los gobiernos no peronistas de Alfonsín y De la Rúa, mientras que con el más grande privatizador del siglo, Carlos Menem, fueron absolutamente contemplativos por el solo hecho de ser éste peronista. A Alfonsín no lo dejaron en paz con infinitas huelgas salvajes. Y a De la Rúa se le sublevaron cuando éste postuló una reforma laboral y llegaron al paroxismo cuando la entonces ministra de Trabajo, Patricia Bullrich, les pidió la declaración jurada de bienes.

A ambos gobiernos los sindicatos les hicieron todas las zancadillas posibles y les fue bien ya que su contribución fue clave para que ninguno de los dos terminara su mandato. Y no lo decimos nosotros, lo dice Barrionuevo claramente:  “A los sindicatos los atacaron los militares, Alfonsín y De la Rúa, y terminaron mal”, advirtió. Para finalizar con un amenazante: “No le pisen la cola al león”.

O sea que, a diferencia de militares y guerrilleros que ya no lo intentan más por haber fracasado, los sindicatos siguen con la prueba de ensayo y error para ver si les sigue yendo bien con sus pretensiones de mantener privilegios corporativos desestabilizando gobiernos.

Así, de modo inconcebible más parecido a una republiqueta bananera que a una auténtica república democrática, ahora proponen una movilización gigantesca de todos los trabajadores por una sola razón: para que la Justicia no siga investigando más los bienes de Hugo Moyano. Una amenaza brutal a la Justicia y al Gobierno juntos. Y no por reivindicaciones obreras, sino para salvar el pellejo de un capo.

A ellos se les suman los políticos que también tienen miedo de ir presos (o ya están presos), quienes tienen su propio vocero judicial, el ex juez Raúl Zaffaroni, el cual desea que el gobierno  de Macri “se vaya lo antes posible”.

Pero hay una diferencia, los políticos destituyentes ya tuvieron su oportunidad a fines del año pasado cuando primero con la utilización del joven Maldonado y luego con el intento de copamiento del Congreso a las pedradas, buscaron desenfadadamente que Macri se fuera en helicóptero, pero les fue horriblemente mal. Mientras que a los sindicalistas hasta ahora siempre les fue bien cuando jugaron a que los gobiernos que ellos no quieren no terminen su mandato.

Por eso están cebados, por eso lo seguirán intentando hasta que alguna vez fracasen en su intento.

Y es la democracia (lo que es mucho más que el gobierno de turno) la que, a través de sus pruebas de ensayo y error, deberá ponerse firme contra todos sus adversarios y/o enemigos hasta que el sistema se consolide definitivamente. Y todos acepten disputar poder nada más que dentro del mismo, jamás afuera.

Fuente: diario Los Andes

 

27Ene/186

Ese extraño exhibicionismo ideológico del Papa

Por Claudio Fantini

Se estaba buscando un camino hacia la Patria Grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal deshumano que hace daño a la gente”, dijo el papa Francisco en Perú. Fue su definición política más explícita.

Por cierto, el clero es adverso al capitalismo y al pensamiento liberal porque sus raíces están en el corporativismo medieval. Aunque tampoco es socialista, la Doctrina Social de la Iglesia es antiliberal. Pero nunca un Papa había sido tan explícito en su condena.

Igual que con las otras religiones, la iglesia maneja lenguajes elípticos, eludiendo mencionar ideologías o doctrinas por sus nombres. Condena la pobreza, la injusticia o el egoísmo social. Pero nunca había condenado, expresamente, el “capitalismo liberal”, llamándolo “deshumano” y causante de sufrimiento.

Juan XXIII adoptó la “opción por los pobres”, pero no la convirtió en una doctrina política sino en una mirada humana sobre el otro. Juan Pablo II embistió contra el totalitarismo comunista, pero no mencionaba el “socialismo” para condenarlo.

Por eso llama la atención el repudio explícito que hizo Francisco. Implica una condena al liberalismo. Es obvio que la Iglesia no comparte muchos principios y dogmas del Islam, pero nunca condena al islamismo. Incluso se cuida (y con razón) de hablar de Islam cuando repudia una masacre del terrorismo ultra islamista. Ni siquiera habla de ultraislamismo; se limita a decir “terrorismo”.

Si el Papa tiene ese cuidado con el Islam ¿por qué no lo tiene con una doctrina que desciende de un pensamiento filosófico, el de John Locke?

Francisco confunde al liberalismo con su vertiente económica ortodoxa. Eso que llaman “neoliberalismo”. El pensamiento liberal cimienta la democracia pluralista, los derechos humanos, las libertades públicas e individuales, la división de poderes y el Estado de derecho. Y la democracia liberal sigue siendo lo que describió Winston Churchill: “El peor de todos los sistemas, con excepción de todos los demás”.

Por eso es inquietante que un líder religioso, que también es un jefe de Estado, aborrezca de un pensamiento político, describiéndolo sólo en su faz económica ortodoxa. Es como confundir al Islam con el ultraislamismo o al cristianismo con el fanatismo inquisidor.

Rara contradicción

Referirse a gobiernos elegidos democráticamente como “capitalismo liberal deshumano que hace mal a la gente”, más que explicar la situación de Latinoamérica, explica algunas de sus actitudes controversiales. Por caso, el frío saludo a Sebastián Piñera y el rechazo a la reunión que le pidió el presidente electo de Chile.

Es inevitable que su repudio al “capitalismo liberal” sea relacionado con el destrato a Piñera y con la insólita cara de enojado con que recibió a Mauricio Macri. También con su demora en venir a Argentina y su silencio al respecto.

Con la alusión a la “Patria Grande” que “se estaba buscando” hasta que “de golpe cruzamos hacia” la vereda “que hace daño a la gente”, Francisco se “confesó” ideológicamente. Pero sólo en teoría, porque en la práctica su proclama exhibe extrañas contradicciones.

Si hace gestos de desprecio a Piñera y a Macri por ser ricos empresarios liberales, ¿por qué visitó Paraguay invitado por el mandatario de ese país, con quien estuvo muy a gusto? Horacio Cartes también es un rico empresario liberal.

Igualmente extraño es que, tras desairar a los “liberales” de Chile y de Argentina, haya sido muy amigable con su anfitrión peruano, tan liberal como los desairados. Con un agravante: Pedro Pablo Kuczynski acababa de indultar a Alberto Fujimori, liberando de su condena por violaciones a los derechos humanos al déspota que encaminó a Perú hacia la economía de mercado. Y lo hizo cumpliendo un pacto para no ser destituido.

Es curioso que no tenga reparos ideológicos con los liberales que gobiernan Perú y Paraguay. Cartes amasó su fortuna con industrias de tabaco y de bebidas alcohólicas, mientras acumulaba denuncias por turbios negociados.

El contraste con sus gestos y silencios hacia Piñera y hacia Macri hace que esos desaires sean una enigmática contradicción.

También es extraño que proclame de forma abierta la aversión a una doctrina. Ni Karol Wojtila había sido tan explícito para referirse al enemigo que enfrentó. Y aquel enemigo no era un gobernante elegido libremente, sino el totalitarismo.

Fuente: La Voz del Interior

25Ene/181

Marcelo Balcedo y el sindicalismo peronista

Por Rogelio Alaniz

La noticia acerca del señor Marcelo Balcedo nos entretiene pero no nos asombra. De alguna manera el personaje y la situación son previsibles, abrumadoramente previsibles. Repasemos los hechos. Se trata de un sindicalista que, como no podría ser de otra manera, es peronista; el sindicalista es multimillonario y fiel a su estilo le gusta exhibir sus millones porque en el manual de sindicalista criollo se roba para enriquecerse, pero sobre todo para mostrarle al mundo que hasta en los dientes de la esposa hay diamantes incrustados.

En su trayectoria tampoco hay novedades: fue menemista y antimenemista; duhaldista y antiduhaldista; kirchnerista y antikirchnerista, pero eso sí, nunca dejó de ser peronista, no podría dejar de serlo, del mismo modo que un mafioso no puede dejar de ser siciliano.

El sindicato que dirige es heredado. En ese punto también el hombre se ajusta al manual del dirigente sindical peronista: los hijos disfrutan de los sindicatos ganados por sus padres. En la confección de este linaje Moyano y Balcedo no están solos.

En el caso que nos ocupa, el gremio de Balcedo no es un sello pero se parece mucho a un sello. Una de las habilidades de los compañeros sindicalistas ha sido la de dibujar gremios, oficio artístico realizado supuestamente en defensa de los trabajadores, aunque, como se podrá apreciar, los trabajadores son son los grandes ausentes en esta puesta en escena que hubiera hecho las delicias de Mario Puzo o por qué no, de Jimmy Hoffa, el sindicalista mafioso yanqui tan parecido a Moyano y Barrionuevo.

Fiel a ese libreto, Balcedo suma a su currículum antecedentes de extorsionador y algunas delicadas y discretas conexiones con el narcotráfico. Por lo pronto, su estilo de vida no es muy diferente al de Pablo Escobar, o a la imagen que las series de televisión nos han dado del compañero Pablo, quien si hubiera vivido en la Argentino no tengo la más mínima duda acerca de la identidad política que hubiera elegido este narcotraficante multimillonario que muy suelto de cuerpo decía estar con los pobres y en contra de los ricos.

De todos modos, no hace falta viajar a Colombia para inspirarse. Desde Juan Duarte en adelante, el peronismo ha ido construyendo una estética que muy bien podría calificarse de ostentosa y guaranga. En homenaje a la memoria, tengo presente cuando el compañero Lastiri –uno de los presidentes con que el peronismo nos obsequió a los argentinos- exhibió al mundo su colección de corbatas. Digamos al respecto que los muchachos en estos temas no se privaron de nada: caballos de carrera, putas caras y de las otras, colecciones de autos de alta gama, mansiones al estilo los Beverly ricos o Lo que el viento se llevó. En todos los casos, siempre el detalle, pero no en clave anglosajona sino en clave peronista: el traje de Brioni y la birome o el peine asomando en el bolsillo del saco; los zapatos Testoni o Buitton y las medias compradas en alguna oferta callejera; los anillos ostentosos, los aritos, los collares, alguna crucifijo o la efigie de un santito. Por formación cultural “espontánea” el color preferido es el negro, pero en el cotidiano les encanta el dorado; mucho dorado, dorado en el cuerpo, en el living, en el baño, en el dormitorio. El lenguaje obsequioso, el empleo de algunas palabras que estiman “cultas” y de pronto el haiga o el dueble que se escapa súbitamente. Pinturas compradas por consejo de algún marchand que habitualmente los estafa; biblioteca con libros que nunca se abren; la sala de cine para ver con los amigos después del asado en el quincho películas porno o películas de Isabel Sarli y Armando Bo, porque Kiarostami, Ozu, Casavettes o Bergmann los aburre.

Eso sí, rápidos para los números, para las piñas, la balacera y el apriete. Rápidos y eficaces. Astutos, decididos y, en más de un caso, corajudos. Como los hampones, les gusta cultivar un ritual de códigos y contraseñas. Su estética es la del populismo, el nuevo rico, el parvenu, pero su ética es la del capo mafioso o en su defecto, la del rufián exitoso.

Mucho de lo que escribo no es original. En diferentes tonos y con diversos énfasis intelectuales, políticos y militantes dijeron lo mismo. La denominada izquierda peronista llegó a considerarlos los enemigos número uno de la supuesta épìca de liberación nacional. Su manera de resolver esta diferencia los honra como peronistas; procedieron a matarlos. Y del otro lado pagaron con la misma moneda. Eran los tiempos de Perón e Isabel; es decir, los tiempos de López Rega y las Tres A.

En 1983, Raúl Alfonsín ganó las elecciones por varios motivos, pero uno de los más importante fue el de denunciar sin pelos en la lengua el pacto sindical militar. El cajón quemado por Herminio Iglesias en el funerario acto de cierre de campaña no hizo más que iluminar con fuego lo que el candidato radical había denunciado con palabras certeras y justas.

Se dirá que los sindicalistas no son todos iguales. Por supuesto que no lo son. En la Cosa Nostra tampoco son todos iguales. Es verdad que una sociedad democrática es una sociedad con sindicatos, pero la pregunta a hacerse en estos casos es si estos sindicatos tienen que ver con una sociedad democrática.

Hoy hay un amplio consenso en admitir que una de las grandes batallas perdidas por la democracia recuperada luego de siete años de dictadura militar fue la de la reforma sindical, la ley Mucci rechazada por la Cámara de Senadores por una diferencia mínima de votos en 1984. De aquellos polvos estos lodos.

No son todos iguales, pero a la inmensa mayoría les encanta quedarse en la conducción del gremio hasta el fin de los tiempos. “Gordos” y “Flacos”, combativos y burócratas, compiten entre ellos para ver quién se mantiene no más años, sino más décadas en la conducción del gremio. Puede que algunos roben más y otros roben menos; puede que algunos cuenten con un ejército de matones y otros cuenten apenas con una patrulla; pueden que unos sean más austeros y otros más exhibicionistas. Pero a la hora de los beneficios y los privilegios pareciera que todos son iguales; también lo son en el absoluto desprecio que tienen por los afiliados a quienes manipulan, engañan y, en más de un caso, corrompen.

El chantaje, la coima, el apriete, son algunos de sus recursos preferidos. En los últimos años sumaron los piquetes porque, Dios me libre y me guarde, cómo nos vamos a perder semejante oportunidad de darle trabajo a los barras bravas y disponer de otras fuentes de extorsión.

De todos modos, en todos los casos su principal fuente de ingresos son las obras sociales, cifras millonarias succionadas por decreto a los trabajadores que ellos manejan a discreción y que políticamente blanquean con la consigna “las obras sociales en manos de los trabajadores”. A ese botín no lo obtuvieron de manos de Perón o de algún presidente democrático. Mucho menos luchando. Se los otorgó la dictadura de Juan Carlos Onganía a través de su Ministro de Trabajo, el ex presidente de la AFA, Rubens San Sebastián. El sueño del pibe populista: militares, sindicalistas peronistas, fútbol y por que no, algún cura formado en las enseñanzas del integrismo católico. El ser nacional en plenitud.

Con militares y grupos empresarios mantuvieron y mantienen una relación contradictoria. Por un lado, cierta derecha cerril no disimula su desagrado por estos personajes vomitados por los bajos fondos, pero por el otro los necesitan porque fueron una garantía contra el comunismo o contra lo que ellos consideran comunismo. Obligados por las circunstancias a aceptar los sindicatos, prefieren a estos gremialistas porque son corrompibles y porque más allá de sus extorsiones y raterías, mañas y agachadas, son leales como el perro con el amo que les da de comer.

Algunos alguna vez fueron combativos, algunos pagaron con la cárcel sus audacias, aunque no se sabe con certeza si fueron a prisión por luchadores sociales o por ladrones o por las dos cosas a la vez; algunos perdieron la vida a manos de sicarios de la derecha o sicarios de la denominada izquierda peronista.

De todos modos, Balcedo, el Pata Medina, el Caballo Suárez y Pedraza no son una anécdota, una excepción o una minoría. Constituyen un perfil clásico de dirigente sindical forjado en todos estos años con la complicidad de empresarios, funcionarios estatales y, por supuesto, servicios de inteligencia.

Ocurre que más allá de anécdotas, historias personales y leyendas, la estructura sindical de la Argentina, el régimen gremial existente, esta corrompido y nadie, ni siquiera el más santo o el más bueno o el más combativo puede escapar de ese cerrojo forjado en una añeja tradición en la que justas reivindicaciones se confunden con extorsiones y coimas; reclamos solidarios disimulan apetencias y ambiciones bastardas; necesidades sociales insatisfechas se transforman en pretextos para enriquecerse y corromperse. Alguna vez alguien dijo dijo que estos dirigentes sindicales no soportan una rinoscopia. Puede ser. Pero tampoco soportan una declaración jurada de bienes o un reclamos mínimo de democratización sindical. Aferrados al gremio como el salteador de caminos al botín o el rufián al prostíbulo, no pueden ni quieren hacer otra cosa que la que hacen. Larga vida a Marcelo Balcedo.

 

15Ene/186

El enigma de por qué Francisco no visita la Argentina

Por Loris Zanatta

La noticia sería que el Papa va a Chile y Perú, pero para todos es que el Papa no va a la Argentina. Inútil sorprenderse. Se reanuda así el culebrón que dura años: ¿por qué el papa Francisco, gran viajero, no visita Argentina? Ahora que va a otros países vecinos, la pregunta es aún más obligatoria que en el pasado: es evidente, hasta para los que niegan la evidencia, que no quiere ir; que cree tener buenas razones para no ir. Parece que, sobrevolando la Argentina, enviará un telegrama "interesante". Un poco de suspenso siempre viene bien: ¿nos dirá que irá próximamente? ¿Nos revelará el misterio de por qué no va?

Mientras tanto, los comunes mortales intentamos develar el arcano. Hace algún tiempo, un monseñor explicó que Francisco no va a la Argentina para evitar agudizar la grieta que divide el país. ¡Ábrete cielo! ¿El Papa divide en lugar de unir? Los bomberos se apresuraron a extinguir el fuego: ese prelado no representa a nadie, el Papa es más popular que nunca y no divide nada, explicaron. Está bien. Pero ahora volvemos a las andadas. Peor: porque ahora puede que divida más la disputa sobre por qué el Papa no va, que una verdadera visita del Papa.

Admito que no tengo idea de por qué el Papa no va a la Argentina. Me limito a observar que cuanto más tiempo pasa, menos beneficioso es para su imagen; y a hacerme preguntas, que surgen de las explicaciones que al misterio le dan sus seguidores más devotos.

Leí que para algunos de ellos, el Papa no iría a la Argentina para "no ser usado por Macri". Caramba. Es una explicación audaz afirmar que el Papa que se encontró con Cristina Kirchner cinco veces en el año electoral, que recibió a Nicolás Maduro cuando ya era muy impresentable, que tiene filas de invitados de toda ralea haciendo cola en Santa Marta, que viajando por el mundo estrechó manos santas y manos que tan santas no eran, tenga miedo a ser usado por el presidente constitucional argentino. ¿Qué debería hacer Macri? ¿Renunciar? ¿Acortar su mandato? ¿Irse de vacaciones durante la visita del Papa? ¿Cederle la presidencia interina durante su ausencia? Es tal la enormidad que me niego a creerla. Continúo creyendo, esperando, que el Papa sea un pastor, no un político cualquiera, aunque muchos lo critiquen por hablar más de política que de Dios.

Otros devotos del Papa han ido incluso más lejos: dicen que Francisco no va a la Argentina porque no comparte "las políticas sociales del Gobierno". Si fuera cierto, sería tremendo. En ese caso deberíamos deducir que, en cambio, el Papa admira las extraordinarias políticas sociales egipcia y ugandesa, centroafricana y birmana, países que visitó; que en lugar de traer la palabra de Dios, el Papa recorre el mundo entregando papeletas sobre lo que cree que deberían hacer los gobiernos electos de los países que visita, como si él lo supiera, como si fuera su negocio, como si estuviéramos en pleno cesaropapismo. Quienes lo acusan de ser un militante social y de transformar a la Iglesia en una ONG tendrían razón. Absurdo.

Lo sé, muchos dicen que los argentinos son provincianos, que miran todo lo que hace el Papa desde el ojo de la cerradura de su casa, que deberían abrir la puerta y entenderlo por lo que es: la cabeza de la catolicidad, una figura de importancia universal, superior a sus peleas en el patio trasero. No estoy de acuerdo. Es obvio, es normal que los argentinos observen al Papa con las lentes de su historia. ¿Por qué no deberían? No vivimos en un vacío neumático, vivimos en la historia y es la historia la que afecta nuestras opiniones, percepciones y expectativas. Eso es tan cierto y obvio, que le sucede lo mismo al Papa, que no trata a la Argentina como a todos los demás países: de hecho, va a todas partes menos a la Argentina. Deberíamos entonces decir que aun el Papa, al no visitarla, expresa un espíritu provinciano y proyecta una sombra sobre su misión universal. Quién sabe. Tal vez sea así.

Pero esto me hace dudar: ¿y si los partidarios del Papa tuvieran la razón? ¿Si dijeran la verdad, es decir, que el Papa no va a la Argentina para no profundizar sus divisiones? ¿Que no viaja para "no ser usado" por Macri o, mejor, para no darle un placer, para fastidiarlo? ¿Y si realmente fuera un desquite porque no gobierna cómo él quiere que gobierne? Acabo de escribir que sería tremendo, y lo confirmo, pero también que la historia pesa, y visto desde la perspectiva de la historia argentina, no sería tan extraño que el Papa hiciera esto.

La historia es la misma para todos, incluso para los papas. Y la historia de la que proviene Bergoglio está impregnada del mito de la nación católica; de la idea de que por encima de la Constitución, arriba de las leyes, arriba de lo que el pueblo soberano decide depositando el voto en la urna, hay un pueblo "mítico" -como lo llama el propio Papa- el pueblo de Dios de la Biblia, depositario de la identidad eterna de la patria, inmaculado guardián de los valores evangélicos en los que la patria se basaría. Sobre la base de este mito, cuyas raíces caen tan profundamente en el pasado argentino que muchos ni siquiera lo ven o perciben sus síntomas, las instituciones de la democracia y las autoridades constitucionales son legítimas mientras obedezcan los valores que ese pueblo mítico encarna. Que encarna, por supuesto, de acuerdo con aquellos que de ese pueblo se erigen en voceros: como el Papa.

Dado esto, no sería sorprendente que el Papa juzgara las políticas sociales del Gobierno como heridas infligidas al cuerpo católico de la nación, las políticas económicas como ataques contra la identidad del "pueblo"; que en su corazón considerara a Macri y su gobierno expresiones típicas de la Argentina "colonial", como Bergoglio definía a la clase media argentina; como un conocido acólito suyo acaba de definir a un desafortunado periodista que se atrevió a criticarlo: extranjero en casa, extraño al alma de la patria. De ser así, se entendería la renuencia del Papa a reunirse con Macri donde este ejerce su investidura; a darle con su visita una legitimidad a los ojos del "pueblo" que, por su historia y sus convicciones, le cuesta reconocerle; a reconocer que el pueblo soberano se expresó de manera diferente de como, en nombre del pueblo de Dios, él piensa que debería haberse expresado. ¿Sería grave? ¿Sería malo? Por supuesto. Pero la historia pesa, sobre los papas como sobre todos.

¿Entonces? ¿Qué conclusiones sacar de estas consideraciones? Seré desagradable, pero si estas son las razones que han llevado a Francisco a no visitar su país hasta el momento, puede ser que no sea tan malo para la Argentina que no la visite, aunque entiendo que a muchos les dé pena. De ser así las cosas, realmente el Papa con su visita agudizaría viejas heridas que ya arden, dividiría más que unir, empujando a la Argentina hacia un pasado del que trata de salir. Lo que no hace cuando va a Chile y Perú.

Fuente: diario La Nación

3Ene/181

Un regalo para Macri

Por Daniel V. González

En su visita al presidente Mauricio Macri, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) tuvo la iniciativa de obsequiarle el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, una publicación editada en el mes de la consagración de Benedicto XVI (abril de 2005) y elaborada en las postrimerías del reinado de Juan Pablo II, en el que Joseph Ratzinger tuvo gran influencia en materia de ideas y doctrina.

Es un presente curioso pues contiene conceptos económicos, sociales y políticos que no parecen contar hoy con la adhesión de la actual jerarquía vaticana, liderada por Francisco.

En efecto, el Compendio está impregnado del espíritu del tiempo en que fue elaborado y cuenta con la clara influencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes transcurrieron juntos un período histórico muy singular desde 1978, signado por acontecimientos como la caída del Muro de Berlín, el hundimiento de la Unión Soviética y de Europa Oriental y la reorientación de China hacia la economía de mercado.

Algunas ideas del Compendio llaman la atención por su claridad conceptual y por la distancia que parecen guardar con las actuales señales sociopolíticas emitidas desde el Vaticano.

En tiempos de Juan Pablo II y Ratzinger, la Iglesia tenía un concepto muy claro acerca de las ventajas del libre mercado. El libro que le regalaron a Macri dice (Punto 347): “El libre mercado es una institución socialmente importante por su capacidad de garantizar resultados eficientes en la producción de bienes y servicios. Históricamente, el mercado ha dado prueba de saber iniciar y sostener a largo plazo el desarrollo económico. (...) La doctrina social de la Iglesia aprecia las seguras ventajas que ofrecen los mecanismos del libre mercado, tanto para utilizar mejor los recursos como para agilizar el intercambio de productos...”. Suponemos que Macri nada tiene para objetar a esta visión sobre el mercado.

En otro párrafo (Punto 336) afirma: “La Doctrina Social de la Iglesia considera la libertad de la persona en el campo económico un valor fundamental y un derecho inalienable que hay que promover y tutelar”. Se trata ciertamente de ideas muy claras y conceptos indubitables acerca del valor que la Iglesia concede a la libertad comercial y económica.

Otro de los puntos de gran actualidad es el referido a la lucha contra la pobreza. También aquí las ideas son claras. Puede leerse (Punto 449): “El principio de solidaridad, también en la lucha contra la pobreza, debe ir siempre acompañado oportunamente por el de subsidiaridad, gracias al cual es posible estimular el espíritu de iniciativa, base fundamental de todo desarrollo socioeconómico, en los mismos países pobres: a los pobres se les debe mirar no como un problema sino como los que pueden llegar a ser sujetos y protagonistas de un futuro nuevo y más humano para todo el mundo”.

Estas ideas ponen en mano de los necesitados una cuota importante de protagonismo en la solución de su propia situación, dejan de ser meros receptores de caridad al que suelen ser reducidos por algunas visiones demagógicas.

Para remachar esta idea, el Compendio afirma (Punto 291): “El deber del Estado no consiste tanto en asegurar directamente el derecho al trabajo de todos los ciudadanos, constriñendo toda la vida económica y sofocando la libre iniciativa de las personas, cuanto sobre todo en secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis”.

En definitiva, si el Presidente se hizo tiempo para repasar el libro, encontrará en él ideas cercanas a su propia visión de la economía. Ideas que hoy aparecen un tanto alejadas de los tonos y acentos del Vaticano.

Fuente: La Voz del Interior

19Dic/170

Para Ricardo Balbín no hubo fueros

Por Raúl Faure

A Cristina Fernández no le pasó por su cabeza que está moralmente obligada a dar el ejemplo, en su condición de expresidenta.

En la sesión realizada por la Cámara de Diputados de la Nación en el atardecer del 29 de septiembre de 1949, fue privado de sus fueros –por el voto unánime de los legisladores peronistas– el diputado nacional Ricardo Balbín, presidente del bloque de la Unión Cívica Radical.

Bajo la dictadura del primer período peronista (1945-1955) no se admitían ni toleraban las expresiones opositoras. Ya en 1947, y luego en 1948, habían sido expulsados de sus bancas los diputados nacionales del radicalismo Ernesto Sanmartino, Agustín Rodríguez Araya y Atilio Cattáneo, por haber denunciado que Juan Domingo Perón gobernaba con la suma del poder público sin someterse a controles ni contrapesos constitucionales.

Aquí, en Córdoba, la víctima fue el popular y talentoso legislador José “Negro” Mercado, integrante de la bancada del Partido Demócrata.

En 1949, fue el turno de Ricardo Balbín. Un “espión” infiltrado en una asamblea de afiliados al radicalismo denunció que Balbín, al referirse al presidente de la Nación, lo había calificado de “dictador”.

Sin demora, el entonces juez federal de Rosario inició un sumario por “desacato”. Y requirió al presidente de la Cámara de Diputados (entonces ejercía esas funciones Héctor Cámpora) que se dispusiera el desafuero del presunto delincuente, para imputarlo.

Balbín contestó a ambos notificándoles que ofrecía su suspensión para ponerse a las órdenes del magistrado judicial. Entonces, el decoro era hábito sagrado para quienes defendían los valores republicanos.

Empero, los legisladores peronistas no quedaron satisfechos. Reclamaron un castigo ejemplar. Un escarmiento. Para que la oposición tomara nota de los riesgos que asumían cuando criticaban al presidente de la Nación.

Y dedicaron la sesión de ese día para privarle de sus fueros, “ya que no se le puede suspender porque no hay constancias de que el acusado se haya rectificado de sus expresiones agraviantes”.

Ya frente al juez, Balbín dio otra prueba de su decoro: decidió no defenderse, para no convalidar un proceso viciado por la manifiesta intención de impedir que la oposición cumpliera con sus deberes cívicos.

Fue condenado a prisión. Que cumplió en el penal de Olmos durante alrededor de un año. A comienzos de 1951, el presidente Perón lo indultó. Dignamente, rechazó la gracia. Fue liberado a empujones de su celda.

Grandes diferencias

Para Balbín no hubo fueros. A pesar de ser imputado por un delito menor, tan irrelevante que fue suprimido como figura penal cuando el radicalismo recuperó la democracia en 1983.

A Cristina Fernández, le sobran. Aun procesada por conducir una banda constituida para saquear al Estado, lavar dinero de procedencia ilegitima y encubrir actos terroristas de un Estado extranjero, todos delitos gravísimos e infamantes, cuenta con cómplices dispuestos a adoptar todas las medidas necesarias para evitar su enjuiciamiento.

Dirigentes peronistas y de sindicatos a los que el presidente Mauricio Macri descalificó por “mafiosos”, sectas de “izquierda” integradas por devotos de los regímenes totalitarios, piqueteros que extorsionan al Estado y a la sociedad para sostener falsas cooperativas y hasta dirigentes oficialistas que ignoran el pasado hacen cola para impedir que la Justicia continúe su labor y ponga fin a las investigaciones.

En tanto, a Cristina Fernández no le pasó por su cabeza que está moralmente obligada a dar el ejemplo, en su condición de expresidenta, y renunciar a los fueros para no obstaculizar la labor judicial.

Solo así se convertirá en operativa la cláusula constitucional contenida en el artículo 16: “Todos los habitantes son iguales ante la ley”. De lo contrario, quedará reducida a una mera expresión retórica.

Fuente La Voz del Interior

16Dic/171

Un peronismo líquido embarra la cancha

Por Héctor M. Guyot

El jueves fue un día de furia en la vida política del país. En medio de las imágenes que se sucedieron sin respiro, hay una muy elocuente: la de los que celebran la conquista obtenida. La foto fue publicada ayer por este diario. Tras provocar el levantamiento de la sesión que iba a convertir en ley la reforma previsional, allí están, confundidos en un abrazo, el diputado kirchnerista Agustín Rossi y José Ignacio de Mendiguren, hombre de Sergio Massa. Al costado, Axel Kicillof comparte alegrías con Facundo Moyano. Más atrás, rodeados de otros compañeros exultantes, Felipe Solá conversa (serio, en este caso) con el diputado de izquierda Nicolás del Caño. ¿Qué festeja el grupo? Festeja lo que en verdad fue una de las jornadas más tristes y bochornosas que tuvo el Congreso desde el regreso de la democracia. Una minoría que no acepta perder dinamitó, hasta hundirla, una sesión en la que se iba a tratar y votar una ley con aspectos controvertidos, como el cambio de fórmula de actualización de las jubilaciones. Esa minoría desestimó el debate, despreció la palabra, le dio la espalda a las instituciones de la democracia y mediante actos violentos logró lo que se proponía. Eso festeja ese grupo.

Pero la imagen dice algo más. Los sucesos de anteayer confirman que el problema del peronismo es también el dilema de este gobierno y de todo el país. Fragmentado, sin liderazgo, desorientado por las derrotas electorales que lo alejaron del poder y resistiendo desde los bastiones territoriales que conserva, el peronismo vive en estos días su etapa líquida: hoy adopta una forma y mañana, otra. Del mismo modo, los compromisos que una de sus cabezas firma quedan pronto diluidos en razón de que nada en ese cuerpo de mil rostros adopta por el momento una forma estable y más o menos discernible. Los únicos que saben lo que quieren y apuntan decididos hacia allí son los kirchneristas, encolumnados detrás de la fiebre de su jefa. En ese mundo líquido marcado por el desconcierto y la derrota mal digerida, donde están en peligro privilegios decantados durante décadas, la convicción ciega de la ex presidenta puede confundir incluso a las cabezas más racionales, que junto a los oportunistas de siempre se aferran a Cristina para sentirse al menos un poco más sólidos, olvidando que fue ella la que profundizó durante su gobierno las contradicciones de los hijos de Perón, tanto como su descrédito. Así, aferrados a ella, en medio de la confusión, atentan contra la democracia.

Impelido por la sombra de la prisión que se cierne sobre muchos, incluida la jefa, el kirchnerismo intenta por fuera lo que casi logra desde adentro: quebrar el sistema. La reforma previsional es discutible, como todo, pero el jueves ganaron los que juegan a destruir. La imagen de Leopoldo Moreau, Máximo Kirchner, Andrés Larroque y otros increpando al presidente de la Cámara, Emilio Monzó, e incluso arrebatándole la palabra, era el espejo de la violencia que había afuera del Congreso, protagonizada por kirchneristas y las facciones más extremas del sindicalismo y la izquierda. Contaron con la complicidad de diputados como Victoria Donda y Graciela Camaño, que desde sus bancas también hicieron lo suyo para que todo terminara como terminó.

Tanto se ha devaluado la palabra que la noción misma de hipocresía parece en vías de extinción. En la política y los medios hoy se escucha cualquier cosa. Las falsedades más flagrantes pasan si se sueltan con convicción, un brillo extraviado en los ojos y el puño cerrado en alto. La vida adquirió velocidad y hemos perdido la capacidad de unir causas y consecuencias. En el puro presente de la trama mediática en la que vivimos, el grito impostado de hoy borra el hecho o la evidencia de ayer. Muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por los jubilados son en verdad parte del problema: durante su paso por el poder, el kirchnerismo duplicó la cantidad de jubilados al incorporar al sistema a aquellos sin aportes o con aportes parciales, se apropió de la caja de la Anses para hacer política, congeló durante años los haberes y luego no cumplió con las sentencias de los juicios previsionales que esa medida generó.

Eso no exculpa al Gobierno, que tiene algo más que un problema de comunicación. ¿Por qué no habló a las claras del asunto desde un principio? ¿Por qué no propuso de entrada la compensación que equilibraría los tantos en el empalme de un régimen de actualización a otro? Por detrás de las falencias graves de comunicación asoma un déficit de sensibilidad. Eso quedó de manifiesto, otra vez, en la trasnochada idea de sacar la reforma por la vía de un decreto. Sería un nuevo error. Y más pasto para el club del helicóptero.

Fuente: diario La Nación