A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

16Dic/170

Un peronismo líquido embarra la cancha

Por Héctor M. Guyot

El jueves fue un día de furia en la vida política del país. En medio de las imágenes que se sucedieron sin respiro, hay una muy elocuente: la de los que celebran la conquista obtenida. La foto fue publicada ayer por este diario. Tras provocar el levantamiento de la sesión que iba a convertir en ley la reforma previsional, allí están, confundidos en un abrazo, el diputado kirchnerista Agustín Rossi y José Ignacio de Mendiguren, hombre de Sergio Massa. Al costado, Axel Kicillof comparte alegrías con Facundo Moyano. Más atrás, rodeados de otros compañeros exultantes, Felipe Solá conversa (serio, en este caso) con el diputado de izquierda Nicolás del Caño. ¿Qué festeja el grupo? Festeja lo que en verdad fue una de las jornadas más tristes y bochornosas que tuvo el Congreso desde el regreso de la democracia. Una minoría que no acepta perder dinamitó, hasta hundirla, una sesión en la que se iba a tratar y votar una ley con aspectos controvertidos, como el cambio de fórmula de actualización de las jubilaciones. Esa minoría desestimó el debate, despreció la palabra, le dio la espalda a las instituciones de la democracia y mediante actos violentos logró lo que se proponía. Eso festeja ese grupo.

Pero la imagen dice algo más. Los sucesos de anteayer confirman que el problema del peronismo es también el dilema de este gobierno y de todo el país. Fragmentado, sin liderazgo, desorientado por las derrotas electorales que lo alejaron del poder y resistiendo desde los bastiones territoriales que conserva, el peronismo vive en estos días su etapa líquida: hoy adopta una forma y mañana, otra. Del mismo modo, los compromisos que una de sus cabezas firma quedan pronto diluidos en razón de que nada en ese cuerpo de mil rostros adopta por el momento una forma estable y más o menos discernible. Los únicos que saben lo que quieren y apuntan decididos hacia allí son los kirchneristas, encolumnados detrás de la fiebre de su jefa. En ese mundo líquido marcado por el desconcierto y la derrota mal digerida, donde están en peligro privilegios decantados durante décadas, la convicción ciega de la ex presidenta puede confundir incluso a las cabezas más racionales, que junto a los oportunistas de siempre se aferran a Cristina para sentirse al menos un poco más sólidos, olvidando que fue ella la que profundizó durante su gobierno las contradicciones de los hijos de Perón, tanto como su descrédito. Así, aferrados a ella, en medio de la confusión, atentan contra la democracia.

Impelido por la sombra de la prisión que se cierne sobre muchos, incluida la jefa, el kirchnerismo intenta por fuera lo que casi logra desde adentro: quebrar el sistema. La reforma previsional es discutible, como todo, pero el jueves ganaron los que juegan a destruir. La imagen de Leopoldo Moreau, Máximo Kirchner, Andrés Larroque y otros increpando al presidente de la Cámara, Emilio Monzó, e incluso arrebatándole la palabra, era el espejo de la violencia que había afuera del Congreso, protagonizada por kirchneristas y las facciones más extremas del sindicalismo y la izquierda. Contaron con la complicidad de diputados como Victoria Donda y Graciela Camaño, que desde sus bancas también hicieron lo suyo para que todo terminara como terminó.

Tanto se ha devaluado la palabra que la noción misma de hipocresía parece en vías de extinción. En la política y los medios hoy se escucha cualquier cosa. Las falsedades más flagrantes pasan si se sueltan con convicción, un brillo extraviado en los ojos y el puño cerrado en alto. La vida adquirió velocidad y hemos perdido la capacidad de unir causas y consecuencias. En el puro presente de la trama mediática en la que vivimos, el grito impostado de hoy borra el hecho o la evidencia de ayer. Muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por los jubilados son en verdad parte del problema: durante su paso por el poder, el kirchnerismo duplicó la cantidad de jubilados al incorporar al sistema a aquellos sin aportes o con aportes parciales, se apropió de la caja de la Anses para hacer política, congeló durante años los haberes y luego no cumplió con las sentencias de los juicios previsionales que esa medida generó.

Eso no exculpa al Gobierno, que tiene algo más que un problema de comunicación. ¿Por qué no habló a las claras del asunto desde un principio? ¿Por qué no propuso de entrada la compensación que equilibraría los tantos en el empalme de un régimen de actualización a otro? Por detrás de las falencias graves de comunicación asoma un déficit de sensibilidad. Eso quedó de manifiesto, otra vez, en la trasnochada idea de sacar la reforma por la vía de un decreto. Sería un nuevo error. Y más pasto para el club del helicóptero.

Fuente: diario La Nación

10Dic/170

Las tarifas, muy lejos de un equilibrio federal

Por Laura González

La Nación sigue asumiendo, con impuestos que pagan todos los argentinos, las tarifas sociales que benefician a Buenos Aires. El transporte de Córdoba tiene un subsidio de 25%. El bonaerense, de 70%.

Algunas cosas cambiaron en el mapa de los servicios públicos que consumen los argentinos desde la llegada de Mauricio Macri, pero el sistema sigue siendo profundamente antifederal y, por lo tanto, demasiado injusto. ¿Por qué?

Porque las tarifas sociales que benefician la población más vulnerable se pagan, para los usuarios del área metropolitana de Buenos Aires, con el presupuesto nacional; es decir, con los impuestos que pagan todos los argentinos que también pagan las tarifas sociales que asumen sus gobiernos provinciales para los usuarios de esas provincias. Pagan doble.

Sigue siendo injusto porque si bien Cambiemos descongeló los irrisorios precios que los porteños pagaban por la luz, por el colectivo y por el agua, la actualización no alcanza a empardar el aumento que en el interior del país se registra desde hace más de 10 años.

 Y es antifederal porque, en algunos servicios, el Estado nacional asume los servicios de mejora de infraestructura para Buenos Aires en detrimento del interior.Trenes. El caso más ilustrativo es el de Trenes Argentinos: el presupuesto operativo para 2017 fue de 26 mil millones de pesos, todos consumidos en la provincia de Buenos Aires. Además, ejecuta un plan de inversiones por 14.123 millones de dólares (con crédito del BID, del Bndes y de la Nación), que incluyen el soterramiento del Sarmiento, electrificación de ramales y mejoras de estaciones y de trenes. En Argentina se mueven por tren 400 millones de pasajeros: 398 millones están en Buenos Aires. El resto, casi nada, por la sencilla razón de que no hay trenes. Cambiemos priorizó la recuperación de un sistema metropolitano abandonado, pero el interior no aparece en esa hoja de trabajo ni siquiera con una partida simbólica. El pasaje todavía tiene un subsidio del 90 por ciento, que financian todos los argentinos.

La tarifa social abarata la energía mayorista para todo el país, pero, como Edenor y Edesur están en la órbita del Estado nacional, las rebajas en el tramo de distribución son asumidas por la Nación y no por la provincia de Buenos Aires, que es donde viven esos usuarios. Tampoco está claro si parte de las inversiones que están encarando esas empresas se hace con plata de la tarifa: la duda es que la Nación sigue aportando. Ergo, todos.

Colectivos. El caso más escandaloso es el del boleto urbano: los subsidios de la Nación (vía gasoil barato y sueldos) cubren en la ciudad de Córdoba 25 por ciento del boleto que paga el usuario. En Buenos Aires, es el 70 por ciento.

Para los interurbanos, hay subsidios específicos para los colectivos que recorren hasta 60 kilómetros: son todos los del área metropolitana bonaerense.

Con un agravante: el ministro de transporte, Guillermo Dietrich, decidió en 2017 no aplicar la suba del 33 por ciento que estaba prevista. O sea que el boleto vale allí seis pesos desde abril de 2016, con lo que el Estado nacional (o sea, todos los argentinos) asume el aumento que no se trasladó más a la tarifa subsidiada para una larga lista de beneficiarios que pagan 2,70 pesos.

Agua. En el servicio de agua existía una distorsión casi obscena por tres razones: la tarifa estuvo congelada desde 2006 hasta 2016, cuando Cambiemos la subió de un promedio de 30 pesos a 300, cifra similar a la que se paga en el interior del país. Esa es una corrección importante, pero siguen otras dos distorsiones: la tarifa social sigue siendo pagada por la Nación (los beneficiarios pasaron de 19 mil a 300 mil) y el déficit que todavía tiene Aysa es cubierto con el presupuesto nacional. Las inversiones también.

Y si bien es cierto que en el interior la Nación ha encarado la construcción de cloacas, como es el caso de Córdoba, en la zona de concesión de Aysa se ejecutaron 360 obras por 31 mil millones entre 2016 y 2017.

Gas. En el gas las cosas no cambiaron: con el kirchnerismo estuvo el precio congelado para todo el país y las fuertes subas que dispuso Cambiemos afectan a todos por igual. La inequidad, muy compleja de ser corregida, está en los que no tienen gas, que pagan hasta tres veces más, además del menor confort y seguridad que significa la garrafa. La población que no tiene gas es del 49,3 por ciento en la provincia de Córdoba, del 35 por ciento en Buenos Aires y del ocho por ciento en Capital Federal. El Plan Hogar, que subsidia la garrafa, va directo al usuario.

Fuente: La Voz del Interior

3Dic/170

Espejismos de la historia

"Esto solamente se puede revertir con violencia política de los de abajo contra la violencia política de los de arriba. Con la resistencia popular, con la resistencia de los oprimidos. Con un estallido social para echar a la mierda a estos fachos asquerosos, a estas mugres, a estos asesinos, a estos mafiosos de miércoles que están en el poder: Macri, Bullrich, a toda esta manga de porquerías y a la Gendarmería". Jones Huala

"Ellos tienen mucha metodología para matar, tal vez murió ahogado, ¿después saben de qué? De que lo torturaron. Porque a nuestros hijos les hacían así. Les hacían infinidad de torturas, terribles, internas, que no se pueden explicar. Y al final les metían la cabeza en el agua y para respirar, para ver si se resucitan, pobrecitos, se ahogaban ellos mismos. Sí, a lo mejor murió ahogado, pero en un balde. No nos van a engañar, no les vamos a creer". Hebe de Bonafini

La democracia de los años 80 se puso como meta cambiar sustancialmente la cultura política de los 70, repudiando las formas de violencia con las que se discutió el poder durante esa década más que trágica. Por eso se juzgó a todas sus expresiones violentas, de derecha o de izquierda, militar o guerrillera.

Sin embargo, eran muchos aún los que querían seguir viviendo en los 70 o los que aún sin querer vivirla, suponían que seguían dadas las condiciones para que se pudiera volver.

Por eso, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo desde las nuevas élites políticas y del inmenso rechazo popular al pasado inmediato, al poco tiempo apareció Aldo Rico con sus carapintadas para exigir el fin del juicio por genocidio a los militares.

Del otro lado, luego, se perpetró el copamiento al cuartel de La Tablada en un intento por revivir las metodologías guerrilleras. Finalmente, bajo la dirección ideológica de Mohamed Alí Seineldín, ya durante el gobierno de Menem, ocurrió el último intento de golpe de Estado, cuando los sublevados, en su infinita torpeza, hasta aplastaron con tanques a civiles que viajaban en bus.

El fracaso estrepitoso de todos estos conatos criminales demostró que aunque la democracia aún no se hubiera solidificado, la sociedad ya había superado la tradición cíclica de que frente a la menor crisis civil venía un golpe militar. Por su lado, la propuesta guerrillera quedó huérfana hasta del más mínimo apoyo popular.

El país objetivamente había avanzado más que la conciencia que se tenía del mismo. Ya no era más setentista, aunque algunos pocos intentaron el retorno y el resto de los argentinos, la inmensa mayoría, aún tuviera miedo de que pudiera volver.

Sin embargo, entrado el siglo XXI ocurrió un extraño fenómeno político de retroceso cultural que tuvo relativamente más éxito que Rico, el Movimiento Todos por la Patria y Seineldín: el intento de recuperar desde lo más alto del poder político la cultura setentista. Aunque ya no vía la violencia explícita, sino desde el discurso de confrontación. Traduciendo al lenguaje las luchas de ese entonces. Reivindicando como heroica la lucha de la guerrilla y llamando enemigo, no adversario, al que pensara diferente.

El relato oficial fue el de perfilar un gobierno que venía a continuar por otros medios la lucha “liberadora” de los 70 en contra de los que, también por otros medios, continuaban levantando la ideología militar.

De nuevo se estaba en un lado u otro, en una simulación teatral de los 70, con sus mismos héroes o villanos. O más bien, como si fuéramos hijos de aquellos héroes o villanos.

Que a partir de tan delirante concepción de la historia se creara una nueva grieta cultural era lo menos que se podía esperar.

Claro que, como en los años 80, la realidad del siglo XXI tampoco tenía nada que ver con la de los 70, pese a los aprendices de brujo que querían restaurar pasados tenebrosos. Pero eso no fue óbice para que enfrentamientos estériles volvieran. Aunque al menos el retorno de las viejas ideologías sin su violencia no nos hizo retroceder al ayer sino más bien congelarnos en la historia. Ideologías vanas que nos tuvieron discutiendo una década sobre las nubes de Úbeda, sobre la nada misma.

Porque en los años 70 la lucha ideológica era la excusa pero el sustantivo era la violencia, el deseo de exterminio mutuo era más poderoso que cualquier debate de ideas.

En fin, lo cierto es que terminado el gobierno anterior, desapareció el impulso de revivir la infausta década desde las altas esferas del poder. El setentismo dejó de ocupar esos espacios, aunque no por eso sucumbió.

Porque lamentablemente son muchos todavía los que proponen seguir alzando las banderas setentistas para librar la lucha política. Con una argumentación patológica pero que en ciertos sectores suscita credibilidad: que así como con el gobierno anterior estaban en el poder los continuadores de los “revolucionarios” de los 70, ahora están los continuadores de los “genocidas” de los 70. Y desde esa lógica tratan de interpretar los acontecimientos políticos actuales. En particular la cuestión mapuche ha sido tomada como experimento por los que sostienen ese regreso a los 70.

Como se ve en las citas del principio de esta nota, Jones Huala quiere ser la reencarnación del Che Guevara en su apostolado de la violencia, aunque lo único que lo haga recordar al legendario revolucionario es que como el Che en Bolivia, este supuesto alter ego quiere comprometer con la violencia a miles de mapuches pacíficos que nada tienen que ver con esas metodologías de los marginales de la RAM.

Pero tan grave como eso es lo que expresa Hebe de Bonafini al querer comparar el destino de Sergio Maldonado con el de sus hijos. Eso incluye la loca intención de identificar al gobierno de Macri con la dictadura militar de los 70 y a los mapuches con la resistencia popular liderada por los que piensan como Jones Huala.

Una tergiversación histórica superior sostenida aun por varios sectores políticos que se niegan a enterrar definitivamente esa vieja época que sólo mal nos produjo.

Pero aunque no fuera así, nada bueno tiene para aportarnos hacia el futuro. No lo tuvo en los 80, no lo tuvo hace una década, no la tiene ahora. Es un mero espejismo del pasado que, a pesar de ser un espejismo, no nos quiere dejar vivir en paz. Como que anhelara seguir cobrándose víctimas. Un gran misterio nacional, que precisa de una profunda respuesta política y cultural.

Fuente: diario Los Andes

12Nov/170

Julio tiene mucho para decir

Por Edgardo Moreno

La investigación de la corrupción es incipiente. Acaso también los jueces temen las cosas que julio pueda contar. Aunque ahora ya sea un simple meme, esa estrella fugaz que la urgencia mediática bautizó en estos días como “la cheta de Nordelta” es una cirujana plástica que no conoce a Richard Dawkins.

Dawkins es un teórico de la Universidad de Oxford que hace más de cuatro décadas inventó la palabra meme. Es un neologismo para identificar la unidad mínima de información cultural.

Es como el gen para la biología. Una información memorable en el más breve formato.

Pero lo que es memorable depende de las audiencias.Para la sociología de barricada que azotó al país en los últimos años, la breve historia de Cinthia Solange Dhers, la cirujana en cuestión, es una tomografía de los prejuicios de clase que animan a buena parte del país. Para la política del país real, en cambio, el recuerdo que hizo historia fue el de Alessandra Minnicelli, la esposa de Julio De Vido.

Minnicelli se acordó con amargura de la frase con que Cristina Kirchner se lavó las manos evitando ponerlas en el fuego por su exministro. Puede pensarse que es sólo un despecho más. El problema es que agregó una advertencia: Julio tiene mucho para contar.

Ante la amenaza de esa información memorable, de una secuencia de breves historias que develen la trama de un país más oscuro que la piscina de Nordelta, a Minnicelli le comenzaron a llegar pedidos de visita que incluyen a la primera línea del peronismo preocupado con su rencor. Una delación desesperada sería la estética moral y visual menos favorable.

Quienes fueron los dueños del poder en el pasado reciente se cruzan entre sí miradas recelosas por la intensa presión social que despertó a los jueces federales de su molicie.

El camino de investigación y castigo de los hechos de corrupción perpetrados es, sin embargo, incipiente. Acaso porque también muchos jueces y fiscales tienen sus temores personales sobre las cosas que Julio pueda contar.

Legisladores de Córdoba han señalado el contraste con lo que ocurre en Brasil, donde ya se dictaron 177 condenas tras el estallido del caso Lava Jato.

La presión por la transparencia de los asuntos públicos es un signo de los tiempos actuales.

Xi Jinping, el hombre más poderoso de China, ha conseguido en el último congreso del Partido Comunista que su doctrina sea elevada a los altares donde reposa el legado de Mao Tsé Tung.

Ha llegado hasta allí un lustro después de prometer una limpieza a fondo de la gigantesca burocracia china. Xi Jinping anticipó que pisaría las cabezas de los tigres y de las moscas. De los grandes funcionarios que se corrompieron con el vuelco al capitalismo. Y también de los más pequeños.

Más del uno por ciento de los miembros del PC Chino han sido sancionados desde entonces: más de un millón de funcionarios.

Zhou Yongkang es el dirigente más notorio que terminó en prisión. Integraba la mesa chica del Partido Comunista. Dirigió la compañía de petróleo y gas más importante. Fue el ministro de seguridad durante los Juegos Olímpicos de 2008.

El corresponsal español en Beijing, Javier Borrás, lo explica de este modo: “Durante varias décadas, la legitimidad del poder autoritario en China estuvo ligada al crecimiento económico. La mentalidad imperante era mirar a otro lado si, gracias a eso, todo el mundo se hacía un poco más rico. Ahora, cuando la economía ya no crece tanto, los dirigentes chinos deben justificar su presencia en base a un virtuosismo que los sitúe como los mejores preparados para dirigir el país”.

Xi sabe que tanto la corrupción como el estancamiento económico fueron factores muy importantes en la caída de la Unión Soviética. Su campaña pretende demostrar que se puede ser efectivo contra la corrupción sin necesidad de un liberalismo político”.

Huelga aclarar que China no es una democracia. No hubo sólo una vasta lucha contra la corrupción, sino una gigantesca purga política de los dirigentes que en el futuro podrían amenazar al poder actual. Ese es curiosamente el argumento que utiliza en Argentina el sector político sobre el cual llueven las denuncias de corrupción.

Todos los casos, desde Milagro Sala hasta Amado Boudou, son purga política. Todos los políticos presos son denominados presos políticos. Aunque las pruebas de sus delitos comunes estén a la vista.

Ante esa falacia, el país debe afirmarse en el principio inverso al del comunismo chino. Demostrar que el liberalismo político es posible, mientras se es efectivo combatiendo la corrupción.

Fuente: La Voz del Interior

29Oct/172

A cien años de la Revolución Rusa

Por Roberto Azaretto

Hace cien años, la revolución rusa, conmovió al mundo y marcó el siglo pasado. En marzo de 1917, el zar Nicolás II abdica, ante las dificultades, para reprimir las revueltas en la capital imperial de San Petersburgo.

Las tropas se negaron a atacar a los manifestantes y muchos soldados se sumaron a las protestas. Los generalesdijeron al soberano de un régimen autocrático, que era difícil restablecer la disciplina con su permanencia en el trono.

Al día siguiente, el hermano del zar, el Archiduque Miguel, rechazó el trono y la Duma -un parlamento con poderes acotados, surgido de las sublevaciones de 1905- asumió el poder con un gabinete de liberales y socialistas dirigidos por el príncipe Liow.

En 1913, los rusos, celebraron el tricentenario de la dinastía Romanov como autócratas de Rusia. El vasto Imperio había acelerado, desde 1905, un proceso de industrialización y modernización que llevó a Rusia a tener las tasas de crecimiento más altas de ese tiempo, siguiendo un plan reformista a cargo del conde White. Las reformas no alcanzaban al régimen político, que seguía basado en el absolutismo.

El zar emprendió, como parte de los festejos, una gira en ferrocarril por todo el imperio y cuando Lenín, en su exilio de Ginebra, veía, en los noticieros cinematográficos a las multitudes exultantes ante la presencia del emperador, escribió desalentado: "Hay un siglo más de Romanoff en Rusia".

Lenín regresó a su país luego de los acontecimientos de marzo, gracias a los dirigentes del Imperio Alemán. El gabinete de Berlín y el Estado mayor imperial del ejército germano llegaron a la conclusión de que para ganar la Guerra había que lograr la defección de Rusia liberando divisiones para trasladarlas al frente occidental.

A casi tres años de guerra había cansancio ante las bajas, la escasez y las derrotas, pero el nuevo gobierno quería proseguir las operaciones y su ministro de guerra, el socialista Kerensky, lanzó una ofensiva que terminó en un fracaso y deterioró a la nueva administración.

Lenín era un líder comunista, francamente minoritario en la población rusa. Llegado a San Petersburgo inició una campaña de agitación con el lema de paz, pan y tierra y en octubre se hizo con el poder y canceló las elecciones para elegir constituyentes, sabiendo que las perdía.

La Revolución Rusa es una secuela de la guerra mundial, que también, terminó con los tronos del Imperio Alemán, el de los Habsburgo del Imperio Austro Húngaro y el de la dinastía otomana de Turquía y trajo convulsiones revolucionarias en todo el mundo, incluso en nuestro país como la semana trágica y los sucesos de Santa Cruz.

Así comenzó un totalitarismo que gobernó Rusia, convertida en la Unión Soviética, hasta 1989. Un régimen despótico, consolidado luego de una feroz guerra civil de tres años, la muerte por hambre de veinte millones de campesinos, otros millones de disidentes desplazados de sus tierras, por limpiezas étnicas o por ser pequeños propietarios y el cercenamiento de todas las libertades y derechos individuales. Ni siquiera los altos dirigentes del partido comunista estaban a salvo de la cárcel o el asesinato.

En su momento fue saludada con entusiasmo por los que creían que era una revolución fundada en los valores de la libertad, que terminaba con la autocracia zarista.

Otros la defendieron porque creyeron en el presunto igualitarismo que implantarían, terminando con privilegios originados en el nacimiento o en la riqueza.

Algunos, por la indudable contribución a la destrucción de otro totalitarismo siniestro, el nazi fascista, con millones de muertos en defensa, no del comunismo, sino de la "sagrada madre tierra rusa", como lo admitiera el propio Stalin, disimulaban o se negaban a ver los crímenes del régimen que la propia dirigencia soviética reconocería a la muerte del tirano georgiano.

Los ataques a la libertad de los zares fueron poca cosa si los comparamos con las atrocidades del régimen comunista que, luego de la Segunda Guerra Mundial, se extendió por Europa Oriental, avanzó sobre el Asia e intentó -desde su satélite Cuba- subvertir a la América Latina.

El sistema no tuvo éxito económico y se desmoronó ante su fracaso en 1989. Ya Von Mises había advertido, ante la "planificación centralizada" anunciada por Lenín, que esto llevaría a Rusia al desastre.

Por cierto que el propio Lenín, ante el derrumbe económico y el hambre que se extendía por todos los territorios de la URSS, dio marcha atrás con la NEP, nueva política económica, que reconocía la propiedad campesina de la tierra y actividades privadas en el comercio y la industria.

Pero a su muerte, Stalin volvió a imponer la colectivización forzosa y sacar la tierra a los campesinos. Fue así como Rusia, de exportador de alimentos antes de la revolución, se convirtió en un continuo importador de cereales.

¿Cuántas divisiones tiene el Papa? Le dijo con ironía Stalin a Churchill en Moscú. Un Papa polaco, Juan Pablo II, que sufrió los dos totalitarismos, el nazi y el comunista, aparentemente distintos pero de la misma raíz intelectual supo, con un político estadounidense sin pretensiones académicas, lo que otros, con prestigio intelectual, no supieron o no pudieron ver: La maldad del sistema y la inevitabilidad de su caída, porque contrariaba la naturaleza humana, a la que le es inherente conceptos como, el libre albedrío, la dignidad de la persona, que cada persona humana es sagrada o, para resumirlo en una frase, que ningún hombre es un medio sino que es un fin en sí mismo.

El siglo pasado, a la par de grandes progresos materiales y de inclusión social, fue abominable en muchos aspectos, con genocidios enormes fruto de los intentos de ingeniería social por parte de los enemigos de la libertad.

Fuente: diario Los Andes

28Oct/170

Oscurantistas del ambiente, nos deben U$S 30 millones

Por Adrián Simioni

No se sabe cómo podrían hacerlo. Pero los ambientalistas que frenaron la radicación de una semillera de Monsanto en Malvinas Argentinas deberían empezar a juntar lo antes posible unos 30 millones de dólares.

Un poco más que eso es lo que va a invertir un consorcio privado para construir una planta de energía renovable en Rojas (Buenos Aires), donde finalmente Monsanto amplió la planta que tenía al frustrarse su instalación en Córdoba. La usina, que alcanzará para abastecer más o menos a un tercio de la ciudad, estaba desde hace tiempo en barbecho. Pero ahora acaba de presentarse a las licitaciones de energía renovable del Renovar II.

La chala y los marlos, dos de los residuos que aquí demonizó un ambientalismo de Edad Media para prohibir la inversión de una marca ya considerada diabólica, será el insumo fundamental.

La cuestión es sencilla de entender si no hay anteojeras: en lugar de sacar gas natural o petróleo y lanzar a la atmósf era millones de toneladas adicionales de carbono que hasta ahora estaban atrapadas en las entrañas de la Tierra, quemar marlos y chala no agrega carbono extra al aire porque, previamente, debió haber crecido una planta de maíz que, para producir marlos y chala, le robó al aire la misma cantidad de carbono.O sea: Córdoba, la mayor productora relativa de maíz en el país y una de las grandes zonas productoras en el mundo de ese grano, no sólo debe seguir importando las semillas que siembra cada año.

También se perdió una usina limpia. Estas generadoras serían inviables si tuvieran que juntar chalas y marlos y acarrearlos. Por eso sólo se instalan donde alguien más ya los juntó. Como en un semillero.

Pero además, Córdoba ahuyentó inversiones parecidas. Como la que analizaba Syngenta. De hecho, el mismo consorcio de Rojas –formado por BAS, Global Dominion Access y ADBlick Agro– instalará una generadora igual en Venado Tuerto (Santa Fe), donde hay cuatro semilleras, entre ellas la de Syngenta.

O sea que es probable que nuestro ambientalismo de acné debiera reunir 65 millones de dólares (que es lo que costarán las dos plantas de Venado Tuerto y Rojas) para resarcir a los cordobeses por la carencia, no de una, sino de dos potenciales generadoras. Si no se tratara de energías renovables, no les reclamaríamos nada. Pero como lo son, cabe al menos recriminarles el daño a los líderes de esas movidas, a los pequeños partidos políticos de izquierda y a los sectores universitarios que les dieron manija y a los “expertos” que les dieron letra.

También hay que reclamar a todos los partidos de gobierno concretos y potenciales de la provincia y del país, al Gobierno provincial del momento y a los organismos estatales encargados de verificar, controlar y certificar los estándares ambientales, que se dejaron apretar con cobardía por un grupo que portaba cuatro pancartas.

Reconocimiento especial para el exintendente de Río Cuarto, Juan Jure, que, con la ayuda de la poco iluminista Universidad Nacional de Río Cuarto, casi seguro violó la Constitución. Fue por prohibir, en un perímetro industrial, la actividad no de una planta productora de nada sino de un mero laboratorio, que finalmente se instaló también en Rojas, sin que hasta el momento se hayan reportado víctimas ni deformaciones genéticas en esa población.

El oscurantismo riocuartense no sólo perdió un laboratorio. Los vecinos de la ciudad también pueden ir agradeciendo a Jure el juicio que casi seguro se van a ligar, dado que el Tribunal Superior de Justicia habilitó hace poco a Monsanto para demandar un resarcimiento por daños.

Mientras, ambientalistas y no ambientalistas podemos seguir consumiendo, en el altar de nuestro atraso, electricidad generada con carbono que estaba atrapado, en lugar de hacerlo con el que ya está en el aire.

Salud para todos.

Fuente; La Voz del Interior

21Oct/171

El progresismo ignorado

Por Claudio Fantini

El progresismo parece huérfano de dirigencia en la Argentina. Al menos, está claro que no existen partidos que, como tales, posean discursos que transmitan pensamiento progresista. Y también está claro que las fuerzas que se autodenominan progresistas expresan el viejo nacionalismo estatista, con líderes personalistas, o bien izquierdismos modelo siglo 20.

Los nacionalismos estatistas con liderazgos hegemónicos –hoy inspirados por pensadores como Ernesto Laclau– pertenecen a la cultura política autoritaria y desprecian la institucionalidad republicana y la democracia liberal.

También aborrecen todo lo que provenga de la cultura liberal aquellas izquierdas que aún idolatran las dictaduras burocráticas que condujeron el fallido modelo colectivista de planificación centralizada.

Ni los neopopulistas ni las izquierdas tienen en cuenta a los líderes y los discursos del único progresismo posible, que pertenece a la cultura liberal. Por cierto, el progresismo es también despreciado por los conservadores, las derechas ideologizadas y los libremercadistas ortodoxos.

A las izquierdas totalitarias, el ensayista Alejandro Katz les recordó, en un artículo publicado en La Nación, de Buenos Aires, que José Aricó vinculó directamente los rasgos “autoritarios y burocráticos” de los regímenes comunistas con “el pensamiento marxista”.

Aquel notable intelectual gramsciano escribió en 1979 una definición contundente: “Sin instituciones democráticas, el capitalismo de Estado no es la antesala del socialismo, sino el fundamento de una inédita y monstruosa dictadura sobre las masas”.

Es imposible considerarse “progresista” y al mismo tiempo idolatrar a figuras ligadas a esas “inéditas y monstruosas dictaduras”.

También incurre en apropiación indebida del término el populismo que confunde Estado con burocracia; acepta la sumisión al verticalismo y venera los liderazgos personalistas de carácter hegemónico.

Igual que los conservadores y los libremercadistas ortodoxos, la izquierda y el populismo desprecian la vertiente liberal que nutre al progresismo, desde que John Rawls publicó en 1971 su monumental Teoría de la justicia.

Por entonces, igual que ahora, al progresismo liberal que plantea la equidad sin renunciar a la libertad total, izquierdas y populismos lo consideran un disfraz de mansedumbre que oculta la naturaleza salvaje del capitalismo.

La realidad muestra que el “socialismo real” no había alcanzado la igualdad, sino alterado las causales de la desigualdad, creando una pirámide encabezada por la nomenclatura que detenta el poder, seguida por la burocracia intermedia y, en la base, una mayoría sin poder ni privilegios.

Ante esa realidad, Rawls propuso una desigualdad justa para superar desigualdades injustas.

La desigualdad es justa si el empuje de los favorecidos sirve a los desfavorecidos; mientras que la desigualdad es injusta si, como la que impera en Argentina y en la mayor parte del planeta, encumbra a quienes no lo merecen ni generan nada para los desfavorecidos.

Los conservadores justifican y defienden la desigualdad injusta. Las izquierdas nostálgicas y los neopopulismos prometen igualdades inexistentes y ocultan la desigualdad que caracteriza a las nomenclaturas, las burocracias y el “capitalismo de amigos”.

En cambio, el progresismo propone un capitalismo equitativo, que promueva la iniciativa individual y favorezca a los emprendedores, en lugar de las grandes corporaciones.

No es estatista ni antiestatista; tampoco privatista ni antiprivatista. Es partidario de un Estado activo, que lejos de ser una inútil burocracia o un obstáculo para la potencialidad creativa de los individuos, se dedica a abrir caminos a la creatividad individual y grupal.

El progresismo es contrario al Estado castrador y al Estado títere de las grandes corporaciones. Lo que propugna es el Estado que, en lugar de ser una carga o una obstrucción, es instrumento para desarrollar las potencialidades creativas y productivas de las personas.

En Argentina, nadie está mirando a líderes inspirados en ese progresismo, como Justin Trudeau, defensor del multiculturalismo tan liberal como socialdemócrata de su padre, Pierre Trudeau. El primer ministro canadiense es capaz de expresar “vergüenza” por el país que ignoró culturas nativas como la inuit, y también impugnar el autoritarismo que empobreció a Venezuela.

Aún no se puede juzgar su gestión, pero sí valorar el discurso del presidente francés Emanuel Macron criticando a cierta intelectualidad que, por antiliberal, resulta retardataria: “Miran el mundo de hoy con ojos de ayer y hacen ruido con viejos instrumentos”.

Fuente: La Voz del Interior

7Oct/174

Lea la medalla, presidente Macri

Por Adrián Simioni

Había una vez un rey que, en su lecho de muerte, convocó a su hijo. Allí, le dio al príncipe una medalla guardada en un sobre sellado, con una instrucción sencilla: cuando estuviera en el peor momento de su vida, el heredero debía abrir el sobre y leer el mensaje en el anverso de la medalla, cuidando de no leer el reverso; y cuando estuviera en el mejor momento de su vida, debía reabrir el sobre y leer el reverso.

El rey murió y el príncipe lo sucedió. Una crisis asoló a su país, sus súbditos odiaron al nuevo monarca, que perdió su reino y partió con su familia a un exilio de miseria. Era el momento. El monarca sin trono abrió el sobre y leyó en el anverso: “Esto no durará por siempre”. Guardó la medalla. Pasaron los años, el rey fue restaurado en su reino, recuperó el cariño de su pueblo y su familia era feliz. Había llegado otra vez el momento. El rey tomó la medalla y leyó en el reverso: “Esto no durará por siempre”.

No sabemos en qué orden debería leer su medalla Mauricio Macri. Pero es casi seguro que es en este preciso momento en que debería echarle un ojo al reverso.

Su gobierno está llegando a las legislativas –donde se ahogaron los gobiernos democráticos no peronistas– en su cenit.La inflación está bajo relativo control, la economía empieza a dar señales de vida, el kirchnerismo boquea en el suelo, el resto de la oposición está dividida, el sindicalismo ondea una bandera blanca y la Justicia actúa en coherencia con ese rumbo.

Es un montón para un Presidente que casi no designó jueces, que es minoría en las dos cámaras legislativas, que heredó un cruento déficit fiscal sin acceso al crédito y un estancamiento de años, y que administra un país plagado de gobernadores de otros signos partidarios.

Es el punto justo en el que el optimismo suele convertirse en exitismo. Ha pasado. Hay un punto inasible pero muy real en el cual los gobernantes suelen pasar de la humildad a la soberbia. A la creencia de que se pueden cruzar los límites.

En las últimas semanas, fueron notorias algunas señales. De golpe, medios respetables titulan, como si fuera lo más natural del mundo, que “ahora es el turno” judicial de tal o cual sindicalista; o cuentan que la ofensiva judicial contra el gremialista Juan Pablo Medina fue “conversada” en el avión presidencial junto al máximo jefe sindical de la Uocra, Gerardo Martínez; o narran que en la Casa Rosada le ponen un número inventado (pero con ánimo contable) a la cantidad de argentinos (562 es la cifra) que, según el Gobierno, son los que traban el desarrollo.

Hay más. Ciertas crónicas dan por sentado que “los jueces” investigan la corrupción pasada de acuerdo con las necesidades del Gobierno, aunque con divergencias sobre si lo hacen porque los magistrados “huelen” para dónde tienen que proceder sin que les digan nada o si, directamente, siguen órdenes y sugerencias.

En el Congreso, se levantan quinielas apostando sobre si Elisa Carrió querrá, sabrá o podrá impedir que Cristina Fernández llegue a asumir en el Senado, como si el voto soberano de la ciudadanía bonaerense fuera un mero accidente o la Justicia no tuviera nada que decir antes de semejante movida.

Este es el momento justo para que Macri salga a decir que –y a convencer de que– no llegó a la Rosada para perseguir a nadie, para manipular jueces ni para burlar la voluntad democrática.

El gobierno macrista está en la cúspide. Es hora de que abra el sobre, lea el reverso de la medalla y la guarde de nuevo. Va a necesitar leer el anverso cuando tenga que domar de verdad el potro del déficit fiscal con una liga de gobernadores sedientos al frente, a menos que se resigne a transitar el resto de su gobierno financiándolo con una toma de deudas que, en tal caso, habrá perdido su sentido de puente gradual hacia una economía sustentable.

Lea la medalla, presidente Macri. Es la hora precisa, el momento perfecto. Allí dice: “Esto no durará por siempre”.

Fuente: La Voz del Interior

25Sep/170

Pequeña serenata diurna para chivos expiatorios

Por Edgardo Moreno

Carlos Menem, condenado por venderle armas de guerra en secreto a Ecuador mientras Argentina era garante de la paz entre ese país y Perú, y por venderle armas en secreto a Croacia mientras Argentina enviaba sus cascos azules en la fuerza de paz de las Naciones Unidas para la guerra de los Balcanes; tiene el camino allanado para asumir en diciembre, de nuevo, una banca en el Honorable Senado de la Nación.

Si la política argentina admitiera un breve suspiro de sinceridad, el senador riojano debería jurar con una fórmula escrita – para otros fines– por el poeta cubano Silvio Rodríguez: “Soy feliz. Soy un hombre feliz. Y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad”.

Desde ayer, Menem también tiene para sumar a los agradecimientos de su vergonzosa impunidad a quien fue su socia en negocios de menor envergadura trágica que aquellos, pero envueltos en la misma matriz de corrupción.

María Julia Alsogaray se imaginó como una dama de hierro que transformaría con impulso thatcheriano las deficitarias empresas públicas argentinas en prósperos servicios públicos con capitales privados.Todo lo que logró en ese empeño lo empobreció con dosis inocultables de frivolidad y corrupción.

Pero fue el chivo expiatorio de la gestión menemista. Cientos de funcionarios más discretos le escaparon al juicio de residencia, amparados por jueces de servilleta. Y Menem volverá a jurar.

El peronismo en su versión neoliberal fue elogiado en su momento por casi toda la dirigencia política. En 1994, la convencional constituyente Cristina Fernández decía : “Sería injusto hablar únicamente desde la consigna o desde la mera crítica sobre este modelo. Debemos reconocer también sus logros. No podemos obviar que cuando recibimos el gobierno en 1989 éramos un país fragmentado, al borde de la disolución social, sin moneda, y con un Estado sobredimensionado que como un Dios griego se comía a sus propios hijos. Entonces, hubo que abordar una tarea muy difícil: reformular el Estado, reformarlo; reconstruir la economía; retornar a la credibilidad de los agentes económicos en cuanto a que era posible una Argentina diferente. Se hizo con mucho sacrificio, pero se logró incorporar definitivamente pautas de comportamiento en los argentinos: estabilidad, disciplina fiscal; todos ellos son logros muy importantes, pero no podemos agotar el desarrollo en ellos”.

Muy probablemente, Cristina Fernández asumirá en el Senado nacional junto a Carlos Menem. Que la perdonen sus muertos por ese momento de gloria .

En el penal de Ezeiza seguirán por televisión su juramento sus exfuncionarios José López y Ricardo Jaime. Y el empleado bancario más progresista del país: Lázaro Báez. Y su general, César Milani. Quién sabe en qué condiciones también estarán atentos Julio De Vido y Amado Boudou. La historia de los chivos expiatorios es un archivo sin fin en el populismo argentino.

En el que los líderes son arropados con poderes extraordinarios para el saqueo de los fondos públicos y con fueros imperecederos cuando abandonan el poder.

Y el resto son soldados que van con entusiasmo al matadero en beneficio de la felicidad ajena.

Fuente: La Voz del Interior

23Sep/171

Educación para la militancia

Desde estas columnas hemos señalado que es inadmisible la toma de colegios secundarios porteños como forma de protesta por la nueva reforma educativa que lleva adelante el gobierno porteño en la escuela media.

El año próximo se cumplirán 100 años de la Reforma Universitaria, que, entre otras cosas, estableció el cogobierno de estudiantes, graduados y docentes, pero ese mecanismo no incluyó el nivel secundario, donde existen diálogo y consulta, pero no se reconoce legitimación a los estudiantes para intervenir en las decisiones relativas a sus planes de estudio. Es lógico, por cuanto carecen aún de formación académica y de experiencia de vida para ponderar las implicancias de aquéllos en el largo plazo. Por esa razón cursan el secundario.

La reforma propuesta prevé dos años de ciclo básico, dos años de ciclo orientado y un quinto año "integrador y formativo más allá de la escuela". Establece un puente entre el último año de escolaridad y el mundo real del trabajo, para facilitar la inserción posterior de los graduados. Pero desde los gremios, y con el apoyo de algunos padres de alumnos, se rechaza la idea con el argumento de que las compañías pretenden incorporar "mano de obra" flexible y barata. Califican la reforma de "neoliberal" y al "servicio de las empresas".

Sin embargo, el sistema de pasantías o de prácticas profesionalizantes ya rige en el país, conforme un decreto firmado por Cristina Fernández de Kirchner, como opción voluntaria para los alumnos que cursen los últimos dos años del nivel secundario y deseen acceder al régimen general de pasantías. Este esquema también se aplica en varias provincias, escuelas técnicas y colegios privados, además de muchos países desarrollados.

Quienes formulan esas críticas exhiben una visión conspirativa del mundo y, en particular, de las empresas en la sociedad capitalista. Es posible que los chicos que han tomado las escuelas, incluyendo los prestigiosos Colegio Nacional de Buenos Aires y Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, ambos dependientes de la Universidad de Buenos Aires, piensen que el futuro se construye luchando por la liberación y que el bienestar colectivo exige eliminar la plusvalía y la explotación. Tal vez sueñen, como en el Mayo francés de 1968, que la revolución traerá el hombre nuevo, auténtico y solidario. Y, sobre todo, no alienado por la división del trabajo entre empresas que segmentan, en su provecho, el espíritu humano.

La visión conspirativa que atribuye los problemas argentinos a la perversidad ajena, compuesta por quienes desean apoderarse de nuestros recursos naturales, de nuestras tierras, de nuestros espejos de agua, de nuestro trabajo a través de su precarización y de nuestros productos mediante términos de intercambio injustos, ha penetrado profundamente en la cultura local. Y conjugado con ingredientes de raíz marxista, ha dado lugar al llamado "socialismo nacional", cuyos lugares comunes todavía repiquetean en el glosario popular.

No es de extrañar entonces que, instigados por gremialistas que aborrecen las exigencias del sector privado y fomentados por padres que no advierten el daño que provocarán a sus hijos, se haya viralizado esta oposición a la reforma como una "lucha" más de los estudiantes dentro de una agenda política beligerante, ajena a los desafíos que enfrentarán cuando obtengan sus títulos.

El compromiso político de los estudiantes debe reflejarse en los debates de ideas, con apertura de mentes y disposición a escuchar sin preconceptos. Las cosmovisiones son variadas y contrapuestas; las ideologías, también. Tan complejas que hoy China y Vietnam son capitalistas, Estados Unidos es populista y América latina ha oscilado del socialismo del siglo XXI a fórmulas tradicionales de democracias liberales en casi toda la región.

El mundo cambia a velocidad vertiginosa. Hay ensayos serios que pronostican el fin del capitalismo no como resultado de una revolución marxista, sino por impacto de Internet. Se prevé una dramática reducción de los costos de producción por las aplicaciones de la física cuántica. Y, así, la convergencia de Internet en las comunicaciones, la energía y la logística daría lugar a "Internet de las Cosas", donde la productividad crezca tanto que muchos bienes y servicios estarán disponibles en forma casi gratuita y con sistemas compartidos, como las bicicletas públicas de la ciudad.

Estos fenómenos pueden dejar afuera a países completos donde la educación se limite a transmitir información, sin pautas de comportamiento (valores) ni herramientas para utilizar, en forma práctica, la información recibida. La China comunista establece una rígida meritocracia mediante exámenes de ingreso universitario (guanxi), donde no rigen las influencias ni el poder familiar. Esos graduados de excelencia integran los cuadros de las compañías chinas desplegadas por el mundo. Lo mismo ocurre en Corea del Sur, con el examen Suneung, para acceder a las tres mejores universidades, sin lo cual es imposible luego encontrar trabajo en sus multinacionales.

No tiene sentido adherir a ciegas a ideologías experimentadas desde 1848 que se derrumbaron en 1989. Todas las formas modernas de organización son semejantes según parámetros desarrollados en empresas privadas, ya fuere con fines de lucro o para investigación, docencia o servicios comunitarios. Negarse a la experiencia de las pasantías implica salir del mundo moderno y retraerse a una caverna. Decisión válida para gerontes, no para jóvenes estudiantes. Los países avanzados reconocen que la mayor riqueza son las capacidades de su población y no sus recursos naturales. Se requiere educación de calidad para insertarse en las múltiples ramas de ingeniería, biotecnología, geofísica, ambiente, medicina, química, además de todas las profesiones de base humanista. Es indispensable completar esa educación con una experiencia en organizaciones donde esas disciplinas se conviertan en actividades prácticas, con trabajo en equipo, presupuestos, inversiones de capital, áreas productivas, controles de calidad, soporte informático, investigación y desarrollo, cadenas de valor e interacción con el sector público.

Es lamentable escuchar a esos jóvenes, que duermen en las aulas y deambulan por los patios, repetir discursos huecos, ajenos a la realidad contemporánea, sin advertir que se les escurre el tiempo encerrados en su madeja de grafitis, textos crípticos de Mao, frases ingeniosas de Jauretche y fotos vintage de Alberto Korda. Las reconocidas instituciones educativas de la República Argentina se merecen algo más. Y el futuro argentino, algo mejor.