A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

2Jul/170

En el transporte de pasajeros, la brecha de fondos se mantiene

Por Rubén Curto

En el servicio de transporte, el enmarañado sistema de subsidios nacionales consolidó en los últimos años, tal como ocurre con otras tarifas (combustibles, electricidad), fuertes diferencias e inequidades sobre lo que pagan los usuarios de la provincia de Córdoba respecto de los precios acomodadísimos de sus pares del denominado Amba (ciudad de Buenos Aires y alrededores).

Esa brecha, expuesta en números, habla por sí misma. En marzo último, los colectivos del Amba recibieron un 38,5 por ciento más de subsidios que los de Córdoba. Por cada coche del área metropolitana, la Nación aportó 130.582 pesos, mientras que acá fueron 94.257 pesos por unidad.

El reparto desigual también se refleja en las proporciones: 77 por ciento de los subsidios totales va al Amba y el resto se gira al interior del país.

Otra forma de medir esa disparidad es mediante la porción de costos operativos del sistema que cubren los subsidios. En Buenos Aires, esa participación llegó a ser del 80 por ciento y en 2016 se redujo un poco: bajó al 68 por ciento, debido a la duplicación de tarifa que dispuso el Gobierno, al llevarla de los irrisorios tres pesos de entonces a los seis pesos que aún tienen vigencia.En Córdoba, los subsidios solventan alrededor de un 35 por ciento de los costos. Esa incidencia se considera “razonable” en función de referencias internacionales de países donde está blanqueado al subsidio estatal al transporte privado.

Es algo lógico, aceptable. Lo irracional es lo del Amba, donde la tarifa es poco menos que simbólica y todo funciona en base a subsidios”, apunta un empresario local.La disparidad tiene su reflejo inmediato en lo que pagan los usuarios. En Córdoba, el servicio urbano tiene una tarifa plana de 12,55 pesos (el doble del Amba). La plata de Nación apunta cada año a “calzar” los aumentos acordados en la paritaria de los choferes nucleados en UTA.

Más coches, menos plata

Las inequidades no se agotan en los montos de los subsidios. Hay otras aristas. Por ejemplo, la vigencia de una resolución de 2012 que literalmente “congeló” el universo de coches alcanzados por los subsidios, impidiendo así la actualización de la nómina por renovación e incremento de flota.

Ese ítem pegó con particular dureza en el caso de la ciudad de Córdoba, uno de los pocos distritos donde hubo licitación del sistema e incorporación de unidades. La situación derivó en un absurdo: las jurisdicciones donde hay inversión y se suman más unidades pierden.

Un tercer elemento distorsivo en el esquema de subsidios es que en Córdoba están fuera de ese beneficio, desde 2010, los coches interurbanos que cubren recorridos mayores a 60 kilómetros. Son 311 unidades que reciben “cero” aporte nacional.

La situación recién está por revertirse ahora, con la incorporación de ese segmento del sistema al grupo subsidiado.

El esquema de subsidios superconcentrados en Buenos Aires no nació ayer. Creció y se consolidó de la mano de la estrategia del kirchnerismo de apuntalar su clientela electoral porteña con tarifas a precio de regalo, solventadas por el resto del país.

Tal como le pasó en otras áreas (por caso, el gasto público), la declarada vocación de Cambiemos de corregir las distorsiones se quedó a mitad de camino.

La primera señal del actual Gobierno nacional fue un anuncio respecto de que iba a congelar la masa total de subsidios al transporte, y empezar a equilibrar la balanza, con tarifas más lógicas en el Amba.

Otra vez, los números. Desde 2014 a la fecha, la tarifa del urbano en Córdoba pasó de 5,30 pesos a 12,55 pesos (136,8 por ciento de incremento). En este caso, la secuencia inflación-costos-tarifa siguió su lógica implacable, al no aumentar los subsidios nacionales, ni haber aportes municipales.

En el Amba, en cambio, en 2014 la tarifa estaba a tres pesos –recorrido de hasta tres kilómetros– y en 2016 saltó a seis pesos. Fue un incremento del 100 por ciento, pero como excepción en medio de casi una década de tarifa “planchada”. De hecho, aún hoy implica la mitad del costo del viaje en Córdoba.

Freno de mano

Ese primer intento macrista por sincerar tarifas en el transporte metropolitano y acercarlas aunque sea un poquito a los costos reales tuvo luego un contrapeso.

Se amplió la denominada tarifa social, por la cual unos tres millones de usuarios pagan el viaje a 2,70 pesos, esto es, 30 centavos menos que la tarifa plana vigente antes de 2016.

Reciben ese beneficio los jubilados, titulares de Asignación Universal por Hijo, Jefe de Hogar, veteranos de guerra y monotributistas sociales. Lo hacen a través de la tarjeta Sube, que la Nación extendió también a distritos como San Juan, Catamarca y Corrientes, pero no así a grandes urbes como Córdoba, Santa Fe y Mendoza.

No lo hacen acá porque les crecería muy fuerte la cantidad de beneficiarios de tarifa social”, se quejó un funcionario de la provincia.

Los enormes beneficios de los usuarios del Amba, comparados con sus pares del interior, no se agotan en el costo de las tarifas. Tienen otras ventajas comparativas muy fuertes: mayor cantidad de flota, alto índice pasajero/kilómetro y recorridos cortos, que por lógica hacen más competitivos los servicios en esa jurisdicción.

Esto sin considerar la existencia de otras opciones de movilidad, que en Córdoba no existen, tales como trenes y subte, también fuertemente subsidiados por la Nación.

No hay que aumentar los subsidios en el interior. Lo que urge es desarmar esa lógica de seguir poniendo plata donde el sistema menos lo necesita para ser sustentable, como ocurre con el Amba”, graficó el titular de una prestataria urbana de Córdoba.

Fuente: La Voz del Interior

25Jun/173

Durán Barba, el momento Waldo y el gorila invisible

Por Edgardo Moreno

Ahora que Jaime Durán Barba ha conseguido que Cristina Fernández –nada menos–  
imite su formato de campaña electoral, a hora que la dirigencia política acude a leer con menos prejuicios sus reflexiones sobre la política en el siglo 21, tal vez convenga juzgarlo menos por sus declaraciones y más por sus publicaciones.

El más reciente manual de Durán Barba y Santiago Nieto no es un manual. Porque el gurú ecuatoriano es más que un gurú: es un apasionado por la conversación como estilo y método y cautiva con aquello que él mismo admira en el espíritu científico, la sed de maravillas.

Durán Barba ha recorrido un camino intelectual vasto, en el que recogió especialmente las derivaciones latinoamericanas de la ideología que marcó a su generación. La de Marx, Lenin y Gramsci, adaptada a la realidad regional.

Pero la constatación de la aceleración del cambio en el nuevo siglo es la novedad que presenta con todo el énfasis de un descubrimiento. Porque observa atónito cómo la política todavía la ignora.Que entre 2014 y 2016 la humanidad haya creado tanta información como toda la que pudo acumular desde la Prehistoria hasta 2014 no es un dato que la política esté en condiciones de desconocer sin pagar enormes costos.

Para Durán Barba estamos ante una bisagra histórica, que demanda la misma revolución del conocimiento que desencadenó Cristóbal Colón, quien “no sólo encontró nuevas tierras, sino que produjo un terremoto conceptual cuando descubrió la ignorancia, principio básico de la ciencia”.

A los políticos incapaces de percibir la intensidad de los cambios los compara irónicamente con 
Leo Allatius, el teólogo, astrónomo y custodio de la biblioteca del Vaticano, un monje como el venerable Jorge que imaginó Umberto Eco.

Un siglo después de Copérnico, Allatius sostenía que en el momento de la ascensión de Jesús a los cielos su santo prepucio, circuncidado cuando niño, se extravió, chocó con Saturno y se convirtió en sus anillos.

Esos políticos actúan como el califa Omar cuando ordenó incendiar la biblioteca de Alejandría: si las ciencias sociales que investigan la política coinciden con su propia doctrina, no sirven para nada porque repiten. Y si disienten, no tiene caso estudiarlas.

El mundo es completamente distinto del que vivimos en nuestra propia infancia, dicen Durán Barba y Nieto. Cuando se extingue un paradigma no se vuelven a discutir sus conceptos porque pierde sentido la polémica sobre su corrección. El oráculo que defienden con apasionamiento son las encuestas y sondeos de opinión pública. Todo allí se explica. Las estadísticas son la llave científica que puede ayudar a resolver el conflicto político.

Ocurre que esta inclinación por los estudios de opinión pública choca con una tendencia sobre la cual alertó William Davies, en un artículo publicado por el diario inglés The Guardian , a principios de este año.

La declinación de la autoridad de las estadísticas y de los expertos que las analizan está en el corazón de lo que se ha dado en llamar la posverdad”, afirmó Davies. Las estadísticas modernas nacieron con las democracias modernas. Con William Petty y John Graunt, tras la rebelión inglesa de Oliver Cromwell. Y con la obsesión por la medida de los jacobinos franceses. En esa obsesión se jugaba la idea de un gobierno centralizado y una sociedad igualitaria.

Davies señala que los esfuerzos para representar los cambios sociales en términos simples y con indicadores reconocibles están perdiendo legitimidad. Porque en el nuevo mundo –el mismo del Big Data que deslumbra a Durán Barba– los datos son capturados primero y las preguntas para investigar llegan después. Es un paso más allá de las encuestas que analizaba en sus orígenes el PRO, donde cada porteño era una cruz de multiple choice , fileteada a la vuelta del Obelisco.

Durán Barba profesa su fe política en los siguientes términos: “La democracia funciona cuando reemplazamos las verdades eternas con hipótesis que están siempre expuestas al escrutinio y a la posibilidad de ser desbaratadas cuando contradicen la realidad”.

¿Qué ocurre cuando esos cambios en los estados de opinión se aceleran hasta el vértigo? ¿Es suficiente con el deslumbramiento y la casuística electoral? ¿O conviene pensar nuevas teorías de la representación y la democracia?

Durán Barba no ensaya una respuesta. Dice que la gente es pragmática y no se interesa en teorías. Recomienda escribir programas escuetos. Que son necesarios para gobernar, no para mostrarlos en campaña. Porque los nuevos electores no se despolitizaron. Nunca estuvieron politizados.

En ese discurso navegaba la Argentina en la década de 1990 cuando la sorprendió la narración ideológica del kirchnerismo.

Para explicar los comportamientos grupales, Durán Barba alude al experimento del “gorila invisible”, de Christopher Chabris y Daniel Simons, dos psicólogos de Harvard. Ellos seleccionaron voluntarios para que viesen un juego de básquet en un video. Les pidieron que cuenten con precisión los pases de unos a otros, en cada equipo. Y filtraron con disimulo en el video una persona disfrazada de gorila. Concentrados en el recuento, la mayoría de los voluntarios no se percataron del gorila.

Durán Barba reclama la máxima atención a las encuestas. Pero la falta de desarrollo teórico es el gorila que aparece y no se alcanza a ver.

En la serie de televisión inglesa El espejo negro , los guionistas imaginan un futuro distópico, donde la tecnología arruina aquello que ya estaba peor.

En uno de sus episodios, aparece un personaje virtual, un dibujo animado, un oso azul. Se llama Waldo y es agresivo y procaz. Waldo no sólo tiene su propio show de televisión. Conecta con lo popular en las encuestas y los productores lo proponen como candidato: “No necesitamos a los políticos. Todos tenemos smartphones . Cualquier decisión que haya que tomar, la ponemos on line . Dejemos que la gente vote. Pulgares arriba, pulgares abajo. Eso es una verdadera democracia”. Waldo hace campaña desde una pantalla gigante montada en un camión. 
Le aparece de improviso al candidato oficialista, cada vez que sale a la calle a intentar un timbreo. Es la política en “el momento Waldo”.

Como concluye Davies, la batalla de largo plazo no será entre una política de hechos dirigida por élites y una política populista de sentimientos. “Sino entre aquellos que todavía están comprometidos con el conocimiento y la argumentación pública, y aquellos que sacan provecho de su continua desintegración”.

Fuente: La Voz del Interior

14Jun/173

MESTRE Y LA MAFIA SINDICAL

Por Prudencio Bustos Argañarás

La patética inoperancia del gobernador Schiaretti, el vice Llaryora y el intendente Mestre en el conflicto que mantuvo a la ciudad de Córdoba en manos de los dirigentes de la UTA, apoyados por los del Surrbac, ha pasado a ser uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente.

El gobernador no creyó necesario interrumpir sus vacaciones de otoño en Brasil y dejó la provincia en manos de Llaryora, cuya única acción fue promover una ridícula denuncia contra los tuiteros que subieron memes a las redes sociales. La tardía reacción de Schiaretti impulsando una ley para reglamentar el derecho de huelga en los servicios públicos muestra un retraso de casi treinta años. En 1989 presenté un proyecto en tal sentido en el Senado, que radicales y peronistas se negaron a tratar, y hoy la reacción de los aliados del gobernador en la Legislatura anticipa nuevas dificultades para su aprobación.

Mestre, por su parte, intentó sustituir la falta de ómnibus mediante un sistema alternativos de taxis colectivos que resultó un grotesco fracaso. En definitiva, los cordobeses debimos padecer más de una semana privados del transporte público de pasajeros, con la ciudad tomada por asalto y sumida en el caos, y un estado ausente e impotente que no supo cumplir con su deber más elemental, que es mantener el orden y garantizar a los ciudadanos el ejercicio de sus derechos.

También exhibió su incompetencia el Ministerio Público, mientras que el Poder Legislativo desnudó un retraso que se mide en décadas, como lo expliqué en una nota publicada en la versión digital de La Voz del Interior (http://www.lavoz.com.ar/opinion/el-estado-ausente-en-el-caos-gremial-de-los-choferes).

Pero en el caso del intendente subyacen algunas situaciones poco claras con los gremios en conflicto, que resulta necesario analizar. La relación de Mestre con los dirigentes locales de la UTA es decididamente mala. Los gremialistas lo acusan de ser el verdadero dueño de la empresa Ersa, que pertenecía al ex gobernador de Corrientes, Raul Tato Romero Feris, condenado a prisión por actos de corrupción en 1999 y acusado luego por vinculaciones con el narcotráfico. Afirman que Romero Feris trabó relación con el entonces interventor de Corrientes, Ramón Bautista Mestre, padre del intendente, que las  mantuvo.

Ersa, que fue favorecida en las adjudicaciones del transporte público de pasajeros de la ciudad, tiene además un acuerdo de cooperación con Autobuses Santa Fe (hoy Aucor), con lo que logró ocupar una posición dominante con el manejo de seis de los ocho corredores, lo que equivale al 75% del sistema. El ceo de Autobuses Santa Fe es Alejandro Rossi, hermano de Agustín Rossi, exministro de Defensa de Cristina Fernández

El concejal Esteban Dómina denunció serias irregularidades en la licitación, acusando a Mestre de haberlo hecho de “modo discrecional”, ”alterando  las reglas de juego”, con un resultado que contraría la intención original del sistema, que era evitar la concentración del servicio en una sola compañía. El fiscal federal Gustavo Vidal Lascano, por su parte, promovió acción penal contra Mestre y Ersa en setiembre de 2014, por defraudación calificada a la administración, mediante desvíos de subsidios de la Nación realizados desde agosto de 2013 hasta marzo de 2014, en que cesaron a raíz de una auditoría realizada por la Comisión Nacional de Regulación del Transporte, que confirmó la existencia de la operación fraudulenta.

Estos negocios turbios son mencionados por el ministro de Trabajo de la Provincia, Omar Sereno, en una entrevista con dirigentes de UTA, cuya grabación ha circulado por las redes, pero ningún fiscal ha convocado hasta hoy a Sereno para tomarle declaración.

También en la recolección y transporte de residuos sólidos urbanos, barrido y limpieza de calzadas y la recolección, tratamiento y disposición final de residuos patógenos, hay sospechas de la existencia de situaciones irregulares, por cuanto la empresa Lusa (Logística Urbana S.A.), que desde 2012 presta en Córdoba dichos servicios, forma parte del Grupo Ersa. Pero a diferencia del caso anterior, la relación de Mestre con la dirigencia del Surrbac (Sindicato Único de Recolectores de Residuos y Barrido de Córdoba) era bastante más que cordial hasta estos últimos días.

El Surrbac mantiene un fuerte enfrentamiento con el sindicato de camioneros de Hugo Moyano desde el año 2012, en que este se distanció del kirchnerismo. Amparados por el entonces ministro de Trabajo Carlos Tomada, los recolectores lograron en tiempo record la autorización de la Superintendencia de Servicios de Salud para crear su propia obra social, llamada Ossurrbac, pero en noviembre último el fiscal ante la Justicia federal de Primera Instancia de la Seguridad Social, Gabriel de Vedia, hizo lugar a una cautelar pedida por Moyano, quien los acusó de falsedad ideológica, abuso de autoridad y asociación ilícita, delitos que investiga un juzgado Criminal y Correccional Federal.

Julio Mauricio Saillen, secretario general del Surrbac, activo militante del kirchnerismo y protagonista en las bochornosas jornadas que padecimos, adquirió una importante cuota de poder gracias a la presidente Cristina Fernández y logró que su hijo veinteañero, Franco Gabriel, fuera elegido legislador provincial, presidente de la Juventud Sindical Peronista y vocal de la comisión directiva del Surrbac.

Pascual Vicente Catrambone, secretario de Ramas y del Interior de dicho sindicato, es miembro del director de Crese (Córdoba Recicla Sociedad del Estado), creada por Giacomino en 2010, y de Cormecor (Corporación Intercomunal para la Gestión Sustentable de los Residuos Sólidos Urbanos del Área Metropolitana de Córdoba S.A.), inventada por Mestre en 2012.

El 24 de julio de 2014, Catrambone firmó como miembro del Surrbac un convenio con Crese, de la cual era director (ver Resolución N° 1655/2014 de la Secretaría de Trabajo de la Nación, Expediente Nº 393.272/14). Es decir, un contrato consigo mismo. Curiosamente, en la página web de Cormecor (http://www.cormecor.com/), Catrambone aparece como Pascual Vicente, sin su apellido.

Esta dualidad funcional de Catrambone no se detuvo allí. El 22 de junio  de 2016 un exempleado de Crese llamado Pablo Carrasco, lo denunció por negocios incompatibles con la función pública, al actuar como contratante y como proveedor, a través de terceros. El 30 de mayo de 2011 se constituyó la empresa Krates Constructora SA, cuyo presidente era Agustín Catrambone, hijo de Pascual y vocal del Surrbac al igual que su hermano Miguel Ángel, en sociedad con Omar Portillo (ver Boletín Oficial del 16 de noviembre de 2011). En 2014 Pablo Luis Oviedo, allegado a la familia Catrambone, reemplazó a Agustín en la empresa. Krates, que nunca tuvo empleados pero sí doce vehículos (entre ellos, un Audi Coupé 3.2), se quedó en mayo de 2015 con un contrato que rescindió la empresa Federico S.A. con Crese, a sólo tres meses de iniciado, para mover tierra desde el enterramiento de Piedras Blancas hasta el de Potrero del Estado.

El 13 de mayo de 2013 Agustín Catrambone creó otra empresa llamada Higyse SA, junto con Mauricio Boñanni, (ver Boletín Oficial del 17 de junio de 2013), que les vende a Crese, Lusa y Cotreco guantes, antiparras y delantales, y al Esop bolsas y otros elementos, por valores millonarios. Según la denuncia, Pascual Catrambone direccionaba las compras en favor de la empresa de su hijo desde el directorio de Crese. Afirma el denunciante que “obligaba a los empleados a pedir listas de precios a otras firmas y después hacía cotizar a Higyse” conociendo de antemano los precios de los competidores.

Además, Saillen y Catrambone padres encabezan como presidente y vice la Asociación Mutual del gremio, Amsurrbac. En el desempeño de dicha función, ambos fueron imputados en mayo de 2016 por “usura habitual y administración fraudulenta reiterada en concurso real” en la concesión de préstamos y manejo de dinero en la mutual sindical. Los denunciantes, afiliados al sindicato, indicaron que se les practicaban descuentos arbitrarios que destinaron a una actividad lucrativa en su beneficio, aplicando además intereses usurarios de más del 12% mensual.

Pero las dos investigaciones fueron a parar a manos del ex fiscal anticorrupción Gustavo Hidalgo, quien se libró de ser destituido gracias al voto de la presidente del Superior Tribunal en el Jurado de Enjuiciamiento. Poco después fue escandalosamente ascendido a juez de control con el voto en contra de los legisladores de Cambiemos, a excepción de los que responden a Mestre, que votaron a favor. Recientemente Hidalgo fue denunciado por encubrimiento agravado, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público, por su actuación en las causas Kolector, Lava Jato en Córdoba y Camino al Cuadrado, en las que estuvieron involucrados funcionarios del Gobierno provincial. Con los antecedentes de este fiscal tan funcional al poder de turno, no puede sorprender que las dos denuncias contra Saillén y Catrambone duerman el sueño de los justos hasta su olvido.

Las vinculaciones de Mestre con el Surrbac se demuestran también por el hecho de habernos obligado a los cordobeses a pagarles indemnización a los empleados de Cliba que pasaron a Crese en 2008, y de nuevo el año pasado a los de Lusa y Cotreco que pasaron al Esop, en ambos casos con la fuente de trabajo garantizada. No es necesario recordar a los cordobeses que el servicio sigue siendo cada vez más ineficiente y han vuelto a aparecer basurales a cielo abierto en toda la ciudad, cuyo número se estima en más de doscientos. Bien le cabe entonces al señor intendente el reproche de sor Juana Inés de la Cruz:

¿Qué humor puede ser más raro

que el que, falto de consejo,

él mismo empaña el espejo

y nota que no está claro?

El presidente Macri se ha mantenido prudentemente al margen del conflicto, seguramente porque sabe que los cordobeses somos quisquillosos y no nos gusta que desde Buenos Aires se metan en nuestros asuntos, pero también porque Mestre se ha convertido para él en una carga pesada. Si bien es radical y aliado suyo en la provincia que le hizo ganar la elección, el descrédito que se ha granjeado en la ciudad por su desastrosa gestión como intendente es más que evidente. En 2015 fue reelegido con apenas el 32% de los votos, cuando Macri sacó en la ciudad el 75% y en la actualidad el nivel de rechazo es muy alto.

Además, hoy complica la interna de Cambiemos al querer imponer como primer candidato a diputado a nacional a su hermano Diego Mestre, al que lanzó a la política nombrándolo en 2011 como director general del Área Central, una repartición creada por él para sacar a los vendedores ambulantes de la zona céntrica, cuyo nulo resultado se puede apreciar caminando por el centro. El apellido Mestre a la cabeza de la lista de Cambiemos sería garantía de derrota en la Capital.

El conflicto de los choferes parece haberse solucionado por el momento, aunque hay fundados temores de que se termine por acordar con los responsables la reincorporación de los despedidos y el pago de los días no trabajados, lo que sería una verdadera estafa a los sufridos contribuyentes, que veremos en definitiva salir de nuestros propios bolsillos los fondos destinados a ello. A lo que se añadiría el perverso mensaje de que los gremios pueden hacer con Córdoba y sus habitantes lo que se les antoje, sin pagar nada por ello, lo que constituye una verdadera invitación a continuar con sus comportamientos mafiosos.

Schiaretti, Llaryora y Mestre nos deben a los cordobeses una disculpa, porque no han honrado el juramento que hicieron al asumir sus cargos, de observar y hacer observar las leyes y la Constitución. Si Dios y la patria no se lo demandan, debemos hacerlo nosotros, por no haber sido capaces de garantizar la vigencia del estado de derecho y de preservar nuestras garantías constitucionales, sus primeros deberes.

24Abr/171

Los unos y los otros

Por Edgardo Moreno

Andaba por esos suburbios, vacilante. Sin animarse del todo a disparar el adjetivo. Merodeaba jugueteando con la piedra entre los dedos, pero no se atrevía a lanzarla, por temor a los vientos cambiantes.

Al final, jugó su carta: Horacio González, quien alguna vez fatigó la misma biblioteca de Jorge Luis Borges y Paul Groussac, buscó en los resabios de su pólvora rancia, cargó el más barroco de sus trabucos y opinó: estamos viviendo el momento del neofascismo.

Se había cuidado durante años de usar el exabrupto. No lo admitió ni siquiera cuando confesó su culpa por la designación de César Milani al frente del Ejército. Una culpa que luego fue licuando hasta abandonarla como un brebaje aguachento.Milani –justificó cuando ya había pasado el momento de golpearse el pecho– fue una de esas cosas que se le escapan a los gobiernos en estado de revolucionario alboroto. Un pecado menor que se coló en la Casa Rosada mientras sus patios distraídos albergaban una estudiantina feliz que cada noche y por cadena nacional convocaba a la edificante tarea de degollar gorilas.

Ahora González dice que marchamos hacia una novedosa concepción de la ley: “Es la ley encarnada por el Carro Blindado Antipiquete con Cañón Hidrante. Este artefacto no se halla dentro de la Constitución, sino al revés. La Constitución es su estropajo, su harapo para el guardabarros”.

¿Hablaba de la provincia de Santa Cruz?

No. En su noche triste, Cristina Fernández y Alicia Kirchner no usaron agua para dispersar protestas. La cabeza sangrante de un reportero gráfico lo explica mejor. La policía de Santa Cruz usó balas de goma.

González dice que el neofascismo imperante sólo concibe violencia protocolizada que hostiga cuerpos. Por encima de la ley común, relata, hay protocolos como el referido a los piquetes. Un principio rector que actúa al margen de los andamiajes 
normativos de una trama heredada, “imperfecta pero ligada a la idea de hombres sociales libres”.

¿Se refería acaso a Venezuela, con el jefe militar del régimen, 
Diosdado Cabello, mostrando en televisión las tarjetas de persecución, con foto, nombre, señas particulares y domicilio de los opositores, la antipatria a la que la Guardia Nacional Bolivariana y los comandos paramilitares irían luego a buscar como perros de presa? ¿Será ese el neofascismo del que habla González? Tampoco.

Cuando el numen de Carta Abierta se lanzó al agua de las definiciones, creyendo encontrar en Mauricio Macri la encrucijada tenebrosa donde se cruzan los horrores de Adolf Hitler y de Jorge Videla, un huracán caribeño y un frío temporal del sur llegaron sin previo aviso.

Venezuela y Santa Cruz. ¿Empezamos a hablar de neofascismos?

Hay, sin embargo, una vertiente más sibilina de la misma idea. Aquella que pone en pie de igualdad a los ciudadanos venezolanos con los paramilitares que los persiguen. A los ciudadanos santacruceños que han padecido el saqueo de su provincia, con los saqueadores que devastaron ese pozo petrolero del país.

Es una lectura confortable. La grieta lo explica todo. Siempre habrá lugar para ubicar a los unos y los otros.

Para esa mirada, Santa Cruz no es el estallido de una crisis más que anunciada. Es el territorio de batalla de macristas ambiciosos y kirchneristas resilientes. Y la sangrienta crisis de Venezuela no es el destino lógico del autoritarismo que compró como modelo el progresismo más venal y mercenario del que tenga memoria América latina. No, dicen. Son los unos y los otros. Es la grieta expuesta como si fuese cubismo bolivariano.

Son los extremos útiles que ajustarán latitudes en el GPS de la progresía para que pueda apoltronarse en el mullido sofá del medio. Pero esa lectura de apariencia equidistante choca con la realidad de las víctimas.

Frente a pifias como las de González e hipocresías que todo lo explican por la santa grieta, el gobierno de Macri camina en un desfiladero. No debe ceder a ninguna violencia. En especial la que pueda afectar a sus opositores. 
No debe entrar en la provocación.

Para entender la trama, nada más gráfico que Cristina acumulando sillones frente a su puerta. No porque fuesen a ingresar los vándalos para agredirla en su casa (la gobernadora ya había ordenado que intervenga la policía y a la expresidenta la iban a sacar en helicóptero), sino porque un oficial de Justicia, en cualquier momento, la puede sobresaltar tocando el timbre.

Fuente: La Voz del Interior

19Abr/172

Huelgas, piquetes e impunidad, la ruta hacia el fascismo

Por Raúl Faure.

Escuelas y hospitales que no imparten enseñanza ni asisten a enfermos. Constante supresión de servicios esenciales. Usurpación de espacios públicos. Amenazas y agresiones de patotas contra los empleados que quieren ir a trabajar para honrar sus funciones.

La intimidación, las extorsiones y hasta el sabotaje son los medios que utilizan elementos antisociales para someter a la población a los rigores de un verdadero estado de sitio. Una peste azota al país.

Son procedimientos que el Código Penal tipifica como delitos. Ejemplos del ejercicio abusivo de ciertos derechos, grave lesión al orden jurídico y moral ya contemplado en la anterior redacción del Código Civil (artículo 1.071) y que fue reiterado en el actual artículo 10: “... la ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos...”.

Las constituciones tanto Nacional como local garantizan libertades básicas. Y califican como actos sediciosos los que cometen quienes participen de “fuerzas o reuniones de personas que se atribuyan los derechos del pueblo y peticionen en su nombre”.

Y todas las convenciones internacionales suscriptas por nuestro país y que, por ello, revisten jerarquía constitucional, declaran que toda persona tiene derecho a circular libremente, que las reuniones sindicales deben ser pacíficas y que las sociedades democráticas deben observar leyes destinadas a sostener el orden público y las libertades de todos sus ciudadanos.

De modo que sobran disposiciones legales para preservar los derechos constitucionales. Entonces, ¿por qué la voluntad de un grupo de individuos se impone sobre el resto de la población? ¿Por qué se suprimen servicios esenciales? ¿Por qué se recurre a la violencia para coartar la libertad?

No se trata de privar a nadie del derecho a peticionar. Pero no reviste carácter de derecho absoluto, como no lo tiene ninguno de los derechos constitucionales. Esto significa que la huelga no puede afectar, disminuir ni menos suprimir derechos de terceros.

Asambleas, retención de servicios y paros que impiden prestaciones mínimas para el público son infracciones que atentan contra el orden jurídico.

Los sindicatos declaran que pertenecen al peronismo, que constituyen la “columna vertebral” del Partido Justicialista. Pues bien, ¿por qué entonces no honran la memoria de Juan Domingo Perón, quien estableció que los participantes en paros que afectan servicios públicos cometen un delito? ¿Por qué recurren a la huelga cuando Perón la calificaba de patología que afecta la paz y el orden?

Estas inconductas, infracciones y delitos podrían ser sancionados si el Estado cumpliera con sus obligaciones. La Constitución le confiere al Ministerio Público la función de “preparar y promover la acción judicial en defensa del interés público y los derechos de las personas”.

¿Qué es este Ministerio Público que no integra el Poder Judicial y cuyos funcionarios –llamados fiscales– carecen de la independencia que tienen los jueces, desde que sólo pueden actuar observando las instrucciones que imparte su jefe, denominado fiscal General?

Según los convencionales, con excepción de dos, se trata de un “extra poder”. No integra el Poder Judicial ni el resto de los poderes constitucionales. Es un planeta que orbita en los arrabales del universo, sin que nadie conozca su rumbo, o sea “las políticas de persecución penal” que debe fijar, según dispone el artículo 171.

La administración pública trabaja cuando la habilita el sindicato, el transporte funciona cuando los delegados gremiales así lo deciden, las calles y demás espacios públicos pueden utilizarse cuando los piquetes levantan el bloqueo. No se explica la inactividad del Ministerio Público, a menos que haya motivos secretos que le impidan actuar.

En tanto, la sociedad, en algunos episodios, estalla de indignación; en otros, se resigna sometiéndose a la voluntad de los extorsionadores.

Robert Paxton es profesor emérito de la Universidad de Columbia. Publicó su investigación sobre los orígenes de los totalitarismos modernos bajo el título de Anatomía del fascismo .

En su interpretación, Benito Mussolini en 1922, en Italia, y Adolf Hitler en 1933, en Alemania, llegaron al poder luego de haberse cumplido un proceso durante el cual sus legiones (los camisas negras del fascismo y las camisas pardas del nazismo) cometieron toda serie de desmanes para intimidar a la población, doblegar a sus adversarios y demoler las instituciones democráticas.

A esos episodios, a la violencia que se practicaba a diario, les llamó “radicalización acumulativa”. En nuestro país, asistimos a una radicalización que, más temprano que tarde, hará estallar la paz social.

Ni las autoridades administrativas, ni la Justicia, ni el Ministerio Público ni el único partido democrático que aún sobrevive, la Unión Cívica Radical, parecen darse cuenta del peligro.

Fuente: La Voz del Interior

17Mar/171

El país que sueña el peronismo

Por Fernando Iglesias

En el país que sueña el peronismo reina la unanimidad. La unanimidad peronista, desde luego. Porque peronistas somos todos, como dijo el General. "¡Quieren reabrir la grieta!", exclama indignado el peronista apenas oye una crítica, añorando los bellos momentos de unidad nacional que caracterizaron los fines de ciclo peronistas en 1955, 1976 y 2015. Presentar un dato, nunca. Discutir un argumento, jamás. La ideología peronista se basa en imágenes. La Plaza de Mayo colmada del 17 de octubre, que nunca ocurrió. La sidra y el pan dulce expropiados a una empresa o pagados por el Estado entregados por un hada en nombre de la dignificación. Y el vuelo interestelar que iba a unir Anillaco con Tokio. O el tren bala, que terminó incrustado en un andén de Once junto al gobierno que lo prohijó.

Hay muchas ramas en el peronismo. Para todas, la crítica es un ataque y nace del odio, no de la razón. Cinco minutos después de descalificarlas como complot, el peronista promete renovarse. ¿Para qué quieren renovarse, si jamás cometieron un error? Porque los malos gobiernos peronistas -que son todos- no fueron verdaderamente peronistas. Desde que algunos radicales y socialistas apoyaron la Revolución Fusiladora, su acción ensombrece para siempre a sus partidos: criticar al peronismo es avalar los bombardeos de la Plaza de Mayo a pesar de que el golpe del 55 contra Perón lo dieron las mismas Fuerzas Armadas que habían dado el golpe del 43 con Perón. Pero si dirigentes peronistas que fueron intendentes, diputados, senadores, gobernadores y presidentes en las listas del justicialismo, con sello del PJ en la boleta y marcha peronista en cada acto, dejan el país en ruinas después de gobernar 24 de 26 años, el peronismo es inocente. Eran infiltrados, dirá el peronista. Neoliberales, aquéllos. Montoneros, los de más acá.

Los gobiernos peronistas han sido tan buenos que los propios peronistas dicen que no fueron peronistas. Inmediatamente luego de afirmarlo, el peronista verdaderamente peronista dirá que sólo el peronismo puede gobernar la Argentina; como hizo el último gobierno peronista verdadero: el de Isabel Perón; ejemplo de concordia entre los argentinos y gobernabilidad nac&pop.

El peronista es así y lo aprendió de Perón, a quien se le infiltraba medio mundo en el Movimiento y el entorno le manejaba todo, pero después escribía libros sobre el arte de la conducción. El peronista es así y ha inventado dos categorías para correr a quien no comulga con la doctrina oficial de la patria: la de "gorila", que acomuna al que critica al peronismo con el que quiere el hambre del pueblo, y la de "antiperonista", que nadie sabe qué quiere decir ya. ¿Qué quiere decir "antiperonista"? ¿Criticar al peronismo es ser antiperonista? Si es así, nada más antiperonista que los peronistas, que apenas se abre la interna del PJ corren por las pantallas de TV a acusarse de traidores y de narcos; lo que no deja de ser un progreso respecto de los gloriosos tiempos de Montoneros y la Triple A.

"Nos meten a todos en la misma bolsa", claman los que nunca vieron nada. "Nunca fuimos K", agregan después. Pero fue Menem quien le dio a Néstor los fondos de Santa Cruz para que empezara su campaña. Y fue Duhalde el que le dejó el país, para que Néstor se lo dejara a Cristina. Y fueron los muchachos renovadores los integrantes del elenco ministerial K. "Compañeros, shekendengue, siempre fuimos compañeros"; el viejo tema de Donald merece reemplazar la marcha como himno del peronismo real. Porque durante doce años el FPV y el PJ votaron juntos en el Congreso para que los Kirchner hicieran lo que hicieron y porque siguen unidos en el Club del Helicóptero, firmando juntos el pedido de juicio político a Macri y protegiendo fueros para que ningún compañero vaya preso, faltaba más.

Significativo es que quienes nos recordaban que "los pueblos que olvidan su pasado..." exijan que se hable del futuro. "¡Banelco!", exclaman; pero hasta en el episodio emblemático de la corrupción radical las coimas se las llevaron los senadores justicialistas. Por eso, como no pueden defender la propia honestidad, se esfuerzan tanto en insinuar que todos roban. Cristina, Néstor y Menem, de este lado; De la Rúa, Alfonsín e Illia, del de allá.

Y sobre todo, a como dé lugar, los peronistas menemistas no se van a hacer cargo de las barrabasadas kirchneristas, los peronistas kirchneristas no se van a hacer cargo de las barrabasadas menemistas y los verdaderos peronistas no se van a hacer cargo de las de ninguno de los dos. Ni de ninguna otra cosa. Ni de la barbarie montonera ni de los exilios y las primeras desapariciones que la siguieron; ni del primer gran shock regresivo de nuestra historia, el Rodrigazo 1975; ni del mayor shock regresivo de nuestra historia, el Duhaldazo 2002, en el cual el que depositó dólares recibió papel picado y la pobreza subió 50% en un año; hazaña que en países sin peronismo sólo se logra con un tsunami o una guerra civil.

El peronismo es el inventor de la posverdad. Por eso es autor de leyes sociales que sancionaron otros antes, y que en su caso datan de 1945; es decir, no del peronismo, sino de la dictadura militar de la que surgió. La posverdad decreta también que los días más felices hayan sido peronistas: los primeros años de Perón, Menem y Kirchner, terminados en días más infelices por culpa de la cipaya ley de gravedad, que establece que todo lo que sube sin sustento termina por caer.

El peronismo ha inventado también el cambio sin autocrítica, sin evolución de ideas y a cargo de las autoridades del desastre anterior. Renovación, la llaman. Nació en el balcón de la Semana Santa de 1987 en el que Cafiero salvó la democracia. Se olvidan de que el comandante carapintada Rico era peronista y fue intendente en las listas del justicialismo, y de que es el mismo balcón de las Felices Pascuas. Es que lo que para algunos es una mancha, para otros puede ser un honor. "¡Los 30.000 desaparecidos peronistas!", replican, pero no hay pruebas del número ni de la afiliación. "¡Los 38 muertos de De la Rúa!", retrucan. Pero 25 de los 38 caídos en diciembre de 2001 fueron abatidos en provincias gobernadas por el peronismo. Para no hablar de las más de veinte muertes en los saqueos de 2013, ocurridas en provincias peronistas mientras la presidenta bailaba con Moria Casán. De ellas, no se acuerda nadie. Ni el número se sabe, ya que los ciclos peronistas terminan en tragedias cuyas víctimas no se pueden ni contar.

En el país que sueñan los peronistas sólo ellos pueden gobernar y nadie los critica; como la Argentina entre 1989 y 2015. "Será por algo que la gente vota el peronismo", objetan como único argumento, y están en lo cierto: razones siempre hay. Que esa razón sea que han gobernado bien es otra cosa. Basta ver los distritos donde arrasan: el conurbano devastado, la Patagonia transformada en desierto persistente, el Norte pobre y feudal. "Está en marcha una campaña de desprestigio contra el peronismo", se inflama el peronista, y acierta de nuevo. Pero sus impulsores no somos los tres gatos locos que nos animamos a gritar, como el niño del cuento de Andersen, "¡El rey está desnudo!", sino la oligarquía peronista que prometió acabar con todas las oligarquías y lo hizo mucho peor que todas las demás.

Fuente: diario La Nación

 

12Feb/171

La historia que nadie quiere volver a oír

Por Jorge Fernández Díaz

"Desde octubre de 1975, bajo el gobierno de Isabel Perón, nosotros sabíamos que se gestaba un golpe militar para marzo del año siguiente. No tratamos de impedirlo porque al fin y al cabo formaba parte de la lucha interna del movimiento peronista." La frase pertenece a Firmenich, es una admisión pública de que la conducción de "la juventud maravillosa" prefería los militares de la dictadura a la represión ilegal de su propio partido y también de que hasta entonces los 70 eran leídos principalmente como una monstruosa interna armada entre "compañeros". Se trata de una confesión periodística, y por lo tanto algunos kirchneristas folklóricos podrían aducir que es otra mentira de la prensa hegemónica. Hay un problema: el periodista que entrevistó entonces a Firmenich era Gabriel García Márquez, y consta en la página 106 de su libro Por la libre.

La flagrante falsificación de la historia de aquellos años fue anterior al kirchnerismo, y en esa operación cultural de la negación estuvimos casi todos involucrados. Mi generación anhelaba el enjuiciamiento de los terroristas de Estado que a partir de 1976 habían organizado una cacería repugnante, y fue entonces porosa a la idea de no revolver la prehistoria para no justificar a los represores, cuyo plan sistemático ya está en los anales de la aberración universal. Raúl Alfonsín, con su mira en la gobernabilidad, tampoco quiso ir a fondo con las responsabilidades que le tocaron al peronismo. Cualquier crítica a la guerrilla era galvanizada bajo el insulto de "la teoría de los dos demonios", y así fue como con el correr de los años se instaló una serie de mentiras inconmovibles: Perón nada tuvo que ver con la Triple A ni con la criminal escalada contra la izquierda peronista, y murió perdonando a los que mataron a Rucci; las acciones de su secretario privado, su esposa y sus amanuenses sindicales y políticos fueron independientes, fruto de sus propias iniciativas. Y los setentistas eran pibes tiernos que dieron su vida para cambiar el mundo y además lumbreras de la política nacional.

Durante doce años, los Kirchner no hicieron más que montar una siniestra glorificación de aquella "gesta", mientras impulsaban algo necesario: el castigo judicial a los responsables del Proceso. Hoy la inmensa mayoría de esos jerarcas están condenados y asoma por primera vez la posibilidad de un revisionismo sin miedos ni prohibiciones.

Marcelo Larraquy, un historiador incontaminado de cualquier narrativa de encubrimiento, prepara un libro monumental sobre la violencia política y ya anticipó en Los 70, una historia violenta algunos datos que habían sido cuidadosamente sustraídos de la memoria. No sólo demuestra las demenciales y homicidas faenas de la JP montonera y las ideas calamitosas de una camada que siempre se ha autoproclamado como la más brillante del siglo XX, sino que pone el dedo en la llaga al recordarnos qué hizo Perón cuando se le rebelaron.

La primera reacción ocurrió el 1º de octubre de 1973. Dictado por su propio líder, el Consejo Nacional del PJ elaboró un documento que decía: "El Movimiento Justicialista entra en estado de movilización de todos sus elementos humanos y materiales para enfrentar esta guerra. Debe excluirse de los locales partidarios a todos aquellos que se manifiesten en cualquier modo vinculados al marxismo. En todos los distritos se organizará un sistema de inteligencia al servicio de esta lucha". Quien firmaba el texto era a un mismo tiempo presidente electo y máxima autoridad del órgano partidario.

A partir de su directiva comenzó un impiadoso operativo de "depuración", que consistió en una feroz persecución de los "infiltrados". Perón obligó al justicialismo a entrar en combate y delación, dio luz verde para que el sindicalismo ortodoxo hiciera "tronar el escarmiento" y batallara a sangre y fuego al gremialismo clasista en las fábricas, instruyó a López Rega para que armara un grupo parapolicial dentro del Estado; le dio amplios poderes al comisario Alberto Villar, que llevaría a cabo la represión ilegal, y ascendió a los hombres fundamentales de lo que sería la Triple A. Enseguida sobrevendrían la primera lista de "condenados" a muerte y los atentados con metralleta y explosivos, y una serie de golpes destituyentes a gobernadores legalmente elegidos en las urnas, pero con simpatías por la Tendencia Revolucionaria: Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta y Santa Cruz.

Por televisión, Perón pronuncia en esos días la palabra "aniquilación". Luego dice: "La decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República".

El mensaje hacia adentro y hacia afuera no podía ser más contundente. Bandas compuestas por policías y delincuentes comunes, pesados de la GGT y las 62 Organizaciones, y dirigentes justicialistas de grueso calibre actuaban bajo las consignas del momento: macartismo, espionaje, purga, guerra, exterminio y aniquilamiento. La crónica de esos sucesos se entrelaza con la carnicería montonera, que vengaba cada muerto con fusilamientos y bombas. Los setentistas, a posteriori, intentaron dos camelos: separar a Perón de la persecución ilegal presentándolo como un hombre enfermo y manipulable, y luego relativizar la inquina que les había tomado. Es que pretendían seguir usufructuando el mito, y verdaderamente lo lograron, a pesar de toda evidencia. Perón tuvo lucidez plena hasta tres días antes de su muerte, expiró odiando con toda su alma a los "estúpidos e imberbes" y dejó como misión borrarlos del mapa. No otra cosa hicieron su viuda y su secretario, que continuaron su política.

Los conceptos públicos de Perón serían luego utilizados y perfeccionados por las Fuerzas Armadas. Montoneros no hizo nada para frenar el golpe; por lo tanto, también fue cómplice de la noche más larga y oscura. El justicialismo cometió crímenes de lesa humanidad, que nadie se atrevió a juzgar: hubo en ese período cerca de mil desaparecidos y más de mil quinientos muertos, y el financiamiento de esa masacre surgió del erario. Casi todos son culpables en esta historia de clisés e infames falacias que nadie quiere volver a escuchar.

Fuente: diario La Nación

9Ago/150

Restar de la masa

Por Gladys Seppi Fernández.

La educación de las masas se hace fundamental entre nosotros. Educación que, libre de alienación, sea una fuerza para el cambio y para la libertad. La opción, por lo tanto, está entre una educación para la domesticación alienada y una educación para la libertad.

Paulo Freire

Cada vez que los ciudadanos argentinos somos convocados a votar, volvemos a los conceptos del libro de José Ortega y Gasset La rebelión de las masas. Las ideas siempre vigentes de este notable pensador español describen las características de multitudes que predominan en mayor o menor medida en los países de casi todo el mundo, y su influencia directa en la calidad de vida de las naciones. Lamentablemente, los argentinos bien lo sabemos.

¿Qué caracteriza al hombre masa? El hombre masa es el que se siente contenido e identificado con grandes grupos; siente completo su haber moral e intelectual; cree saberlo todo y de todo opina; le preocupan las necesidades básicas; no está dispuesto a escuchar ideas, y no razona porque su mente no ha desarrollado ese ejercicio.

Este hombre que se siente a salvo en una identidad común es quien no ha logrado diferenciarse, está bien en su tribu, piensa como el común de la gente, se afirma en las acciones colectivas porque le resulta cómodo y fácil.

Este tipo humano no intenta ser él mismo, pensar por sí y actuar desde su propia conciencia –que desconoce– ni desde su libertad personal, su autonomía, que le son ajenas.

Se contrapone así a las minorías que están integradas por personas que, al cultivarse, educación mediante, han transitado el camino difícil de su desarrollo personal, del descubrimiento de sí mismos como seres diferenciados, dotados de señas personales únicas y de un talento, una vocación que se empeñan en descubrir y desplegar.

Estos difíciles logros –que se inician en la adolescencia, acompañados por un permanente cuestionar, pensar y pensarse a través del espejo de los otros– se enriquecen a través de la lectura y el estudio de las asignaturas de la escuela y de la vida y le permiten al individuo ponerse en el camino de su superación, construirse y ascender.

El individualismo, entonces, es lo que distingue a las minorías de personas pensantes, exigentes de sí mismas, puestas en un camino de autosuperación, de proyectos de crecimiento que se expanden desde sí al ámbito en que se desarrollan y que pueden aportar desde la riqueza de su ser distinto.

De la obra de Ortega y Gasset deducimos que “la división de la sociedad en hombres masa y minorías no es una división en clases sociales, sino en clases de hombres”. Y fácil es deducir qué tipo de hombre necesita el territorio que llamamos Argentina para transformarse en una República, y qué tipo de hombres necesitan los demagogos para tener más poder, sustentado, precisamente, en la mayoría de votos.

La preocupación por mejorar la educación –en el sentido de formar identidades propias, pensantes y creativas– es fundamental y debe llevar a acciones urgentes, porque la tarea es restar de la masa en la que están subsumidos al mayor número de personas, para que dejen de ser objetos y se transformen en sujetos activos.

“Para superar la masificación, el hombre debe hacer una reflexión sobre su condición de masificado”, según dice Paulo Freire, y de este primer paso podrá ascender a una genuina calidad ciudadana.

El hombre masa, según Ortega y Gasset, es el niño mimado de la historia. Y vemos que es verdad, que se lo mima, que se lo considera como a un niño porque así se lo domina y parasita. Es verdad que satisfaciendo sólo sus necesidades básicas se le ciega, a cambio, la posibilidad de descubrir lo que le impide ascender a un estatus social y espiritual más alto.

El hombre masa no ve, no puede advertir las consecuencias de un hacer más iluminado, más inteligente, más asertivo. La contracción al trabajo, al estudio, al esfuerzo, a una moral genuina, le permitiría llegar a una escala social y cultural más elevada, contrapuesta a la facilidad y fugacidad de la elemental satisfacción de sus deseos y placeres primarios en que permanece adormecido, para mal de todos.

Es tiempo de elecciones. Se necesitan ciudadanos en quienes se haya encendido la llama transformadora que les permita participar de forma activa y a conciencia, tener proyectos y marchar hacia una empresa grandiosa para sí mismos y para la nación, ya que esos son los rasgos distintivos del correcto ciudadano que genera y sostiene a una gran república.

Fuente: La Voz del Interior

10Nov/134

La batalla cultural, los intelectuales y la derecha

Por Agustín Laje.

La “batalla cultural”, para definirla de manera simple y concreta, es aquella que se lleva adelante en orden a configurar el “sentido común” (gramsciano) de la sociedad. Este “sentido común” no refiere a lo que suele considerarse como conocimiento innato o autoevidente, sino que designa una serie de concepciones genéricas históricamente construidas. Antonio Gramsci lo definió con claridad: “El sentido común es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio”. El “sentido común” de Gramsci es el “clima de opinión” de Friedrich Hayek, es decir, “un conjunto de preconcepciones muy generales” sobre la existencia.

En el “sentido común” se expresa la hegemonía, función que Gramsci atribuía a la “sociedad civil”, vale decir, al conjunto de organismos de naturaleza no coercitiva que se sumergen en la batalla por la dirección intelectual y moral de la sociedad, esto es, en la batalla cultural que hemos anteriormente definido.

La problemática del rol del intelectual debe ser abordada, pues, en el marco descrito. Donde ayer fueron Marx y Lenin, hoy probablemente sea Gramsci; donde ayer fue economiscismo, hoy es culturalismo; donde ayer fueron guerrilla y revolución estructural, hoy es intelectualismo superestructural. En efecto, son los intelectuales los protagonistas indiscutidos de la “batalla cultural” y de ahí la importancia de reflexionar sobre ellos.

En este orden de cosas, resulta inevitable preguntarse: ¿Qué es un intelectual? El concepto de intelectual no tiene un significado establecido o definitivo; al contrario, es multívoco y cronológicamente reciente. En la temática que nos ocupa, la acepción de “intelectual” que mejor se ajusta a nuestras inquietudes es aquella que entiende que lo definitorio del intelectual no es su tipo de profesión ni sus pergaminos académicos sino su función social, la cual es, naturalmente, el liderazgo cultural de una sociedad. Entre ellos podemos encontrar profesores, periodistas, abogados, artistas, sociólogos, politólogos, y un inacabable etcétera. Esto no quiere decir que todos los abogados o todos los artistas, por caso, sean intelectuales. Joseph Schumpeter ha anotado que “los intelectuales son, en efecto, los que ejercen el poder de la palabra hablada y escrita”, y con el vocablo “poder”, el pensador austríaco nos enseña que no todo ser parlante y alfabeto es un intelectual, sino únicamente aquellos que tienen un poder efectivo de influencia que da sentido y realidad a su función social. Algo similar pensaba Gramsci, cuando sostenía que “todos los hombres son intelectuales, pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales”.

El intelectual posee un poder pocas veces advertido en su exacta magnitud por el grueso de la sociedad que, paradójicamente, está expuesta a la lucha cultural que acontece en forma subterránea. Rousseau entendió que “quienes controlan las opiniones de un pueblo, controlan sus acciones”. El poder del intelectual reside, precisamente, en la invisibilidad de sus efectos para la mayoría (ésta desconoce por completo el origen de las concepciones que han llegado a formar parte de su pensamiento), y en la omnipresencia de su praxis (la labor del intelectual atraviesa el campo cultural del derecho y del revés sin ser percibida). Ayn Rand decía al respecto que “los hombres que no están interesados en filosofía absorben sus principios de la atmósfera cultural que hay en su entorno: las escuelas, las universidades, los libros, las revistas, los periódicos, las películas, la televisión, etc. ¿Quién fija el tono de una cultura? Un puñado de hombres: los filósofos”. La lectura de Rand, a mi entender, es inacabada. En efecto, hay una distinción entre el filósofo y el intelectual, dada por el nivel de especialización y por su función. Mientras aquél genera sistemas de pensamiento novedosos, éste los consume, digiere, interpreta y difunde. En consecuencia, queda claro que el filósofo, sin la adscripción del intelectual, no puede fijar el tono cultural en absoluto, pues su filosofía no puede hacerse “ideología” que, en términos gramscianos, significa el carácter de masa de la filosofía.

El intelectual, como tipo social, tiene existencia reciente. Según las investigaciones de Carlos Altamirano, el empleo del sustantivo “intelectual” para designar a un grupo social o a un actor de la vida pública “no va más allá del último tercio del siglo XIX”. En consonancia, Marx entiende que el intelectual tiene su génesis en la separación del trabajo manual e intelectual. El momento histórico al que nos referimos es, claro está, el del surgimiento del capitalismo que, como demuestra Schumpeter, posibilitó la emergencia del intelectual moderno: “si el monasterio dio nacimiento al intelectual del mundo medieval fue el capitalismo el que le dio libertad y lo obsequió con la prensa de imprimir”. En efecto, es bajo este sistema de producción en el que se masifica tanto la producción intelectual cuanto el consumo de productos intelectuales. Robert Nozick también llamaba la atención sobre que “los intelectuales forjadores de palabras se desenvuelven bien en la sociedad capitalista; en ella disponen de amplia libertad para formular, desarrollar, propagar, enseñar y debatir las ideas nuevas”, algo que no pudieron hacer, como demuestra la historia, en el marco de sistemas totalitarios comunistas (el ejemplo paradigmático es el de Leon Trotsky).

Los efectos de la “batalla cultural”, no obstante, nos revelan un panorama desconcertante: la criatura se volvió contra su creador. En el marco de un sistema de producción capitalista, la hegemonía corresponde a los principios del colectivismo por obra del intelectualismo. En otras palabras, el “sentido común” que han pergeñado los intelectuales se corresponde con la moral socialista pero se contrapone al modo de producción capitalista vigente, algo que en Marx hubiese sido imposible pero que, en Gramsci, es no sólo lógico, sino decisivo en orden a llevar adelante la revolución socialista. (Cuando decimos que en lo fundamental el kirchnerismo y la oposición se parecen llamativamente, que hablan igual, y que compiten por quién es más “progresista”, ponemos sobre el tapete una prueba incontrastable sobre el poder hegemónico socialista).

En rigor, resulta innegable que la gran mayoría de los intelectuales, en mayor o menor grado, adscriben al socialismo y difunden sus ideas. Esto ya mantenía preocupados durante el siglo pasado a pensadores liberales de la talla de Ludwig von Mises –autor del libro La mentalidad anticapitalista–, Friedrich von Hayek –autor del ensayo “Los intelectuales y el socialismo– y Robert Nozick –autor del ensayo “¿Por qué se oponen los intelectuales al capitalismo?”–. El eje de la preocupación ha estado generalmente puesto sobre los factores sociológicos y psicológicos que establecen una conexión entre el intelectual y el socialismo. No obstante, creo que es hora de mover ese eje e invertir la pregunta: ¿Por qué el “hombre de derecha” tiende a estar desapegado del mundo intelectual? (Con “derecha” pretendo englobar liberales y conservadores bajo una misma categoría a riesgo de resultar impreciso). Hayek notó este problema, aunque se concentró sobre todo en el intelectual socialista: “Es, pues, probable, no que los más inteligentes suelan ser socialistas, sino que una proporción mucho mayor de socialistas de entre las mejores mentes se dediquen a aquellas tareas intelectuales que en la sociedad moderna les otorgan una influencia decisiva sobre la opinión pública”.

El “hombre de derecha”, a diferencia del de izquierda, suele ser renuente al estudio de las abstracciones y, por tanto, sus destrezas en el mundo de las ideas suelen ser deficientes; considera que la filosofía es una pérdida de tiempo, tan excéntrica como determinar el sexo de los ángeles. Es bastante evidente que el “hombre de derecha”, por su idiosincrasia, se ve mucho más atraído por la cosa tangible; la realidad, para él, no pasa por las elucubraciones ideológicas, sino por la materialidad. Prefiere, por lo tanto, el estudio de asignaturas más concretas como la economía o la administración de empresas frente a la filosofía, la sociología o la antropología. Basta echar un vistazo en las facultades dedicadas a la enseñanza de estas carreras para comprobar el perfil ideológico del estudiantado.

Esta natural inclinación por la cosa tangible que experimenta el “hombre de derecha” obedece a las propias ideas que lo rigen. En efecto, si algo caracteriza al liberalismo y al conservadurismo por igual, eso es el valor que asignan al individuo y a su dignidad, entendida como autonomía y autorrealización. Así pues, el “hombre de derecha” es empujado por su propio sistema de valores a seguir profesiones valoradas en el mercado, que le proporcionen independencia económica y dignidad. Al contrario, al “hombre de izquierda” le es propia una axiología más desprendida del valor material, pues considera que, en última instancia, la comunidad debería proporcionar su sustento. Luego, a la hora de escoger un ámbito de estudio no pone sobre la balanza la rentabilidad. La disyuntiva entre el “hombre de derecha” y el “hombre de izquierda” es, en definitiva, la que se da entre el mercado y el Estado; entre la producción y la distribución; entre la autonomía y el parasitismo.

Para el “hombre de derecha”, así pues, la cuestión de las ideas suele ser una pérdida de tiempo y las profesiones dedicadas a ellas son naturalmente “improductivas”. Al “hombre de derecha” le cuesta entender que las ideas son un instrumento de poder, puesto que a través de ellas representamos al mundo: quienes definen el sistema de ideas que se torna hegemónico, definen por añadidura la manera en que la sociedad piensa, siente y valora. La realidad que captamos a través de nuestros sentidos sólo encuentra significación en el marco de un sistema de ideas y, como dijo Jean François Revel, “las ideas mueven al mundo”.

Axel Kaiser ha denominado “la fatal ignorancia” al peligro que conlleva esta actitud del “hombre de derecha”: “La derecha (…) ha dejado que la izquierda acapare la cultura casi sin contrapesos permitiéndole instalar su mensaje. Esa es la fatal ignorancia de la derecha: no entender que la cultura y el mundo intelectual son decisivos en la batalla por las ideas y que del resultado de esa batalla depende finalmente el de la lucha política y en consecuencia el destino del país”. Como ha explicado recientemente Alberto Benegas Lynch (h), la batalla cultural efectivamente determina la lucha política, puesto que los puntos de mínima y de máxima que constituyen la franja discursiva que permite la opinión pública en boca de un político, son resultantes del accionar de los intelectuales dedicados a configurar el mentado “sentido común”.

El desafío para los sectores opuestos a la izquierda es mayúsculo. Se precisa de una contraofensiva intelectual dispuesta a embarrarse en el terreno de las abstracciones. Hayek supo aseverar que “tenemos que hacer del edificio de la sociedad libre una aventura intelectual”. De lo que se trata, en verdad, es de conquistar el “mundo de las ideas” para que lleguen a ser las “ideas del mundo”.

Fuente: La Prensa Popular

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4Oct/131

La democracia no es épica

Por Prudencio Bustos Argañarás*

Días atrás, mi amigo puntano Juan José Laborda Ibarra me recordaba una frase de Julio María Sanguinetti, pronunciada en un panel organizado por ACDE en el año 2009 sobre el tema Crisis y progreso: el rol de la dirigencia en Latinoamérica. Dijo entonces el ex presidente uruguayo: “la democracia no es épica, es artesanal. No es arriba del caballo, como proclama el dogma. Es un ejercicio de construir paciente y constantemente el desarrollo de las instituciones”.

La épica alude a la epopeya, a la poesía heroica, destinada a exaltar gloriosas acciones bélicas, a relatar hazañas irrepetibles ejecutadas por héroes nimbados de patriotismo, vencedores de villanos perversos que buscan impedirlas. Es bueno conmemorar los hechos heroicos del pasado que contribuyeron a forjar nuestra Nación y rendir homenaje a sus protagonistas. Ello sirve para encender en los niños el amor a la Patria, pero no para construir un clima social de paz y concordia.

Con más razón si se plantea desde una visión maniquea, separando a los hombres en buenos y malos, sin admitir otros juicios interpretativos. Tampoco resulta a la larga gratuito, pues entre otras cosas, esa distorsión ha servido para construir instrumentos políticos en provecho de la ambición dominadora de líderes personalistas, que han sustentado su poder en la supuesta imitación de aquellos héroes del pasado.

La democracia promueve la convivencia armónica de hombres y mujeres de procedencia diversa y diferentes maneras de pensar. Y eso se construye día a día, respetando los disensos y fortaleciendo las coincidencias, bajo la convicción de que el que no piensa como yo no es un enemigo, sino alguien que busca el bien común por un camino diferente. Incluso el componente agonal de la política, no debe convertirse en una guerra a muerte en la que se busca destruir al otro, sino en una sana competencia entre personas que se presumen bien intencionadas.

Gabriel Zanotti describe con precisión lo que llama el “pensamiento absoluto”, de aquellos iluminados para quienes el “modelo” que defienden es perfecto y la única opción moral posible, por lo que su abandono constituye un retroceso inadmisible. A la luz de esta convicción, todo aquel que propone otro diferente pasa a ser un enemigo de la Patria y del pueblo, un sujeto egoísta, inflamado de codicia y ambición, que busca su propio beneficio a expensas del de los demás. Y con el enemigo no se dialoga ni se buscan acuerdos. El imperativo es derrotarlo y destruirlo.

A partir de estas premisas, la tentación de la violencia es una consecuencia casi inevitable. Primero la verbal, pero si fuere necesario, también la física. Aparecen entonces los intentos de justificar su uso, bajo el alegato de estar defendiendo verdades incontrastables que conducen al bienestar del pueblo, sometido a los ataques de sus enemigos.

La historia argentina abunda en ejemplos de estas conductas, llevadas a cabo por demagogos oportunistas, pero también por individuos bien intencionados, que al sentirse dueños de la verdad, encontraron legitimado ese camino.

Incluso el mito del “nacimiento de la Patria” en 1810, a partir de un golpe de estado cívico militar, que no trepidó en usar la violencia como instrumento de acción política, ha servido de precedente legitimador de los numerosos golpes que hemos padecido, todos los que, sin excepción, invocaron el “ideario de Mayo” como el credo que inspiraba sus actos. El sofisma no carece de verosimilitud, pues si la Patria nació de una asonada militar, todas las asonadas sucesivas están destinadas a hacerla renacer.

Ello explica quizás la inveterada tendencia argentina a resolver los problemas surgidos en gobiernos constitucionales, mediante el intento de derrocarlos a través del uso de la fuerza, tal como ocurrió, con suerte diversa, en 1861, 1874, 1880, 1890, 1893 (dos intentos), 1905, 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976. Es decir, un intento cada doce años de vida constitucional.

A esa plusmarca, digna del Guinness, podemos añadir otra. Desde el año 1930 ocho presidentes constitucionales han sido forzados a abandonar el cargo antes de la finalización de su mandato: Irigoyen en 1930, Castillo en 1943, Perón en 1955, Frondizi en 1962, Illia en 1966, Martínez de Perón en 1976, Alfonsín en 1989 y La Rúa en 2001. El período de tiempo más largo transcurrido entre una y otra interrupción es de trece años.

Huelga recordar que la mayor parte de esos golpes y destituciones contaron con el apoyo –cuando no con la instigación– de importantes sectores de la sociedad, e incluso de partidos políticos democráticos y hasta de la Suprema Corte de Justicia. A tal extremo llegó el embeleso de los argentinos con los gobiernos de facto, que los dos partidos políticos más importantes del país, la Unión Cívica Radical y el Peronismo, se jactan de haber nacido de un golpe de estado, aquel en 1890 y este en 1943. El doble patrón moral al que solemos mostrarnos afectos, proporciona argumentos para demostrar que los golpes protagonizados por nuestros amigos estaban justificados.

Un pueblo maduro, que ha asimilado las enseñanzas de la historia, sabe que la democracia no es producto de grandes hazañas, sino que se fragua en la paciente rutina de la cotidianeidad. Y la madurez –del individuo y de los pueblos– se alcanza cuando los impulsos del corazón atienden a los argumentos de la razón. ¿Habremos madurado los argentinos?

Fuente: La Voz del Interior



* Historiador, autor del libro Luces y sombras de Mayo.

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