A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

3Dic/170

Espejismos de la historia

"Esto solamente se puede revertir con violencia política de los de abajo contra la violencia política de los de arriba. Con la resistencia popular, con la resistencia de los oprimidos. Con un estallido social para echar a la mierda a estos fachos asquerosos, a estas mugres, a estos asesinos, a estos mafiosos de miércoles que están en el poder: Macri, Bullrich, a toda esta manga de porquerías y a la Gendarmería". Jones Huala

"Ellos tienen mucha metodología para matar, tal vez murió ahogado, ¿después saben de qué? De que lo torturaron. Porque a nuestros hijos les hacían así. Les hacían infinidad de torturas, terribles, internas, que no se pueden explicar. Y al final les metían la cabeza en el agua y para respirar, para ver si se resucitan, pobrecitos, se ahogaban ellos mismos. Sí, a lo mejor murió ahogado, pero en un balde. No nos van a engañar, no les vamos a creer". Hebe de Bonafini

La democracia de los años 80 se puso como meta cambiar sustancialmente la cultura política de los 70, repudiando las formas de violencia con las que se discutió el poder durante esa década más que trágica. Por eso se juzgó a todas sus expresiones violentas, de derecha o de izquierda, militar o guerrillera.

Sin embargo, eran muchos aún los que querían seguir viviendo en los 70 o los que aún sin querer vivirla, suponían que seguían dadas las condiciones para que se pudiera volver.

Por eso, a pesar de todo el esfuerzo que se hizo desde las nuevas élites políticas y del inmenso rechazo popular al pasado inmediato, al poco tiempo apareció Aldo Rico con sus carapintadas para exigir el fin del juicio por genocidio a los militares.

Del otro lado, luego, se perpetró el copamiento al cuartel de La Tablada en un intento por revivir las metodologías guerrilleras. Finalmente, bajo la dirección ideológica de Mohamed Alí Seineldín, ya durante el gobierno de Menem, ocurrió el último intento de golpe de Estado, cuando los sublevados, en su infinita torpeza, hasta aplastaron con tanques a civiles que viajaban en bus.

El fracaso estrepitoso de todos estos conatos criminales demostró que aunque la democracia aún no se hubiera solidificado, la sociedad ya había superado la tradición cíclica de que frente a la menor crisis civil venía un golpe militar. Por su lado, la propuesta guerrillera quedó huérfana hasta del más mínimo apoyo popular.

El país objetivamente había avanzado más que la conciencia que se tenía del mismo. Ya no era más setentista, aunque algunos pocos intentaron el retorno y el resto de los argentinos, la inmensa mayoría, aún tuviera miedo de que pudiera volver.

Sin embargo, entrado el siglo XXI ocurrió un extraño fenómeno político de retroceso cultural que tuvo relativamente más éxito que Rico, el Movimiento Todos por la Patria y Seineldín: el intento de recuperar desde lo más alto del poder político la cultura setentista. Aunque ya no vía la violencia explícita, sino desde el discurso de confrontación. Traduciendo al lenguaje las luchas de ese entonces. Reivindicando como heroica la lucha de la guerrilla y llamando enemigo, no adversario, al que pensara diferente.

El relato oficial fue el de perfilar un gobierno que venía a continuar por otros medios la lucha “liberadora” de los 70 en contra de los que, también por otros medios, continuaban levantando la ideología militar.

De nuevo se estaba en un lado u otro, en una simulación teatral de los 70, con sus mismos héroes o villanos. O más bien, como si fuéramos hijos de aquellos héroes o villanos.

Que a partir de tan delirante concepción de la historia se creara una nueva grieta cultural era lo menos que se podía esperar.

Claro que, como en los años 80, la realidad del siglo XXI tampoco tenía nada que ver con la de los 70, pese a los aprendices de brujo que querían restaurar pasados tenebrosos. Pero eso no fue óbice para que enfrentamientos estériles volvieran. Aunque al menos el retorno de las viejas ideologías sin su violencia no nos hizo retroceder al ayer sino más bien congelarnos en la historia. Ideologías vanas que nos tuvieron discutiendo una década sobre las nubes de Úbeda, sobre la nada misma.

Porque en los años 70 la lucha ideológica era la excusa pero el sustantivo era la violencia, el deseo de exterminio mutuo era más poderoso que cualquier debate de ideas.

En fin, lo cierto es que terminado el gobierno anterior, desapareció el impulso de revivir la infausta década desde las altas esferas del poder. El setentismo dejó de ocupar esos espacios, aunque no por eso sucumbió.

Porque lamentablemente son muchos todavía los que proponen seguir alzando las banderas setentistas para librar la lucha política. Con una argumentación patológica pero que en ciertos sectores suscita credibilidad: que así como con el gobierno anterior estaban en el poder los continuadores de los “revolucionarios” de los 70, ahora están los continuadores de los “genocidas” de los 70. Y desde esa lógica tratan de interpretar los acontecimientos políticos actuales. En particular la cuestión mapuche ha sido tomada como experimento por los que sostienen ese regreso a los 70.

Como se ve en las citas del principio de esta nota, Jones Huala quiere ser la reencarnación del Che Guevara en su apostolado de la violencia, aunque lo único que lo haga recordar al legendario revolucionario es que como el Che en Bolivia, este supuesto alter ego quiere comprometer con la violencia a miles de mapuches pacíficos que nada tienen que ver con esas metodologías de los marginales de la RAM.

Pero tan grave como eso es lo que expresa Hebe de Bonafini al querer comparar el destino de Sergio Maldonado con el de sus hijos. Eso incluye la loca intención de identificar al gobierno de Macri con la dictadura militar de los 70 y a los mapuches con la resistencia popular liderada por los que piensan como Jones Huala.

Una tergiversación histórica superior sostenida aun por varios sectores políticos que se niegan a enterrar definitivamente esa vieja época que sólo mal nos produjo.

Pero aunque no fuera así, nada bueno tiene para aportarnos hacia el futuro. No lo tuvo en los 80, no lo tuvo hace una década, no la tiene ahora. Es un mero espejismo del pasado que, a pesar de ser un espejismo, no nos quiere dejar vivir en paz. Como que anhelara seguir cobrándose víctimas. Un gran misterio nacional, que precisa de una profunda respuesta política y cultural.

Fuente: diario Los Andes

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