A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

2Jul/160

LOS CORDOBESES Y EL CONGRESO DE TUCUMÁN

Por Prudencio Bustos Argañarás

La grotesca farsa que fue la Asamblea del Año XIII había causado gran malestar en las provincias, que desde 1810 soportaban la dominación de Buenos Aires. Su principal “legado” fue la creación del cargo de director supremo, que como un monarca absoluto concentraba la suma del poder. A los diputados de la Banda Oriental, que llevaban el mandato de declarar la independencia, no los dejaron incorporarse. Posadas declaró a Artigas traidor a la Patria, puso precio a su cabeza y envió una delegación a felicitar a Fernando VII por su restitución en el trono.

Carlos María de Alvear, que sucedió a su tío Posadas, pidió a Gran Bretaña que enviara tropas “que impongan a los genios díscolos y un jefe autorizado que empiece a dar al país las formas que sean del beneplácito del Rey”, perpetrando el peor acto de traición de nuestra historia. Pocos meses después, en abril de 1815, fue obligado a renunciar y el cabildo porteño volvió a asumir el gobierno, designando al nuevo director.

La sanción de un Estatuto Provisional abiertamente centralista colmó la paciencia de las provincias, que lo rechazaron, con excepción de la cláusula que convocaba a un congreso general constituyente en San Miguel de Tucumán. La Banda Oriental, Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, por su parte, formaron la Liga Federal para resistir los atropellos del Puerto.

Los cordobeses forzaron la renuncia de Ortiz de Ocampo y el 29 de marzo de 1815 un cabildo abierto eligió gobernador a José Javier Díaz, poniendo fin a la lamentable práctica, instaurada en 1810, de designar los gobernadores desde Buenos Aires. Nueve días más tarde la Provincia se declaró independiente y pasó a integrar la Liga Federal, “bajo los auspicios y protección del digno jefe de los orientales”.

Reunida en el Congreso de Oriente, la Liga decidió no asistir a Tucumán, con lo que Córdoba no estuvo de acuerdo. Para intentar revertir tal decisión, envió ante Artigas una comisión, con el mandato de procurar “remover todos cuantos obstáculos sean impeditivos de la más pronta reunión del Congreso general”.

La Liga aceptó mandar a Buenos Aires una comisión para negociar, de la que Córdoba formó parte, pero llegados allí fueron encarcelados en un barco, mientras el director Álvarez Thomas enviaba un ejército contra Santa Fe y alentaba a los portugueses a invadir el Uruguay, aventando todo intento de conciliación.

A pesar de ello, Córdoba decidió participar en el Congreso, a cuyo fin eligió diputados a los doctores José Antonio Cabrera, Miguel Calixto de Corro y Gregorio Funes –que no aceptó–, al licenciado Jerónimo Salguero de Cabrera y a Eduardo Pérez Bulnes. Corro fue enviado por el Congreso para intentar la firma de un tratado de paz entre Santa Fe y Buenos Aires, logrando un preacuerdo que los porteños se negaron a ratificar.

Por primera vez se logró reunir un congreso fuera de Buenos Aires con representación proporcional de todas las provincias, y su consecuencia fue la declaración de nuestra independencia de España “y de toda otra dominación extranjera”.

Abierto el debate sobre la forma de gobierno que se adoptaría, los cuatro cordobeses se manifestaron en favor de la republicana, en particular Cabrera, a quien Ambrosio Funes, hombre cercano a los intereses del Puerto, ridiculizaba en carta a su hermano el deán. “Cabrerita anda siempre gritando y porfiando por la república democrática”, le decía.

Los republicanos se dividían entre quienes propiciaban el sistema unitario y el federal. Estos últimos contaban con el liderazgo de los cordobeses y el apoyo de hombres de otras provincias e incluso de algunos porteños, como Tomas Manuel de Anchorena.

Entre los monárquicos había quienes propiciaban la coronación de un descendiente de los incas, sostenida por Manuel Belgrano, y quienes se inclinaban en favor de un príncipe portugués. Se distinguían asimismo los partidarios de establecer la capital en el Cuzco, encabezados por el catamarqueño Manuel Antonio Acevedo, de los que se inclinaban por instalarla en Buenos Aires, capitaneados por el porteño Esteban Agustín Gascón.

El doctor Corro fue acusado de haber ayudado a sustraer correspondencia dirigida desde Buenos Aires al Congreso en la posta de Cabeza de Tigre. La falsedad del cargo fue debidamente probada gracias a la firme defensa de sus coterráneos, pero el tema generó una fuerte tensión.

En agosto de 1816 se levantó en armas Juan Pablo Bulnes y derrocó a José Javier Díaz, lo que fue aprovechado por los centralistas para retomar la nefasta práctica de impedir a los cordobeses la elección de su gobernador, designando arbitrariamente a Ambrosio Funes, suegro de Bulnes, mientras que el diputado Pérez Bulnes, fue expulsado por ser “hermano del jefe de los insurrectos”.

Fracasada la elección de la forma de gobierno, los congresales porteños comenzaron a presionar para que el Congreso se trasladara a su ciudad. Unos argumentaban que debía alejarse del campo de operaciones del ejército peruano, mientras otros sostenían la conveniencia de aproximarlo al Río de la Plata, a causa de la invasión de los portugueses a la Banda Oriental. Curiosa contradicción con la que el centralismo pretendía justificar la mudanza tanto en la necesidad de distanciarse del frente de batalla como de acercarse a él.

Con la firme oposición de Cabrera, Corro y Salguero de Cabrera, el Congreso aprobó finalmente el traslado. El 4 de febrero de 1817 se realizó la última sesión tucumana y el 12 de mayo tuvo lugar la primera en Buenos Aires. Cabrera y Corro se negaron a trasladarse, por lo que Córdoba quedó con un solo diputado hasta el 6 de noviembre de dicho año, en que la Asamblea Electoral eligió al doctor Alejo de Villegas y al licenciado Benito Lazcano. La guerra civil volvería pronto a estallar.

Fuente: La Voz del Interior

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