A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

9Jul/170

Macri y las delicias del capitán Simonini

Por Edgardo Moreno

Cuando el escritor italiano Umberto Eco imaginó al capitán Simone Simonini, el personaje de su novela El cementerio de Praga, su país estaba gobernado por Silvio Berlusconi. Un populismo del que Italia se avergonzó cuando ya era tarde.

Simonini es un falsificador al servicio de los poderosos que requieren de su pluma documentos apócrifos para apropiarse de lo ajeno y difamar enemigos. Ofrece el arte imprescindible de la noticia falsa. Jamás faltará el exaltado que conspire, conviene sacar provecho de su ambición.

En la novela, termina contribuyendo a la elaboración del libelo que alimentó como ninguno el antisemitismo en Europa, los protocolos de los sabios de Sión. Una mentira folletinesca considerada real durante años sombríos.

Eco siempre se declaró sorprendido con una curiosidad histórica: en el momento en que se demostró la falsedad de ese libelo es cuando con más intensidad se asumió como verdadero. La prueba esgrimida por los fanáticos para decir que eran auténticos era que la prensa aclaraba que eran falsos.Al presentarnos al capitán Simonini, Eco sabía que estaba escribiendo sobre un pasado actual, en el que vivimos rodeados de falsarios. Y se reía porque su novela fue exitosa: o sus lectores estaban locos –de lo cual era constatación suficiente el voto a Berlusconi– o estaban viendo en el libro cosas que todavía suceden. Una época de verdades apócrifas y falsarios profesionales.

¿Quién sabe lo que diría Umberto Eco al ver el reciente encuentro de Donald Trump con Vladimir Putin?

El presidente estadounidense ha patentado una fórmula para maquillar la mentira. Cuando una verdad es evidente, pero no le conviene, dice que hay que considerar los “hechos alternativos”. Un adúltero filmado en flagrancia puede argumentar fidelidad alternativa.

Putin cultiva el mismo estilo. En su país, ya saben que no es tan grave lo que miente, sino el valor nulo que le asigna a la verdad.

Berlusconi era el mandamás de una corporación mediática. Trump es una mutación más evolucionada. Se sube al ring de los titanes para castigar a un falso reportero –un reportero alternativo– de la cadena de noticias CNN. Con cada movimiento que hace, el liderazgo estadounidense coquetea con el ridículo. El orgulloso pueblo norteamericano eligió para sí mismo el tiempo de la vergüenza.

Tampoco los personajes actuales con los que se deleitaría el capitán Simonini se restringen al exclusivo hospedaje del Grupo de los 20. En Corea del Norte hay un autócrata que juega con misiles y en Venezuela un dictador esotérico dialoga con los pájaros mientras silbando bajito envía fuerzas de choque al Parlamento.

Pero es en el club privilegiado de los 20 donde le acaban de entregar la llave maestra por unos meses al presidente de Argentina, Mauricio Macri.

El año que viene, el G-20 estará en Argentina. El rol de Macri, en representación del país, no será solamente el de organizador. Al anfitrión también se le permite opinar sobre la agenda.

La diplomacia argentina ya deslizó que la presidencia en el G-20 tendrá como ejes temáticos el trabajo y la educación. Suenan como enunciados incontrovertibles pero esconden un debate dramático: el más reciente capitalismo, en especial aquel que ya alcanzó mayores niveles de desarrollo, ha dejado de proveer la ilusión del pleno empleo. Precisamente porque el avance educativo, científico y tecnológico se adelantó a mayor velocidad que el diseño de nuevas herramientas de equidad social.

Trump es el emergente más notorio de las frustraciones sociales que engendra esa contradicción.

Cuando el personaje de Umberto Eco buscaba argumentos en los folletines del sombrío fanatismo de su época para elaborar su diatriba antisemita, llega a una definición terrible: es necesario darle un enemigo al pueblo para devolverle la esperanza. Y debe ser reconocido y cercano. Debe estar en el umbral de la casa.

Con el renovado auge global de esas pasiones deberá lidiar la presidencia argentina del grupo de países más importantes del planeta.

Con una solitaria ventaja. Dicen que pertenecer, también tiene sus privilegios. Obtener inversiones, abrir nuevos mercados, importar la innovación. No es Macri sino el país el que ahora asume el desafío de transformar esa frase publicitaria en un hecho comprobable.

Porque cuando al club lo presidían Barack Obama y Angela Merkel, Argentina se alineó con Hugo Chávez y Mahmoud Ajmadinejad, dos feligreses confesos de la gran conspiración mundial cuya persistencia actual sorprendería –aunque sin espanto– al capitán Simonini.

Fuente: La Voz del Interior

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