A Decir Verdad Espacio de reflexión histórica y política

24Jul/173

¿Se apropia la Nación de nuestros recursos?

Por Prudencio Bustos Argañarás

Tras medio siglo de guerras civiles nuestro país logró en 1853 sancionar, con la sola ausencia de la Provincia de Buenos Aires, una Constitución federal. Ella prohibía expresamente a la Nación el cobro de impuestos indirectos y solo le permitía percibir los directos por excepción, en casos de gravedad institucional y por tiempo limitado. El golpe de estado de Mitre, en 1861, dio por tierra con el sistema federal y pronto la Nación, identificada con la nueva capital, se fue apropiando indebidamente de esas facultades fiscales.

Las leyes de coparticipación federal nacieron con el objeto de devolver a las provincias una parte de lo que la Nación les quitaba ilegalmente, pero el atropello se legitimó y adquirió rango constitucional con la reforma de 1994, al reconocerle esos derechos que se había arrogado, como una “facultad concurrente con las provincias”.

Lo más grave es que esos recursos de los que la Nación se apropia, son destinados en su mayor parte a pagar lujos y extravagancias de la ciudad capital. Ya en la década de 1980 más de la mitad del presupuesto nacional se consumía dentro de los límites de la ciudad de Buenos Aires, en donde vive el 7,5% del total del país. El gasto nacional per cápita en ella quintuplicaba al de Córdoba y la Municipalidad porteña pagaba apenas el 40% de los servicios que recibía, con el agravante de que en su territorio (el 0,007% de nuestra superficie continental) se absorbía el 70% del producto bruto industrial.

Durante la “década ganada” la situación se agravó notoriamente. El presupuesto de 2007 destinó al “interior”, en donde vive el 92,5% de los argentinos, el 41% de los recursos. El 59% restante fue a parar a donde habita el 7,5%. Ese mismo año, lo recaudado por el gobierno nacional –el 25,4% del producto bruto interno, que sube al 37,2% si se computa el impuesto inflacionario– se distribuyó de tal manera que cada porteño recibió 5,6 veces más que cada cordobés y tres veces más que el promedio nacional.

Al año siguiente la distribución global de fondos recaudados por la Nación (coparticipación más subsidios), alcanzó un nuevo récord: la ciudad de Buenos Aires absorbió el 73,5%, es decir 16.355 millones de pesos. Limitando los valores a los subsidios que distribuía graciosamente Julio de Vido, la Capital embolsó ese año 5.375 pesos por habitante, 116 veces más que los cordobeses y los sanluiseños, que recibieron 46 y 45 pesos per cápita respectivamente. A partir de entonces dejamos de tener estadísticas confiables, pero si ese porcentaje se proyecta a 2014, en que la presión impositiva llegó al 38% del PBI y la participación del estado nacional al 21,6%, la distorsión alcanzó dimensiones monstruosas.

Esa realidad, que de suyo implica la destrucción del federalismo fiscal –condición sine qua non del federalismo político–, sumada a la distribución caprichosa e inequitativa de los recursos que la Nación se guarda para sí, fue creando un abismo entre los niveles de desarrollo de la Capital y del resto del país.

En 2010 dicha ciudad –reitero que con el 0,007% del territorio y el 7,5% de la población– acumulaba el 25,67% del Producto Bruto Geográfico (PBG), que calculado per cápita en pesos de 1993, alcanzaba allí a $23.000, mientras que el promedio nacional era de apenas 7.100.

El presupuesto de 2011 destinaba a la Capital, en concepto de coparticipación y leyes especiales, $38.726 por habitante, a Santa Fe le asignaba 8.457, a Mendoza 8.124, a Córdoba 8.109 y a Misiones 7.704. En otras palabras, para el gobierno nacional un porteño valía entonces 4,56 veces más que un santafesino, 4,76 veces más que un mendocino, 4,77 veces más que un cordobés y cinco veces más que un misionero.

Ese año el poder central concentró el 84,4% de los recursos públicos recaudados, dejando al conjunto de las provincias y municipios el 15,6% restante. Ello a pesar de lo dispuesto por la ley 23.548, según la cual las provincias deben recibir no menos del 54,66% de la masa coparticipable. En el artículo 7° ordena que “el monto a distribuir a las provincias, no podrá ser inferior al 34% de la recaudación de los recursos tributarios nacionales de la administración central, tengan o no el carácter de distribuibles por esta ley”.

A ello deben sumarse los recursos que el gobierno nacional sustraía anualmente a las provincias mediante sucesivas detracciones de la masa coparticipable neta (15% para el sistema de jubilaciones y pensiones y el Fondo Compensador de Desequilibrios Fiscales, 11% del IVA, 36% del impuesto a las ganancias, 70% de los monotributos y 70% de los impuestos a los créditos y débitos bancarios). Para 2014 se estimaba en 130.000 millones de pesos.

En el presupuesto de ese año la distribución geográfica de los gastos del estado nacional (inversiones en obras públicas o gastos de capital, más gastos corrientes) exhibía otro grosero agravamiento de los privilegios de la ciudad de Buenos Aires. Medidas las asignaciones por habitante, por cada porteño el gobierno nacional erogaría  $90.915, por cada mendocino 12.898, por cada jujeño 12.291, por cada cordobés 11.266 y por cada misionero 10.064. En otras palabras, un habitante de la ciudad más rica recibió 7 veces más que un mendocino y que un jujeño, 8 veces más que un cordobés y 9 veces más que un misionero.

El gobierno actual muestra claras señales de querer corregir estas aberrantes distorsiones, pero no debe reducirse a gestos de generosidad por parte del presidente, sino lograr una reversión profunda de este sistema fiscal perverso que permite que una ciudad viva en la opulencia a expensas del resto del país. Por ello cobran inusitada actualidad las palabras de Juan Bautista Alberdi, para quien ya en el siglo XIX existían “dos países bajo la apariencia de uno solo: el Estado metrópoli, Buenos Aires, y el país vasallo, la República. El uno gobierna, el otro obedece; el uno goza del tesoro, el otro lo produce; el uno es feliz, el otro miserable; el uno tiene su renta y su gasto garantidos, el otro no tiene seguro su pan”.

Fuente: La Voz del Interior

Be Sociable, Share!

Comentarios (3)
  1. Es lo que vengo diciendo desde siempre, y eso que desde el 83 ningún presidente de los que pasaron era porteño. Todo siguió igual que en el Virreynato después de Mayo 1810, sólo que en vez de viajar al Rey quedaba en Bs. As.-

  2. Así es de triste . . . pero “la culpa no es del chancho; si no del que le da de comer” . . .

  3. Es valioso su artículo amigo Prudencio por la difusión de la verdad. A mas de uno, leyendo la Voz, lo habrá dejado pensativo. Ahora bien, considero que esto se mantendrá hasta diseñar nuevas divisiones políticas, cuyas pertenencias territoriales hoy, responden a antojos de caudillos y al azar. Se impone un esquema divisional que se compadezca con el potencial productivo de cada zona, abandonando el folclore.
    De lo contrario, como ahora, el núcleo cerealero seguirá pagándole el sueldo a los empleados municipales de La Rioja, Catamarca, Santa Cruz, etc.


Deje su comentario

Aún no hay trackbacks.